Biografía

Rafael Antonio Caldera Rodríguez (1916-2009)

En pleno desarrollo de la Primera Guerra Mundial, el 24 de enero de 1916 nació en San Felipe quien habría de ser un pacificador en Venezuela: Rafael Antonio Caldera Rodríguez. Nace en la calle Libertador o Quinta Avenida, convertida en Avenida Libertador por obra de su primer gobierno, «muy cerca a la Casa Presidencial entre las calles Guédez y Domínguez, en la casa nº 98, al lado de los Hermanos Zumeta Carmona»[2], donde estaban residenciados sus progenitores.

La capital del Estado Yaracuy era «un pueblo pequeño de calles empedradas donde antes de 1919 la iluminación interna era con velas de cebo de ganado, velas de cebo de Flandes, faroles en las calles, los cuales se encendían con kerosén desde las seis de la tarde a las seis de la mañana».[3]

El presupuesto regional para 1916-1917 fue de Bs. 279.768 y para el año 1924-1925 Bs. 319.542. En 1926 el Distrito San Felipe tenía 19.861 habitantes, de los cuales 12.399 vivían en el Municipio San Felipe distribuidos en 2.066 viviendas. A principios de 1916, el Ejecutivo había decretado la apertura de un Colegio que llevaría por nombre «Colegio Montesinos» y que abrió sus puertas en 1917, pero funcionaría pocos años. En 1918 comenzó la exportación comercial de petróleo venezolano. Ese año muere en mayo, en Puerto Cabello, la joven madre. En 1919 llega la luz eléctrica a San Felipe y sus calles comenzaban a «macadanizarse».[4]

El niño fue presentado ante el Registro Civil al día siguiente de su nacimiento por su padre, de cuarenta y un años; la madre había alcanzado los treinta. Pocos días después, en febrero, se casan los tíos —Tomás Liscano y María Eva Rodríguez Rivero—, que se convertirían de hecho en sus padres adoptivos.

De padre y madre sanfelipeños, su padre se llamaba Tomás Rafael Caldera Izaguirre, nacido el 18 de septiembre de 1875, y su madre Rosa Sofía Rodríguez Rivero de Caldera, nacida el 14 de junio de 1886. Su padre fue hijo único y su madre tuvo dieciocho hermanos, nacidos de dos matrimonios; entre ellos María Eva, quien lo crió por la prematura muerte de Rosa, y Plácido Daniel, quien sería Rector de la Universidad Central de Venezuela.

Sus abuelos paternos fueron Juan José Caldera Zumeta y Josefa María Izaguirre de Caldera: nacieron, se casaron y murieron en San Felipe. El primero era descendiente del prócer de la Independencia, Teniente Coronel Rafael Antonio Zumeta. Se decía que era pariente del Libertador por ser descendiente de Francisco Marín de Narváez, señor de las Minas de Aroa. Josefa era tataranieta de Juan José Maya, diputado por San Felipe en el Congreso de 1811 y firmante del Acta de la Declaración de Independencia. Su abuelo materno fue Plácido Daniel Rodríguez Obregón, caraqueño casado con la sanfelipeña Elodia Rivero Vidoza, hija de don Agustín Rivero, falconiano y Presidente Provisional del Estado Yaracuy cuando comenzó el Gobierno Federal.

Su padre hizo sus estudios de Derecho en la Universidad Central de Venezuela y fue invitado a ejercer la profesión en Caracas con su maestro, el doctor Feo. Pero llegó a San Felipe y encontró tantos atractivos que se quedó en la provincia. Disponía de fortuna pequeña, heredada, porque había quedado huérfano de padre y madre. Dos tías lo criaron y un tío político llamado Tesalio Fortoul, que fue Presidente del Estado Lara, lo tuvo como su Secretario Privado a fines del siglo XIX. Se estableció luego en San Felipe y, próximo a los cuarenta años de edad, contrajo matrimonio. La hija primogénita del matrimonio Caldera Rodríguez fue Rosa Elena, nacida en 1914. Dos años después nació Rafael Antonio, en 1916, y finalmente Lola, un año más tarde.

Su madre padeció un cáncer que la llevó a la tumba cuando Lola no había cumplido todavía un año. Las niñas fueron confiadas por su padre a sendos hermanos de ella. Al él lo designaron Juez de Primera Instancia en Puerto Cabello y mantuvo consigo a su hijo Rafael Antonio por espacio de dos años, después de la muerte de su esposa. Cuando la carretera era transitable, iban a San Felipe y visitaban a los tíos María Eva y Tomás Liscano, quienes le insistían siempre en que les dejara el niño a su cuidado. Y consciente de que el niño debía tener una madre en su hogar, en uno de aquellos viajes renunció al suyo y tomó la difícil decisión de separarse de su pequeño. Los Liscano Rodríguez no tuvieron hijos propios y fueron padres amantísimos en su dedicación a Rafael Antonio.

1920: Vestido de marinero a la usanza de la época.

Decía que tuvo dos madres y dos padres, de quienes hablaba con profunda veneración y afecto. Su «papá Caldera» murió en 1942 y su «papá Liscano», como se refería a ellos, en 1951. Liscano fue para él «el padre amante, el maestro de todos los días, el compañero de todas las horas, el amigo en quien se depositan las más recónditas congojas y de quien se recibe el don invalorable del consejo, de la comprensión y del consuelo». [5]

María Eva falleció mucho después, en 1979, con la satisfacción de haber visto a su hijo en la presidencia de la República. Sanfelipeña «de pura cepa», había casado con un larense de Quibor, Tomás Liscano. Don Tomás había realizado algunos estudios en la Universidad Central de Venezuela, pero tuvo que interrumpirlos cuando se cerró la universidad en 1902 y el General Juan Victoriano Giménez, entonces Presidente del Estado Yaracuy, lo invitó a que fuera a trabajar con él. Pero en agosto de 1922 se mudaron a Caracas, para poder terminar su carrera y graduarse de abogado.

Para ir a Caracas viajaron en tren de San Felipe a Tucacas y de allí a Puerto Cabello en barco. Durmieron en el Puerto y al día siguiente tomaron de nuevo el tren en la mañana, para llegar a su destino en la tarde. Plácido Daniel Rodríguez Rivero había sido nombrado Director de Sanidad Nacional y le consiguió a Liscano un puesto de vigilante de una base de las fumigaciones, que se realizaban con mucha regularidad en toda el área metropolitana. María Eva, la abuela Liscano, contaba que vivían los tres en un solo cuarto de pensión y que ella hacía arepas y empanadas para ayudar al presupuesto familiar. Su esposo llegaría a ser presidente del Estado Falcón, Presidente del Senado de la República y de la Corte Federal y de Casación. Su hijo sería, por voto popular, dos veces Presidente de Venezuela.

Vivieron en Caracas dos años mientras Liscano se graduaba. Ese tiempo coincidió con la inauguración del Colegio San Ignacio el 7 de enero de 1923 y Rafael Antonio fue inscrito allí el 1° de marzo de ese año, con el número ciento cincuenta (150). Había estudiado tercer grado en San Felipe, en el Colegio Montesinos, pero los jesuitas consideraron que estaba para segundo grado y comenzó sus estudios con el recordado Hermano Pepe, José Agustín Marquiegui, quien llegó muy joven al colegio y dio clases por generaciones hasta su muerte. Entre sus innumerables discípulos se contarían sucesivamente los tres hermanos varones Caldera Pietri.

Regresaron a San Felipe en 1925, cuando Rafael Antonio estudiaba cuarto grado en Caracas. El teniente Gabriel Reyes Zumeta era director de la Escuela «Padre Delgado» de su pueblo natal y lo inscribió en ese mismo grado. Pero el alumno hizo cuarto, quinto y sexto grados en un solo año. A esa escuela tendría la gran satisfacción de construirle su actual edificación durante su primer gobierno.

Vivió en San Felipe dos años más, hasta 1927. Al terminar el sexto grado perdió un año porque en todo el Estado Yaracuy no funcionaba para la época ni un solo plantel de secundaria. A sus primos y compañeros de generación los mandaron internos al Colegio La Salle de Barquisimeto, pero sus padres no eran partidarios del internado y prefirieron que perdiera el año.[6] Ese tiempo lo utilizó, entre otras cosas, para aprender mecanografía, que llegó a dominar bien. El método por el que aprendió con el señor Francisco Lucambio lo emplearía para enseñar a sus hijos, uno a uno. Igualmente aprendió ese año a empastar libros. El curso de mecanografía fue uno de los libros encuadernados por él mismo que duraría en su casa toda la vida.

Octubre de 1928: Durante el acto de premiación de fin de curso en el Colegio San Ignacio, con su tío y padre adoptivo, el doctor Tomás Liscano.
16 de octubre de 1931: Premiación al finalizar el bachillerato en el Colegio San Ignacio, Caracas.

Volvió luego a Caracas a realizar su bachillerato en el Colegio San Ignacio. Sobre la educación ignaciana decía: «La formación de bachillerato para mí fue muy importante. La educación del Colegio San Ignacio, más que la ciencia que da, que es importante, es la formación del carácter y eso no se olvida nunca».

Se graduó de bachiller el 7 de julio de 1931 en un grupo de trece alumnos. Comenzó sus estudios en la Universidad Central de Venezuela en 1932, al abrirse el curso, lo que ocurría cada dos años. Durante los seis años de la carrera obtendría unas calificaciones difícilmente igualables: veinte puntos en todas las materias, con excepción de dos diecinueves. Obtuvo ese excepcional promedio en la carrera, a pesar de ser un líder estudiantil muy activo después de la muerte de Juan Vicente Gómez, durante sus tres últimos años de estudios. Cuando estudiaba el cuarto año, sería nombrado subdirector de la naciente Oficina Nacional del Trabajo, más tarde Ministerio del Trabajo.

En la Universidad Central de Venezuela entabló fructífera amistad con el doctor Caracciolo Parra León, quien lo indujo al estudio de Andrés Bello, con ocasión de un concurso convocado por la Academia Venezolana de la Lengua. Así, a la edad de diecinueve años, escribió una biografía del ilustre venezolano, que lo hizo merecedor del premio. Fue publicada en 1935 en el Boletín de la Academia y como separata por el propio Parra León. Desde entonces se han hecho muchas ediciones y ha sido traducida a varias lenguas.

En su condición de directivo de Acción Católica, Parra León lo seleccionó como uno de los tres representantes de la juventud venezolana enviados al congreso de universitarios católicos en Roma, en diciembre de 1933, evento al cual se referiría luego «como un punto crucial en el origen del movimiento político demócrata cristiano de los países de América Latina». «Ahí —decía—, en esta reunión de Acción Católica, se nos abrió un horizonte muy importante porque nos encontramos con líderes de los movimientos estudiantiles católicos en el resto del continente». Hizo amistad con Eduardo Frei Montalva, unos años mayor que él, con quien mantendría estrecha relación de por vida.

28 de diciembre de 1933: Congreso universitario de estudiantes católicos en Roma.

A la muerte de Gómez, el 17 de diciembre de 1935, iba a cumplir veinte años y se incorporó a las actividades de la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV). Pero, explicaba en una charla radial del 23 de septiembre de 1937 en Maracaibo:[7] «Había a cada paso confrontaciones, con discursos en pro y en contra, y fuimos formando un grupo de oposición bastante considerable. Ello nos llevó finalmente a una Asamblea extraordinaria, convocada por sorpresa en el Teatro Nacional el día 6 de mayo de 1936, para pedir la expulsión de los Jesuitas… y después agregaron “y de las otras órdenes religiosas”. Nosotros luchamos hasta el fin diciéndoles: “Si ustedes quieren pedirlo como ciudadanos, pídanlo, nosotros nos opondremos, pero si lo piden en nombre de la Federación, nos impiden a nosotros permanecer en la Federación”». Así nació la Unión Nacional Estudiantil, UNE.

«El 8 de mayo de 1936 se fundó la UNE. Podía decirse que el movimiento creador de la Democracia Cristiana en Venezuela empieza justamente allí, porque la preeminencia de la fuerza estudiantil en la vida política del país era considerable (…) La UNE se expandió al interior del país, a los colegios de bachillerato del interior, a la Universidad de Los Andes. El primer año, el 8 de mayo de 1937, tuvimos una gran celebración: una velada en el Teatro Municipal, a la cual asistieron el Presidente de la República —Eleazar López Contreras— y su esposa y ahí discurrimos, y ahí en mi discurso dije: “UNE no puede ser para nosotros una alianza transitoria, UNE es un compromiso para toda la vida”. Y ese fue nuestro lema».[8]

Dos meses antes de la fundación de la UNE se creó en Venezuela la Oficina Nacional del Trabajo y Caldera fue nombrado subdirector con apenas veinte años de edad recién cumplidos. El día 29 de febrero de 1936 se dictó el decreto creando la Oficina Nacional del Trabajo y el día 30 de junio de 1936 se introdujo ante el Congreso el Proyecto de la Ley del Trabajo que regiría en el país por más de medio siglo y en el que el joven subdirector tuvo una determinante participación.

