Rafael Caldera en Nirgua, Yaracuy, 1958.
Rafael Caldera, durante la campaña electoral de 1958, conversa con una señora en Nirgua, estado Yaracuy.

No estoy en las alturas del poder, sino abajo, desde la arena de la lucha

Discurso pronunciado, el 4 de octubre de 1958, en el Nuevo Circo de Caracas con motivo de su postulación como candidato a la Presidencia de la República para las elecciones del 7 de diciembre.

Venezolanos:

No es motivo de obligada retórica el que me hace decir en esta noche que estoy profundamente emocionado. Una emoción muy honda tiene que correr por mí en esta noche en la que queda sellado un compromiso, un terrible compromiso de honor y de responsabilidad con un vasto sector de la opinión venezolana.

Hace diez años recorrí a Venezuela como un candidato presidencial simbólico. Ninguna esperanza de triunfo animaba la campaña en donde puse el corazón y en la que sentí el aliento de muchos millares de venezolanos que entendieron que aquella lucha era una lucha que envolvía una lección. Que tenía un profundo sentido pedagógico en la historia de Venezuela. Esta noche, diez años después, un denso sector de Venezuela considera que mi nombre puede ayudar en esta etapa que se inicia.

No estoy en las alturas del poder, sino abajo, desde la arena de lucha desde la cual he visto transcurrir estos diez años; diez años en los cuales como ganancia fundamental para mi espíritu he aprendido a conocer y querer mejor al pueblo venezolano.

Durante los diez años del silencio largo, durante los años de la noche oscura, me encontré con mi pueblo por las calles de Caracas. Le encontré esperándome a la puerta de mi casa, venido desde muy lejos a decirme que no perdiera la esperanza, que la fe estaba viva e intacta. Me lo encontré en las celdas de la Seguridad Nacional, como testimonio de rebeldía y sentí cómo se iba forjando en el corazón de Venezuela esta hermosa unidad que hemos conquistado y que no vamos a perder.

Sentí esa unidad de los venezolanos cada vez que pude poner mi corazón a latir al lado del corazón de un adversario político de ayer, o cuando pude enjugar las lágrimas de la esposa de un militante de otro bando político que había sido sepultado en las mazmorras de la tiranía, o cuando pude llevar una palabra de aliento a los que estaban gimiendo bajo un dolor que amenazaba ser eterno.

Una emoción profunda me mueve en esta noche y con esa emoción me llega el peso de una terrible responsabilidad. Yo no voy a incurrir en el lugar común de decir que han violentado mi voluntad para que acepte esta candidatura, porque la he aceptado con entera conciencia de la responsabilidad y aún de los riesgos que ella pueda envolver. Porque la he aceptado y la acepto, como tiene que aceptar un hombre que se ha entregado al servicio del pueblo, la responsabilidad desde la cual puede llegar a contribuir decididamente a rescatar de un pasado oprobioso a ese mismo pueblo al que se ha dado, y a ayudarlo a ganar definitivamente la senda de una vida política clara y decorosa.

Responsabilidad de la candidatura

Yo sé que es una terrible responsabilidad la que acepto y lo saben ustedes, porque no va a ser cómoda la posición de Jefe del Estado en el próximo período constitucional. En esta candidatura que se lanza, ante la alternativa de ganar y perder, más cómodo es perder, porque luchando siempre se queda en paz con la conciencia y la sola posibilidad de ganar tiene que estremecer el corazón de un hombre responsable, porque los problemas de Venezuela son graves y van a ser más graves todavía, y sólo una voluntad firmemente entregada al sacrificio, al sacrificio sincero, noble y voluntario, al que no me llevan amarrado, sólo una firme voluntad de servicio y la convicción de que al ganar esta campaña tendrán que contribuir todos los venezolanos de buena voluntad, son el aliento que me empujan a esta lucha. A esta campaña, en la cual la densidad y contenido de la voluntad colectiva se han hecho presentes en esta noche hermosa, en que la lluvia ha caído del cielo como para servir de motivo de tanteo de la fortaleza y consistencia de la decisión colectiva que me va a respaldar.

Salgo a la campaña electoral con esa honda convicción de la responsabilidad que ella envuelve, pero salgo limpia el alma de remordimientos, porque no hay nada opaco o turbio, ni en el origen, ni en el desarrollo, ni en los fines de esta candidatura.

Ella no se ha engendrado en conciliábulos, ni se va a luchar con mala fe, ni si se logra el triunfo va a servir para predominio hegemónico y sectario del grupo político que me respalda, sino que está comprometida al servicio amplio y generoso de toda la ciudadanía venezolana.

