Rafael Caldera junto al Director General de la FAO Edouard Saouma (izquierda) y el representante especial del Director General, Hernán Santa Cruz (derecha), en el acto de instalación de la Conferencia Mundial sobre Reforma Agraria y Desarrollo Rural. Roma, 12 de marzo de 1979.

Es indispensable una relación armónica entre el hombre y la tierra

Discurso de instalación como Presidente de la Conferencia mundial sobre Reforma Agraria y Desarrollo Rural, en Roma, Italia, el 12 de julio de 1979.

No encuentro palabras suficientemente expresivas para agradecer el altísimo honor que me hicieron en marzo las delegaciones de más de cien países al nominarme por aclamación para presidir esta histórica Conferencia, y el que me han hecho los integrantes de esta misma Asamblea al ratificar en esta sesión inaugural aquella designación. Agradezco especialmente al grupo latinoamericano mi postulación y a los demás grupos representativos de las diversas regiones del mundo el apoyo que han dado a mi elección. Este agradecimiento lo doy también en nombre de mi país, Venezuela, ya que fundamentalmente a él, a sus instituciones democráticas, a su indeclinable posición a favor de la paz y de la solidaridad entre todas las naciones y a su definida actitud a favor de la justicia social, corresponde la confianza depositada en mi persona. Pondré de mi parte todo empeño en corresponder a esta confianza, ofreciendo sin reservas mi contribución para lograr el éxito a que aspiramos en esta reunión trascendental, éxito que consideramos indispensable y urgente para la humanidad en la hora actual. Y como soy creyente, permítaseme invocar la protección de Dios, para que su asistencia permita el acierto de mis actuaciones y haga que la conducción de esta magna asamblea tenga el éxito que todos deseamos.

Doy las gracias al Director General de la FAO, señor Saouma, y al Secretario General de la Conferencia, Embajador Hernán Santa Cruz, por la labor inteligente y tenaz que han desplegado para que nos reunamos hoy ante un camino abierto y despejado, con disposición de un rico material sin el cual habría sido imposible y hasta temerario aspirar a la formulación del documento que deberá ser el resultado de nuestra reunión. Nuestro agradecimiento también a los miembros de las comisiones de trabajo, que han realizado una labor a todas luces encomiable; al personal de la FAO y de las delegaciones permanentes acreditadas ante ellas así como a los organismos internacionales que han dado su apoyo a la presente iniciativa y a las organizaciones intergubernamentales y no gubernamentales que han dado una aportación apreciable.

Esta Conferencia Mundial, más que cualquiera otra de su género, representativa del mundo entero, reúne las aportaciones de mucha gente, consciente de que no se puede hablar de desarrollo y de progreso, de justicia y bienestar, de fraternidad y de paz, ni se puede confiar en un porvenir risueño para las naciones, si no se resuelve con criterio claro y con firme actuación la difícil situación por la cual atraviesa la población rural. Fue la clara conciencia de la gravedad del asunto y de la prioridad de su resolución lo que llevó a la FAO a resolver en noviembre de 1977 convocarla y organizarla.

Esa conciencia se hizo aun más apremiante en las jornadas preparatorias realizadas desde entonces hasta este momento; y de cada una de las conferencias regionales y de los estudios y análisis realizados surgió con mayor claridad la necesidad de que esta Conferencia Mundial no se limite a un hermoso conjunto de exposiciones y discursos, sino que conduzca a la adopción de programas bien definidos, orientados hacia la integración del sector rural en los programas nacionales e internacionales de desarrollo, hacia la valoración del sector rural como ingrediente fundamental de la sociedad del futuro y el reconocimiento de la participación que al sector rural corresponde en el producto del trabajo y en el adelantamiento logrado por el hombre en su afán de un futuro mejor.

Es innegable que con la revolución industrial se inició un proceso de subestimación de la vida rural, considerada antes como la fuente de la verdadera riqueza. El progreso fue considerado inseparable de la industrialización. El fenómeno del urbanismo, que ha atraído constantemente pobladores rurales hacia los grandes conglomerados urbanos, fue tomado como equivalente de modernización. Se estableció una especie de vinculación inseparable entre la ciudad y la industria. Los indicadores demográficos han señalado sin cesar la disminución del porcentaje de población rural y un crecimiento arrollador de los porcentajes de población urbana; si bien esos mismos indicadores, correctamente interpretados, han dejado siempre a la vista como una observación elemental la de que la población rural no ha disminuido en cifras absolutas, lo que quiere decir que ha sido el excedente, producido en mayor proporción que en las concentraciones citadinas, lo que ha estado empujando el campo hacia las ciudades.