A tales efectos vino a Venezuela, en lo que fue la primera misión de asistencia técnica en la historia de la Organización Internacional del Trabajo, un funcionario enviado para la preparación de la legislación laboral. La OIT envió al técnico inglés David H. Blelloch, quien llegó a Caracas el 20 de marzo de 1936. Su testimonio, muchos años después, es muy elocuente: «Al tiempo de mi llegada a Caracas, el Director de la recién creada Oficina Nacional del Trabajo era un abogado de cierta edad, el doctor Alonso Calatrava, y el Subdirector el bachiller Rafael Caldera. Como pude ver enseguida, el verdadero resorte de la Oficina —por así decirlo— era Caldera, y quizás la mayor satisfacción que mi misión en Venezuela había de procurarme fue una amistad duradera con uno de los más eminentes estadistas e intelectuales del continente, dotado además de una personalidad cálida y humana: un promotor bien enterado y dinámico de aquella especie de legislación del trabajo efectiva que yo también deseaba promover».[9]

Desde entonces orientará su vocación profesional al Derecho del Trabajo y presentará su tesis doctoral en esa materia en 1939, obra que se convirtió luego en texto obligado de consulta en universidades nacionales y extranjeras. El maestro argentino, don Alejandro Unsain, le escribiría al respecto: «Creo haber leído lo principal que sobre esta materia se escribe en América Latina (…) De lo que conozco, su libro es lo mejor».

Su actuación como subdirector de la Oficina Nacional del Trabajo duraría hasta octubre de 1937, cuando se produjo el incidente con el periódico Fantoches.

Enero de 1939: Reunión preparatoria del primer congreso nacional de la Unión Nacional de Estudiantes.
25 de abril de 1939: En el día de su grado de Abogado y Doctor en Ciencias Políticas, con sus dos hermanas, Rosa Elena y Lola y su padre biológico, Rafael Caldera Izaguirre.

En entrevista realizada en 1971 le preguntaron: «Se comenta mucho el famoso asalto que usted y un grupo de jóvenes hicieron en 1937 a la redacción del semanario Fantoches y la agresión física de que fue objeto el caricaturista Leoncio Martínez, el conocido Leo. «Ese doloroso incidente, —respondió— que no fue dirigido personalmente contra el señor Leoncio Martínez, sino contra el grupo del periódico (…) por nuestra parte no tuvo ningún carácter ideológico ni político, sino definidamente personal. Porque se nos trataba de presentar como afeminados, y consideramos, como muchachos de veinte años de edad, que esto era intolerable (…) Si alguna referencia personal puedo hacer para que se vea que aquel asunto quedó definitivamente terminado es la de que me honra la amistad de la viuda de Leoncio Martínez y la de que en 1958 tuve la satisfacción de ser entrevistado, con una introducción muy elogiosa, por Manuel Martínez, quien había sido el más estrecho colaborador de su tío en Fantoches. Pienso que no hubieran actuado así si no hubieran valorado con el tiempo las verdaderas circunstancias de aquel hecho».[10]

Caldera se oponía a la acción directa y su intervención se dirigió a convencer de esperar una semana más, para ver con cabeza fría en qué forma debían actuar. Lo cierto es que llegó un momento en que algunos de los presentes dijeron: «todos estamos de acuerdo por ir y tomar la acción contra Fantoches, y no vamos simplemente porque Caldera se opone, y no estamos de acuerdo en esa preeminencia de la opinión de Caldera». Ante esta actitud, dijo: «Estoy dispuesto a ir, yo voy», y acordó acompañarlos en la acción. De hecho, resultó herido: recibió una cortada en la barbilla, donde le quedó indeleble la cicatriz. En definitiva, el incidente pasó como si hubiese sido la acción de Caldera y sus muchachos frente al periódico.

Después vino la gran protesta, porque «el Subdirector de la Oficina Nacional del Trabajo había atacado al director de un periódico». A la salida de la policía, donde estuvieron presos tres meses, fue a visitar al ministro Luis Gerónimo Pietri y le entregó una carta renunciando al cargo de subdirector de la Oficina Nacional del Trabajo. Justificó su renuncia en el hecho de que terminaba sus estudios de abogado y quería dedicarle todo el tiempo a la redacción de la tesis doctoral. En realidad así resultó exactamente, porque realizó un trabajo intenso con el resultado referido.

1940: En la casa de Miracielos, en el noviazgo con Alicia, acompañados por su hermana Rosa Elena, María Eva y Tomás Liscano y Rafael Caldera Izaguirre.

Comenzó su carrera parlamentaria como representante del Estado Yaracuy. El 24 de enero de 1941, día en que cumplía los 25 años de edad, fueron las elecciones para el Congreso de la República y resultó elegido Diputado. La elección fue por unanimidad: los cuarenta y nueve concejales de los siete distritos votaron por él, en elección secreta, llegando así al parlamento nacional por primera vez. Fue elegido para el período de 1941 a 1944, porque de acuerdo con la reforma constitucional del año 36, las elecciones se realizaban cada dos años para la mitad de las Cámaras y cada diputado gozaba de un período de cuatro años.

Su primer gran debate fue por el Tratado de Límites con Colombia, para lo cual se inspiró en un estudio hecho por su maestro Caracciolo Parra León, Director de Política Internacional en la Cancillería. En 1942 su labor se centró en la reforma del Código Civil, estudiada por una comisión en la cual había tenido importancia el doctor Juan Pablo Pérez Alfonzo.

Cuando estaban por iniciarse las sesiones del año 43, le ofrecieron la cátedra universitaria de Sociología. Había aspirado antes a suceder a Parra León en la Cátedra de Principios Generales del Derecho, pero el ministro Arturo Uslar Pietri había dictado un reglamento según el cual se exigían al menos tres años de graduado y él no los tenía para ese momento. El vicerrector Antonio Gordils le ofrecía ahora esta cátedra con carácter interino y gustoso la aceptó. Iniciaría entonces su larga carrera docente a nivel superior. Enseñó Sociología Jurídica así como Derecho Laboral, en la Universidad Central de Venezuela y en la Universidad Católica Andrés Bello, hasta su jubilación.

Su nombramiento produjo una cierta conmoción en el Alma Mater, porque la mayoría de los estudiantes eran comunistas y del partido Acción Democrática. Protestaron contra su elección invocando dos argumentos: uno, su posición doctrinaria; y otro, su obligación de ir al Congreso puesto que todavía no había concluido su período de diputado. Respondió que su ideología era conocida, pero que sería plenamente respetuoso de las demás corrientes ideológicas; y en cuanto al Congreso, que no habría ningún inconveniente en ir al Congreso y mantener la Cátedra, pero que en todo caso estaba dispuesto a sacrificar su asistencia a las sesiones parlamentarias.

El día de la primera clase se esperaba, según la prensa, algún acontecimiento en la universidad por su nombramiento y había gran expectativa. Pero la situación se tranquilizó. Un documento que se iba a leer para pedirle la renuncia, no fue leído. Dio su clase y salió bien contento. Una semana más tarde llegó casualmente a la universidad el doctor José Gil Fortoul para asistir a una conferencia, que no tuvo lugar, y entonces preguntó: «¿qué clases hay?» Le contestaron que la de Sociología de Caldera, se presentó en el aula y se sentó. El joven profesor le exhortó con respeto: «doctor, tome usted la palabra»; y Gil Fortoul le contestó: «no señor, yo quiero oírlo». Y oyó toda su exposición, dándole así una mayor brillantez al momento.

El año de 1943, en que se discutió la reforma petrolera, no pudo asistir al Congreso porque perdería su cátedra universitaria. Cuando algunos le preguntaron por qué no asistió al Congreso, contestó que el doctor Gustavo Herrera y el gobierno nacional se lo impidieron. Él pidió que le nombraran un suplente en la universidad durante los tres meses que duraban las sesiones y le dijeron que, si formalizaba esa solicitud, nombrarían a otro que lo reemplazara en forma definitiva en la cátedra, lo que no estuvo dispuesto a aceptar. El futuro le depararía nuevas y excelentes oportunidades de ejercer la función parlamentaria.

18 de junio de 1946: Mitin de COPEI en el Nuevo Circo de Caracas.

Apenas iniciada su carrera en el parlamento nacional, se casó el 6 de agosto de 1941 con Alicia Pietri Montemayor, caraqueña de diecisiete años. Hija del doctor Andrés Pietri Méndez, nacido en Río Caribe, Estado Sucre, médico otorrinolaringólogo graduado en Caracas y con especialización en París, hijo a su vez de Alejandro Pietri Pietri y Antonia María Méndez Rauseo. Los Pietri son originarios de Livorno, en la Toscana, y alrededor del año 1500 se establecieron en la isla de Córcega. En 1835 Andrés Antonio Pietri Bonifacio, bisabuelo paterno, nacido en la isla de Córcega al norte de Bastia, viajó a Venezuela de treinta y dos años y fue el fundador de la familia en Río Caribe. La madre de Alicia fue Luisa Teresa de Montemayor Núñez, también nacida en Caracas, hija de Lorenzo de Montemayor y Concepción Núñez López Méndez.

El matrimonio Caldera Pietri construyó su casa en Sabana Grande, en la que es hoy Avenida Solano, al lado del viejo edificio que dio paso al actual Pasaje Concordia. En Puntofijo, albergue de infinidad de recuerdos, vinieron los seis hijos del matrimonio: Mireya, Rafael Tomás, Juan José, Alicia Helena, Cecilia y Andrés. Allí vivieron durante veinticinco años, hasta que se mudaron a Tinajero en 1965 y Puntofijo fue demolida por el comprador para construir un edificio al que puso el mismo nombre.[11]

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Dejemos que sea él mismo quien nos cuente cómo fue el proceso político de la fundación del partido social cristiano:[12] «El movimiento político Copei tuvo un período de incubación en los años de 1936 a 1946. Surge primero como un movimiento universitario, a través de la Unión Nacional Estudiantil, y después ensaya la formación de un grupo político más permanente —en cumplimiento de aquella consigna de que UNE era “un compromiso para toda la vida”— a través de Acción Electoral, un grupo que se constituyó en el Distrito Federal para participar en las Elecciones Municipales; luego, del Movimiento de Acción Nacionalista, un grupo embrionario que se mantuvo dentro de límites reducidos y que no llegó a formalizarse de una manera definitiva; y luego, Acción Nacional, un partido que tuvo dos representantes en la Cámara de Diputados, que tuvo representación en algunos Concejos Municipales y que logró crear un ambiente de opinión que pudo explicar el que al lanzarse la idea de Copei, al cabo de muy poco tiempo, fueran numerosos los venezolanos que respaldaban el nuevo movimiento».

El 13 de enero de 1946, entre las esquinas de Candilito a Cruz, de la Plaza Candelaria en el centro de Caracas, unas seiscientas personas asistieron a la asamblea convocada en la planta baja del edificio Ugarte, según reseñó el diario El Universal al día siguiente, en la cual se aprobaron por unanimidad los Estatutos de la naciente organización política e intervinieron varios oradores, clausurando el acto Rafael Caldera. Se eligió también por unanimidad la directiva del partido, presidida desde ese momento y hasta el final de su larga vida por don Pedro Del Corral. Fue elegido como primer Secretario General José Antonio Pérez Díaz, porque Caldera se desempeñaba como Procurador de la Nación.

El 13 de abril de ese mismo año hubo un gran acto de masas en la Plaza Bolívar de la ciudad de San Cristóbal, saboteado por Acción Democrática, dirigida según informes fidedignos por el propio gobernador del estado Leonardo Ruiz Pineda. En medio de aquel tumulto, Caldera tomó la decisión de renunciar de manera pública a la Procuraduría General de la Nación. Desde ese momento, Copei aparece delineado como la gran fuerza política de oposición del país.

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En los importantes testimonios que ha dejado para la historia José Agustín Catalá en su libro Los archivos del terror. 1948-1958. La década trágica. Presos, torturados, exiliados, muertos,[13] hace un recuento pormenorizado del espionaje al que fue sometido Rafael Caldera[14] y de las veces que fue detenido por la policía del régimen dictatorial. La primera de ellas los días 12 y 13 de julio de 1952 con todo el Comité Nacional de Copei, por carta pública dirigida a la Junta de Gobierno el 20 del mes anterior solicitando el cierre de la prisión de Guasina. En adelante se repitieron las detenciones, a medida que la dictadura se fue endureciendo. Fueron encarcelados varias veces. Primero con ciertas consideraciones, en las oficinas de la policía; después con los del hampa común, en el célebre Cerro del Obispo.

Frente al fraude electoral del 30 de noviembre de 1952, los diputados de Copei fueron convocados a la instalación de la Asamblea Constituyente pero enviaron un documento expresando que solo asistirían a las sesiones bajo las condiciones de que regresaran los diputados que habían sido expulsados del país y tuvieran el goce de todos sus derechos; y que la prensa tuviera libertad para informar sobre las sesiones de la Constituyente. Pérez Jiménez se indignó con la respuesta y comenzó un enfrentamiento que se acrecentaría hasta el final de su gobierno.

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La actividad política se reducía en esos años a contactos personales. Comenzó a dar unas charlas de televisión por la estación Televisa, canal 4, que fueron llamadas «Aula de Conferencias TV», pero al poco tiempo se las prohibió el Ministerio del Interior. Fue también expulsado de la Universidad.