No han sido solamente las voces de aquellos a quienes un compañerismo de años me han vinculado de tal modo que su afecto podría turbar su juicio y su opinión podría ser la simple expresión de un sentimiento personal, ha sido la opinión recogida en sectores diversos, ha sido el testimonio de dirigentes políticos de otras parcialidades, ha sido la opinión de escritores con los cuales no nos vinculan compromisos ni intereses que no sean los de la patria venezolana, ha sido el parecer de hombres y mujeres en cuyo juicio creo y en cuya decisión la pasión no ha jugado, lo que ha hecho que piense en que mi nombre, prestado a la lucha electoral, podría significar un factor de confianza y de armonía, un elemento que para los venezolanos, sea cual fuere su denominación o sin denominación ninguna, puede expresar la promesa de un período presidencial dentro del cual se respeten las garantías ciudadanas, se asegure el cumplimiento de los derechos de la persona humana se luche por reconstruir las ruinas de aquella tiranía: la estructura de una hermosa y naciente comunidad democrática de hombres libres en los cuales la preocupación del bienestar de pueblo sea norma indeclinable que guíe las mejores voluntades.

Yo acepto esta candidatura con el compromiso por parte de quienes me postulan –mi partido, al que me he dado con todo entusiasmo durante estos años y al grupo de independientes que ha presentado mi nombre a la opinión venezolana– de llevar una campaña electoral de altura y de servir, mediante ella, al fortalecimiento de la democracia y a la consolidación de la unidad.

No estamos librando esta campaña, que esta noche empieza, con intención oculta y aviesa de desahogar rencores. Queremos salir a la calle a despertar la fe del pueblo en las instituciones democráticas, a recordarle que es su voto libre y soberano el que puede servir de cimiento a la estructura de las nuevas instituciones; a recordarle su deber de interesarse fundamentalmente por la vida pública, y a ratificarle nuestro concepto de que con la negación y el sectarismo, con el odio esterilizante, no habremos de ganar la batalla del porvenir. De que la batalla del porvenir la hemos de ganar con el respeto y el entendimiento, con el acercamiento noble y generoso de quienes pensamos distinto, pero en cuyos pensamientos existe un denominador común: el de cumplir con la patria el deber histórico que nos está reclamando.

Rafael Caldera en el Nuevo Circo de Caracas, 1958.

Copei en el Nuevo Circo de Caracas, 1958.
Proclamación de Rafael Caldera en el Nuevo Circo de Caracas. 4 de octubre de 1958.

Hemos sido partidarios de ahorrar polémicas electorales

Hemos sido partidarios, por la circunstancia excepcional de esta hora, de un acuerdo entre todas las fuerzas políticas para postular un solo candidato que evite toda polémica electoral, que abra, mediante un paréntesis de paz total, el comienzo de la vida democrática, a través de los planteamientos que los grupos políticos irán haciendo en terreno de altura en los cuerpos representativos de la voluntad nacional.

Con ese concepto fuimos a conversar con los otros partidos; con esa opinión respaldamos la eminente persona del Dr. Martín Vegas, como fórmula que pudo ser salvadora de aquel concepto de unidad.

Y hoy, iniciado ya como un hecho definitivo y claro la campaña presidencial que tendrá un término muy breve –porque apenas unas cuantas semanas nos separan del momento de las votaciones–, yo quiero ratificar aquí que si se puede lograr un acuerdo sincero y unánime entre todos los grupos políticos para postular una persona distinta de la mía como candidato unitario, que excluya todo debate electoral, de antemano estoy comprometido ante ustedes y ante mis postulantes a poner a un lado esta candidatura mía.

Sabemos que es difícil lograrlo. Hemos escuchado declaraciones categóricas de autorizados personeros de otros grupos políticos que se oponen a la tesis del candidato único por considerarla contraria al derecho del pueblo de elegir, pero no lo creemos imposible. La posibilidad existe todavía y no se cerrará por parte de nosotros, pero, eso sí, queda claramente establecido que ese acuerdo sobre un candidato unitario tiene que ser el resultado de un espontáneo y libre entendimiento de todos los grupos políticos reunidos en una mesa de sinceridad. No es a través de maniobras oscuras ni de presiones indebidas como podría lograrse la adhesión de COPEI  a fórmulas presidenciales, que reflexionando detenida y serenamente no hemos considerado aconsejables para la realidad nacional.

La coacción no doblegará nuestra voluntad

A aquellos que abriguen la esperanza de que presionándonos, ejerciendo coacción sobre nosotros, podrían doblegar nuestra voluntad, les recordamos que no ha sido nuestra historia la de entregar la voluntad torcida en manos de la imposición. Si algo nos ha servido en la lucha para ganarnos, si no la adhesión total del pueblo de Venezuela, por lo menos su fe en nuestra palabra, ha sido la circunstancia de que el pueblo ha visto y comprobado que cuando hemos dicho no, ni la fuerza de Pérez Jiménez, ni las maniobras de los adversarios, ni las presiones de ninguna naturaleza, pueden convertir este no en un sí claudicante.

Vamos pues a este debate electoral con la esperanza de que ha de ser un debate de altura, con la convicción de que se va a salvar con él, por encima de las discrepancias y de las naturales pasiones –o mejor dicho del natural apasionamiento de la gente por sus respectivos candidatos–, la unidad fundamental, sin la cual la estructura de nuestros problemas sería imposible de lograr.