Este proceso ha ido acompañado en general por un incesante deterioro del ambiente, y sólo en los últimos años los dirigentes de las sociedades y las sociedades mismas han comenzado a preocuparse por el desastre ecológico que puede producirse si no se toman desde ahora medidas que garanticen la protección de la naturaleza y permitan al mismo tiempo el mejor aprovechamiento de la tierra para asegurar una alimentación balanceada a una población mundial en constante crecimiento.

Surge, por cierto, a este respecto, la pregunta de si es correcta la dicotomía entre lo urbano y lo rural, la parcelación del mundo en dos sectores, afincada exclusivamente sobre la demografía y la estadística. En muchos países se considera población rural la que vive esparcida en comunidades que albergan hasta dos mil quinientos habitantes y población urbana la que vive en núcleos poblados superiores a esa cifra. Esta clasificación tan esquemática ha tropezado con la realidad y ha surgido la idea de establecer una especie de sector intermedio, el de las comunidades «rur-urbanas». Pero la apreciación de este fenómeno se hace más discutible cada día, puesto que fáciles vías de comunicación y medios accesibles de transporte permiten a numerosas familias habitar en poblaciones, no ya de cinco o diez mil habitantes, sino mucho mayores, sin abandonar su actividad específica en relación a las plantaciones y cultivos. Conozco ciudades de cincuenta mil, de cien mil y hasta de mayor número de habitantes, cuyas características de vida, así como los hábitos e inclinaciones de sectores influyentes, tienen un carácter netamente rural.

He encontrado mucha gente que vive en la ciudad porque no puede desaprovechar la ventaja de mejor educación para sus hijos, mejor atención para la salud de sus familiares, mayores oportunidades de cultura y recreación, pero se jacta sin embargo de ser campesina: siente pasión por el campo, desarrolla su vocación por el trabajo en el campo, defiende la importancia prioritaria del campo en la sociedad moderna, aunque para los indicadores estadísticos se la clasifique pura y simplemente como urbana. Y ni siquiera podría decirse que la población rural puede estimarse en función del porcentaje de población activa ocupada en el sector primario agrícola, ya sea vegetal, animal, forestal o pesquero, porque muchas de las otras actividades, como las industrias de elaboración de productos primarios y las clasificadas en el sector terciario (servicios, transporte e intercambio), se encuentran arraigados por su fundamentación y objetivos en el medio rural.

Creo, por consiguiente, que el fenómeno de la intercomunicación entre lo específicamente urbano y lo rural propiamente dicho es digno de observarse, de interpretarse y de atenderse en una forma armónica. Suiza es ejemplo de un país industrial que es a la vez intensamente agrícola, donde cada ciudad tiene un casco relativamente poblado e intensamente desarrollado, al que confluyen extensas e importantes áreas rurales y desde donde arranca la coordinación de actividades en las cuales se mezclan inseparablemente lo rural, lo industrial y lo comercial. Lo cierto es que la industria no tiene por qué ser una actividad contrapuesta a las actividades agrícolas, sino que debe ser –y así lo proponen los documentos preparatorios de esta Conferencia– fácilmente accesible y directamente aprovechable para la elaboración, utilización y rendimiento de los productos del campo.

Más que una permanente contraposición entre la ciudad y el campo debería hablarse de la urbanización de la vida rural, es decir, de transferir a la vida rural los beneficios que el fenómeno urbano puede significar en la existencia humana. De una armonía fecunda entre los diversos sectores depende la felicidad de los pueblos: y esa armonía sólo se lograría en la medida en que se atribuya al sector rural la importancia que le corresponde. El día que se asignen al desarrollo agrícola iguales recursos humanos, financieros y tecnológicos que los asignados a otros sectores –y concretamente al sector industrial y comercial- será fácil alcanzar una producción equilibrada, una distribución justa y de una integración satisfactoria.