Durante la dictadura de Pérez Jiménez le tocó luchar dentro del país hasta el final del régimen. Después de 1950, nunca salió de viaje al exterior para no correr el riesgo de que le impidiesen regresar. En 1956 fue nombrado padrino de la promoción de abogados de la Universidad Central de Venezuela y se convirtió en una clara referencia nacional para los opositores a la dictadura. Se perfilaba como el candidato unitario de la oposición para diciembre de 1957 frente a Pérez Jiménez, lo que provocó su encarcelamiento.

La tarde del 20 de agosto iba con su madre y un chofer cuando lo detienen. Lo exhortaron a abordar un vehículo de la Seguridad Nacional, pero él se negó a hacerlo; entonces uno de los funcionarios fue con ellos, al lado del conductor. Al llegar a la sede del organismo de seguridad, en la Plaza Morelos, Caldera le indicó al chofer entrar por la puerta principal, no por la de atrás como había dicho el funcionario que los acompañaba, a fin de que quedara constancia pública de su presencia allí y no pudiese hablarse luego de una «desaparición».

En la última celda del último piso de la sede de la Seguridad Nacional estuvo completamente incomunicado por espacio de cuatro meses y tres días. No se atrevieron a torturarlo físicamente, pero le impidieron todo contacto con su familia o con persona alguna; hasta a sus carceleros se les había prohibido dirigirle la palabra. Durante su detención pudo leer la Biblia, y cada tarde a las seis se unía de modo espiritual a la misa de la Iglesia de El Recreo. En ese tiempo, se realizó un Congreso de la Democracia Cristiana continental en Sao Paulo, Brasil, en el cual fue designado vicepresidente en ausencia. Y para rendirle homenaje, dejaron vacía su silla, cubierta con la bandera de Venezuela.

El 24 de diciembre lo llevaron ante el ministro Laureano Vallenilla: iba a ser liberado pero debería abandonar el país a la brevedad. «Después del plebiscito —refiere—, fui puesto en libertad. Laureano me hizo llevar a su Despacho, y me dijo que el Presidente y él lamentaban haberme tenido preso, porque yo era «un ciudadano honorable». Al preguntarle «entonces ¿por qué fui detenido?, me respondió: “cosas de la política”. Me comunicó la orden de abandonar el país antes del 10 de enero, pero —coincidencia extraña— el 10 de enero los que salieron de Venezuela fueron él y Estrada para no volver».[15]

Durante la mañana del día de Año Nuevo, el país despertó alegre y esperanzado por el alzamiento de Maracay. En la tarde el ambiente cambió y hacia las seis llegó a su casa una comisión de la Seguridad Nacional. La comisión policial se retiró con las manos vacías porque no pudo detenerlo, como a toda la dirigencia política que fue encarcelada. Al día siguiente aparecería en la Nunciatura Apostólica. El Nuncio de Su Santidad en Venezuela, Monseñor Forni, lo alojaría en su residencia poco más de dos semanas, hasta el 19 de enero cuando salió expulsado del país.

Cuatro días después de su salida al exilio, el 23 de enero de 1958 en la madrugada, cae Pérez Jiménez y huye apresuradamente desde el aeropuerto de La Carlota. De esa misma fecha sería la famosa fotografía en la que aparecen Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Rafael Caldera reunidos en Nueva York. Comenzaba una nueva y difícil etapa en la historia de Venezuela: la construcción de la democracia.

31 de octubre de 1958: Firma del Pacto de Puntofijo.

Rafael Caldera regresó de su corto exilio el sábado 1º de febrero de 1958 y fue recibido por una hermosa concentración popular en la Plaza Diego Ibarra de Caracas. Comenzó sus palabras así:[16] «Parece un sueño. Hace menos de dos semanas dejaba yo la Patria por imposición de la tiranía, en medio de una noche que parecía negra y tenebrosa, y hoy estoy encontrando a la Patria en este día hermoso de libertad».

«Pérez Jiménez —expresó luego— fue el último tirano. Con él se cerró la historia de la ignominia. Y no habrá nunca nadie tan ciego, tan perverso, que sea capaz de repetir la aventura suicida, sabiendo que Venezuela en casos como este sabe dar al mundo la lección más hermosa, más íntegra de una absoluta y total unidad».

«Los estudiantes de todas las Universidades, oficiales y privadas, hermanados en un solo abrazo, salieron a dar el toque de clarín; salieron a avisarle a Venezuela que ya el momento había llegado. Ellos fueron el canto del gallo en la madrugada de la libertad (…) Hemos ganado la batalla de la libertad. Tenemos que ganar ahora la batalla de la paz. Tenemos que ganar la batalla del trabajo. Tenemos que ganar la batalla de la grandeza de la Patria».

«El régimen decía que estaba trabajando por una Venezuela grande y próspera. La Venezuela grande y próspera no podía existir mientras no existiera la Venezuela libre. La libertad es la base de la grandeza y de la prosperidad. Hemos conquistado, venezolanos, el don inestimable de la libertad. Ahora somos, nosotros mismos, los que debemos conquistar el don de la prosperidad y de la grandeza de la Patria. Unidos todos, no con amapuches de embuste, cada uno en su posición, cada uno con sus ideas, cada uno con su sinceridad, pero todos encontrando que por encima de las propias ideas hay ideas superiores, que por encima de las propias aspiraciones hay aspiraciones comunes y esas aspiraciones comunes se representan en la grandeza verdadera, digna y libre de esta Patria amada de Venezuela».

En su libro Los Causahabientes. De Carabobo a Puntofijo, Caldera expresa: «Si alguna fecha en la historia de Venezuela, después de los días memorables de la etapa gloriosa de lucha por la Independencia, merece recordarse y honrarse, es la de “este día, por mil razones glorioso”,[17] el 23 de Enero de 1958. Porque en esa fecha el pueblo venezolano, apoyando la acción institucional de las Fuerzas Armadas, decidió solidariamente ponerle fin a la última dictadura militar del siglo XX (…) La experiencia de las ilusiones perdidas y de los fracasos sufridos en el curso de nuestra historia pesaba gravemente en la conciencia de todos. Y como primera respuesta a las inquietudes que nos mortificaban, se sentía la necesidad de fomentar un espíritu de solidaridad. Corría en esos días lo que se llamó: “el espíritu del 23 de enero”. El espíritu del 23 de Enero traducía la necesidad de coordinación, de entendimiento, de cooperación».[18]

Se exploró por ello la posibilidad de elegir un candidato presidencial de unidad nacional. Caldera recuerda que «Copei sostenía la tesis de un candidato independiente, y se mencionaba el nombre de un distinguido científico venezolano, el doctor Martín Vegas». No se dio y los partidos presentaron sus respectivos candidatos a la elección de diciembre; pero el espíritu del 23 de enero hizo posible dos grandes logros que fueron realmente históricos: el Pacto de Puntofijo y la Constitución de 1961.

Llamado por sus firmantes «Pacto de Unidad», los periodistas le pusieron el nombre con el que se le conoce porque fue firmado en el hogar de la familia Caldera. Apenas habían transcurrido nueve meses desde la caída de Marcos Pérez Jiménez, y el país bajo la dirección de la Junta de Gobierno se disponía a realizar sus primeras elecciones el domingo 7 de diciembre de ese año. Ante ese panorama, los tres grandes partidos políticos de la época (AD, URD y COPEI) suscribieron el compromiso de defender los resultados electorales y conformar un gobierno de unidad nacional con base en un programa mínimo de acción.

El acuerdo establecía literalmente que, «sin perjuicio de la autonomía organizativa y caracterización ideológica» de cada partido, estos comprometían su acción y responsabilidad en «defensa de la constitucionalidad y del derecho a gobernar conforme al resultado electoral». «Las elecciones determinarán la responsabilidad en el ejercicio de los Poderes Públicos, durante el período constitucional 1959-1964» y «todas las organizaciones políticas están obligadas a actuar en defensa de las autoridades constitucionales en caso de intentarse o producirse un golpe de Estado». «El Gobierno de Unidad Nacional es el camino para canalizar las energías partidistas y evitar una oposición sistemática que debilitaría el movimiento democrático. Se deja claramente sentado que ninguna de las organizaciones signatarias aspira ni aceptará hegemonía en el Gabinete Ejecutivo, en el cual deben estar representadas las corrientes políticas nacionales y los sectores independientes del país, mediante una leal selección de capacidades».

Asimismo, «para facilitar la cooperación entre las organizaciones políticas durante el proceso electoral y su colaboración en el Gobierno Constitucional, los partidos signatarios acuerdan concurrir a dicho proceso sosteniendo un programa mínimo común cuya ejecución sea el punto de partida de una administración nacional patriótica y del afianzamiento de la democracia como sistema. Dicho programa se redactará por separado, sobre las bases generales ya convenidas, y se considerará un anexo del presente acuerdo».

Un mes más tarde, el 6 de diciembre en la noche, víspera de las votaciones, en la propia sede del Consejo Supremo Electoral los tres candidatos presidenciales, Rómulo Betancourt (AD), Wolfgang Larrazábal (URD-PCV) y Rafael Caldera (COPEI), suscribieron la «Declaración de Principios» que recogía la esencia del Pacto de Puntofijo y el «Programa Mínimo» con base en el cual se conformaría un gobierno de unidad nacional, con la participación equilibrada de los partidos y los sectores independientes.

Se trataba de un acuerdo para cinco años, primer período constitucional de la naciente democracia, a fin de garantizarle al país un futuro de libertades. Al respecto precisa Caldera: «No se previó su duración más allá del primer quinquenio, como se acaba de indicar; pero, indudablemente, el espíritu del 23 de Enero, el compromiso solidario de sostener las instituciones por encima de las diferencias partidistas, la defensa de las libertades y de los derechos humanos y el compromiso social, inseparables del derecho y el deber de gobernar, valores que inspiraron el Pacto de Puntofijo, sobrevivieron al término previsto».

En efecto, no se puede negar que el Pacto de Puntofijo, «le aseguró a Venezuela, por lo menos hasta ahora, cuarenta años de libertad, de participación popular en la elección de los poderes públicos y de incorporación con dignidad a la comunidad de pueblos libres del hemisferio occidental».[19] Pero, obviamente, «su mérito principal estuvo en haberse cumplido». Al terminar su mandato, Rómulo Betancourt pudo afirmar: «Debo ser sincero al decir (…) que en mis colaboradores del partido socialcristiano Copei encontré siempre gente leal, eficiente, con vocación de servicio, inapta, por convicción ideológica y por formación política, a la viveza criolla y a la zancadilla de mala ley. Entre mis mejores experiencias de gobernante está la de la colaboración que siempre tuve de los cuadros de dirección, y en los hombres destacados a la administración pública del partido socialcristiano Copei».[20]

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«La Constitución de 1961 fue la expresión jurídica del espíritu del 23 de Enero. Por eso escogimos el 23 de enero de 1961 para su promulgación (…) La firma y entrada en vigor de la Constitución se realizó el 23 de enero de 1961 y fue suscrita unánimemente por todos los miembros del parlamento, evidencia de un amplísimo consenso nacional (…) No hay duda de que la Constitución de 1961 ha sido la mejor en la historia de la República y, por de pronto, la que mayor duración ha tenido».[21] A Rafael Caldera le correspondió presidir la Cámara de Diputados del Congreso Nacional durante los tres primeros años del gobierno de la unidad, desde la instalación del Parlamento en 1959 hasta el primer trimestre de 1962. Por ello debió copresidir con el Presidente de la Cámara del Senado, Raúl Leoni, las intensas labores de la Comisión Bicameral que tuvo a su cargo elaborar la Constitución. En dicha comisión participó lo más granado de la dirigencia política del momento. Basta recorrer las actas[22] de sus reuniones durante dos años para constatar el gran papel jugado por Caldera en la elaboración de la Carta Magna.

«Algo distingue —afirmó en el momento de su firma— a la Constitución de 1961 entre otras que hemos tenido antes: ella logra un vigoroso equilibrio entre el ideal y la praxis; entre la parte dogmática y la orgánica, entre las normas preceptivas y las disposiciones programáticas. La orientación fundamental ha sido conjugar en un gran ideal los valores afirmativos que arroja nuestra historia y las aspiraciones revolucionarias que agitan nuestro pueblo; la preocupación central ha sido elaborar preceptos que estén llamados a cumplirse, no estampar declaraciones que no haya el propósito y la posibilidad de realizar. Nunca, tal vez, asistieron antes a una Comisión parlamentaria mayor número de profesores universitarios; nunca, tampoco, asumieron tan directa responsabilidad en la redacción de una ley, igual suma de dirigentes políticos cargados con el peso de la suprema dirección de los diversos movimientos. No fue, pues, la formación de esta Constitución la obra de unos sabios encerrados en un laboratorio, ni la transacción de unos políticos negociando una oportunidad: fue la conjugación de la mejor doctrina constitucional con la mejor voluntad de aprovechar las enseñanzas de la realidad. Se escribió por gente que ha vivido intensamente, antes y ahora, la experiencia venezolana, y por gente que ha estudiado con desvelo la teoría de la organización política».[23]

11 de marzo de 1969: Fotografía oficial de la pareja presidencial 1969-1974.