Tenemos conciencia de la situación

Sabemos que vivimos un momento de excepcional gravedad en nuestra patria. No hemos encontrado el camino para la normalización de la vida política y otra vez se suscitan incidentes de tipo anarcoide que ponen en peligro y angustia la colectividad venezolana.

Sabemos que ellos son el fruto de las dificultades de la transición. Sabemos que a ningún grupo político puede o debe imputársele responsabilidad por esos hechos, pero sabemos también que si no logramos extirparlos, si no logramos por el camino democrático superar ese falso concepto de que la voluntad del pueblo se expresa en la asonada, estaremos comprometiendo esta hermosa oportunidad y de la responsabilidad de lo que ocurra, no habrá nadie, ni nosotros, ni nadie, que pueda librarse.

Sabemos, además, que la situación económica no es que sea mala, pero empieza a sufrir las consecuencias del desajuste natural que un pueblo sufre cuando un gobierno de estructura tiránica es derribado por la fuerza o por la voluntad colectiva y se empieza a tantear la reestructuración de un orden democrático.

No echamos a nadie la culpa, pero tenemos la convicción de que este es el momento de resolver el problema económico a base de estabilidad social, que si no somos capaces de resolver ese problema dentro de uno o dos años las consecuencias serán muy graves para la economía venezolana, y sabemos que los pueblos viven sus ideales pero sufren también sus angustias económicas, y un fracaso económico, si a tiempo no lo conjuramos, sería el mejor argumento que los fabricantes de tiranos tendrían para llegar a la angustia de los hogares que no tienen pan.

Ambiente propicio para el desarrollo económico

Nosotros, pues, sentimos que es necesario crear un ambiente propicio para que la economía venezolana se acentúe y progrese, para que los hombres de empresa, que entienden su responsabilidad social, que no tienen miedo de asumir la responsabilidad de la lucha económica, y sobre todo que saben que el obrero tiene derechos fundamentales y que el sindicato no es un engendro del averno sino una expresión legítima de la defensa de los derechos de los que trabajan, para que esos hombres de empresa –decía– si vienen con voluntad de hacer, encuentren ambiente para que en nuevas fábricas y en nuevos establecimientos los venezolanos puedan conseguir, mediante el trabajo redentor, la oportunidad de hacer que sus hogares vivan felices y tener un mejor puesto bajo el sol que alumbra para todos.

Si algo es positivo en este momento nacional es la conciencia que todos hemos de tener en ciertos aspectos fundamentales. La historia ha demostrado que Venezuela no es un país desesperado, que el odio no es la característica de los venezolanos, que el sentimiento general que nos domina es el de un pueblo joven que quiere oportunidades para echar a andar hacia adelante.

Sería torpe dejar perder este momento histórico en la querella de los egoísmos de grupo, o permitir que las energías colectivas se diluyan en un ambiente de intranquilidad. Por eso pienso que la mejor contribución que podríamos dar a Venezuela en este momento de historia, es asentar nuestro sistema democrático sobre un gobierno estable.

Queremos votar, para que de nuestro voto salga la organización de los poderes públicos, pero no queremos votar sólo esta vez para recordar años después a nuestros hijos que allá en 1958 pusimos una tarjeta en la urna electoral, en apoyo al candidato de nuestra preferencia. Queremos seguir votando.

Queremos que los períodos constitucionales se sucedan unos tras otros como en cualquier país civilizado. Y el mayor aporte que podremos dar en nuestra patria hoy es contribuir a la formación de un gobierno, que pueda ser o no ser de la satisfacción de todos, pero que ofrezca las mayores posibilidades de durar sus cinco años y de ganar su máxima victoria al entregar, al cabo del período, con las manos limpias de egoísmo, el poder público recibido a las manos de quien resulte electo por la voluntad popular.

La libertad y el nuevo orden constitucional

Profundamente creemos en la libertad. Sentimos que sin ella, el hombre en poca cosa puede diferenciarse de cualquier animal. Sabemos que es la libertad el punto de partida para la resolución de los otros problemas, pero estamos convencidos también de que es un clima de autoridad legítima, surgida de la voluntad colectiva, de que es un clima de orden fecundo y de equilibrio constructivo, el clima dentro del cual puede fortalecerse o arraigar la noble planta de la libertad.

No creemos, y la experiencia nuestra y de otros pueblos lo demuestra, que los excesos que en nombre de la libertad pueden cometerse, a veces ni siquiera con mala intención sino con poco conocimiento de la historia, sea lo más favorable para regar esta planta, todavía exótica, en este suelo tan agotado por las dictaduras.

Decimos que es necesario estructurarnos en un ambiente de sinceridad, y porque contamos con la colaboración fundamental de los hombres políticos de otros grupos, y porque contamos con la voluntad de esa inmensa mayoría de Venezuela que no tiene denominación política determinada, por eso estamos corriendo esta aventura, porque sabemos que en medio de los riesgos, de las dificultades y de los problemas terribles que va a vivir la patria en el quinquenio que se aproxima, habrá –como la fuerza suprema para resolverlos– la fuerza que dimana de un entendimiento que las luchas ocasionales y las inevitables discrepancias no serán capaces de destruir.

