2017. Noviembre 25: Rafael Caldera homenajeado en Lima por sus aportes al Derecho Laboral

Los días 22, 23 y 24 de noviembre de 2017 se realizó en Lima el Congreso Internacional de Derecho del Trabajo y la Seguridad Social, en homenaje a Rafael Caldera.

Rafael Caldera homenajeado en Lima

Mireya y Cecilia Caldera Pietri viajaron a Lima, invitadas por la Asociación Iberoamericana del Derecho del Trabajo y la Seguridad Social «Guillermo Cabanellas», organizadores del Congreso Internacional de Derecho del Trabajo y la Seguridad Social que se celebró los días 22,23 y 24 de noviembre en la sede del Colegio de Abogados de Lima, en homenaje a Rafael Caldera. 

Ellas recibieron la orden «Justicia Social», otorgada a Caldera post-morten, «por su brillante trayectoria académica, jurídica y científica en el Derecho del Trabajo y la Seguridad Social». 

En este Congreso, fueron muchas las referencias a la influencia de Rafael Caldera en el Derecho del Trabajo en Latinoamérica. Al destacar su contribución en las aulas, textos y participación activa en esta rama del Derecho, lo confirmaron como una referencia obligada para quien tenga interés en la materia.

Mireya, en sus palabras, al agradecer el homenaje, se refirió al valor humano del trabajo y la necesidad de crear una civilización del trabajo: «Esta afirmación de lo humano debe cumplirse luego con mayor razón en el establecimiento de condiciones adecuadas en la convivencia, en la actividad social y en la vida de cada persona. Parte de lo que amenaza con trastornar el orden humano es hoy el énfasis inmoderado en el consumo, esa multiplicación de lo superfluo, la incesante creación de necesidades».

En las jornadas también se presentó la obra «El Salario», del abogado Teodosio Palomino, la cual está dedicada a Rafael Caldera.

Entre los participantes que tomaron la palabra estuvieron: Pedro M. .Angulo Arana, Presidente del Colegio de Abogados de Lima; Manuela García Cochagne, ex ministra del Trabajo del Perú; Iván Campero Villanueva, Presidente de la Asociación Iberoamericana del Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social; Jesús Rodríguez Cebreros, Catedrático de la Universidad Autónoma de Bajo California, México; Cora Sara Macoretta, de la Pontificia Universidad Católica Argentina; Jorge Rondón Vásquez, Profesor Emérito de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Perú; Augusto Valenzuela Herrera, Presidente del Consejo Consultivo de la Asociación Iberoamericana de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social «Guillermo Cabanellas» con sede en Guatemala; Estela Lazzari, representante del Poder Judicial de la Provincia de San Luis, Argentina; Francisco Pérez-Amoros, Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, España; Domingo Sávio Zainaghi, Presidente del Consejo Consultivo de la Asociación Iberoamericana de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social «Guillermo Cabanellas» con sede en Brasil; Augusto Ferrero Costa, miembro del Tribunal Constitucional del Perú;y Teodosio Palomino, autor del libro «El Salario», presentado en el acto y también en homenaje a Caldera.

Palomino, en sus palabras, afirmó que «al Dr. Rafael Caldera no solamente lo reconocían y lo respetaban en todas las latitudes, como a un símbolo de la Política Social iluminado, sino también, por haber aportado, contribuido y dejado huellas indelebles a las ciencias jurídico-laborales en beneficio de la sociedad e integración de nuestros países». Se refirió a Caldera como: «un jurista sobresaliente, un orador brillante y profundo, un politólogo cuyo renombre sobrepasó los linderos de América por la sencillez filosófica de sus ideas, por la comprensión y amplitud de sus conceptos y aptitudes y su permanente actualidad». 

Palabras de Mireya Caldera Pietri

Mireya Caldera Pietri en la sede del Colegio de Abogados de Lima, en representación de la familia. Lima, 24 de noviembre de 2017.

Doctor Teodosio Palomino,

Queridos amigos:

Volver a Lima, adonde vine por primera vez con mis padres, en plena juventud, es ocasión de recordar tantos momentos buenos, llenos de esperanza en el porvenir de nuestros países; y de sentir de nuevo el encanto de la ciudad virreinal, con la acendrada cortesía peruana. Para una venezolana, la magia de Lima supera cualquier expectativa. No en vano la sintió muy hondamente el Libertador Bolívar. Volver hoy, invitada gentilmente por el destacado laboralista Teodosio Palomino, quien al presentar su libro sobre El salario quiere rendir especial homenaje a mi padre, ha hecho de esta visita un regalo que he de atesorar en mi recuerdo y agradecer siempre.

Obligada, por así decir, a dirigirles algunas palabras en nombre de nuestra familia, quisiera aportar, con mis saludos y la manifiestación de nuestra gratitud, algunas reflexiones en la escuela de mi padre, Rafael Caldera.

1

En su estupendo estudio sobre Rafael Caldera y el Derecho del Trabajo, María del Rosario Bernardoni recoge una anécdota narrada por el malogrado laboralista uruguayo Oscar Ermida Uriarte, donde se refleja la preocupación activa de Caldera por la situación del derecho laboral. Dice Ermida: «Corría el año 1995, Rafael Caldera inauguraba su segunda Presidencia y realizaba una visita oficial a Uruguay. En ese marco invitó a quienes calificó como «un grupo de amigos» a un desayuno privado en la residencia del embajador de Venezuela en Montevideo, donde se hospedaba. Éramos siete u ocho los invitados, entre los que recuerdo a Arturo Ardao, Adolfo Gelsi Bidart y cinco «juslaboralistas»: Américo Plá Rodríguez, Héctor-Hugo Barbagelata, Oswaldo Mantero y yo, que era por mucho el más joven y me sentía como un «infiltrado» en una reunión de viejos amigos de edad y posición venerables. Fui atento observador, no actor. La «velada matutina» comenzó con previsibles preguntas políticas que los invitados formulaban a Caldera, sobre Venezuela, Uruguay, América y el mundo (¿de qué otra cosa se iba a hablar con un dos veces Presidente y Senador de una nación importante?). Pero al cabo de unos veinte minutos en ese tren, Caldera cambió bruscamente de tema: «Mis amigos: lo que a mí me preocupa más es lo que está pasando con el Derecho del Trabajo. Hay una ofensiva mundial contra el Derecho Laboral. ¿Qué dicen ustedes? A partir de ese momento, por una hora y media, por lo menos, no se habló más que de flexibilidad, desregulación y otros asuntos del Derecho del Trabajo. Desde entonces guardo para mí este testimonio que, más allá —o más acá— de las discrepancias jurídicas y políticas que pueda tener con Caldera, lo erigieron —al menos ante mis ojos—, en un «juslaboralista» a carta cabal. Un hombre político de primerísimo nivel, que quería robarle unas horas a sus deberes de Estado para conversar privadamente con amigos y colegas no políticos, sobre el peligro que se cernía sobre el Derecho laboral».[1]

Preocupaban a mi padre, siempre atento a la evolución de las sociedades, las amenazas que se cernían sobre el Derecho del Trabajo. Por una parte, de manera muy clara, la desregulación que, con el argumento de hacer más flexibles las condiciones del trabajo en las empresas, confunde las cosas y retrocede en lo que han sido verdaderas conquistas en la humanización de la vida. Es ese liberalismo que, como ha sido señalado[2], pone a competir las legislaciones en lugar de las empresas. Desde luego es lógico y puede ser necesario que se busque tener flexibilidad en un mundo en el cual los cambios tecnológicos se suceden a ritmo casi vertiginoso. Pero no podemos perder de vista el valor humano del trabajo, a lo cual quiero referirme un poco más adelante.