En diciembre de 1968 gana por primera vez las elecciones presidenciales. Su triunfo coronaba el crecimiento sostenido de su candidatura, elección tras elección, al obtener medio millón de votos más que en 1963 y setecientos mil más que en 1958. Según los resultados oficiales, votaron por él más de un millón de personas y logró una ventaja de cuarenta y cinco mil sufragios sobre el candidato del gobierno, lo que representaba poco más del uno por ciento de los válidamente emitidos.[24]

No obtuvo mayoría en el Congreso. Copei logró cincuenta y nueve diputados del total de doscientos catorce (el 27,5%) y dieciséis senadores del total de cincuenta y dos (el 30,7%). En cambio Acción Democrática obtuvo sesenta y seis diputados (30,8%) y diecinueve senadores (36,5%). Su Secretario General Nacional se apresuró a anunciar que harían oposición frontal al nuevo gobierno. Lo recordaba Caldera años después al explicar por qué no formó un gobierno de coalición y se generó un hecho singular en nuestra historia contemporánea, digno de detenido análisis: gobernar sin contar con mayoría en el Congreso, como le ocurriría nuevamente en su segundo mandato presidencial.

«Hacer coalición con otros grupos políticos era no solo desaconsejable sino imposible, porque para poder obtener una mayoría en el Congreso, tenía que lograrse coalición con tres o cuatro partidos, de signos distintos, muy difíciles de conciliar, lo que privaría al gobierno de programa de unidad. De manera que fue preferible hacer un gobierno de minoría, pero coherente y gestionar para los puntos fundamentales acuerdos parlamentarios, por muy laboriosos que estos fueran. Así, por lo menos pudimos formar un equipo de gobierno eficiente, compenetrado en fines y procedimientos».[25] Pero fue una experiencia difícil desde los propios inicios del período constitucional.

La instalación del Congreso debía realizarse el día 2 de marzo y la toma de posesión del nuevo Presidente dentro de los diez días siguientes, por mandato del artículo 186 de la Constitución de 1961. La elección de las directivas de las Cámaras Legislativas resultó conflictiva y durante unos días no pudo comenzar a funcionar el parlamento. Se llegó a pensar que el nuevo Presidente de la República tendría que juramentarse ante la Corte Suprema de Justicia, pero finalmente se llegó a la elección del senador copeyano José Antonio Pérez Díaz como Presidente del Congreso, ratificado luego en el cargo los cinco años del quinquenio en virtud del llamado «Pacto Institucional», según el cual el Senado sería presidido por un representante del partido de gobierno y la Cámara de Diputados por uno del principal partido de oposición. Recordemos que el Presidente del Poder Legislativo debía suceder al Presidente de la República en caso de ausencia absoluta.

Poco tardarían en presentarse nuevos y graves conflictos, como el ocurrido en agosto de ese mismo año de 1969 cuando la oposición aprobó una ley para crear el Consejo de la Judicatura y despojar al Ministro de Justicia de la facultad de proponer los candidatos a nuevos jueces de la República. «Es la primera y única vez en que se ejerció en Venezuela, bajo la vigencia de la Constitución de 1961, el veto presidencial. El episodio terminó a favor del Congreso, decidiendo la Corte ocho a siete la constitucionalidad de la ley».[26] Las consecuencias muy negativas de ese hecho fueron reconocidas por Rómulo Betancourt: «Cuando asume Copei, AD presentó el proyecto de creación del Consejo de la Judicatura. Esta ley pasó, pero es absurda, porque convierte a la Judicatura en una finca en la que cada partido tiene una parcela de jueces de acuerdo con el número de votos obtenidos».[27]

El 11 de diciembre de 1968 tiene lugar el acto de proclamación de Rafael Caldera como Presidente Electo en el auditorio del Consejo Supremo Electoral. En su discurso formuló una promesa que recordaría al final de su gestión y repetiría al comenzar su segundo mandato: «en mis manos no se perderá la República». Anunció como norte fundamental de su gobierno: «Me guía como preocupación fundamental la paz. Quiero ser un instrumento al servicio de la paz de los venezolanos».[28] Cinco años más tarde, al pronunciar su último mensaje presidencial ante el Congreso, el 6 de marzo de 1974, afirmó: «La pacificación marchó adelante, contra viento y marea, con la aquiescencia de la opinión pública y la comprensión y respaldo de las Fuerzas Armadas».[29]

«La tarea de la pacificación no fue fácil. Hubo que hacer uso de las atribuciones constitucionales y legales del Presidente de la República en una forma progresiva, audaz y prudente al mismo tiempo, manteniendo estricta vigilancia sobre la situación, para evitar que no se interpretara como debilidad del gobierno la búsqueda de la paz interior del país. Costó trabajo convencer a los propios agentes de la subversión de la sinceridad de los propósitos gubernamentales para que volvieran a los cauces legales, y hubo algunos pocos que persistieron, pero el resultado mereció los esfuerzos que hubo que realizar. Esa política, que en aquel momento fue motejada de locura y ahora pretende presentarse como una simple consecuencia de la acción del gobierno precedente, demostró haber sido de gran beneficio para el país».[30]

3 de junio de 1970: Discurso ante el Congreso de los Estados Unidos de América.

Caldera se propuso realizar una política de verdadero nacionalismo democrático, que definió de esta manera: «No es un nacionalismo agresivo ni hostil sino constructivo y cooperador, enrumbado hacia la paz y la amistad con las demás naciones, un nacionalismo proyectado a identificarse con las aspiraciones de los demás países de América Latina para que se equilibren desigualdades irritantes y se haga sentir la presencia de Latinoamérica, con su visión ecuménica del hombre, en la búsqueda de un entendimiento universal».[31] Esa política se manifestó primero que nada en la defensa de nuestros recursos naturales.

En diciembre de 1970, contando con el voto unánime de los partidos políticos representados en las cámaras legislativas, el Congreso aprobó la modificación de la Ley de Impuesto sobre la Renta por la cual se facultó al Ejecutivo Nacional para fijar unilateralmente los precios de exportación del petróleo y del hierro, y se aumentó el impuesto que pagaban las compañías petroleras y mineras. El 26 de agosto de 1971 fue promulgada la ley que reservó al Estado la industria de gas natural y el 21 de junio de 1973 la que reservó al Estado la explotación del mercado interno de los productos derivados de hidrocarburos.

Así, en su última Alocución de Año Nuevo de enero de 1974, pudo afirmar: «Los precios del petróleo se han fijado, por acto de soberanía, en el equivalente de más de 14 dólares por barril. Este precio no alcanzaba a dos dólares en el momento en que entré en ejercicio del Gobierno (…) Con solo una fracción de los ingresos adicionales que obtendrá la República en este mismo año 1974 podrían cancelarse totalmente esas obligaciones externas e internas».[32] Se refería a la deuda pública externa e interna que para el final de su gobierno era de solo siete mil cien millones de bolívares, mientras que el ingreso petrolero en 1974 superó los cuarenta mil millones de bolívares.

Al final de su primer mandato, Caldera entregó un país en paz y en pleno desarrollo, con sus finanzas en orden; una Venezuela madura para manejar directamente su actividad petrolera. Situación muy distinta a la que le tocaría recibir veinte años después, al inicio de su segundo mandato presidencial: una democracia gravemente cuestionada, que muchos consideraban perdida sin remedio; con una economía en crisis, un barril de petróleo devaluado y el sistema bancario en quiebra.

A partir de la reunión celebrada en Caracas en 1970, la Organización de Países Exportadores de Petróleo multiplicó su importancia en la economía mundial. Por otra parte, se sustituyó la llamada «Doctrina Betancourt», por la cual se habían interrumpido las relaciones diplomáticas de nuestro país con varios gobiernos del continente, por una política de «Solidaridad Pluralista», que reconocía la vinculación esencial de los pueblos latinoamericanos por sobre la variedad de concepciones, sistemas o hechos que prevalecieren en los distintos países. Venezuela ingresó al Pacto Andino con la firma del Consenso de Lima.

El 31 de diciembre de 1971 se denunció el Tratado de Reciprocidad Comercial con los Estados Unidos, «algo —dijo— de lo que se hablaba desde hace muchos años, que se planteaba como fundamental para darle orientación a nuestra política económica y que nadie se había atrevido a hacer. Simplemente llamamos al embajador, le entregamos una nota y quedó denunciado el Tratado».

Proclamó la tesis de la Justicia Social Internacional en diversos escenarios, incluido el Congreso de los Estados Unidos. El presidente visitó el parlamento norteamericano en Washington el 3 de junio de 1970, donde fue recibido de manera conjunta por senadores y representantes. Habló en inglés. Allí afirmó: «Creo en la Justicia Social Internacional. Según la concepción de Aristóteles, la justicia ordena dar “a cada uno lo suyo”. En el devenir de su pensamiento a través de la filosofía cristiana “lo suyo” no es solo lo que a cada hombre corresponde, sino también lo que a “la sociedad” corresponde para “el bien común”. No hay dificultad alguna en trasladar este concepto a la comunidad internacional. Así como “la sociedad”, en el ámbito nacional, tiene derecho a imponer relaciones distintas entre sus miembros, así “la comunidad internacional” exige a los diversos pueblos una participación cónsona con su capacidad, para que “todos” puedan llevar una existencia humana».

«Las obligaciones y derechos de los distintos pueblos han de medirse, por ello, en función de la capacidad y de la necesidad de cada uno, para hacer viables la paz, la armonía y el progreso y todos podamos avanzar dentro de una verdadera amistad. Ustedes representan a un pueblo que ha logrado una inmensa suma de poder y riqueza. Dentro de su propio país, a ustedes les inquietan los sectores que no han logrado asegurar un nivel de vida satisfactorio, y se esfuerzan en darles la posibilidad de salir del estado de marginalidad social e incorporarse de lleno a los beneficios logrados por la comunidad nacional. En la esfera internacional, es difícil pensar que el pueblo que llegó a la luna no sea capaz de dar una contribución decisiva al desarrollo de los otros pueblos».

«Yo estoy orgulloso de ser latinoamericano. Ello no me priva de entender y admirar otras culturas, entre las cuales ocupa la de ustedes un sitio relevante. Como latinoamericano puedo afirmar —en este lugar tan representativo del pueblo norteamericano—, que es hora todavía de encontrar el sólido terreno para levantar sobre bases auténticas el entendimiento que deseamos».[33]

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Su gobierno dio prioridad a la educación, tanto en su aspecto cuantitativo como cualitativo. En 1973 el presupuesto del Ministerio de Educación fue superior a la quinta parte del total del presupuesto nacional,[34] excluido el Situado, llegando a doblar en cifras absolutas las de 1968. Se llegó a construir 2.910 edificaciones para la educación primaria y media; y se triplicó el número de universidades e institutos de educación, por lo que en ese quinquenio se crearon más centros de estudio a nivel superior que en toda la historia anterior del país. Así, uno de cada cuatro venezolanos estaba estudiando en 1973, mientras que en 1968 lo hacía uno de cada cinco.

El objetivo del cambio cualitativo era una nueva estructura del sistema educativo, articulando funcionalmente sus distintos niveles para darle continuidad al proceso de enseñanza y aprendizaje. Se estableció el ciclo básico de educación secundaria y el ciclo diversificado, a fin de preparar al estudiante para proseguir su camino a la educación superior y a la vez habilitarlo para incorporarse al mercado de trabajo en una amplia gama de posibilidades de acuerdo a las necesidades regionales.[35]

A veces, para descalificar su gestión, se menciona que «allanó la UCV». Fueron días amargos en los que tuvo que intervenir su Alma Mater, donde se formó, y fue profesor por décadas. La universidad había sido convertida en base de operaciones para hechos de violencia que se repetían a diario. Lo cierto es que, concluido su mandato, el Consejo Universitario de esa casa de estudios lo designó de modo unánime Profesor Honorario. Al conferirle la singular distinción, el Rector Rafael José Neri pronunció un discurso en que daba fe de su recta conducta como gobernante con la universidad, a la que dejó en pleno goce de su autonomía. Ese fue su mejor finiquito al ingrato suceso.

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La tasa de desempleo según el censo de 1971 era de 6,2%, frente al 13,1% en 1961; y la encuesta de hogares por muestreo efectuada en 1973 dio una desocupación de solo el 4,9%, porque se crearon más de quinientos mil nuevos empleos en el quinquenio. El equilibrio fiscal permitió lograr una inflación de apenas el 14% en cinco años, con un superávit en 1973 y revaluando el bolívar de 4,50 a 4,30 por dólar.[36] Comenzó la carrera administrativa en el sector público e implementó el presupuesto-programa. Se dio inicio a la descentralización con la creación de ocho regiones administrativas y sus respectivas corporaciones de desarrollo regional. El Presidente puso especial énfasis en lo que llamaría la Conquista del Sur, para el desarrollo de Guayana y Amazonas.

