Caldera: Dos discursos (1989/1992)

 

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Prólogo de Luis Castro Leiva

Dos veces se ha perdido la República ante nuestros ojos. Dos veces la palabra pública ha sido prodigada al viento. Dos veces en medio del ruido de las palabras una sola voz encontró su gravedad ajustada a la propiedad de las circunstancias, la verdad unida a la urgencia, la razón dentro de la historia. Nunca antes en su pasado reciente había la República solicitado tanto de una vez y obtenido tanto a cambio. Habló bien y rectamente el Presidente Caldera, dijo lo necesario, dijo lo suficiente.

¿Qué es el discurso político? Un modo de discurrir para decir y hacer con el decir lo bueno o lo malo, lo justo o injusto, lo verdadero o falso en la historia. Un modo de argumentar sobre la cambiante fortuna de los sucesos en medio de las pasiones y acciones humanas. El empleo de la Razón para razonar y persuadir sobre los dominios de la urgencia e inventar el curso futuro de los acontecimientos. Pero ¿qué ocurre en una República Democrática cuando la palabra del Político no se empeña, cuando la lengua de los Magistrados es torcida, cuando quienes la conceden no tienen derecho a darla, cuando quienes hablan callan, cuando quienes la profieren vociferan, cuando quienes la abusan se desnudan en su inconsistencia moral? ¿Qué ocurre?

Sucede entonces que la República se muere con la Democracia, y ésta en aquélla. Ocurre que la Sociedad se desentiende de los asuntos públicos y aprende los poderes del cinismo o de la hipocresía. Las personas se aíslan. Se amparan en la defensa de su egoísmo por efecto del desengaño. Que la Sociedad a través de su Pueblo cobija su ira, odia en silencio o se ilusiona con los errores del pasado. Peor aún, piensa de modo equivocado lo moralmente inaceptable: que la fuerza es el remedio para sus males, que hasta el magnicidio es exculpable. Dos veces en breve tiempo hemos sido los venezolanos testigos de cómo nuestra Sociedad Civil y su República se despedazan. Nos vimos a nosotros mismos haciéndonos daño a nosotros mismos. Fuimos espectadores de nuestra vergüenza. Vimos sepultar lo que habíamos logrado levantar con tanto esfuerzo después de tantos años. La primera vez fue el 27 de febrero de 1989; la segunda el 4 de febrero de 1992.

En las dos oportunidades escuchamos al mismo coro de voces desfilar por la Televisión. Oímos el ruido de las palabras. Una retórica deshabitada por sus creencias morales constitutivas, animada por la ignorancia, arrastrada por la reiteración, urdida por el tedio y la fatiga. Artimañas de conveniencia, verbo sin empeño, confusión, desorden, anarquía. Los lugares de la memoria pública escenarios para comedia. Los símbolos políticos solemnes banalizados por la impostura.

Peor aún, la palabra del Primer Magistrado improvisada, sin concierto ni ponderación, añorando aplausos de ruedo taurino en lugar de la gravedad de la aquiescencia legítima y callada de la conciencia.

Entre tanto estruendo y desvarío, de pronto, desde el lugar de más digna memoria constitucional, desde el Congreso de la República, dando acaso postrer lustre a la sede de majestades perdidas, emergió la cualidad de una voz, la del Político y de su Vocación, la del Orador: el Presidente Rafael Caldera, Senador Vitalicio de esta República democrática, habló a la Nación.

Se puede disentir de sus razones en estas dos piezas oratorias, que a continuación se reproducen; se pueden dar otras interpretaciones a lo expuesto en sus intervenciones. Pero una cosa está clara: entre todos los hombres públicos que han pedido la palabra o que han hecho uso de ella, sólo esa voz se ha tenido a sí misma como propia. Sólo ésa se pertenece a sí misma, sólo ella se apoderó de la conciencia de la República democrática y de la verdad de sus dificultades.

I

El primer Discurso, sobre el 27 de febrero de 1989, sorprende por su claridad y prudencia en medio de la conmoción causada por las acciones y pasiones desatadas. Fue la Sociedad lo que cayó ante la desgracia de nuestros ojos. La vida cotidiana se deshizo. Las normas y convenciones, el Derecho, toda forma de Control Social exhibió impotencia, se hizo la anomia.
Parte de nuestra moral social dejó de ser: la conciencia se hizo inconsciencia colectiva, los deseos y necesidades estallaron en un furor nunca antes visto por nosotros. Luego la Sociedad fue sembrada de muerte. ¿Cómo y qué dijo en ese entonces el Presidente Caldera a la Nación?