Por otra parte, la automación, con el componente —cada vez mayor— de lo que se ha llamado «inteligencia artificial», amenaza la estabilidad del trabajo tal como se ha concebido hasta ahora, después de la Revolución Industrial. Son enormes las inversiones que se hacen en China, en Rusia, en Silicon Valley para desarrollar las máquinas autónomas que deben remplazar al hombre en muchas de las tareas que hoy por hoy realiza. Es una tendencia, quizás irreversible, que obliga a considerar el problema con mucha atención y explica en parte lo que se ha traducido como verdadera amenaza al Derecho del Trabajo, objeto de la conversación en el desayuno evocado.

Parte de los asistentes al evento en la sede del Colegio de Abogados de Lima.

2

Pero el trabajo no puede ser considerado como un simple medio para asegurar la subsistencia propia y de los nuestros. Cuando hablamos del valor humano del trabajo y, en la base, del derecho al trabajo y el deber de trabajar —con la solidaridad que nos hace a todos responsables de todos, como diría san Juan Pablo II[3]—, consideramos esa actividad humana, acto de la persona, sin la cual no se desarrolla el ser humano, no madura en su responsabilidad ante Dios, ante sí mismo y ante la sociedad.

La parábola evangélica de los talentos[4] ha sido siempre enseñanza elocuente. Con la vida, hemos recibido capacidades para dar fruto —en conocimiento, convivencia, transformación del mundo—. Son alabados y recompensados los que supieron poner empeño en su actividad; es reprobado aquel que, por cálculo, mezcla de temor y de pereza, se limitó a no perder lo recibido.

3

Rafael Caldera defenderá siempre este valor humano del trabajo. Con ello, el derecho al trabajo y, por consiguiente, la regulación jurídica de la relación laboral, el Derecho del Trabajo. Escribía en su libro Especificidad de la Democracia Cristiana[5]:

Sabemos que en la mayoría de los pueblos existen grandes contingentes humanos marginados del orden social, que no disfrutan de los elementos indispensables para una vida humana, y que no pueden realizar, ni siquiera en medida precaria, las aspiraciones inherentes a la dignidad de su propia persona. Estos marginados carecen de trabajo, que es el elemento fundamental de la organización social. Y al no tener acceso al trabajo, no lo tienen tampoco, a través del trabajo, a otros bienes que la sociedad puede y debe permitirles lograr: alimentación, vestido, vivienda, es decir, las necesidades primarias del orden económico; mas también educación, salud, recreación sana y posibilidad de progresar y mejorar. Estos marginados dentro de cada sociedad constituyen un testimonio permanente que hiere las conciencias acerca de la injusticia del orden social establecido. La situación se agrava y se hace más patente y dura, si se traslada de la escala nacional a la escala mundial.

En la misma obra, verdadero compendio de su pensamiento político, había explicado el valor del trabajo en la concepción social de los movimientos demócrata cristianos, a los cuales consagró su lucha[6]:

Para el movimiento inspirado por la Democracia Cristiana —dice—, el trabajo constituye valor esencial de la sociedad. Esto arranca de los textos, pero especialmente de un hecho histórico de rotundidad inconmovible: si los fundadores de todas las grandes religiones pertenecieron en una forma u otra a las clases o grupos más importantes de la sociedad, al cristianismo lo fundó un humilde trabajador. Moisés, aunque de origen desconocido para la sociedad egipcia, fue educado en la corte del Faraón. Mahoma era un gran conductor militar. Buda, un príncipe. Confucio, un filósofo. El cristianismo tuvo su fundador en un obrero, un trabajador manual. No hay en los textos sagrados nada que califique a Cristo siquiera como un artista en el ramo de la ebanistería. Al presentarlo como carpintero, lo señalan como un trabajador no calificado; tanto es así, que cuando va a su región natal, lo consideran poco autorizado para pronunciar discursos y dirigir exhortaciones al pueblo. Cuando predica, dicen: «pero, ¿no es este el carpintero, el hijo del artesano?». Sus propios familiares lo consideran impreparado para la función de maestro. Por otra parte, la religión cristiana es, al mismo tiempo, la única de las grandes religiones en la que el fundador es no solamente un intermediario entre la divinidad y los hombres, sino la divinidad misma. Participa de la naturaleza divina. No es un simple enviado; es, dentro del dogma, el mismo Dios. Y esto constituye un hecho histórico de tal magnitud que nos cuesta trabajo imaginarnos en toda su proporción lo que significaría para la sociedad antigua el prestar adhesión a este credo religioso, cuyo inspirador no era solo un obrero manual, es decir, un representante de una clase social a la que no se le reconocía igualdad de derechos, capacidad y posibilidades, sino que ese obrero manual era, precisamente, una de las Tres Personas de la Divinidad.

Sin embargo, la proclamación del trabajo como valor fundamental, a pesar de ser, quizás, el elemento histórico más importante de la gran revolución que implicó el cristianismo, se desconoce y se deforma a través de los tiempos. Y llega a ser inconcebible para nosotros que, después de veinte siglos de vida cristiana, en los países cristianos esté por dársele verdadera vigencia al principio de la dignidad del trabajo.

Rafael Caldera recibió la orden «Justicia Social» post-morten, «por su brillante trayectoria académica, jurídica y científica en el Derecho del Trabajo y la Seguridad Social».

4

Ante las transformaciones actuales, pienso que mi padre estaría en honda meditación y no vacilaría en afirmar con un texto del magisterio pontificio[7]:

De este modo, la solución para la mayor parte de los gravísimos problemas de la miseria se encuentra en la promoción de una verdadera civilización del trabajo. En cierta manera, el trabajo es la clave de toda la cuestión social (…) Unas relaciones de trabajo justas prefigurarán un sistema de comunidad política apto a favorecer el desarrollo integral de toda la persona humana.

La situación contemporánea, en efecto, y las tendencias que pueden marcar nuestro futuro hacen más necesario, quizás urgente, el planteamiento de una verdadera civilización del trabajo.

En todo tiempo, la finalidad del esfuerzo civilizatorio ha sido la afirmación de lo humano: ante el desafío de los elementos naturales, en primer término y —hay que decirlo— también de manera constante, como hemos visto en esta última temporada de catástrofes provocadas por huracanes o movimientos sísmicos.

Esa afirmación de lo humano debe cumplirse luego con mayor razón en el establecimiento de condiciones adecuadas en la convivencia, en la actividad social y en la vida de cada persona. Parte de lo que amenaza con trastornar el orden humano es hoy el énfasis inmoderado en el consumo, esa multiplicación de lo superfluo, la incesante creación de necesidades.