Dio un gran impulso a las políticas de vivienda popular y pudo llevar a cabo una recordada promesa electoral, objeto de duras críticas de sus oponentes, que la juzgaban de imposible cumplimiento: «En 1973, se llegó a la cifra récord de 108.000 unidades construidas en un año, para totalizar la cantidad de 291.233 en el período, lo cual equivale a 5,43 unidades de vivienda por cada mil habitantes». Por otra parte, para mejorar la atención a las zonas de barrios, se «decretó la creación del Departamento de Equipamiento de Barrios adscrito al Banco Obrero, lo cual significó un avance muy importante para la atención de los sectores de menores recursos».[37] En efecto fue uno de los primeros decretos dictados en la materia y llegó a atender en el quinquenio a cerca de doscientas mil familias, en cuarenta y ocho ciudades del país.[38]

 

Se construyeron siete mil seiscientos kilómetros de vialidad y más de setenta y cinco nuevas avenidas, autopistas y distribuidores de tránsito en toda la República. Entre ellas se cuentan el distribuidor Ciempiés, el segundo piso de la autopista Francisco Fajardo, la prolongación de la Cota Mil hasta El Marqués y su enlace con la autopista Fajardo, la autopista Prados del Este-La Trinidad, el tramo Barquisimeto-Yaritagua de la autopista Centro-occidental, la autopista Valencia-Campo de Carabobo, el puente sobre el Río Limón en la Goajira y el puerto y aeropuerto de Margarita.

Edificaciones emblemáticas construidas en este período fueron el Poliedro de Caracas, el Museo de Bellas Artes, el edificio del Banco Central de Venezuela y el de los Tribunales de la República, así como el edificio del Ministerio de Educación, el Teatro de Bellas Artes de Maracaibo, el edificio Sede de la Sociedad de Ciencias Naturales, el edificio Administrativo del Palacio de Miraflores, la Comandancia General de la Aviación, la Residencia Presidencial La Viñeta y la remodelación de la Zona Colonial de Coro.[39] Construyó el edificio del Ateneo de Caracas e inauguró el Hospital Miguel Pérez Carreño, y comenzó el desarrollo del Metro de Caracas.[40]

A su lado, la Primera Dama realizó también una gran labor. Siempre advirtió que no era política, sino la esposa de un político. Tímida para actuar y hablar en público, encaró con decisión su responsabilidad e hizo una recordada gestión en favor de la niñez venezolana. No solo continuó la realización del «Día del Niño» creado por su antecesora, la señora Leoni, sino que impulsó programas como el «Día del Niño Hospitalizado», el programa de televisión Sopotocientos, la colección de libros de lectura infantil Páginas para Imaginar, la «Semana de Arte y Cultura para Niños» y la puesta en servicio de más de ochocientos «Parques de Bolsillo». Mención especial merece el Plan Vacacional, que movilizó en los cinco años un total de ciento cinco mil niños de todo el país.

24 de abril de 1982: Visita oficial de Rafael Caldera a la India como parte de sus funciones de Presidente del Consejo de la Unión Interparlamentaria Mundial, cargo que ocuparía entre 1979-1982.

Al salir de la Presidencia, interpretó que su papel como Senador Vitalicio no era el de participar en el debate diario del Parlamento sino reservar el uso de esa tribuna para ocasiones especiales en las que el país debería escuchar su palabra. Intervino así en la discusión de la Ley de la Nacionalización Petrolera, en la Ley de Régimen Municipal y en la evaluación de la obra de gobierno de su sucesor, con motivo de haber adelantado el Presidente Pérez en su cuarto mensaje el resumen de lo hecho durante ese período.

En julio de 1979 fue escogido como presidente de la Conferencia Mundial de Reforma Agraria que tuvo lugar en Roma, debiendo regresar precipitadamente a Caracas por el fallecimiento de su madre.

El 21 de septiembre de 1979 es designado por unanimidad presidente del Consejo de la Unión Interparlamentaria Mundial para el trienio 1979-1982. Como tal le tocó viajar con mucha frecuencia y pudo hablar en los más importantes parlamentos del mundo por la unidad, la paz, el entendimiento entre los pueblos. Al referirse a ello, dice: «Esta designación constituyó uno de los hechos más emocionantes de mi vida. La unanimidad fue precedida por la presentación —también unánime— del grupo parlamentario venezolano, integrado por miembros de todos los partidos representados en nuestro Congreso y por el apoyo —igualmente unánime— de los países hermanos integrantes del Parlamento Latinoamericano (…) En todas mis actuaciones, sintiéndome ciudadano del mundo, no quise olvidar por un instante que era la mía una voz latinoamericana. Una voz de este continente que marcha con dificultades hacia una integración cada vez más ineludible; una voz que requiere mayor validez para contribuir a que haya entre todos los pueblos y entre todos los seres una comprensión fundamental, una noción clara de la interdependencia, una renuncia a los procedimientos de barbarie que a veces reaparecen con refinada tecnología».[41]

La Unión realiza dos importantes reuniones al año, de la Asamblea y del Consejo. Una de las primeras que le tocó presidir se efectuó en La Habana, Cuba, donde tuvo un enfrentamiento con Fidel Castro en la sesión de instalación. El discurso de Caldera fue muy institucional, hablando de Martí, de Bolívar y de la democracia. El de Castro fue un discurso agresivo contra la democracia occidental y todas las fuerzas que no estaban con él. A la salida, cuando los periodistas le preguntaron sobre el discurso de Castro, expresó: «me ha parecido absurdo, inapropiado, completamente fuera de lugar». El anfitrión cubano hizo luego esfuerzos por superar la tensión y lo invitó a visitar la Isla de la Juventud. A Caldera le había tocado recibir a Fidel Castro en enero de 1959 como Presidente de la Cámara de Diputados, apenas días después del triunfo de la Revolución Cubana.

10 de mayo de 1983: Debate de los candidatos presidenciales Rafael Caldera y Jaime Lusinchi.
30 de noviembre de 1983: Mitin cruzado en el centro de Caracas. Avenida Bolívar con Avenida Fuerzas Armadas, en el cierre de la campaña presidencial.

Presidió igualmente la Comisión Bicameral para la aprobación de la Ley Orgánica del Trabajo de 1990 con base en un anteproyecto presentado por él mismo en 1985, a fin de actualizar cincuenta años después de su promulgación la primera Ley del Trabajo del país.

Su discusión se extendió por cinco años y fue promulgada en diciembre de 1990.

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El 24 de marzo de 1987 se realizó el acto inaugural del coloquio para conmemorar los veinte años de la Encíclica Populorum Progressio en el Aula del Sínodo de Obispos del Vaticano, bajo la presidencia de Juan Pablo II y con asistencia de 52 Cardenales, 22 Obispos, del Cuerpo Diplomático acreditado en el Vaticano y de representantes de la ONU, la FAO, la CEE, el Parlamento Europeo y el Instituto Ítalo venezolano. Caldera tuvo el honor de pronunciar el discurso de orden y se comentaba «que por vez primera hasta donde se tiene conocimiento comparece un seglar ante el Colegio Cardenalicio para pronunciar un discurso, el de orden, en un acto de esta naturaleza (…) con lo que el escenario fue propicio precisamente para una reflexión sobre la Paz, la Justicia Social, la Libertad y el Desarrollo en una hora transida de inquietud, de profundas crisis, aunque comprometida vitalmente con la esperanza».[42]

Comenzó sus palabras así: «Hace veinte años, un gran Papa dijo: “el desarrollo es el nuevo nombre de la Paz”. Veinte años después tenemos que reconocer que ni se ha logrado el desarrollo, ni se ha asegurado la paz. Pero el mensaje está vigente (…) La voz del Papa, salvo inevitables ataques, como el de un vocero del gran capital que la calificó de “marxismo recocido”, fue acogida con entusiasta aplauso en toda la extensión de la tierra. Pero, en  realidad, pocos han sido hasta hoy  los pasos efectivos dentro de cada Estado para buscar el desarrollo, y menos aún los que los Estados poderosos y ricos han dado en el orden prescrito por la justicia social, para enfrentar la situación de los países pobres y servir con rectitud a los reclamos del bien común universal».

«El desarrollo —dice, citando a Lebret— no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico, debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre (…) cuando la obtención de un empleo estable y bien remunerado se torna más difícil, cuando el costo de la vida sube aceleradamente y la inflación roba al ingreso familiar considerable porción de su capacidad adquisitiva, cuando los atributos esenciales de una vida humana y digna se hacen menos alcanzables para un gran número, cuando el acceso a la tecnología se hace caro y difícil, cuando los recursos necesarios para el desarrollo se consumen en excesiva y estéril burocracia, cuando no se corta el gasto superfluo y no se erradica la corrupción, que restan posibilidades a una acción efectiva del gobierno con sentido social, cuando no se da suficiente impulso a los programas de seguridad social, el alarmante cuadro que sirvió de telón de fondo a la Populorum Progressio no solo se mantiene, sino se agrava dramáticamente (…)».

«Por eso, al comenzar, dice la Encíclica: “Hoy el hecho más importante del que todos deben tomar conciencia es el de que la cuestión social ha tomado una dimensión mundial” (…) Atribuyo una gran trascendencia, cuyo alcance no sé si ha sido suficientemente advertido, a la recepción de la idea de la justicia social en las relaciones internacionales y a su penetración en la conciencia de los pueblos. Pues si bien hay que reconocer que se ha avanzado considerablemente en el reconocimiento formal de la justicia social en la vida interna de cada nación, es habitual todavía el considerar las relaciones entre los Estados como regidas por la justicia conmutativa, basadas en el do ut des, con obligaciones matemáticamente equiparables; y se mira la cooperación de los países ricos con los países pobres como un simple acto de filantropía o de benevolencia, sujeto a veces a condiciones que Juan XXIII denunció como “una nueva forma de colonialismo” (Mater et Magistra, Nº 172)».[43]

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En su condición de Senador Vitalicio, le correspondería también presidir la Comisión Bicameral designada por el Congreso de la República para abordar una reforma de la Constitución de 1961.

La Comisión realizó una intensa labor durante tres años; participaron en ella con gran amplitud variados sectores muy representativos de la comunidad nacional y el papel de su presidente sería de tanta importancia que el proyecto presentado a la discusión del parlamento se conoce con el nombre de «Proyecto Caldera». Fundamentalmente se proponía una serie de iniciativas, incorporadas luego al texto de la Constitución de 1999, como el establecimiento de los cuatro tipos de referendo que hoy existen: consultivo, aprobatorio, abrogatorio y revocatorio. Además, se abordaba el tema de la administración de justicia e incorporaba al marco constitucional la institución de la Asamblea Constituyente, y otras como el Primer Ministro y el Defensor de los Derechos Humanos.

En el oficio de presentación del proyecto, fechado el 20 de marzo de 1992, se lee: «Después de largas deliberaciones, la Comisión acordó recomendar al Congreso adoptar el procedimiento de reforma general contemplado en el artículo 246 de la Constitución, en vez del procedimiento de Enmienda, que fue originalmente considerado (…) Con esta reforma general se daría al país una respuesta inmediata a graves cuestiones que lo preocupan y sobre las cuales abriga una creciente impaciencia. Si se logra un acuerdo político fundamental para tramitar la reforma con carácter prioritario y evitar largas e infundadas discusiones, puede contarse con que en este mismo semestre sea aprobada y promulgada la Reforma».

En efecto, se realizaron las dos discusiones que correspondían a la Cámara de Diputados, como también la primera discusión en la Cámara del Senado. Pero allí se detuvo el proceso y nunca llegó a aprobarse.

6 de agosto de 1991: 50 aniversario de matrimonio con sus seis hijos Mireya, Rafael Tomás, Juan José, Alicia Helena, Cecilia y Andrés.

Pocos días después de la segunda toma de posesión de Carlos Andrés Pérez, ocurrieron los graves acontecimientos del 27 de febrero de 1989 por las medidas económicas del recién estrenado gobierno. Dos días más tarde, el 1º de marzo, Rafael Caldera hizo uso de su tribuna como Senador Vitalicio para hablarle al país y advirtió: «tiene que haber un enfoque profundo y sincero de la realidad social que estamos viviendo»

«No soy yo quien vaya a negar la buena intención y el coraje del Presidente Carlos Andrés Pérez para lanzarse por este camino que los técnicos le han aconsejado (…) Pero «no se le puede pedir sacrificio al pueblo si no se da ejemplo de austeridad. La austeridad en el Gobierno, la austeridad en los sectores bien dotados es indispensable, porque decirle al pueblo que se apriete el cinturón mientras está viendo espectáculos de derroche, es casi una bofetada; la reacción es sumamente dura».

Exhortó entonces: «Si estamos conturbados y dolidos por lo que está ocurriendo, la conclusión que debemos sacar es que ello nos obliga más. Vamos a hacer un esfuerzo todos, Gobierno y Oposición, adecos, copeyanos, masistas, militantes de los otros partidos, empresarios, trabajadores; vamos a buscar y a hacer verdad algo que decimos con mucha frecuencia, pero que cada uno está tratando de eludir; que cada uno asuma su cuota de sacrificio y que estemos listos para superar este momento tan delicado y sepamos, además, que no somos nosotros solos los que nos estamos jugando el porvenir».[44]

Ese discurso produjo gran impacto en la opinión pública. La empresa Datanálisis realizó una encuesta en Caracas el 30 y 31 de marzo de 1989 y constató que el 65,2% de los encuestados había conocido la posición de Rafael Caldera frente a los acontecimientos del 27 de febrero y el 62,1% la consideró adecuada. Su imagen de líder se proyectaba nuevamente ante las dificultades: en enero de 1990 la empresa Mercanálisis realizó una encuesta nacional en once ciudades importantes del país, con una muestra de mil entrevistas, y según el informe «al solicitarle al público escoger al líder más confiable de todos aquellos veintisiete que se presentaron a su consideración, el que obtiene más escogencias es el doctor Caldera, con un 22% que asciende hasta 34% en Maracaibo y Valencia y hasta 39% entre simpatizantes de Copei».