El discurso sobre esos sucesos se estructura de modo simple en una introducción y tres partes argumentales. Introduce situándonos en la gravedad de lo ocurrido, se duele del dolor y muertes causados, asume la responsabilidad de su palabra: nos dispone para pensar la hora. Exhorta a la Política a que canalice los sentimientos populares hacia actitudes cívicas. Y desde el inicio presenta el problema fundamental: que se vea la realidad tal y como ésta es en toda su complejidad, no como la ilusión de un ensayo que desea hacerla a imagen y semejanza de su tecnológica simplicidad.

En la primera parte, el Presidente aborda las relaciones entre Economía, Sociedad y Tecnocracia a la luz de la disolución social. Corrige el orden de las prioridades equivocadas. Precisa el significado de las percepciones sociales en juego. Economía y Sociedad, dice, no se excluyen, por lo contrario, se incluyen de modo necesario.

Desconocer el poder causal de esas implicaciones es efecto dogmático que delata ausencia de prudencia política fundamental. Imposible dejar de ver que sin Seguridad Social, sin vínculos institucionales estables de Solidaridad Social, el Liberalismo del Programa de Ajustes, del «Paquete», resultará en el fracaso de un «liberalismo a medias».

El remedio anuncia así su enfermedad. La Sociedad es precipitada a su ruina. La Técnica económica sustituye a la Política y compelida por el monetarismo del F.M.I. convierte la eficiencia y buena fe de los mejores técnicos al servicio de la desestabilización democrática. Desprovista de percepción acerca de las creencias morales que tiene el sentido común de esta Sociedad, la Técnica compromete las bases de adhesión del sistema democrático. Tampoco, continúa el discurso, ha de aceptarse el argumento de la fatalidad de las medidas ni confundir ese carácter fatal con el problema distinto de su bondad, maldad, conveniencia o inconveniencia. Es decir, de su moralidad o utilidad.

Propone el Presidente Caldera otra estrategia: administrar con justicia y honestidad el petróleo y atacar el problema de nuestra deuda externa. Concluye esta parte de su discurso con la frase que anunció el porvenir: «la democracia podía echarse por tierra».

En su segunda parte, el Presidente pondera el pasado. Recoge una experiencia colectiva. Emplaza con ella el rumbo escogido. Muestra el orgullo democrático que hizo de Venezuela ejemplo continental ahora roto por las formas más desesperadas de descontrol social. Revela el peso que injustamente debe asumir el Trabajo frente al Capital a expensas del trabajador.

Termina ese primer discurso con un cuerpo de argumentos cada cual más relevante para iniciar en aquel entonces una rectificación: el significado del tipo de reflexión exigida por las circunstancias; la naturaleza del deber de dialogar; la definición del llamado al sacrificio solicitado por las medidas; la relevancia del Pueblo como Sujeto de la Democracia para concluir con una admonición. Veamos los efectos de no haber escuchado al Presidente Caldera a tiempo.

Primero, el Gobierno no supo o no quiso reflexionar: no midió consecuencias, no estudió conveniencia, siguió simplificando la realidad. Ha cosechado la inestabilidad arriesgada. Segundo, confundió la concertación con el valor de hechos cumplidos, olvidó el sentido del diálogo. Dialogar suponía razonar antes para después alcanzar la confianza racional de un consenso fundado. Tercero, menospreció la historia política contemporánea y el valor que ésta otorga al sentido de la moral en Política: no se puede pedir sacrificios si no se tiene autoridad para hacerlo. Cuarto, lo más importante, no se puede hacer la Democracia a espaldas del Pueblo.

El Gobierno olvidó la Razón, dejó de percibir la realidad, dos cosas simples indicadas por el Presidente Caldera. Tres años después Venezuela dio, como temiera el Orador en ese momento, «un traspié».

II

El 4 de febrero, un día después del nacimiento del Mariscal Antonio José de Sucre, un grupo de Oficiales de nuestro Ejército quiso hacer suya la Constitución. La fuerza quiso pasar. No debió ser, no pudo ser. El Ejército constitucional asumió su responsabilidad para impedirlo. Una ironía cruel marca el episodio. Las Fuerzas Armadas que restablecieron el orden a un costo inmenso en vidas y dolor el 27 de febrero de 1989 expresaban ahora el clima de discordia que antes sofocaron. ¿Desesperaron en la comprensión de su deber? ¿Cómo explicar esta paradoja sin pensar en lo ya ocurrido? Pensar fue lo que no se hizo durante este segundo febrero. El miedo encarceló las mentes. Volvieron las voces a sus ruidos; se expandió la confusión. La palabra pública reveló temprano la fatiga ante la pérdida de su legitimidad. La TV reprodujo papeles desvaídos para malos actores. Y de nuevo, cuando nadie lo esperaba, se alzó de nuevo por segunda vez la misma voz.