Vamos a una reforma constitucional. Creemos que debemos elaborar un texto constitucional que sirva para todos los venezolanos, que no sea la expresión de los puntos de vista unilaterales de un partido, de modo que la salida de ese partido del poder no lleve consigo una nueva peripecia en la accidentada trayectoria de nuestra Carta Fundamental. Queremos un régimen democrático que nos ponga a cubierto de los golpes de fuerza. Queremos un Ejecutivo responsable y por esto nos hemos opuesto con sinceridad a la tesis de un Ejecutivo colegiado.

Queremos que el presidente que sea electo por el pueblo responda ante el pueblo; que resida sobre él fundamentalmente la responsabilidad de gobierno, que para acometerla busque la colaboración de los representantes de todas las fuerzas políticas, pero que sienta él que en sus manos está la autoridad, limitada por los otros poderes; limitada por un legislativo fuerte y consciente en su doble función de legislar y controlar; limitada por un poder judicial autónomo que sea expresión de una justicia indeclinable a la que no sean capaces de torcer las circunstancias, los intereses, ni las amenazas; y limitada por una autonomía creciente en los grupos estadales, municipales y distritales.

Que ese presidente, responsable y fuerte en su función, acompañado por un gabinete que sea expresión de lo mejor y más capaz de Venezuela en el orden administrativo, y limitado por los otros poderes, sea capaz de enrumbar hacia adelante la vida de Venezuela, sin escudarse el día de mañana en el argumento de que no pudo gobernar porque no lo dejaron gobernar los partidos.

El Estado y la economía

Nosotros creemos que sí se puede lograr un punto de entendimiento y armonía. En el campo económico, el papel del Estado que es tan preponderante por la misma fuerza de las cosas, puede conjugarse muy bien con una iniciativa privada que el propio Estado estimule, controle y supla, de acuerdo con las circunstancias. Creemos que sí se puede empujar la mecánica administrativa y fomentar las actividades industriales, lo mismo que las actividades agrícolas, pecuarias, mineras y pesqueras, dando al mismo tiempo campo para que la persona vaya expandiéndose y convirtiéndose en el pilar firme sobre el cual debe reposar la libertad que vamos a asentar.

Creemos en el trabajo como fuerza suprema de la vida del estado. Creemos que el sindicato es la expresión organizada, cada vez más consciente, de los grupos obreros. Estamos dispuestos a alentar un cambio fecundo dentro de la vida social. Consideramos indispensable abrir campo a una más justa distribución de la riqueza. Creemos que un país rico no es aquel país donde un pequeño grupo posee una gran cantidad de dinero, sino aquel donde la inmensa mayoría disfruta de los servicios esenciales y está en camino y capacidad de progresar.

Yo quisiera extenderme por todo el campo de acción fecunda, si no para bajar a detalles, por lo menos para presentar lineamientos concretos de la acción que entendemos debe librarse en el próximo período constitucional. Pero no quiero abusar de la magnífica paciencia de ustedes y voy a referirme por ello sólo a algunos puntos fundamentales, sobre todo aquellos que pueden ser mal interpretados, los que pueden servir de pretexto para dar tintes de sectarismo a una posición como la nuestra, que en este momento representa, a nuestro modo de ver, el fiel de la balanza dentro de la vida nacional.

Consideramos que así como es necesaria una reforma tributaria, que se está comenzando a estudiar para aliviar las cargas de los que poseen menos y que debe hacer recaer la obligación fundamental sobre los que tienen más capacidad de resistirla; y así como es necesaria una reforma administrativa que al mismo tiempo que incite y haga más eficiente el servicio de la administración, anule desigualdades irritantes entre una alta burocracia, quizás privilegiada en algunos casos, y una pequeña burocracia que sufre y se consume y que paga con indolencia el maltrato que le da el Estado; es necesaria una reforma de la vida nacional en muchos campos. Aspiramos a una reforma agraria. Aspiramos a una reforma petrolera. Aspiramos a una reforma educacional. Pero creemos que ellas no deben ser la expresión de un partido, ni de una corriente ideológica, ni de bando alguno.

Rafael Caldera en Barinas, 1958.

Rafael Caldera saluda a llaneros, 1958.
Caldera durante su campaña en el estado Barinas.

El complejo problema de la Reforma Agraria

Creemos que la reforma agraria ha de enfocar el hecho complejo de la vida del campo, partiendo de la base de que el propietario que cultiva racionalmente su tierra y a ayuda a satisfacer el déficit que Venezuela padece, merece confianza y respeto y un trato muy distinto del propietario que tiene sus tierras abandonadas como por un motivo de especulación para aprovecharlo en sus coyunturas económicas.