El empobrecimiento interior a que conduce se manifiesta en una desmesurada atención a las diversiones y el entretenimiento. La sociedad de consumo es una sociedad volcada a los juegos, los espectáculos, la distracción continua a través de los medios de comunicación y las redes sociales. Eso hace difícil la vida democrática, puesto que socava el sentido de responsabilidad ciudadana y abre la puerta a nuevas manipulaciones, muy eficaces a corto plazo pero incapaces de construir un orden social justo y estable.

Al mismo tiempo, no conduce al desarrollo económico y social de los pueblos. La inclinación al consumo no se ocupa de modo directo en aliviar la miseria, abrir nuevas oportunidades a la gente, impulsar los cambios necesarios para crear sociedades más humanas. Es cierto que toda elevación en el producto interno de las naciones repercute de algún modo en una mejoría de las condiciones de vida. Pero la creación de riqueza sin atender a la justicia social genera cada día mayores desigualdades y produce el que se concentren en muy pocas manos ingentes recursos.

5

El trabajo, todo trabajo, es manifestación de la eminente dignidad del ser humano. A través del trabajo no solo se puede implantar un orden humano en el medio ambiente sino que cada uno desarrolla sus cualidades personales. Signo claro de madurez es así la capacidad de producir obras que acrecienten el patrimonio de todos en una sociedad.

La automación permitirá liberar muchas energías, que podrán emplearse entonces en servicios para enriquecer y hacer más humana la convivencia. Nada de eso será posible, sin embargo, si no se afirma de modo inequívoco el valor de la persona y, con ello, el valor intrínseco —no tan solo utilitario— de su actividad laboral.

En cierta manera, el punto de referencia más claro y sólido al respecto lo aporta nuestra fe cristiana. Al concluir mis palabras, con profundo agradecimiento por este homenaje, permítanme citar de nuevo unas inspiradas líneas de mi padre[8]:

A la entrada del austero edificio que en Ginebra ha servido de sede a la Oficina Internacional del Trabajo, hay un mural inmenso. Fue regalado por la Confederación Internacional de Sindicatos Cristianos. Es una representación de las profesiones más diversas, alrededor de Cristo obrero.

Tal es el símbolo del concepto cristiano del trabajo, cuya realización cabal es premisa para la reorganización del mundo. Han transcurrido veinte siglos desde que Cristo vino, y la poderosa indiferencia de quienes no saben mirar hacia arriba ha opuesto innumerables obstáculos a la verificación de aquella idea. Pero al ver, allí donde se reúnen los representantes de los gobiernos y de las fuerzas vivas de los más lejanos continentes, la figura de Cristo obrero (figura de Dios hecho hombre, no en carne de filósofo o guerrero, sino en carne de trabajador), es imposible no experimentar una sana sensación de optimismo.

Pensando en Cristo carpintero se enaltece el papel de quienes por su oficio de trabajadores manuales pueden llamarle «compañero». Meditando en las largas horas que pasó encorvado sobre el banco de carpintería, no cuesta mucho comprender la dignidad humano-divina del trabajo. Y a los labios aflora, guardando como fondo en la conciencia la sublime poesía social envuelta en el Sermón de la Montaña, una bienaventuranza más. La bienaventuranza implícita. La bienaventuranza del trabajo.

«Bienaventurados los obreros, porque ellos son compañeros de Cristo».

Muchas gracias.

[1] Ver Rafael Caldera, Derecho al trabajo, Carcas, Cyngular, 2017, pp. 177-178.

[2] Cf. Alain Supiot, El esopiritu de Filadelfia (La justicia social frente al mercado total), Barcelona, Península, 2011.

[3] Cf. Sollicitudo rei socialis, n. 38.

[4] Cf. Mt 25, 14-30; Lc 19, 11-28.

[5] Especificidad de la Democracia Cristiana, Caracas, Dimensiones, 10ª edición 1987, pp. 111-112.

[6] Ibíd., pp. 94-96.

[7] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre Libertad cristiana y liberación, 1983, n. 83

[8] Rafael Caldera, Moldes para la fragua, Caracas, Dimensiones, 3ª edición 1980, pp. 430-431.


Óscar Yanes entrevista a Rafael Caldera (1976)

«Mi vocación no era ser Presidente»

Entrevista realizada por Óscar Yanes, en calidad de Director de la Revista «Bohemia», el 12 de enero de 1976.

Rafael Caldera no había cumplido treinta años cuando fundó COPEI. Sin embargo, pese a su juventud, ya tenía un largo historial político. Cuando asumió la sub dirección de la Oficina Nacional del Trabajo no tenía veinte años. El Ministro del Interior, Diógenes Escalante, apenado, trató de explicarle al joven Caldera que no podía ser Director por razones de edad. Caldera aceptó las disculpas, pero lo que quizás no supo nunca el Ministro del General López Contreras es que aquel muchacho estaba dispuesto a trabajar en la oficina hasta de escribiente, porque ya para entonces el doctor Rafael Caldera quería forjar un nuevo Derecho Social en Venezuela.

El mismo entusiasmo y la misma fuerza de voluntad que dedicó al Derecho del Trabajo se lo dedicó a la política y nació COPEI. Mantener una organización política no es fácil. Los partidos se parecen un poco a los periódicos. Editar es relativamente sencillo, pero que el diario se mantenga, haga, y forme parte de la opinión pública es muy difícil. Lo mismo ocurre con los partidos. Grandes figuras han fracasado en esta empresa. Hoy, el doctor Rafael Caldera se siente orgulloso de COPEI. Es su hijo mayor, su hermano y amigo.

Sin mucho preámbulo comenzó la conversación con el ex Presidente.

La Democracia Cristiana

Óscar Yanes (ÓY): En Venezuela van a celebrarse el 13 de enero los treinta años de la fundación de COPEI. En Europa, los socialcristianos están celebrando treinta años. ¿Cómo explica esa curiosa coincidencia?

Presidente Caldera (RC): Los treinta años de la Democracia Cristiana en Europa guardan estrecha relación con la finalización de la segunda guerra mundial. Destruida Europa Occidental, arruinada no sólo física sino socialmente, la Democracia Cristiana surgió como la fórmula capaz de realizar una labor estupenda de reconstrucción y de renovación moral y material. Países que fueron dominados por el fascismo se convirtieron en democracias, monarquías en repúblicas y centros donde había dominado la opresión se convirtieron en avanzada del progreso social. Ello fue fruto del esfuerzo de los demócratas cristianos, que lanzaron las consignas que estaba reclamando el momento y que además de realizar una gran labor en el interior de sus países tomaron a su cargo la empresa de la unificación de Europa.

En Venezuela, la fundación de COPEI siguió de inmediato a los acontecimientos del 18 de octubre de 1945, que vinieron a romper la antigua correlación de fuerzas y a plantear una nueva situación en el país. Un grupo de jóvenes universitarios que venía desde diez años atrás ensayando las formas de realizar una nueva concepción política, se dieron a la empresa. Los mayores teníamos o íbamos a cumplir treinta años. Nos acompañaba un grupo selecto de venezolanos patriotas simbolizados en el doctor Pedro del Corral, que acababa de cumplir su medio siglo. Pero la coincidencia no deja de tener cierto carácter que me atrevería a llamar providencial. Justamente en estos mismos días está cumpliendo treinta años la gran revista de pensamiento demócrata-cristiano chileno Política y Espíritu, por cierto, recientemente suspendida por el gobierno militar.