Con ocasión del golpe de estado fallido del 4 de febrero de 1992, se produce un segundo gran discurso de Caldera, más célebre aún que el de 1989, que hace decir a Luis Castro Leiva: «Dos veces en medio del ruido de las palabras una sola voz encontró su gravedad ajustada a la propiedad de las circunstancias, la verdad unida a la urgencia, la razón dentro de la historia. Nunca antes en su pasado reciente había la República solicitado tanto de una voz y obtenido tanto a cambio. Habló bien y rectamente el Presidente Caldera, dijo lo necesario, dijo lo suficiente».[45]

En esa ocasión expresó: «El golpe militar es censurable y condenable en toda forma, pero sería ingenuo pensar que se trata solamente de una aventura de unos cuantos ambiciosos que por su cuenta se lanzaron precipitadamente y sin darse cuenta de aquello en que se estaban metiendo. Hay un entorno, hay un mar de fondo, hay una situación grave en el país y si esa situación no se enfrenta, el destino nos reserva muchas y muy graves preocupaciones (…) Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia, cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer y de impedir el alza exorbitante en los costos de la subsistencia; cuando no ha sido capaz de poner un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo está consumiendo todos los días la institucionalidad. Esta situación no se puede ocultar».[46]

4 de febrero de 1992: Discurso ante el pleno de las cámaras del Congreso de la República, con motivo del Golpe de Estado del 4 de febrero de 1992.

No es necesario hacer un gran esfuerzo para recordar las difíciles condiciones en que se inició su segundo gobierno. Cuando tomó posesión de la presidencia el día 2 de febrero de 1994, la gente hacía predicciones muy negativas sobre la suerte de nuestra democracia y decía que el nuevo mandatario, a pesar de su amplia experiencia, no sería capaz de salvar las instituciones democráticas que se daban ya como irremisiblemente perdidas. Habían ocurrido los fallidos golpes de estado del 4 de febrero y del 27 de noviembre de 1992, y había sido destituido Carlos Andrés Pérez en 1993. El país estaba convulsionado. Asomaba ya la crisis financiera y bancaria de 1994 que, aunada a las turbulencias políticas precedentes y los trastornos sociales que comenzaron a manifestarse crudamente en 1989, presagiaban una quiebra del régimen de libertades.

Escasos días antes del inicio del gobierno, a mediados de enero de 1994, el presidente Ramón J. Velásquez ordenó la intervención del Banco Latino, depositario de los ahorros de más de seiscientas mil personas naturales. Ese hecho apenas mostraba «la punta del iceberg». Poco tardaría en evidenciarse una crisis que afectaba al sistema bancario en proporciones realmente graves para cualquier país del mundo, en cualquier época. Muchos venezolanos vieron en peligro sus ahorros y hubiesen ido a la ruina si el gobierno no enfrenta la situación con los llamados auxilios financieros. A tres millones y medio de depositantes se les pagaron en total 1.238 millardos de bolívares. Pero el dinero que se restituía a los ahorristas iba a la compra de dólares, única inversión confiable, y para que no se agotaran las reservas fue necesario aplicar un control de cambios, lo que a su vez requería el apoyo de un control de precios. «La lucha contra la inflación forzó a adoptar medidas indicadas por la ciencia económica, con repercusiones ingratas sobre la población».[47]

Se imponía además una segunda pacificación, que debía comenzar por el epicentro de los conflictos: las Fuerzas Armadas. Se tomaron decisiones fundamentales para superar la crisis militar, con tanta rapidez que el común de los ciudadanos no llegó a percibir en toda su dimensión el éxito alcanzado. Tres días antes de asumir la presidencia anunció el cambio del Alto Mando Militar, en circunstancias dignas de un detenido análisis porque demuestran el respeto que infundía su liderazgo. Ello produjo un vuelco radical del pesado ambiente de tensión que privaba en el seno de las Fuerzas Armadas Nacionales.

Por otra parte, días después de iniciado el gobierno se implementó un conjunto de medidas que el país reclamaba desde meses atrás: la liberación de los restantes oficiales que participaron en los alzamientos del año 92 y que aún permanecían detenidos, incluido el teniente coronel Hugo Chávez, sin reincorporarlos a la institución militar. Caldera adelantó una política militar de respeto a las jerarquías, atención a las demandas de las distintas fuerzas y apoyo a su actividad en nuestras fronteras. Las Fuerzas Armadas recuperaron su unidad interna y cumplieron con toda normalidad sus delicadas funciones.

Lo cierto es que durante su quinquenio no solo se preservó la democracia, sino que no se produjo ni un solo conato de golpe de estado o de estallido social, como tampoco ocurrió ni una sola muerte en los centenares de manifestaciones que tuvieron lugar en todo el país.

A los setenta y ocho años de edad, enfrentaba el muy difícil reto de enrumbar una Venezuela en situación crítica. En su último Mensaje ante el Congreso, el 28 de enero de 1999, comenzó recordando: «Como ustedes saben, el pasado domingo 24 de enero cumplí 83 años. He sido el venezolano que con mayor edad ha desempeñado la Presidencia de la República (…) Mi edad no fue un tema eludido durante la campaña electoral que me condujo a Miraflores en 1993. Al contrario, yo mismo lo suscité para explicarle a los electores que si estaba aspirando a volver a ser Presidente era porque consideraba la situación del país tan delicada que no encontraba excusa para no poner a su servicio la experiencia y la energía que cada uno fuera capaz de aportar». «He visitado —añadió— más de una vez todos los Estados de la República durante el quinquenio. Día tras día he dado el frente a los numerosos problemas y, desacatando mis propias lecciones de Derecho Laboral, no tomé vacaciones, a pesar de su carácter irrenunciable».[48]

Recibió un país convulsionado, anarquizado, que comenzaba a enterarse de la gravísima crisis de sus instituciones financieras, que vivía sobresaltado por el rumor constante de un inminente golpe de estado o de un estallido social. Como él mismo expresara en esa última alocución ante el parlamento: «Al poco tiempo pudo verificarse que la profundidad de la crisis era mucho mayor de lo pensado. Se trataba no solo de una profunda crisis económica sino de una crisis política, una crisis social, una crisis moral. Ya antes de asumir había sido intervenido el Banco Latino, cuyo déficit resultó inmensamente mayor a lo anunciado. Luego se encontró que no era ese instituto el único afectado. Más de la mitad de los bancos estaba en situación crítica y lo que se supuso falta de liquidez en realidad resultó falta de solvencia. Se perdió la confianza en el sistema».[49]

Comenzó, pues, con un presupuesto deficitario, que obligó a recortarlo el primer año de gobierno en un diez por ciento (10%). Fue igualmente deficitario el segundo año. Implementó una política de austeridad en la administración para hacer frente a esas circunstancias. Creó el SENIAT, que trajo un cambio en nuestra cultura tributaria, y el Fondo de Estabilización Macroeconómica, para compensar en el futuro la baja en los precios del petróleo y el déficit fiscal.[50] Puso en marcha el Fondo Intergubernamental para la Descentralización (FIDES), creó el Fondo de Fortalecimiento Social para abrir la participación ciudadana y la solución de problemas a nivel vecinal y creó PRODESSUR, para atender el desarrollo fronterizo y uno de cuyos mayores logros fue la fundación de Ciudad Sucre en las cercanías del Nula. Creó también FUNDABARRIOS, que remodeló integralmente 1.894 barrios en todo el país.[51]

La llamada «Agenda Venezuela» permitió construir las bases de una sólida recuperación. En dos años se restableció la salud financiera del sistema, hasta hacerlo atractivo a nuevas inversiones y lograr el renacer de la confianza del público. Para el cierre de 1997, se habían recuperado alrededor de setecientos veinticinco mil millones de bolívares de los auxilios entregados, es decir, más del cincuenta por ciento del total. Los índices económicos de ese año fueron muy elocuentes: el Producto Interno Bruto tuvo un crecimiento total superior al cinco por ciento, creció la minería, creció la manufactura y el comercio, el transporte y el almacenamiento, el agua y la electricidad, las comunicaciones, las instituciones financieras, es decir, creció la economía real, esa economía que genera empleo y que genera también nuevas oportunidades de inversión.

«Entregamos —afirmó— un país en marcha. Nuestra divisa se ha estabilizado. Las reservas alcanzan a casi 15 millardos de dólares. La deuda externa, que era hace cinco años de 26.981 millones de dólares; ahora está en 23.175 millones. Somos el único país del área que ha tenido una reducción sustancial de la misma (…) Los resultados de la Agenda Venezuela para finales de 1997 abrieron campo al optimismo. En 1997 la economía creció en 5,3% y se crearon más de 300.000 empleos. Pero algo inesperado se presentó en 1998. La baja de los precios del petróleo, prevista pero no con la intensidad ocurrida, provocó una aguda crisis fiscal con inevitables repercusiones en la economía del país. El PIB disminuyó en algo más del 7%».[52]

«Por lo demás, la apertura petrolera, hecha en forma impecable, la eficiencia de la gestión de PDVSA y sus filiales, conferida a gente de la industria, la iniciación de explotación de la Faja del Orinoco y la presencia ya de la Orimulsión en los programas energéticos de importantes países, constituyen sólida garantía para el porvenir (…) Tengo la convicción de que la baja de los precios de hidrocarburos es forzosamente temporal. Esta fuente de energía es necesaria para el desarrollo. Tanto los países ricos como los que no lo son van a necesitarlo cada vez en mayor cantidad».

Un logro fundamental, que no se puede medir en términos porcentuales, ni en kilovatios, ni en toneladas, fue el de la estabilidad política y social. El gobierno tuvo que avanzar en la ejecución de un programa de ajuste macroeconómico severo, con medidas como el alza del precio de la gasolina, la elevación del impuesto al consumo y otras. Sin embargo, logró recuperar la paz social. Es un fenómeno singular en un país que venía de la crisis política que se vivió en el gobierno de Pérez, de la insurrección del 89, de dos tentativas de golpe militar, de la destitución y enjuiciamiento del presidente. A pesar de todo ello y sin contar con mayoría parlamentaria, Caldera pudo llevar adelante un programa que exigía sacrificios al pueblo sin que el orden público se alterara gravemente.

La primera razón para explicar estos logros es que el gobierno nunca le mintió al país. Siempre le habló con claridad al pueblo, explicando las medidas a tomar y anunciando con exactitud lo que se derivaría de ellas. Al mismo tiempo, la política social se manejó con transparencia, pluralidad, sin sectarismo ni mezquindades de ninguna naturaleza.

Prioridad del gobierno fue lograr la estabilidad y preservar la democracia. Ante la emergencia económico financiera, al inicio de su labor el gobierno tuvo que suspender algunas garantías constitucionales el 27 de junio de 1994. Esa medida fue sometida a la ratificación parlamentaria y casi un mes más tarde, el 22 de julio, el Congreso, de mayoría opositora, revocó la decisión presidencial y restituyó las garantías suspendidas. Ante esa actitud del parlamento, el Ejecutivo dictó el mismo día un nuevo decreto en los mismos términos anteriores, que apareció publicado por cierto en la misma Gaceta Oficial de la decisión parlamentaria,[53] lo cual hizo que una parte de la oposición reflexionara y modificara su actitud.

Tuvo que gobernar por segunda vez sin mayoría parlamentaria. Sin embargo, mediante el diálogo y la búsqueda del entendimiento, logró que el Congreso apoyara muchas de sus iniciativas. También hubo desacuerdos y controversias entre los dos poderes, pero ello no empañó el esfuerzo presidencial por conducir el país hacia la paz social y el bienestar económico. A pesar de la difícil situación fiscal experimentada, dejó muchas obras que testimonian el esfuerzo por sacar el país adelante.[54]

Formó un gobierno con amplia participación de representantes de los diferentes sectores de la vida nacional. Durante todo el quinquenio, la libertad de expresión e información fue respetada de manera escrupulosa, incluso durante la suspensión de garantías, cuando esos derechos no fueron restringidos. Los gobernadores y alcaldes de todos los partidos, en su mayoría de la oposición, tenían acceso directo, franco y rápido al Presidente, quien impulsó decididamente el proceso de descentralización.

Ha sido el único intelectual y profesor universitario que gobernó a Venezuela dos veces por el voto popular y el que presidió el país por más tiempo durante los cuarenta años de la República Civil. Recibió en su vida más de cuarenta Doctorados y Profesorados Honorarios de prestigiosas Universidades y Centros de Enseñanza del Mundo y siempre lo hizo «como un venezolano hecho cien por ciento en Venezuela».

3 de febrero de 1994: Desfile militar con motivo de la toma de posesión de su segundo gobierno.