Creemos que la reforma agraria ha de suponer un aspecto técnico que haga remuneradora la actividad del campo, que ponga los productos al alcance de los mercados, que cree nuevos mercados, que impulse nuevos sistemas, pero al mismo tiempo indispensablemente ha de tener un aspecto social, porque no es proteger a la agricultura hacer que se produzca más renglones, sino hacer que el campesino viva un nivel de vida más decente y deje de engrosar el espantoso caudal de aquellos que abandonan sus campos para venir a constituir el cinturón de miseria y dolor en nuestras urbes populosas.

Aspiraciones en el campo petrolero

Pensamos que en el campo del petróleo, lo adquirido hasta ahora no puede ser motivo para que no se aspire a adquirir más.

No creemos que la participación del 50-50 constituya un tope definitivo del cual Venezuela no pueda pasar en una aspiración legítima de mejorar sus circunstancias. Pero no vemos el petróleo simplemente como una industria más o menos extranjera, de cuya regalía vivimos como pudiera vivir un jeque árabe para gastar el dinero sin ocuparse de algo que es fundamental en la vida de su país: queremos una injerencia mayor de los venezolanos en una industria que debe ser cada vez menos extranjera y constituir cada vez más un renglón típico de nuestra economía nacional.

Vemos con simpatía la idea de una empresa nacional de petróleo y de una flota nacional petrolera. Creemos que a ello ha de llegarse, sin embargo, a través de estudios sólidos que hagan ver todas las circunstancias, y que todos los pasos que se den en este campo deben darse con los pies bien afincados sobre la tierra y no como motivo de debate político y de riña entre sectores venezolanos, sino como el resultado de un entendimiento fecundo de un estudio completo en el cual participen todos los sectores primordiales.

Y en materia económica creemos que el momento es más para las realidades positivas que para las disquisiciones teóricas, como decía en estos días en un artículo publicado en un diario de Caracas el gran estadista Nehru, refiriéndose a la situación dramática y a las perspectivas de la India: «no es con la magia del socialismo o con la magia del capitalismo con lo que se van a resolver los problemas; los problemas se van a resolver con el trabajo intenso y fecundo de una colectividad que obtenga mayor rendimiento a través de la técnica y una más justa distribución de los bienes a través de las reformas sociales».

La vergonzosa realidad de nuestra educación

Creemos que en materia de educación es mucho mayor el campo donde debemos coincidir, que el campo en el cual podemos ahondar diferencias ideológicas que acaso nos desvíen de la responsabilidad de resolver otros problemas urgentes.

En Venezuela, hasta hace muy poco –ahora están comenzando a darse pasos audaces para resolver ese problema–, no sólo el número de adultos analfabetos era considerable, sino que seiscientos mil niños en edad escolar no tenían escuelas a las cuales asistir. Para resolver este problema, calculando 50 niños por maestro, se necesitarían 12.000 maestros, para cuya formación son insuficientes todas las escuelas normales que hay en la República.

Sabemos que los estudiantes de secundaria, de acuerdo con los números obtenidos, después de los progresos que el Ministerio de Educación ha podido realizar dentro del actual régimen democrático, apenas llegan a 60.000 en un país de seis millones de habitantes. Ello hace un 1 por 100 de venezolanos que están en la escuela secundaria, mientras en la Argentina, por ejemplo, para no citar sino casos –y los tomo de un artículo de un dirigente comunista amigo mío– hay 2 y medio por ciento, o sea un 25 por mil para nuestro 10 por mil; y en Chile hay casi un 2 por ciento, o sea un 19 y medio por mil; y en Uruguay casi un 2 por ciento; y en Panamá cerca del 2 por ciento; en Bolivia, la pobre Bolivia, en su presupuesto miserable, hay un 1 y cuarto por ciento de su población que asiste a la escuela secundaria; mientras en Venezuela, la rica y ostentosa Venezuela, ahora se está logrando alcanzar que el 1 por ciento de los venezolanos asista a la escuela secundaria.

Y si es en el campo universitario, estamos acercándonos, entre otras universidades oficiales y privadas, a un número que oscila alrededor de 12.000 estudiantes universitarios, que para nuestra población de seis millones representa un 2 por mil; mientras en la Argentina hay 7,7 por mil; en Chile un 4 por mil; en Puerto Rico un 6,7 por mil; en Uruguay un 5,8 por mil; y en Bolivia también un 2 por mil.

Y yo me pregunto, ante esas cifras, que tragan millones y millones de bolívares sin acercarse siquiera a resultados obtenidos por países más pobres en el continente americano, ¿es posible que haya alguien tan sectario que piensa que debemos desalentar la educación privada, que debemos cerrar las escuelas privadas por llevar un prurito de una conciencia obnubilada? ¿No es un consenso nacional el que reclama que haya un entendimiento completo para fomentar todas las actividades públicas y privadas que puedan ponernos al nivel de los pueblos cultos, manteniendo, claro está, el control del Estado en todo lo fundamental relativo a eficiencia técnica, orden público, mantenimiento fundamental de las instituciones?