Es que la Democracia Cristiana surge como una respuesta al escepticismo que sobre la democracia misma habían despertado los totalitarismos de izquierda y de derecha a partir de la revolución rusa en 1917 y de la revolución fascista en Italia en 1923. El mensaje maritainiano había prendido en el alma de jóvenes generaciones, de maduros conductores y de grandes contingentes populares. Una democracia renovada, centrada en la filosofía cristiana y basada en la dignidad de la persona humana, fue la respuesta al desconcierto y a la crisis espiritual que entonces vivía la humanidad. En Venezuela, nuestra línea fue la de apoyar todos los aspectos positivos de la revolución iniciada el 18 de octubre, exigiendo al mismo tiempo el cumplimiento de los compromisos que sus dirigentes habían contraído con el pueblo y reclamando el respeto al pluralismo ideológico como base de la convivencia y de la estabilidad democrática. Sin que hubiera habido ningún contacto, es lo mismo que los demócrata-cristianos exigían en Europa.

Nuevas formas

(ÓY): Los nuevos planteamientos que se hace el hombre de hoy y que han afectado evidentemente al marxismo y a la socialdemocracia ¿no imponen también una revisión filosófica al socialcristianismo?

(RC): Sin duda. La humanidad avanza y, en algunos aspectos, vertiginosamente. El progreso tecnológico plantea inquietudes de una dimensión inimaginada al hombre actual. La concentración urbana hace surgir nuevas formas de vida, que no encajan dentro de las estructuras tradicionales de la ciudad, y provocan una serie de situaciones que demanda urgente respuesta. Por otra parte, los pueblos exigen con rapidez la solución de sus problemas más graves y la conciencia de solidaridad universal reclama que no existan pueblos marginados ni sectores marginados. Todo ello requiere nuevas soluciones, pero éstas deben basarse en los principios inmanentes de la dignidad del hombre, de la libertad como base para el progreso y de las instituciones como fundamento del orden social.

Hay muchas semejanzas entre los que encontró hace treinta años, en 1945. Fundamentalmente, hay una duda en grandes sectores populares acerca de la democracia. A esta duda hay que contestar con afirmación optimista, con fortalecimiento de actitudes y principios y por ello creo que el papel de la Democracia Cristiana para ganar el destino de la humanidad en este momento es comparable al que asumió y cumplió con gran éxito treinta años atrás.

Los «peces rojos»

(ÓY): A raíz de la muerte de Gómez los jóvenes socialcristianos eran muchas veces llamados fascistas o falangistas, hoy se les dice en algunas ocasiones comunistas, ¿qué es lo que ocurre con el socialcristianismo y la opinión pública, para que se le califique siempre de modo muy extremista?

(RC): La lucha de la Democracia Cristiana contra las estructuras actuales en pos de la justicia social, hace que muchas veces se le haya señalado con calificativos que tratan de ubicarlos en los cuadros de la extrema izquierda. Un conservador colombiano dijo una vez que nosotros éramos «peces rojos nadando en agua bendita». Por otra parte, nuestra defensa de la libertad, del primado del espíritu sobre los intereses materiales, nuestra afirmación filosófica ante la concepción materialista de la historia, hace que en los cuadros dialécticos de éste se nos haya confundido muchas veces con los movimientos de fuerza que bajo la denominación común de fascismo y con un signo totalitario hicieron frente a la avanzada comunista en Europa y en otros países. Yo creo que la mejor definición de la Democracia Cristiana está en ambas críticas, ya que tiene una posición propia que inevitablemente choca con el conservadurismo de unos y con el dogmatismo revolucionario de los otros.

No hay justificación para Gómez

(ÓY): ¿Qué recuerdos y reflexiones le despierta la dictadura de Juan Vicente Gómez?

(RC): Es curioso que en la actualidad, a los cuarenta años de fallecido el gobernante de más prolongado ejercicio autocrático en el país, haya ciertas tendencias por justificarlo, o por lo menos explicarlo. Yo entiendo que se le explique, en razón de una serie de circunstancias históricas, pero no estoy de acuerdo en que se justifiquen sus acciones y orientaciones. Pertenezco a una generación que nació cuando el general Gómez llevaba varios años mandando y que cuando éste falleció en el ejercicio del poder, ya se iba a constituir en una generación adulta.

He estudiado con objetividad los resultados de aquella prolongada dictadura, y sin poder negar algunos aspectos positivos que indiscutiblemente tiene, puedo asegurar que los resultados fueron dramáticamente negativos. Basta observar las cifras de analfabetismo, el bajo índice de educación a todos los niveles, el estancamiento y retroceso de la educación universitaria, para que pueda formarse un concepto de la postración en que Venezuela se encontró entonces. Como muchos otros muchachos de 20 años, saludé emocionado con el año 1936, los albores de una nueva época. Recibí con veneración a las figuras que se habían convertido casi en míticas, a través de la trasmisión oral de sus gestos de resistencia contra la tiranía; sufrí también muchas desilusiones al que ver que no todos revestían la personalidad que suponíamos en ellos. Me encontré con que, dentro de las propias generaciones jóvenes, muchos a quienes consideraba orientados por nobles ideales de renovación democrática, estaban comprometidos con posiciones sectarias que no querían tolerar siquiera ni mucho menos aceptar discrepancias. Por ello, formando parte de un grupo de estudiantes me lancé a una lucha que condujo a la formación de un movimiento y finalmente a la constitución de un partido político. Y pienso, no creo equivocarme, que la participación que me ha tocado en la construcción de este partido político es la parte más importante que podría presentar en el momento en que me exigieran cuenta de los actos de mi vida.

La política no es profesión

(ÓY): Usted, como profesional de la política, ha vivido momentos muy difíciles. ¿Qué es lo que le hace mantener la moral en alto y conservar la serenidad durante estos momentos difíciles?

(RC): Si supiera que nunca he querido admitir ser un profesional de la política. Me explico. Me he entregado a la lucha política en alma, vida y corazón, pero he querido siempre ver la política como deber y no como actividad profesionalizada. Por eso he compartido las intensas horas de trabajo político con labores de investigación o de cátedra o con el ejercicio de mi profesión de abogado. Comprendo que ello constituye un hándicap pero he preferido afrontarlo para sentir que no dependo totalmente de las contingencias de la lucha política. En cuanto a su pregunta, creo que en cierta manera está adelantada la respuesta con lo que acabo de decir. Para quienes ejercen la política como actividad profesional, para quienes ven ella solamente una ciencia o un arte, debe ser muy difícil mantenerse en la posición que se juzga como correcta en momentos en que las dificultades aumentan o en que los resultados se ve que no van a corresponder al esfuerzo. Pero cuando se ejerce la política como deber, cuando se hacen las cosas porque en conciencia se considera que se deben hacer y no se toma como norte de los actos el cálculo de los resultados, entonces se goza de una armonía entre la conciencia y la conducta que es lo que permite mantener alta la moral y conservar la serenidad ante las más delicadas situaciones.