Ante el Congreso el Presidente expresó: «Los acuerdos tripartitos entre los representantes del Estado y dirigentes de las organizaciones sindicales de trabajadores y de los organismos empresariales, ha sido uno de los hechos más importantes desde el punto de vista social en el quinquenio. Un acuerdo que parecía imposible pudo obtenerse para la reforma que el empresariado aspiraba en la Ley Orgánica del Trabajo, hecha en forma de no perjudicar sino más bien favorecer al sector laboral. Después de la reforma de la Ley Orgánica del Trabajo, continuó institucionalizándose el tripartismo, de cuyas deliberaciones salieron las leyes que finalmente se promulgaron en virtud de Ley Habilitante, base de la reforma social más importante a que aspira el país, pues crean un amplio y moderno sistema de seguridad social, para cuyo establecimiento han ofrecido colaboración los organismos financieros internacionales (…) El Reglamento General de la Ley del Trabajo, que acabamos de promulgar, le da cabida en sus disposiciones a la Comisión Tripartita, que tanto ha significado y significa desde el punto de vista social en Venezuela».[55]

El Acuerdo Tripartito sobre Seguridad Social Integral, suscrito el 17 de marzo de 1997, es un modelo de concertación social que atiende el problema estructural del mercado de trabajo y del sistema de seguridad social. Parecía imposible llegar a un acuerdo para reformar el régimen de prestaciones sociales y liberar la economía de la acumulación creciente y exponencial de los activos laborales, suprimiendo la retroactividad y recomponiendo el salario, degradado por el mecanismo perverso de las bonificaciones. Pero se hizo realidad la reforma a la Ley Orgánica del Trabajo por un acuerdo en el cual participaron con el sector público, los trabajadores y los empresarios. En diciembre de 1997 fue aprobada por amplio consenso parlamentario la Ley Orgánica del Sistema de Seguridad Social (LOSSI), o ley marco para crear un sistema de protección integral del venezolano frente a las contingencias de enfermedad, vejez, muerte o desempleo. Lamentablemente, su implementación fue paralizada a partir de 1999.

11 de febrero de 1996: El Papa Juan Pablo II y Rafael Caldera comparten con niños del Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela.
13 de octubre de 1997: Bill y Hillary Clinton durante su visita oficial a Venezuela.

En la Primera Cumbre de las Américas, en diciembre de 1994, planteó el grave problema de la corrupción y la necesidad de tomar posición conjunta para enfrentarlo. Su propuesta copó la atención y condujo luego a una Convención, aprobada en la conferencia de Caracas, convocada a tal efecto por la OEA.[56]

La política internacional fue amplia y pluralista. Al país vinieron en visita oficial tanto el presidente Clinton como el primer ministro de China Li Peng, al igual que todos los mandatarios latinoamericanos, así como gobernantes de Europa, Asia y África. En 1996 vino por segunda vez a Venezuela el Papa Juan Pablo II.

El gobierno potenció las relaciones con Brasil e inició el proceso de incorporación a MERCOSUR. En 1994 se suscribió el tratado de integración del G-3 entre Venezuela, Colombia y México.

En todas sus actuaciones, el presidente ratificó la necesidad de hacer plenamente vigente a nivel mundial el principio de la Justicia Social Internacional.

***

«No quiero terminar este mensaje —dijo en su última rendición de cuentas— sin decir unas pocas palabras de agradecimiento a la Primera Dama. A pesar de haber sufrido dos severas intervenciones quirúrgicas, no solo atendió los deberes inherentes a su condición de esposa de Jefe del Estado sino a la realización de hermosos programas de la Fundación del Niño, tanto en Caracas como en el Interior. Otro programa de gran éxito fue el que denominó Un cariño para mi ciudad que ha sido un extraordinario experimento, por el entusiasmo y receptividad con que lo acogieron los sectores de la sociedad civil, para cumplir una tarea de embellecimiento y mejora del ambiente del área metropolitana de Caracas.

Todo esto sin descuidar sus responsabilidades en el Museo de los Niños. Fundado y creado por ella varios años después de la terminación de mi primer período de Gobierno ella ejerce desde entonces su dirección, sin aceptar otra recompensa que la satisfacción de la obra hecha y el orgullo del prestigio ganado en nuestra patria como en el Exterior. Reciba, pues, Alicia, la seguridad de mi agradecimiento que le expreso también en nombre de todos los niños de Venezuela».[57]

***

Tras entregar la presidencia el 2 de febrero de 1999, sus últimos años estuvieron signados por la enfermedad. No tan solo la debilidad propia de una edad avanzada sino el mal de Parkinson que padeció en este último trayecto de su vida. Una enfermedad que lo despojó de la capacidad de andar y le hizo esfuerzo penoso la palabra. En esos años, sin embargo, con plena lucidez y hondo sentido cristiano, dio —por la paciencia— testimonio de su fe.

Publica, en ese mismo año de 1999, su último libro: Los Causahabientes. De Carabobo a Puntofijo,[58] donde recoge y argumenta la experiencia histórica que justifica la convicción de una Venezuela diferente: una Venezuela en libertad, con justicia social, donde se pueda llevar una vida constructiva. Afirmó por eso el orgullo de ser venezolano, no como consigna vacía ni contra nadie, sino nutrida de experiencia positiva, sin ocultar las dificultades y los retrocesos de nuestro devenir, pero destacando el empeño sostenido por construir una república democrática, que tomaría forma en la Constitución de 1961.

Para plasmar su visión de nuestro largo proceso republicano —con todos sus errores y aciertos—, Rafael Caldera escogió una imagen jurídica. Habló de los causahabientes. Logró que Tito Salas plasmara esa visión en un enorme mural que preside la sala del Consejo de Ministros en la Residencia Presidencial La Casona. Quiso significar con ello cómo la vida del país está marcada por la herencia de Bolívar, el Libertador, junto al cual están Andrés Bello y Francisco de Miranda, así como, desde Cristóbal Mendoza, los Presidentes de la Venezuela republicana del siglo diecinueve.

«Es imposible —dijo[59]— para las nuevas generaciones imaginar lo que fue nuestra experiencia vital. Pero en medio de la decadencia venezolana, en medio de esa nación asolada por las guerras civiles y por el paludismo, aislada del mundo, paupérrima, modestamente rural, la figura del Libertador mantenía el entusiasmo, el optimismo, la autoestima nacional». En su sentir, Bolívar resultaba como un talismán para cura del pesimismo y un compromiso ante la humanidad.[60] Pero, dirá luego, «el Libertador no puede ser patrimonio de ningún grupo de venezolanos. Bolívar es de todos los venezolanos, para todos los venezolanos, y él tiene que ser, especialmente para los jóvenes, un motivo permanente de superación y de verdadero, de genuino, de auténtico y de generoso patriotismo».

La misión que nos señala la herencia de Bolívar se ve completada por el legado de Andrés Bello, de Sanz, de Juan Germán Roscio. La tradición venezolana, más allá de una accidentada peripecia histórica, apunta a la libertad, atesora la justicia. Pero es preciso hacer frente al «odio político» que, señalaba Cecilio Acosta,[61] es factor determinante de nuestros males.

«Mientras más conozcamos a Venezuela —insistirá Rafael Caldera—, más la amaremos; más nos enorgulleceremos de sus éxitos y realizaciones, más nos doleremos de sus penalidades y fracasos. Más nos sentiremos comprometidos a trabajar para que viva como su pueblo anhela, ha anhelado y continuó anhelando aun en las etapas de amargura: para que viva en libertad, esforzándose en interpretarla y servirla. Porque en el largo camino de su vía crucis, ha subsistido siempre la voluntad colectiva de superar los traumas y avanzar. Como el Libertador en Pativilca, la respuesta es: “Triunfar”».[62]

Rafael Caldera falleció el 24 de diciembre de 2009, a solo un mes de cumplir los 94 años.

Mientras la enfermedad se lo permitió, se mantuvo activo: escribía para la prensa sus Reflexiones de Tinajero, acudía cada día a su oficina en la Avenida Urdaneta, recibía gente en su casa.

En atención a un homenaje que se le rendiría, escribió lo que resultó ser su último mensaje al país, donde insistió en la reafirmación del sentido de la lucha de su vida: «Al término de una extensa parábola vital, puedo decir que he sido un luchador. Desde mi primera juventud, cuando Venezuela salía de la larga dictadura de Juan Vicente Gómez, hasta comienzos del siglo xxi, mi meta ha sido la lucha por la justicia social y la libertad.

«Dos veces me tocó servir al país como Presidente constitucional y las dos fue mi primer empeño el que en mis manos no se perdiera la República. El pasado autocrático del país, su propensión militarista, los extremismos de la izquierda y las desigualdades sociales heredadas conspiraban contra el fortalecimiento de la vida democrática iniciada en 1958.

«Ha sido larga —dijo más adelante— la lucha por la libertad y la democracia. Esa lucha debe continuar. No cabe duda de que la democracia constituye la forma política más apta para garantizar y realizar la libertad (…) Pensar que puede lograrse el desarrollo sin libertad, o a costa de la libertad, es olvidar que el desarrollo no tiene sentido si no es capaz de promover al hombre (…) Un gran aliento de libertad será el motor para la promoción del hombre. Creo en la libertad como la mejor condición de ascenso humano.

«En mi larga vida de luchador, he tenido la oportunidad de ver altos y bajos en el camino de los pueblos de América Latina. Me llena de esperanza para el porvenir de nuestra nación la conciencia clara de que hay una nueva juventud que lucha por la libertad y quiere cambiar los actuales rumbos negativos».

***

En la madrugada del 24 de diciembre, un mes justo antes de cumplir noventa y cuatro años de edad, falleció en Tinajero, su residencia en la urbanización Los Chorros de Caracas desde hacía más de cuatro décadas, de donde salió dos veces para ocupar la primera magistratura del país. Su largo combate llegaba a su fin. En la enfermedad, como a lo largo de su vida, dio ejemplo de gran paciencia y constancia de ánimo. El mal que paralizó su cuerpo no lo privó de su lúcida inteligencia, que conservó hasta el final. Se fue de este mundo, como pudo decir, en la fe de sus padres y con el deseo de una Venezuela en libertad, con una democracia verdadera donde se respete la dignidad de la persona.

Dos veces Presidente de la República por elección popular, le correspondía recibir en sus exequias tratamiento de Jefe de Estado. No hubo para él honores oficiales. No podía recibirlos de parte de un gobierno que deshonraba de continuo los valores de nuestra historia y representaba lo contrario de la lucha de toda su vida.

Su cuerpo fue velado en el Instituto de Formación Demócrata Cristiana Arístides Calvani. Acompañado de sus familiares y de amigos, venidos de diversas partes del país y del exterior; con múltiples testimonios de afecto del pueblo sencillo al que quiso servir, sus exequias fueron las de un hombre justo y bueno.

Junto a la reseña de su muerte, la prensa publicó el texto de su despedida:

Llamado por Dios a dejar este mundo, como es destino de todo ser humano, deseo para mi Patria aquello por lo que tanto he luchado.

Quiero que Venezuela pueda vivir en libertad, con una democracia verdadera donde se respeten los derechos humanos, donde la justicia social sea camino de progreso. Sobre todo, donde podamos vivir en paz, sin antagonismos que rompan la concordia entre hermanos.

Procuré tener el corazón cerca del pueblo y me acompañó siempre el afecto de mucha gente.

He tenido adversarios políticos; ninguno ha sido para mí un enemigo.

He intentado actuar con justicia y rectitud, conforme a mi conciencia. Si a alguien he vulnerado en su derecho, ha sido de manera involuntaria.

Asumo con responsabilidad mis acciones y mis omisiones y pido perdón a todo aquel a quien haya causado daño.

Me voy de este mundo en la fe de mis padres, la fe de la Santa Iglesia Católica.

Creo en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo; creo en Jesucristo, Nuestro Señor, Dios y hombre verdadero. Creo en el perdón de los pecados, la resurrección de la carne, la vida eterna.

A la Virgen Santísima, Nuestra Madre, acudo ahora, como tantas veces a lo largo de los años: ruega por nosotros, pecadores, en la hora de nuestra muerte.

Pido a mis hijos especialmente que cuiden a Alicia, aquejada por una grave pérdida de memoria que le impide valerse por sí misma.

Dios bendiga a Venezuela y nos abra el camino del desarrollo en libertad, justicia y paz.

Trece meses más tarde, el 9 de febrero de 2011, fallecería a su vez su compañera de casi setenta años de fecundo matrimonio, Alicia Pietri. Se cerraba así el ciclo vital de esta pareja de venezolanos que supieron querer al país y servirlo sin buscar para sí ni para los suyos ningún privilegio, ningún provecho personal. Sus hijos, sus sobrinos, sus nietos conservan su imborrable recuerdo como testimonio y promesa de una Venezuela mejor.

Notas

[1] Discurso en la Academia de la Lengua, el 24 de enero de 2011.

[2] Lisbella Páez Valladares: «El tiempo histórico del niño Rafael Antonio Caldera Rodríguez en San Felipe (1916-1927)». Suplemento especial del diario Yaracuy al día, sábado 15 de marzo de 1997.

[3] Ibíd.

[4] Ibíd.

[5] Rafael Caldera, Moldes para la fragua, Caracas, Dimensiones, 1980, pág. 195.