Yo creo, y lo he oído confirmado de labios de los más altos dirigentes de los otros partidos políticos, que en la Venezuela de este momento no tendría sentido una polémica que quizás con el tiempo, cuando ya hayamos podido satisfacer este horrible déficit que nos llena de vergüenza ante el mundo, podremos darnos el lujo de plantear y discutir.

La educación religiosa

Si se plantea la cuestión de la educación religiosa, hay un consenso en todos los grupos políticos y espero que se cumpla, de que no es el momento para plantear polémicas sobre una cuestión tan profunda y tan capaz de apasionar y dividir el ánimo de los venezolanos. Estamos dispuestos a mantener por todo este tiempo el statu quo que existe en las leyes en relación a la enseñanza religiosa. Estamos dispuestos a postergar ese problema.

No queremos hacer del Ministerio de Educación un recinto confesional para ejercer desde allí una tenebrosa política sectaria: queremos que el Ministerio de Educación esté en unas manos imparciales y limpias, unas manos desprovistas de sectarismo y de aspiraciones hegemónicas, unas manos que garanticen a todos los maestros un trato igual y equitativo que no considere sino los méritos profesionales, como ha sido  la educación venezolana instrumento de presiones bastardas, campo de batalla para las ambiciones de los grupos políticos.

El problema de la vivienda

Un problema fundamental en Venezuela desde el punto de vista social es el problema de la vivienda. No podemos reclamar que haya familias sino no somos capaces de construir hogares. Novecientas mil familias, según cálculo reciente, necesitan en Venezuela una vivienda dotada de las indispensables comodidades. Novecientas mil familias, que a diez mil bolívares por vivienda, requerirían una erogación de nueve mil millones de bolívares, y eso sin contar que cada año, por la presión demográfica, cuarenta mil familias requerirán un gasto adicional de unos cuatrocientos millones de bolívares para que el problema no se agrave.

Ante situación como ésta, pensamos que todo lo que el Estado gaste en materia de vivienda es poco; pero no basta el esfuerzo del Estado, hay que buscar la colaboración de los propios interesados, a través quizás de organizaciones cooperativas que en otros lugares han dado muy buen resultado y, ¿por qué no?, hay que buscar también la colaboración de los pueblos más ricos del Continente, porque el dinero de los pueblos de América, que en otras ocasiones ha servido para sembrar la opresión, la inquina y el odio, debe comenzar a invertirse en el remedio de los problemas fundamentales para que este cacareado Continente se haga en verdad el Continente de la libertad, lo que será cuando la libertad se estructure sobre la base de la justicia social.

Cuestión aparte es para nosotros el problema de la vivienda campesina. Respetamos y aplaudimos las iniciativas emprendidas, pero consideramos que ellas son apenas un tímido comienzo que hay que impulsar con decisión. Es necesario crear un Instituto de la Vivienda Rural, dotado de amplios medios, comandado por hombres jóvenes de profunda sensibilidad social y de gran decisión y arrojo, para ver si logramos al cabo de unos cuantos años hacer el milagro de estructurar una clase campesina que sea la columna vertebral de la nacionalidad.

No podemos llevar hasta los campesinos que viven dispersos en casitas a distancia de leguas y leguas del pueblo más cercano, cuyos niños desnutridos tienen que caminar horas enteras para alcanzar las puertas de la escuela, los servicios fundamentales que caracterizan en nuestro tiempo una existencia humana digna. Tenemos que reagrupar los campesinos en comunidades vecinales modernas. Tenemos que reubicarlos en sitios apropiados, cercanos a los centros de trabajo, para combinar la reforma social de la vivienda con la reforma económica que les permita posibilidades de vida, para que en esas nuevas comunidades rurales del futuro, donde llegue por un camino de penetración el vehículo que lleva la civilización, además de una vivienda con  luz, agua y cloacas, haya también la escuela rural que vincule al niño con el campo, el dispensario rural donde el médico pueda ir una o dos veces por semana, y de donde se puedan trasladar en ambulancia los enfermos graves hasta los centros más poblados, la pequeña capilla donde pueda desahogar sus sentimientos quienes sientan inquietud espiritual, la modesta planta eléctrica que permita escuchar por la radio el latir de la civilización y acercarse a través del cine semanal a los misterios y progresos de la vida de nuestro tiempo.

Sólo así podríamos fijar en los campos a esos pobladores que vienen a refugiarse en los ranchos, afortunadamente transitorios, que rodean a nuestras ciudades, donde acuden en busca de trabajo, en busca de escuela para sus hijos, en busca de medicinas para sus enfermos, en busca, en suma, de una vida mejor.

Rafael Caldera en San Rafael de Mucuchíes, 1958.
Caldera de visita a San Rafael de Mucuchíes.

La seguridad social

Y creemos que es necesario impulsar el desarrollo de las instituciones de seguridad social, el Seguro en todas sus manifestaciones, que debe extenderse territorialmente, que debe extenderse profesionalmente, que debe extenderse en relación a los riesgos cubiertos.