(ÓY): Muchos dicen que usted fue educado y formado para ser Presidente de Venezuela. ¿Cuándo pensó por primera vez en ser Presidente?

(RC): Se ha dicho que todos los venezolanos desde niños, oyen de su madre y de sus parientes la afirmación de que deben ser Presidente de la República. Yo no creo que ello imprima un destino. Mi vocación no era ser Presidente, sino, más bien, ser dirigente, o si se quiere, líder de un movimiento inspirado en una fundamentación filosófica y en una voluntad de servicio. Cuando me lancé por primera vez como candidato presidencial, a la edad de 31 años, para enfrentar a una figura de la talla de Rómulo Gallegos, que me doblaba en edad y que me superaba en credenciales en una forma aplastante, lo hice porque después de ensayar otras fórmulas, llegamos a la conclusión de que una candidatura propia lanzada sin vacilaciones y trabajada sin descanso era lo que podía afianzar la fisonomía del partido ante la vida venezolana.

Tuve la fortuna de competir decorosamente con don Rómulo Gallegos: él con más de 800 mil votos, yo con cerca de 300 mil; y creo que la participación que mi candidatura representó, constituyó un hecho indudablemente favorable para la educación democrática de los venezolanos. Ya después de esta candidatura, el 58, después de que fracasaron los intentos para una candidatura unitaria, fue casi inevitable repetir y hacerlo en un brevísimo plazo porque la campaña propiamente dicha empezó el primero de noviembre y las elecciones se realizaron el 7 de diciembre. El 63, fue cuestión de afirmar el derecho del partido a aspirar a la presidencia: la circunstancia de haber superado en votos a eminentes venezolanos como el doctor Uslar Pietri, el Vicealmirante Larrazábal y el doctor Jóvito Villalba, fue lo que me convirtió en el aspirante calificado para las elecciones del 68, que me llevaron a Miraflores. De allí el que se me hubiere visto como un candidato pertinaz, cuando en realidad mi candidatura fue una necesidad de afirmación y crecimiento de un partido como COPEI que necesitaba fortalecer y clarificar su imagen de una manera diáfana ante la conciencia de Venezuela.

COPEI y la dictadura

(ÓY): ¿Cuál fue a su entender el papel de COPEI durante la dictadura?

(RC): Del 24 de noviembre de 1948 al 23 de enero de 1958 hay que señalar tres etapas diferentes: la primera corresponde a los dos años de presidencia del comandante Delgado Chalbaud. Educado en Francia y deseoso de buscarse, en medio de las dificultades, una solución política a la vida del país. Durante esta época, el papel de COPEI estuvo, por una parte, en tender lazos de comprensión a los antiguos adversarios políticos convertidos en perseguidos por obra del cambio violento en la organización del gobierno y, especialmente, en insistir en la necesidad de buscar una salida institucional, a través de un llamado a elecciones, que culminó, en los mismos días del asesinato de Delgado con la promulgación del Estatuto Electoral. La segunda etapa, correspondió al dificultoso proceso eleccionario, dentro del cual, pese a las circunstancias adversas, se logró una expresión inequívoca y abrumadora de la voluntad popular. Fue este pronunciamiento de la voluntad popular el que llevó al entonces jefe de turno a asumir el poder como lo hizo el 2 de diciembre de 1952.

Del 53 al 58, durante el quinquenio se hizo más dura la represión: se multiplicaron nuestras visitas a las cárceles y nuestra actitud de resistencia cívica, mantuvo en el ánimo público la idea de que estaba vigente el propósito de los venezolanos de reconquistar las libertades. Fuimos un factor de unidad entre las fuerzas democráticas y por ello debo sentirme complacido de que mi breve exilio en Nueva York constituyera la oportunidad para formalizar un entendimiento entre los partidos de oposición, la mayoría de los cuales estaban proscritos, para emprender juntos, de manera armónica, la tarea de restablecer las instituciones democráticas.

El 23 de enero

(ÓY): ¿Cómo definiría usted el espíritu del 23 de enero y cuál fue entonces el papel de su partido?

(RC): Creo que lo fundamental del espíritu del 23 de enero fue el consenso, casi unánime, de los venezolanos, en establecer un sistema de vida democrático. El experimento dictatorial había llevado hasta los sectores tradicionales proclives a sostener los gobiernos de fuerza, a aceptar que la democracia era el sistema de gobierno ideal para Venezuela. Hubo unidad de militares y civiles, de empresarios y trabajadores, de gente de la ciudad y del campo, y esta unidad se afirmó por encima de las diferencias ideológicas de los diversos grupos políticos. Ese consenso fundamental, que fue la base de la institucionalidad generada el 23 de enero del 58, sólo comenzó a fracturarse cuando la experiencia cubana movió a algunos sectores a un tipo de acción directa que pretendía poner al lado las fórmulas que la democracia había establecido y a realizar un proceso que pudiera ser en cierto modo imitación del que se cumplió en aquella nación hermana.

Eso, no obstante, que puede recordarse que el propio comandante Fidel Castro, en el discurso que pronunció en la Cámara de Diputados que yo presidía, cuando nos visitó en 1959, observó que las reivindicaciones populares que la revolución cubana estaba tratando de lograr por medio de las armas, podría Venezuela obtenerlas a través de las instituciones democráticas. El papel de COPEI, del 23 de enero en adelante, fue el de servir al fortalecimiento de esas instituciones que habían sido logradas con el sacrificio, con el esfuerzo y con la esperanza del pueblo venezolano.

La «Guanábana»

(ÓY): ¿Y qué me dice usted de la célebre «guanábana», es decir, de esa alianza entre Acción Democrática y COPEI que duró todo el quinquenio de Gobierno del presidente Betancourt?

(RC): No creo que se haya olvidado que el 31 de octubre de 1958, en mi casa, que entonces se denominaba Puntofijo, en Sabana Grande, se firmó un pacto entre los tres mayores partidos con el objeto de comprometerse a gobernar juntos durante el primer período constitucional de gobierno democrático, aun cuando cada partido fuera con sus candidatos propios y distintos a la lucha electoral. Ese célebre pacto de Puntofijo nos llevó a participar en el gobierno del señor Rómulo Betancourt a partir de 1959. Algunos sectores, que se presentaban entonces como visceralmente anti-adecos, consideraron que nosotros habíamos cometido una especie de traición e inventaron lo de la guanábana porque es la fruta tropical, que es verde por fuera y por dentro blanca. Lo cierto es que por única vez en Venezuela se vio a dos partidos que habían combatido entre sí duramente (y que después se siguieron combatiendo) compartir las tareas de gobierno en circunstancias muy peligrosas para el país, para la democracia y para el propio gobierno. Separada Unión Republicana Democrática de sus responsabilidades gubernamentales y pasada a las filas de una dura oposición.