[6] Así lo refiere él mismo en su libro Los Causahabientes. De Carabobo a Puntofijo, Caracas,  Panapo, 1999, p. 89: «cuando obtuve en la Escuela Padre Delgado el certificado de instrucción primaria superior (en 1926), pasé luego un año sin estudios regulares, porque en todo el Yaracuy, en el Centro de la República, ¡no había un solo instituto de educación secundaria! Y no era simple atraso: era más bien, retroceso. Porque antes había habido un Colegio Federal, y después un Colegio Montesinos, que dirigió el Bachiller Trinidad Figueira; pero, como era subsidiado por el Gobierno del Estado, este consideró más económico y conveniente dar la misma cantidad en becas para que los pocos que estuvieran en capacidad de hacerlo, fueran a estudiar al Colegio La Salle de Barquisimeto. El Colegio Montesinos tuvo que clausurarse. Como mis padres no querían mandarme a un internado, hicieron un gran esfuerzo para venirnos a Caracas y poder seguir mi formación. ¡Cuántos tuvieron que quedarse en el Yaracuy y en el resto del país, sin oportunidad de educarse!»

[7]Naudy Suárez F., Por los legítimos ideales del estudiante venezolano. U.N.E. Gestación de una idea revolucionaria, Caracas, Nueva Política, Colección Historia Contemporánea 1, 1973, pp. 32-34.

[8] Ibíd., p. 30.

[9] Blelloch, David H., «La legislación del trabajo, el “desarrollo” y Venezuela», publicado en Estudios sobre Derecho Laboral. Homenaje a Rafael Caldera, Caracas, UCAB, 1977; y también como Separata de la Revista del Instituto de Derecho Social, Caracas, 1986.

[10] Entrevista con Alicia Freilich en La Venedemocracia, Caracas, Monte Ávila Editores, 1978, p. 71.

[11] «Puntofijo es el nombre que pusimos mi novia y yo a la modesta casa donde fundaríamos nuestro hogar, construida con un crédito de La Previsora sobre un solar que me regaló mi padre, en un sitio que en aquel momento no tenía ni siquiera calles pavimentadas. El nombre fue tomado del sitio más alto de la carretera vieja de San Felipe a Nirgua, de donde se contemplan a plenitud los arrobadores valles del Yaracuy». Los Causahabientes, cit., p. 141.

[12] Presentación del libro Copei, documentos fundamentales, 1946, Paciano Padrón, Caracas, Ediciones Centauro, 1981. También en separata titulada «Una aventura llamada Copei», publicaciones del Partido Social Cristiano COPEI, Caracas, noviembre de 1981.

[13] Gobernación del Estado Mérida en coedición IDAC/El Centauro, Mérida-Caracas, mayo 1998.

[14] «Desde el año 1953 y hasta su salida al exterior en 1958, RAFAEL CALDERA fue objeto de espionaje continuo, sistemático: Agentes de la S.N. en un automóvil o una motocicleta le seguían todos sus movimientos; su casa de habitación y su Bufete de Abogado estuvieron día y noche bajo permanente vigilancia de la policía política secreta, tomándose nota de cuantas personas lo visitaban. Todo el inmenso registro de este procedimiento fue puesto en manos de la víctima a la caída de la dictadura. El editor-autor de estos apuntes, tuvo a su vista estos papeles, asombrado, por lo que da fe de su existencia». Los archivos del terror, cit., pp. 76 y 77.

[15] Los Causahabientes, cit., p.128, nota 5. Allí añade: «Estuve cuatro meses en total aislamiento. De las poquísimas lecturas que se me permitieron fue una Biblia que me enviaron de casa; agradezco a Estrada y a Vallenilla y a su Jefe Pérez Jiménez, el haberme dado la oportunidad de leerla con calma, desde el primer versículo del Génesis hasta el último del Apocalipsis. No había tenido antes tiempo suficiente para cumplir este fundamental deber».

[16]Publicado en folleto titulado Lucha constante por la libertad.

[17] Frase de Miguel Otero Silva, en «Discurso de Orden del 23 de enero de 1959, en el Congreso de la República». Citado en Los Causahabientes, cit., p. 133.

[18] Ibíd., pp. 134 y 137.

[19] Ibíd., pp. 129 y 121, nota 1.

[20] En discurso pronunciado en la cena homenaje que le ofreciera Copei el 3 de abril de 1964. Citado por Gehard Cartay Ramírez, Caldera y Betancourt. Constructores de la democracia. Caracas, Centauro, 1987, pp. 282-283.

[21] Los Causahabientes, cit., pp. 155, 152-153.

[22] La Constitución de 1961 y la evolución constitucional de Venezuela. Actas de la Comisión Redactora del Proyecto. Caracas, Ediciones del Congreso de la República, 1971.

[23] Los Causahabientes, cit., pp. 200-201.

[24] Según cifras oficiales Caldera obtuvo 1.067.211 votos, lo que representó el 28,68% del total, seguido del candidato de AD, Gonzalo Barrios, con 1.021.725 votos y el 27,46%. Fuente: «Sistemas y cifras de las elecciones venezolanas desde 1958», Roberto Chang Mota, Consejo Supremo Electoral, 1980.

[25] Alicia Freilich de Segal, La Venedemocracia, cit., pp.77-78.

[26] Andrés Caldera Pietri, «Rafael Caldera y su veto a la creación del Consejo de la Judicatura: Una visión sobre la independencia del poder judicial». Trabajo publicado en libro homenaje a la doctora Clarisa Sanoja de Ochoa en sus noventa años, patrocinado por la Academia de Ciencias Políticas y la UCAB, Caracas, 2014.

[27] La Venedemocracia, cit., p. 52.

[28] Metas de Venezuela. Selección de discursos del Presidente de la República Dr. Rafael Caldera, Vol. 1, Primer año de Gobierno.

[29] 5 años de cambio. Pacificación y desarrollo en el gobierno de Rafael Caldera 1969-1974. Caracas, Oficina Central de Información, 1975, p. 75.

[30] La Venedemocracia, cit., pp. 85-86.

[31] 5 años de cambio, cit., p. 73.

[32] Ibíd., p. 15. De 1,87 dólares por barril en 1968, el precio llegó a 14,08 dólares el barril en 1974.

[33] El texto completo del discurso se encuentra en la obra ya citada Metas de Venezuela, volumen III, Segundo Año de Gobierno, p. 239 y siguientes.

[34] 20,9% del total, mientras que en 1968 fue del 15,5%.

[35] Así, en Educación Industrial, mención construcción civil, construcción naval, dibujo técnico, electricidad, electrónica, instrumentación, mecánica automotriz, topografía, mantenimiento, metalurgia, construcciones metálicas, aeronáutica, química e hidrocarburos, refrigeración y aire acondicionado, maquinaria pesada y ebanistería. En Educación Comercial, mención contabilidad, secretariado, administración de personal, organización y sistemas, turismo. En Educación Asistencial, mención enfermería, trabajo social, puericultura, deportes. En Educación Agropecuaria, menciones en zootecnia, fitotecnia, mecánica agrícola, pesca y tecnología de alimentos. O Educación Normal, menciones en preescolar y primaria.

[36] En diciembre de 1971 se revaluó por primera vez el bolívar de 4,50 a 4,40 bolívares por dólar (2,2%); y en febrero de 1973 se revaluó por segunda vez de 4,40 a 4,30.

[37] Cf. el trabajo realizado por Edgar Jaua, publicado en el libro Del Pacto de Puntofijo al Pacto de la Habana. Análisis comparativo de los gobiernos de Venezuela, José Curiel Editor, Caracas, La hoja del norte, 2014, p. 196.

[38] Y los servicios hospitalarios se incrementaron en cuatro mil novecientas nuevas camas.

[39] Del Pacto de Puntofijo al Pacto de la Habana, cit., pp. 148-149.

[40] Decretó también la zona protectora de Caracas y creó el Instituto Nacional de Parques; puso en marcha la Zona Franca de Margarita así como la de Paraguaná. Se edificó el complejo turístico del El Morro en Lecherías, el canal de alivio del Neverí y del Manzanares en Cumaná, el aeropuerto de La Chinita en Maracaibo, la represa José Antonio Páez en Santo Domingo y la segunda etapa del Guri, al igual que las represas Cumaripa, Cabuy y Guaremal en Yaracuy, y Dos Cerritos y Pao-Cachiche en Lara y Cojedes.

[41] Parlamento Mundial. Una voz latinoamericana. Caracas, Ediciones del Congreso de la República, 1984, pp. 13 y 17.

[42] Informe ODCA. Órgano de información y divulgación de la Secretaría General de la Organización Demócrata Cristiana de América, Caracas, año 14, abril-mayo 1987, nn. 152-153, pp. 9 y 4.

[43] Ibíd., pp. 11-14.

[44] Caldera. Dos discursos. 27 de febrero 1989 – 4 de febrero 1992. Caracas, Editorial Arte, abril de 1992.

[45] En el prólogo de la publicación citada en la nota anterior.

[46] Ibíd., pp. 37-38.

[47] Mensaje ante el Congreso de la República, 28 de enero de 1999, Caracas, Oficina Central de Información, p. IV.

[48] Ibíd., p. III.

[49] Ibíd., p. IV.

[50] Asimismo, privatizó SIDOR, varias entidades bancarias y los hoteles Meliá Caribe y Puerto la Cruz, Trujillo, Maracay, Tamá y el hotel Humboldt con el teleférico que lo acompaña. Se profundizó el proceso de descentralización con la transferencia de servicios en diecisiete  estados.

[51] Se construyeron más de 350 mil unidades de vivienda. Se construyó la ciudad deportiva de San Felipe. Se inauguraron los museos Jacobo Borges y Carlos Cruz Diez en Caracas. Se concluyó el Templo votivo de la Coromoto en Guanare, dedicado por Su Santidad Juan Pablo II en su segunda visita al país. En materia de vialidad se construyó la carretera Mérida-El Vigía, el tramo San Felipe-La Raya de la autopista Centro-Occidental, el tramo San Carlos-Agua Blanca de la autopista José Antonio Páez, el tramo San Juan de Uchire-Clarines de la autopista Rómulo Betancourt, el tramo Yagua-Puerto Cabello de la autopista Regional del Centro, el distribuidor Guacuco en la vía Pampatar-La Asunción-Juan Griego. Se adelantaron las obras del ferrocarril Caracas-Cúa, al igual que se inauguró la línea 3 del Metro de Caracas.

[52] Mensaje, cit., p. V.

[53] Gaceta Oficial de la República de Venezuela del viernes 22 de julio de 1994, Nº 4.754 Extraordinario, en la que aparece el Acuerdo del Congreso y el Decreto Presidencial Nº 285. El primero de los decretos citados apareció en la Gaceta Oficial Nº 35.490 del lunes 27 de junio de 1994.

[54] Además de las ya mencionadas (cf. supra nota 51), pueden citarse la represa de Macagua II, las obras de Taguaza y la primera parte del sistema Tuy IV. Se concluyeron las obras básicas de la segunda etapa del Acueducto Regional del Centro, que surte a los estados Carabobo y Aragua, y se inauguraron los acueductos de Paraguaná, Sinamaica, Guanare, Perijá y Cabimas. Las obras del gran sistema Yacambú-Quibor fueron concluidas en un más de un ochenta por ciento y el túnel de trasvase en un 73,61%; y se inició la represa de Caruachi. Pudo decir el ministro Roberto Pérez Lecuna, «este quinquenio ha sido el que más ha hecho en materia de agua en toda la historia nacional».

Asimismo, para atender una urgente necesidad, «se pusieron en funcionamiento 17 centros penitenciarios, creándose 7.624 cupos, mejorándose 19 planteles y dejándose en proceso 1.899 cupos más».

Se mejoraron los programas sociales existentes, como la beca alimentaria, el PAMI, los hogares de cuidado diario y los multihogares. Se crearon novedosos programas, como el PROAL y el SUMET, para la alimentación básica y el suministro de medicamentos a los sectores populares. Ver al respecto los correspondientes mensajes ante el Congreso (1994-1999). Información ponderada puede encontrarse en el libro de Juan José Caldera, Mi testimonio, Caracas, Libros Marcados, 2014.

[55] Mensaje, cit., pp. IX-X.

[56] «Esa condición de liderazgo moral —dice el Canciller Miguel Ángel Burelli—, reposado y juicioso, dada por la experiencia de gobierno, mas también por la condición intelectual, la experiencia de gobierno y la práctica de una vida, se impuso dondequiera. Basta citar la impresión que produjo en la Primera Cumbre de las Américas en Miami la proposición del Presidente Caldera de una cruzada contra la corrupción en escala continental. Podría decirse que esa iniciativa copó la atención y el interés de la Cumbre y de ahí en adelante fue acelerado el proceso de redactar una ponencia, discutirla en diversos foros continentales y aprobarla rápidamente como Convención en una Conferencia específica, llamada de Caracas, que se convocó a través de la OEA». Un lustro de política exterior (1994-1999), Caracas, 2001, p. 13.

[57] Mensaje, cit., pp. XXVIII-XXIX.

[58] Caracas, Panapo, 1999.

[59] Al presentar la edición de su libro Bolívar siempre  por Monte Ávila editores, 22 de julio de 1994.

[60] «Ha invocado el Señor Presidente del Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos el nombre de Bolívar. Ese nombre es para nosotros no sólo un talismán para curarnos de nuestras flaquezas, sino un compromiso para pensar en grande, tender nuestra mirada sobre dilatados horizontes y sentirnos responsables ante la humanidad»: Discurso en el Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos, Washington, 4 de junio de 1970. Metas de Venezuela, Caracas, Oficina Central de Información, volumen III, 1971, p. 256.

[61] Citado por Rafael Caldera, Los Causahabientes, cit., p. 7

[62] Ibíd., p. 9.