Aquellos países donde se ha invertido sin mezquindad en el medio rural y se ha aplicado a éste una tecnología avanzada, no padecen de hambre ni escasez, antes por el contrario, tienen asegurado el auge de la producción y pueden hasta contribuir a la alimentación de otros pueblos. Así como es de inaplazable urgencia el de llevar a quienes continúan viviendo en las extensiones rurales los beneficios de la electrificación, de la educación y de la salud, de la vialidad y del mercadeo, es indispensable comprender que el fenómeno de urbanización no debe considerarse aisladamente del sustento natural de la economía, que es el medio rural, proveedor de los elementos son los cuales la civilización se parecería cada vez más al coloso de los pies de barro, condenado a desaparecer.

Es inconcebible que mientras se invierten miles y miles de millones en el desarrollo tecnológico y en el crecimiento del sector industrial, no se haga una inversión semejante en el aprovechamiento de la tierra, cuya disponibilidad parece más imitada a medida que aumentan los índices de crecimiento de la población mundial. Devolverle al productor rural la jerarquía prioritaria que le corresponde en una sociedad más justa y más feliz, es un objetivo inaplazable para cuya consecución se necesita el esfuerzo consciente, entusiasta,  ordenado y metódico dentro de cada país y la remoción de las trabas que al esfuerzo de cada una oponen las barreras existentes en el actual orden económico internacional.

Todo ello, sin duda, reclama un marco jurídico apropiado. A éste se refiere en el orden doméstico el concepto de reforma agraria, tan debatido, tan incomprendido y muchas traicionado, pero tan indispensable y fundamental, sea cual fuere la interpretación que se le diere a través de las distintas posiciones ideológicas. Sea cual fuere la filosofía predominante en cada país, es indispensable la necesidad de establecer una relación justa y armónica entre el hombre y la tierra. Las injusticias y, peor, las iniquidades que en esta materia han existido, han conducido en el mundo a través de todas las épocas a las peores catástrofes y a las más dolorosas situaciones. Ese marco jurídico, está claro que no ha de reducirse a la simple cuestión de definir el régimen para regular el derecho de cada uno o de las distintas comunidades a la tierra que trabaja.

Esta Conferencia va a tratar de «reforma agraria y desarrollo rural», con lo que se expresa que el concepto de aquélla ha de insertarse dentro del ámbito de éste. Se ha pensado, en efecto, en un desarrollo rural integrado. El programa ha de tener un sentido integral. Ha de lograrse una armonía cabal entre el aumento de la producción y el logro de un efectivo rendimiento, con el ofrecimiento de oportunidades de empleo y progreso y con los requerimientos exigidos por la justicia social interna e internacional, para que cada hombre, cada familia y cada pueblo pueda lograr la plenitud de su desarrollo mediante el aprovechamiento máximo –en altura y en extensión- de los bienes de la naturaleza. Debe tratarse de una participación voluntaria, libre y consciente de los beneficiarios en los programas de reforma agraria, y de una integración de la reforma agraria en los programas de desarrollo rural.

Encontrarán los señores delegados en los documentos preparatorios de la Conferencia un rico material que no es patrimonio de ninguna corriente, de ninguna región, de ninguna filosofía, de ningún grupo de hombres o de pueblos. Sorprende ese material por su amplitud, por su aspiración a la universalidad. La experiencia lograda en diversos países está a su vista; a su vista están también los elementos tácticos sobre los cuales han de adoptarse decisiones. Están planteadas las cuestiones relativas a los movimientos de población, a partir del fenómeno universalmente conocido como «éxodo rural»; están planteados los problemas del desequilibrio ecológico ocasionado por una explotación irracional, del desperdicio de los recursos hídricos que constituyen una de las mayores riquezas de la humanidad, debido a sistemas poco eficientes y poco racionales de riego, de la realidad de una producción agrícola insatisfactoria e ineficiente, especialmente en países en vías de desarrollo, de la desigualdad en los derechos en la tenencia de la tierra, del deterioro de las condiciones de vida en que se encuentra gran parte de la población campesina, a la cual hay que sumar la población marginal, de origen campesino, que se agolpa constantemente en torno a las ciudades, del problema del desempleo y el subempleo, acentuado en la medida en que la tecnología requiere menos brazos para la producción (tanto en el sector primario como en el sector secundario de la economía), de la inestabilidad de los índices de crecimiento económico y las fluctuaciones alarmantes que en algunas circunstancias se producen, de las terribles dificultades que en su lucha por lograr una vida mejor encuentran los países en vías de desarrollo por algunas políticas establecidas y mantenidas por los países industriales, siendo de señalar que éstos han tenido clara visión de la importancia del sector rural en su propia existencia y, no obstante el fenómeno de la industrialización que ha caracterizado su progreso, han mantenido sus ojos puestos en el campo, como reservorio insustituible, como fuente inagotable de su riqueza y de su bienestar.