COPEI consideró su deber continuar hasta el último día del período del presidente Betancourt cumpliendo su compromiso. Hubo momentos en que teníamos la impresión de que con sólo sacarle el hombro a nuestra responsabilidad, el andamiaje del gobierno se podía caer; pero ello nos hacía sentirnos más obligados a perseverar. Fuimos a elecciones con candidatos que se enfrentaron: el doctor Leoni por Acción Democrática, que ganó la elección con 900 mil votos, y yo como el principal candidato de oposición, que quedé de segundo con 600 mil. El hecho de que hubiéramos realizado esa lucha electoral y sin embargo nos hubiéramos considerado obligados a mantener nuestro apoyo al gobierno hasta el último día del período lo considero un hecho único en Venezuela y su importancia histórica creo que no se podrá desconocer. Por de pronto, debo decir que el que fuera Jefe de Estado Rómulo Betancourt, jamás niega la significación trascendental de nuestra participación en su gobierno.

Los celos adecos

(ÓY): ¿Y cuál fue el papel de COPEI durante el Gobierno del presidente Leoni?

(RC): Con el doctor Leoni no pudimos entendernos para continuar en el gobierno. Y ello es comprensible. Acción Democrática estaba celosa de nuestro crecimiento y pensaba que nuestra presencia en el gobierno debía realizarse de tal forma que no nos beneficiáramos de ella para seguir aumentando nuestros votos hasta el punto de ganar el poder. Por otra parte, nosotros nos considerábamos con derecho a reclamar una participación más sustantiva, desde luego que la voluntad del país nos había mostrado una adhesión mucho mayor que en 1958. Esto hizo que el presidente Leoni gestionara, mientras hablaba con nosotros, un entendimiento con los partidos Unión Republicana Democrática y Frente Nacional Democrático que habían estado en la oposición durante el quinquenio precedente y así surgió el gobierno de «Ancha Base».

Nosotros decidimos en nuestra Convención no formar parte del Gobierno, pero le abrimos una etapa transicional para no causar grave daño al funcionamiento democrático, con la fórmula que llamamos «Doble A»: Autonomía y Acción. Esta transición tuvo que acelerarse por la actitud del Gobierno de Ancha Base y del partido Acción Democrática y nos correspondió cumplir  una importante tarea de oposición democrática durante el quinquenio 64-69.  Recuerdo que dos periodistas norteamericanos, Knovak y Evans, dijeron que la ventaja que tenía el gobierno de Leoni ante otros gobiernos constitucionales de América Latina que se veían en situación precaria, era el tener una «leal oposición», como era la oposición democrática que hacía el partido socialcristiano COPEI y que yo encabezaba. Fue esa actitud de oposición, rabiosamente adherida a los principios democráticos y siempre pendiente de los intereses del país, lo que nos abrió el camino para el triunfo electoral del 1  de diciembre de 1968.

El interés social

(ÓY): Se ha dicho, señor Presidente, que su gobierno le puso dificultades a su sucesor, el señor Carlos Andrés Pérez, para entregarle en 1974. ¿Qué hay de cierto en ello?

(RC): Esa afirmación es absolutamente falsa. Después del 9 de diciembre de 1973, no sólo establecimos contacto con la oficina del Presidente Electo, sino que le pedimos designar comisiones para entrar en comunicación con todos los Despachos e Institutos Autónomos, a fin de enterarse de la situación de éstos y de los planes en marcha. Hay abundantes testimonios de estos contactos dirigidos a evitarle al país los traumas de la interrupción de los proyectos. Si éstos no se continuaron no fue porque no se enterara de ellos quienes iban a desempeñar los cargos, sino porque el nuevo gobierno consideró conveniente una estrategia de romper con lo que estaba realizando el gobierno anterior. Una comparación serena y objetiva con lo que ocurrió el 69 daría como resultado el que nosotros, a pesar de haber tenido muy escasa información sobre lo que se hacía por quienes nos entregaron el gobierno, nos esforzamos en continuar todos los proyectos que estaban en marcha y que juzgamos de interés nacional.

El poder

(ÓY): Usted fue un candidato permanente hasta que llegó al poder. ¿Qué pensaba cada vez que perdía, qué pensó cuando ganó y que pensó cuando estando en el poder su partido perdió las elecciones?

(RC): Lo de candidato permanente ya lo he explicado. El partido encontró en cada campaña electoral la oportunidad para hacer más claros sus planteamientos y más vigoroso su mensaje. Inicié la lucha como candidato con menos de 300 mil votos, después obtuve 400 mil, después 600 mil y después un millón de votos que me llevaron a la presidencia. Por tanto, cada vez que perdía encontraba que no habíamos en realidad perdido adherentes, sino aumentado el número de aquéllos que creían en nosotros. En un partido nuevo como el nuestro, esta proyección era algo fundamental. Cuando gané, lo que pensé es que caía sobre mis hombros una inmensa responsabilidad, y mi vivo deseo y mi constante preocupación fue tratar de no defraudarla.

Hoy me siento feliz de que mi gobierno sea para mis compañeros de partido la mejor credencial de una actitud ante Venezuela. Cuando el partido perdió las elecciones pensé que nos tocaba todavía una dura brega hasta llegar a ejercer la función ductora que aspiramos a cumplir en la vida de Venezuela. Observé también que habíamos aumentado, y considerablemente, el número de la gente que creía en nosotros y consideré que este aumento nos obligaba y nos obliga más que nunca a continuar empeñados en la lucha. Por lo demás, los resultados, aunque nos golpearon, los recibí sin amargura. Al fin y al cabo, para los demócratas sinceros, el pueblo no se equivoca. Nos hemos dedicado a analizar cuáles fueron los aspectos en que pudimos estar equivocados para no haber obtenido el triunfo final, o cuáles fueron los recursos de que se valió el adversario para superarnos, a pesar de nuestro crecimiento. Hoy pienso que mucha gente está revisando los puntos de vista que sobre la labor del gobierno anterior y las perspectivas del país tenía el 9 de diciembre de 1973.

Lo que más afecta necesariamente a un gobernante cuando, terminado su período, es el de que se queden muchos planes y programas en marcha. Para no poner sino un ejemplo, el menos político de todos los que podrían presentarse, bastaría recordar el que el Plan Vacacional de la Fundación Festival del Niño, uno de los esfuerzos más bellos que se han hecho a favor del niño venezolano, fue definitivamente arrumbado, simplemente porque era un esfuerzo de la Primera Dama correspondiente al período anterior. En dimensión nacional y en cada uno de los estados fueron muchos los programas que se truncaron también abruptamente. El proceso de regionalización, que respondía a un gran clamor nacional, ha echado definitivamente hacia atrás; y la conquista del Sur, un objetivo de alcance transgeneracional, se convirtió en un simple rótulo y se frustró el noble impulso que un grupo de jóvenes que formaban equipos interdisciplinarios le habían dado a la empresa que suscitó la admiración de los parlamentarios de todas las toldas políticas y de todos los venezolanos que llegaron a conocerlo.

(ÓY): Usted siempre se ha caracterizado por hacer una oposición gallarda y leal. ¿Cree usted que la oposición correspondió en la misma medida a su Gobierno?

(RC): Esa pregunta creo que mejor que yo la puede responder y la está respondiendo cada día la opinión nacional.

El estilo democrático

(ÓY): Usted, durante su Gobierno, hizo cosas que nunca se vieron en Venezuela. Los empleados públicos, por ejemplo, podían expresar sus preferencias políticas sin temor a represalias, y en la propia campaña electoral los empleados públicos que militaban en el partido que hoy está en el poder publicaron un aviso en los periódicos para manifestar apoyo al candidato presidencial adversario de su Gobierno. Muchos dicen que Venezuela no estaba preparada para ese estilo de gobierno. ¿Qué cree usted?