Es necesario hacer frente al problema de aplicar el seguro social a los trabajadores domésticos y a los trabajadores del campo, extenderlo por toda Venezuela y abrir campo a nuevos riesgos, como los de vejez, invalidez y muerte, para que podamos hacer efectiva la protección que hace reconciliar el régimen actual con las aspiraciones irredentes de la humanidad.

Creemos que es necesario abrir campo vigoroso y decidido al salario familiar: subsidio familiar para que a través de medios efectivos podamos lograr una campaña de revitalización de la familia como célula permanente de la estructura venezolana.

Tenemos que crear nuevas iniciativas en materia de asistencia social, y pienso si no será ya el tiempo en que estamos maduros para que, tomando el Seguro y la Asistencia e incorporándole todos los aspectos de bienestar social, llevemos al Gabinete Ejecutivo un Ministro nuevo, con una cartera nueva, que sea la expresión de una nación nueva, que busca en la previsión, en la asistencia y en el bienestar de sus habitantes la mejor justificación de toda empresa de gobierno.

Amistad entre iguales

Tenemos la convicción de que hay que mantener la relación más cordial con los pueblos de la tierra; que nuestra nación, la que más peleó en los campos de la independencia y la única que no ha tenido un conflicto internacional después de Ayacucho en todo el Continente americano, es una nación que tiene un gran papel en este hemisferio para ser abanderada de la paz, para ser abanderada de los ideales que guiaron a Bolívar en su lucha.

Creemos que debemos fomentar los nexos que nos unen a las demás naciones latinoamericanas, especialmente a nuestras vecinas libertadas por el esfuerzo de Bolívar. Creemos que debemos fortalecer la solidaridad hemisférica sobre las bases de una amistad entre iguales que se respeten mutuamente; sobre la base, no de servilismo incondicional de los pueblos débiles hacia los pueblos fuertes, sino sobre la base de la fortaleza que el derecho y la historia nos atribuyen para poder reclamar y exigir y corresponder con el trato decente y leal con que, lo mismo que los hombres nobles, saben responder los pueblos que han nacido en un origen noble de sacrificio y dignidad.

Consideramos que podemos hablar con valor y sinceridad de las relaciones entre Latinoamérica y los Estados Unidos. No creemos que la incomprensión sistemática, no creemos que la negación sistemática, puedan conducir a resultados positivos.

Tenemos mucho que reclamar, pero el campo para reclamar es la discusión leal y sincera. Tenemos, entre otras cosas, que plantear la consigna de que la justicia social no se hizo solamente para regular relaciones entre individuos o grupos, de que la justicia social se hizo también para regular las relaciones entre pueblos y pueblos, y exige que los pueblos más ricos sacrifiquen más, en obsequio de la transformación y bienestar de los pueblos que no tienen tanta riqueza.

Y volviendo a las bases históricas de la nacionalidad venezolana, pensamos que es la unión de los pueblos de Latinoamérica donde está la clave –como Bolívar lo pensó– del equilibrio y fortalecimiento sobre bases legítimas de solidaridad hemisférica. Porque el día en que ciento ochenta millones de latinoamericanos sintamos como un solo hombre, vibremos como un solo hombre, vibremos como un solo corazón y tengamos una actitud conjunta, entonces podremos hablar de quien a quien con ciento ochenta millones de norteamericanos y decir que entre el norte y el sur hay una noble correlación de fuerzas, afirmando los ideales que viven en el alma de los pueblos de uno y otro lugar del hemisferio, podemos lograr que América sea para siempre el verdadero continente de la libertad.

La Institución Armada

Dentro de la vida política hay dos instituciones frente a las cuales la confusión histórica podía ser causa de terribles problemas. La institución armada es una. Hemos hablado con frecuencia de ella y el pueblo no nos ha escuchado jamás una palabra de adulación ni de lisonja para los hombres que tienen en sus manos, por voluntad de la ley, las armas que Venezuela ha dispuesto para la defensa de la soberanía y el respaldo de sus instituciones.

No estamos dispuestos a jugar a la política con la institución armada. No estamos dispuestos a alentar ambiciones ni a alentar discrepancias en el seno de una institución de carácter eminentemente nacional. No creemos que la división del Ejército contribuiría jamás a resolver el problema político de Venezuela, ni creemos tampoco que el Ejército esté llamado en ningún caso a ser el árbitro de las contiendas políticas entre los ciudadanos. Pensamos que los militares tienen una responsabilidad, y que su función profesional es muy noble y muy alta y que merecen del pueblo respeto y simpatía; pero que como precio de ese respeto y simpatía sólo reclamamos de los militares ser, en el recto sentido de la palabra, profesionales de una profesión noble, servidores de un Estado libre, cumplidores de un deber estricto en beneficio de la nacionalidad.

La Iglesia y el Estado.

Y si pensamos que estas ideas son tan claras, tan claras que en ellas nos acompaña necesariamente la opinión venezolana y que ellas tienen que tener la adhesión de todos los grupos políticos, así estamos también convencidos de que la opinión de todos los venezolanos y de todos los grupos políticos coincide en deslindar el campo de las relaciones entre la Iglesia y el Estado.