Conferencia Mundial sobre Reforma Agraria y Desarrollo Rural. Roma, 1979.

Sorprende a los turistas, pero no extraña a los estudiosos, encontrar en naciones altamente industrializadas la presencia de una actividad rural que no obstante su formidable avance y transformación tecnológica conserva mucho del sabor tradicional que se remonta a épocas lejanas de la historia. En esos países, el labrador y el pastor siguen siendo símbolo de creación y objeto de consideración y de respeto, mientras que en países que no han llegado todavía siquiera a establecer su propio modelo de desarrollo y a utilizar una tecnología autóctona, adecuada a sus características propias, el productor rural es con frecuencia víctima de desconsideración y menosprecio.

Pero, al mismo tiempo, sería injusto negar los logros alcanzados. Dentro de los elementos de diagnóstico, los cuales no escaparon a los estudios previos de la Conferencia, la importancia de un enfoque democrático, institucionalista y pluralista que recoja las diversas iniciativas, que se haga eco del clamor del campo, que ponga empeño en la transformación del medio rural, que dé importancia a los problemas de la educación, del empleo, de la participación de las mujeres en el desarrollo rural sin abandonar su rol fundamental en la vida de la familia, de la incorporación de los jóvenes a los programas de renovación y progreso en el campo, del cambio de actitud hacia la valorización efectiva del agricultor como elemento fundamental y sujeto beneficioso en la comunidad. Todo ello puede y debe incorporarse a los elementos de juicio para la formulación de este diagnóstico y para el establecimiento de un programa audaz pero indispensable en el ámbito nacional y mundial.

Estamos convencidos de que no habrá paz y armonía en el mundo hasta que no se dé al agro el trato justo que le corresponde y hasta que no deriven hacia él, en forma satisfactoria y amplia, las grandes posibilidades que la civilización pone hoy al alcance del hombre.

La justicia social, que renovó la vida jurídica del mundo en doscientos años precedentes ha de desplazar en el sector rural, en lo interno y en lo internacional, las anticuadas e insuficientes normas de la justicia conmutativa. Hay que luchar por lograr la armonía en el seno de cada sociedad nacional, superando la absurda y negativa dicotomía entre lo rural y lo urbano, entre el sector primario y el sector secundario, que tienen que encontrarse y cooperar para hacer la vida mejor. Ese mismo objetivo hay que lograrlo en el ámbito internacional, ya que la experiencia demuestra que las mejores voluntades y los más empeñosos propósitos, puestos en cada país en desarrollo para lograr los objetivos nacionales, se estrellan por la carencia de una relación jurídica, económica y social más conveniente entre todos los países del mundo.

Entre los países en vías de desarrollo y los países industrializados no pueden seguir aplicándose meramente normas derivadas de la arcaica y egoísta justicia conmutativa, la de la igualdad matemática, la del do ut des, que entre el fuerte y el débil, entre el rico y el pobre se convierte en un proceso interminable de extorsión; es preciso abrir campo a los principios vivificadores de la justicia social internacional, que debe establecer en el ámbito mundial obligaciones para los países más ricos, mayores compromisos para los que están dotados de mayor riqueza o de mayor poder; con el propósito de superar situaciones de estancamiento y de desigualdad que agravan cada día la situación del mundo y pueden conducir a coyunturas explosivas capaces de dar al traste con los logros obtenidos por el hombre a través de los siglos. La Justicia Social Internacional está esperando su recepción plena e inmediata en las relaciones entre los países que integran la comunidad internacional para realizar el bien común universal. Llena de acierto estuvo la determinación de plantear, por ello, en esta Conferencia, la Declaración de Principios y Programa de Acción, no sólo para cada país, sino para la comunidad internacional. Este camino por andar, que comienza en firme con la idea de organizaciones representativas de los países exportadores de diversos productos, reclama pasos decididos, comprensión sincera y clara idea de la solidaridad humana.