(RC): Creo que Venezuela no está acostumbrada a muchas formas del estilo democrático de gobierno, precisamente porque no se han aplicado antes. Mi Gobierno al iniciar el cumplimiento de estas viejas aspiraciones tenía que enfrentarse a la falta de hábitos en los destinatarios del mensaje democrático para recibirlo e interpretarlo a plenitud. Pero creo que algún día hay que comenzar y que los surcos abiertos deben dejar alguna huella aun cuando a veces traten de borrarla. El respeto a la decisión política autónoma de cada empleado público es inherente al estado democrático. Eso sí, ese empleado no debe confundir su simpatía por una tolda política que puede ser de oposición, con una actitud de negligencia o de entorpecimiento a las labores administrativas. Allí está el meollo y es lo que hay que lograr: que el empleado cumpla sus tareas administrativas eficazmente, sea cual fue el partido que se halle en el poder, sin perjuicio de que tenga y manifieste sus simpatías por cualquier otro partido, así sea de oposición.

El chiste de Tarzán

(ÓY): ¿Por qué se disgustaba cuando llegaba a sus oídos el comentario público en Venezuela de que «Caldera es un Presidente de lujo»?

(RC): Porque Venezuela es superior a cualquiera de nosotros y aún a todos nosotros juntos. Por mayor que sea el esfuerzo de un gobernante en superarse, nunca le quedará grande al país: siempre el país será mayor que él.

(ÓY): Pocos presidentes en Venezuela han sido tan leales al equipo de gobierno como lo fue usted. ¿Le molestaba mucho el chiste que hacían sobre su persona y Tarzán? ¿Hoy, qué piensa de aquel equipo? ¿Cuáles fueron sus virtudes y cuáles sus errores?

(RC): Me molestaba el chiste que llegó a ser repetido hasta por el candidato presidencial de oposición, hoy Jefe de Estado, porque envolvía una gran injusticia. Tuve uno de los mejores y más eficaces equipos de gobierno que ha habido en el país. Hoy se están dando cuenta quienes lo negaban.

Ese equipo se entregó con mucha devoción y lealtad a servir a su pueblo y por ello todo reconocimiento que se le haga no constituye sino una obra de justicia. Virtudes, las más importantes fueron la idoneidad, la honestidad y la lealtad al compromiso; errores, los de querer a veces realizar una serie de ideales sin suficientes concesiones a la realidad del país que es compleja y delicada. A veces, por ejemplo, jóvenes ministros se exasperaban porque tenían que dedicar mucho tiempo a las audiencias personales, cuando ese tiempo se lo exigían las labores del Despacho; pero, al reducir las referidas audiencias, no se daban cuenta de que se enfrentaban a una desagobiante tradición según la cual hay mucha gente que en el país tiene mucha importancia por una razón o por otra y que se siente personalmente afectado y hasta víctima de la peor injuria si el Ministro no dedica un tiempo suficiente a oír sus planteamientos, así sean aquéllos que había podido resolver cualquier funcionario subalterno.

Pero el mayor inconveniente que todo Ministro eficaz encuentra es no contar con un personal suficientemente capacitado y con una organización adecuada. En cuanto al personal, el propósito de mantener la estabilidad y de establecer la carrera administrativa nos obligó muchas veces a soportar la presencia en las oficinas de mucha gente que no rendía satisfactoriamente. En cuanto a la desorganización administrativa, tuvimos primero que estudiar, analizar y estructurar un plan de reforma administrativa, pero luego nos encontramos con que el Congreso se constituyó en una traba permanente y sistemática para que esa reforma administrativa se realizara.

Angustia nacional

(ÓY): En su trascendental discurso sobre la cuestión petrolera en el Senado, usted dijo algo así como que se sentía «angustiado por la angustia» en torno al futuro petrolero. ¿Tiene todavía esa angustia?

(RC): Comparto con numerosos venezolanos una viva preocupación por el sesgo que va tomando la cuestión petrolera. Los tradicionales mecanismos de presión se incrementan considerablemente sobre el país a medida que llega el momento en que ejerza a plenitud su soberanía. Nuevamente se crea la imagen de una supuesta superproducción como si el consumo de petróleo no aumentara en el mundo y las reservas de hidrocarburos no siguieran siendo limitadas.

El propio gobierno expresa que las compañías, para comprar nuestro petróleo, proponen una baja de precios y que al no aceptarse éstas reducen considerablemente sus compromisos. Las empresas transnacionales siguen dominando el mercado y los voceros de nuestro principal país comprador, los Estados Unidos, adoptan a veces un tono de abierta amenaza. Pero todo ello me obliga a recordar de nuevo la invocación que hice al «guáramo» de Simón Bolívar. Quisiera recordar que al hablar de la nacionalización del petróleo dije: «No creo, por ningún respecto, que convenga una actitud si por tal se entiende una decisión alocada y una conducta irresponsable. Pero considero indispensable una actitud optimista, convencida de la gravedad del paso que se va a dar, pero convencida también de la necesidad y de la capacidad de superar los riesgos y dispuesta a vencer con inteligencia y coraje los obstáculos».

La recuperación del poder

(ÓY): COPEI ha vivido muchas fechas aniversarias históricas, ¿cuáles han sido, a su juicio, las fechas aniversarias más históricas de COPEI y cómo enjuicia usted estos treinta años del partido socialcristiano?

(RC): Creo que entre los aniversarios de COPEI deberían destacarse el de 1958, porque significó la alborada del gran movimiento de liberación que iba a culminar diez días después; el de 1968 porque inició el año de la victoria, culminando en el triunfo electoral del primero de diciembre del mismo año; y así deberá serlo el de 1978, que nos marque el camino de la recuperación definitiva del poder. Creo que son muchos los venezolanos que así lo desean y que consideran que lograrlo depende, fundamentalmente, de nosotros.

 

COPEI no se divide

(ÓY): COPEI no se ha dividido nunca. Es el único de los grandes partidos venezolanos que no ha sido víctima del fraccionalismo, pero hoy, señor Presidente, todo el mundo habla de la división. ¿Cómo enjuicia usted la situación interna de COPEI?

(RC): No es un secreto para nadie que no me hace feliz la pugna interna por las posiciones directivas, pero de allí a aceptar que COPEI esté al borde de la división, hay una distancia kilométrica. Puedo asegurarle que la división, ese fenómeno que ha afectado a a casi todos los partidos democráticos no ocurrirá en COPEI.

Democracia interna

(ÓY): Un político venezolano se hizo famoso porque le preguntaron algo sobre el futuro político y dijo textualmente que él no aflojaba prenda. ¿Usted, señor Presidente, no me puede aflojar ninguna prenda acerca de la candidatura presidencial de COPEI?