Pidió la palabra el Presidente Caldera. En un discurso sucinto y ordenado, el ciudadano Rafael Caldera se atrevió a pensar por los que no podían ni querían hablar ya más. El silencio era la más elocuente verdad. Hizo tres observaciones sobre la técnica legislativa en torno al Decreto de Suspensión de Garantías, que inician su pensamiento para la ocasión. Las tres de importancia capital. Dos, sin embargo, se adueñan del sentido común.

Atreverse a cuestionar la tesis del magnicidio presentada por el Primer Magistrado de la República ha podido revelarse como una temeridad; fue un acto de valentía moral. Una apreciación adicional se puede añadir a la fuerza jurídica y moral de las consideraciones que hiciera el Presidente Caldera acerca de la justicia y legalidad de la acusación de magnicidio por su Juez y Parte: con un poder de fuego como el de los rebeldes, ¿qué hubiese quedado del Palacio, si el Terror hubiese sido el propósito de aquella voluntad? Por su parte, la tercera observación tuvo efecto predictivo inmediato: era preciso no excederse en el uso de la suspensión. La censura pretendió hacer del miedo la base para defender mal el miedo de un «liberalismo a medias». Olvidan los liberales a medias que la Libertad sólo se defiende con más Libertad.

Terminadas las observaciones al Decreto de Suspensión de Garantías, el Presidente ataca el fondo. Por primera vez en años un Orador desde el Congreso sintetiza las condiciones de posibilidad de nuestra Democracia. Enuncia su teoría de los cuatro factores de estabilidad institucional y el espíritu de los principios que los habría de animar:

(i) nuestra Democracia se sostiene por una comprensión civilizada del concepto de enemistad política en función del interés común;

(ii) por la lealtad profesional de las Fuerzas Armadas;

(iii) por la conciencia social del
empresariado;

(iv) por el consentimiento popular. Uno a uno, todos los factores se han hecho
pedazos.

La significación de este discurso se revela entonces profunda por su sencillez, pero, sobre todo, a nuestro entender, por algunas cosas decisivas. En primer lugar, porque dignifica un lugar privilegiado de la República. El Presidente salva su voto condenando sin equívocos el intento de fuerza, pero lo hace desde el Congreso, donde está y debe estar la sede de la voluntad constituyente y constituida de esta Nación, no desde un Canal de Televisión. Escoger ese lugar para hablar y no otro significó decirle otra vez a la Nación dónde debe estar situada la sede de sus Poderes Públicos.

En segundo lugar, el Presidente llamó al Congreso, a sus representantes, a ejercer sus responsabilidades, no a eludirlas. Pactar con la urgencia del miedo para rehusarse a la verdad fue la indolencia que el país vio en sus representantes. No vieron lo que toda la Nación observa con claridad. Los representados pensaron mejor que sus representantes. Que los representantes del Sujeto de la Nación, del Pueblo, sus Diputados y Senadores, no quisieron, no pudieron o no supieron pensar sino obedeciendo la voz urgida del Ejecutivo fue confesar que no entendieron la gravedad de su deber. Fue necesario que otro Presidente les recordara ese deber. En tercer lugar, el Orador describió la verdad de la República. Desde el 27 de febrero esta Sociedad se disuelve y su República se anarquiza. En política cuando no existe orden público, seguridad, condiciones básicas del liberalismo, cuando el régimen de sus principios y formas de gobierno se corrompen, aparece la necesidad de la fuerza para desgracia de la Libertad. Esconder el poder de esta verdad es esconder el poder de la Libertad.

El Congreso de la República, su Tribuna, su idea de representación, recobraron la dignidad de su lugar. La Sociedad Civil no ha perdido aún su República. La Democracia encuentra otra vez su decoro.

La Política recupera la dignidad de su oficio. La idea de servicio público halla de nuevo su vocación. El Presidente Rafael Caldera dijo lo necesario, dijo lo suficiente. La Nación en su urgencia ha oído bien. El pueblo ha sido interpretado en su deseo de Libertad. No hay «por ahora» que valga cuando se tiene a la rectitud como sentido del Deber.

En Democracia se es tanto más libre cuanto mejor se enrumben los deberes de Libertad. Las dificultades de la República en Democracia ponen a prueba al Político y a su vocación. Dos veces hemos oído a los políticos hablar y a la Política callar. El Presidente Caldera, Senador Vitalicio de Venezuela, el ciudadano Rafael Caldera, restituyó la idea de la Política a su vocación, su voz a la República.

La Nación ha oído bien. Volverá a escuchar.