En el año de 1970 tuvo mi país el privilegio de ser anfitrión de la Undécima Conferencia Regional de la FAO para la América Latina. En aquellos tiempos, quien habla ocupaba la Jefatura del Estado. Al dar la bienvenida a los señores delegados recordaba la contradicción existente en el mundo actual entre lo que se pide y se da a los agricultores y mencionaba el desafío que América Latina experimenta, que es el mismo que en términos generales afrontan todos los países en vías de desarrollo. Permítaseme, por tanto, que traiga en esta ocasión el siguiente párrafo de lo que entonces dije: «Es nuestro deber contribuir a que la humanidad no sienta hambre. Es derecho nuestro el obtener por esa producción la recompensa justa y conveniente para que no vivamos el sarcasmo de que quienes producen alimentos para los demás han sido tradicionalmente los que sufren más de hambre material y espiritual. Por eso yo entiendo que todos los temas aquí se vinculan: el de la investigación, el de la tecnología y el desafío que América Latina experimenta hoy ante su propósito de incorporarse al grupo de los países desarrollados y de contribuir al desenvolvimiento de los otros que todavía no han llegado a la plenitud de su personalidad y de su incorporación universal en el campo económico y social.

Esa investigación y ese desarrollo tecnológico tienen que significar al mismo tiempo la adecuación de las estructuras jurídicas, económicas y sociales, para que ese mayor rendimiento, esa productividad más intensa, ese aprovechamiento mejor de nuestro suelo, se convierta, de manera efectiva, en una oportunidad para que los contingentes que trabajan la tierra o que traen alimentos del mar se incorporen a la riqueza, la disfrute de los bienes, al aprovechamiento de la educación, de la salud, de la vivienda, del progreso y de la cultura en general y de una sana y conveniente recreación. Nosotros esperamos aquí conclusiones eficaces que nos permitan realmente cumplir nuestro papel y reforzar la tesis que, al par que el comercio exterior nos reclama una mayor producción de nuestros campos para satisfacer las necesidades de países que cultivan la industria con mayor intensidad pero que disfrutan de menor número de posibilidades naturales, esa aportación que se nos pide reciba un trato conveniente de acuerdo con los principios de la justicia social. Soy un convencido, un apasionado sostenedor de la tesis de la justicia social internacional, y creo es mi deber reiterar, ante asamblea tan calificada como ésta, la necesidad de que los países en vías de desarrollo se hagan abanderados de esta tesis cuyo reconocimiento es indispensable para que el siglo XX pueda culminar con un balance definitivo de servicio a la humanidad.

Estas ideas siguen vigentes, y aspiraciones similares son las que nos mueven en esta Conferencia, en un ámbito mayor y con pretensiones más categóricas y definitivas. De esta Conferencia debe salir una especie de Carta Magna para la población rural de todo el mundo. El que se me haya escogido para presidirla constituye uno de los hechos más trascendentes de mi vida. Me siento comprometido a dar todo mi tiempo y en ofrecer toda mi colaboración para que este histórico encuentro universal conduzca a la ansiada formulación de un gran programa y de un serio compromiso. Estoy seguro de que este mismo es el espíritu de los señores delegados, dispuestos a poner por encima de todas las diferencias –derivadas de la hermosa pluralidad de culturas, de tradiciones y de puntos de vista, que es uno de los grandes privilegios de la humanidad- el propósito irrenunciablemente común y solidario de abrir un camino amplio de la reparación, de la valoración y de la integración de la población campesina al gran destino que la inteligencia y el trabajo del hombre ofrecen a las nuevas generaciones.

El día previsto para la clausura de nuestras deliberaciones se cumplirán diez años de la llegada del hombre a la Luna. No debe considerarse exagerado pretender que en un decenio más, el hombre del campo alcance la meta de obtener una justa incorporación a la riqueza, al progreso y al bienestar.

Muchas gracias.