(RC): El Partido en su Convención Extraordinaria de este año y atendiendo a una iniciativa mía, creó un organismo especial, llamado a impactar profundamente en la vida nacional: el Congreso Social-Cristiano, integrado, no sólo por los dirigentes del partido sino por los dirigentes copeyanos de los distintos sectores sociales y por numerosos independientes. Si la voluntad unánime del partido fue la de crear ese organismo y sujetar a él la escogencia del candidato presidencial, parece, por lo menos, imprudente, el que yo me lance a hacer anticipos sobre la decisión de ese Congreso.

Muchos podrían pensar que el cuerpo creado constituye una mera fórmula, una apariencia, una armadura vacía, por lo contrario, creo que darle vigencia a ese organismo es asegurar de antemano una gran respuesta nacional para el candidato que se elija. Lo que puedo asegurar de una vez es que la escogencia del candidato presidencial se hará, como es la norma de COPEI, con el más absoluto respeto a los principios de la democracia que se practica internamente como se practica en el ámbito externo.

Aguas que se van al mar

(ÓY): Mucha gente pregunta qué habría hecho usted si durante su Gobierno hubiera recibido el chorro de oro petrolero que sacudió a Venezuela al comienzo de la actual administración.

(RC): Me parece que la misma pregunta envuelve la contestación. Hay consenso en que si hubiéramos podido disponer de los recursos que nuestra política nacionalista le aseguró al país como contrapartida de su actividad petrolera, habríamos podido dar pasos trascendentales y definitivos en el proceso de desarrollo de Venezuela. Lo que más inquieta hoy a los venezolanos es que este chorro de dinero pase a nuestro lado, como las aguas que se van a la mar, sin dejar cumplida la función que en una oportunidad única habría debido cumplir para convertirnos en un país desarrollado.

El trabajo constante

(ÓY): Evidentemente que hemos abusado de su tiempo, pero al público le interesa siempre saber si los ex presidentes, como humanos que son, también son víctimas de la nostalgia del poder. ¿Cómo vive usted y cómo se siente como ex presidente?

(RC): Vivo como antes, trabajando mucho, ya que ni me siento inclinado a la holgazanería, ni los compañeros, amigos o relacionados de toda índole, me lo permitirían; dicen que la mejor fórmula de descanso es el cambio de actividad. Tengo mucho que hacer para completar algunos libros cuya publicación estoy comprometido a hacer. Se me piden con frecuencia conferencias y discursos y aunque muchas veces tengo que declinar esas invitaciones, no puedo eludir atenderlas en varias ocasiones al año. Por otra parte, son muchos los copeyanos, los independientes y la gente de otros partidos que me honran solicitándome entrevistas para hablar sobre la situación del país y sobre los problemas pendientes. Debo decir que como ex Presidente tengo una gran satisfacción: la de ser recibido en todas partes con afecto, con estimación, con una benevolencia y una simpatía que me llenan de profundo e íntimo regocijo.

Caldera-Betancourt

(ÓY): Entre el ex presidente Betancourt y usted, pese a la lucha política, siempre han existido relaciones cordiales y dicen que alguien dijo una vez, hace algunos años, que el ex presidente Betancourt era el «único copeyano adeco». ¿Qué es lo que ha fortalecido las relaciones entre ustedes, pese a las profundas divergencias políticas?

(RC): Entre el ex presidente Betancourt y yo, a pesar de las distancias ideológicas y políticas y aun de la distancia generacional, existe una amistad sincera y cordial. Creo que la sinceridad del aprecio que recíprocamente nos tenemos, constituye un hecho favorablemente estimado por todos los sectores. Pienso que la estimación de Betancourt por nosotros se debe al reconocimiento de la lealtad, diáfana y a veces ruda, con que hicimos nuestros planteamientos y mantuvimos nuestra solidaridad en la defensa de las instituciones democráticas y en la lucha por Venezuela, especialmente a partir del 23 de enero de 1958.

Por nuestra parte, reconocemos en Betancourt uno de los venezolanos más importantes de este siglo y tenemos conciencia de los grandes esfuerzos que ha tenido que hacer, a veces dolorosos y hasta traumáticos, para lograr soluciones viables que conjuraran los terribles peligros a que ha estado sometido el experimento democrático. Se trata de un político realista pero que en medio del pragmatismo de sus actitudes ha estado guiado fundamentalmente por el propósito de contribuir a la transformación democrática de Venezuela. La colaboración entre su partido y el mío y entre nosotros mismos, personalmente, durante los años transcurridos del 58 al 64, es un caso único en la historia política de Venezuela y tal vez bastante raro en cualquier país del mundo. Creo que fue esa colaboración el factor más importante y decisivo para que no se frustrara nuevamente el camino democrático que empezó a recorrer Venezuela, llena otra vez de esperanzas, pero también de confusiones, en la fecha citada del 23 de enero de 1958.

Luis Herrera

(ÓY): Presidente, hemos hablado de todo, menos de Luis Herrera.

(RC): Luis es un calificado luchador, dotado de gran talento y muy conocedor de los problemas nacionales. Tiene derecho a aspirar y muchos ven con simpatía la posibilidad de que sea escogido como fórmula electoral de COPEI. Yo no creo conveniente anticipar una decisión, como tampoco debiera retardarse. Todo a su tiempo. Algo en que he insistido e insistiré es que el candidato que se presente al país, debe aparecer nítidamente como candidato de todo el Partido y no de una fracción. Más aún, no sólo de todo el Partido, sino también de todos los sectores independientes que van hacia la democracia cristiana como la alternativa válida. Esto no es lo que quieren algunos voceros tradicionalmente adversos a nuestra organización, cuyo objetivo visible es provocar disensiones internas o, por lo menos, tensiones. El deber que nos incumbe a los dirigentes es conjurar ese objetivo.

(ÓY): ¿Volveremos al poder?

(RC): No me cabe duda, siempre que no perdamos la perspectiva y no agotemos nuestras energías en una pugna estéril.

(ÓY): Señor ex Presidente, mucha gente no ha entendido que usted no asistiera a los actos del primero de enero en el pozo Zumaque No. 1. ¿Querría usted explicarnos la causa de su inasistencia?

(RC): Nadie habría deseado más que yo compartir la significación de un acto llamado a simbolizar la ejecución de la Ley de Nacionalización del Petróleo. Pero las razones que me privaron de esa satisfacción son muy claras:

  1. Después de la promulgación de la Ley, se ha decidido toda una política que compromete el futuro del país, sin que se me hubiera pedido una opinión, ni siquiera por fórmula. El mismo día primero de enero se perfeccionaban convenios ya celebrados con las empresas que anteriormente tenían a su cargo la producción petrolera, para confiarles el mercado y la tecnología. No quería que mi presencia pudiera interpretarse como si yo conociera y compartiera decisiones tan importantes. Hay que recordar las advertencias que hice al discutir la Ley, observando que si se abría una rendija se desarrollaría una fuerte estrategia para presionarnos. Temo que esa estrategia se esté desarrollando.
  2. El montaje y el aparato de propaganda ante los actos del primero de enero no me parecieron los más cónsonos para darle a los actos una amplia significación nacional.
  3. El Partido Socialcristiano COPEI expuso públicamente estas y otras razones para que sus dirigentes no concurrieran, y aunque estoy exento de disciplina partidista, consideré procedente hacerme solidario de la posición del Partido en un asunto de tanta significación.