Yo quisiera hablar de esto, especialmente porque sé que ya ha empezado, antes de la campaña electoral,  con motivo de propaganda adversa para mí, un argumento trivial y tonto, de que yo soy «curero», y de que los curas van a mandar en Venezuela. El argumento es pintoresco, y llegan a decir que si COPEI llega al poder habrá una iglesia en cada cuadra, que habrá una ley obligando a los venezolanos a oír misa todos los domingos y toda una serie de cosas que la fantasía malévola ha ejercido durante muchos años.

Después de todo, me tranquiliza saber que no han dicho que soy ladrón, que soy asesino, ni que soy hipócrita. Soy, como muchos ciudadanos venezolanos, un católico que no cree que haya en ello motivo para ruborizarse, que no ha escondido sus convicciones, y que sería, a mi modo de ver, objeto de ludibrio y perdería el poco aprecio que de mi sinceridad han formado grandes contingentes de venezolanos, si por cosechar unos votos abjurara de una fe que me manda a ser recto y a ser honesto y a respetar a los demás; de una fe que manda a ser justo con el adversario, que me manda a desterrar el odio del corazón, y que cuando estaba sepultado en una celda de la Seguridad Nacional, incomunicado del mundo que me circundaba, me recordaba que no solo de pan vive el hombre y que hay ideales que en cualquier momento, que en cualquier circunstancia, mantienen viva la esperanza.

Yo tengo sí una gran satisfacción al profesar una doctrina cuyos supremos jerarcas han pedido justicia para las clases humildes y han reclamado los principios de una honda reforma social. Yo siento vibrar mi corazón cuando leo que, a raíz de la guerra mundial, cuando se constituye el Estado de Israel y la sinfónica de aquel país recorre las principales ciudades europeas, va a la Capilla Sixtina a dar un concierto en homenaje al Papa Pío XII, en reconocimiento a la protección dada, noble y valerosamente por él, a los judíos perseguidos por la tiranía nazista.

Yo creo, sí, en una religión nueva en su manifestación si se compara con manifestaciones decadentes de siglos anteriores, pero que no es nueva en verdad sino la misma vieja religión que a un carpintero de Nazaret lo llevó a predicar las más hermosas consignas de amistad entre los hombres.

Yo creo en estos principios, pero tengo un respeto profundo por las creencias de los demás. No considero que se puedan ganar corazones por la fuerza, ni creo que una religión, que para sostenerse necesitara del respaldo de un tirano, pudiera tener derecho a vivir. Creo que la religión pertenece al campo del espíritu y que cuando entra a definir principios en el mundo de las realidades sociales es para señalar normas morales de bien y de progreso. No creo yo que un católico que sea convencido católico vaya a jugar desde el poder la farsa miserable que tratan de jugar los tiranos, buscando dar la impresión de que puedan ganar las voluntades de los representantes de la Iglesia.

Tengo un alto concepto de los jerarcas de la Iglesia Católica en mi país y sé que ellos han sido claros en definir los campos: son ellos los primeros en rechazar, por ejemplo, el que se postulen sacerdotes en las planchas para las elecciones, para no mezclarlos en contiendas políticas, a pesar de que hubo sacerdotes eminentes que llenaron gran papel en los parlamentos de la República. Está la misma Iglesia, como el Estado por su parte, interesada en deslindar los campos, recordando el viejo precepto que tiene eterna vigencia y que salió de la boca del Maestro: dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Se ha destacado el hecho de que cuando el Arzobispo Arias expidió su histórica Pastoral el 1 de mayo de 1957, reconocida por los historiadores del movimiento de liberación como el punto de partida de la sacudida moral del pueblo de Venezuela, se mantuvo dentro del campo social y con toda prudencia de no entrar de lleno en el campo político. Y cuando el mismo Arzobispo Arias rechazó cortésmente la invitación que el Ministerio de Relaciones Interiores fue a hacerle a nombre de la Junta de Gobierno, para que presidiera él la Comisión redactora del Proyecto de Estatuto Electoral, acabó de fijar una actitud admirable. Los campos deben deslindarse.

Aspiro a que se llegue a una solución equitativa para regularizar las relaciones entre la Iglesia y el Estado, para que no se vea a la Iglesia como una dependencia administrativa, sino que tenga su propia estructura y desarrollo, su propia idea de acción, con el respeto de los intereses y derechos del Estado. Aspiro a que se logre un acuerdo bilateral, que pudiera ser un sencillo modus-vivendi entre ambas fuerzas, entre ambos poderes.

He dicho, y no en esta ocasión sino en presencia de los altos dignatarios de la Iglesia, que creo que debe ser un entendimiento tan prudente, y resultado del concurso de todas las fuerzas nacionales, que cualquier gobierno lo pueda cumplir, cualquiera que sea la posición de sus titulares ante el problema religioso.

Si yo fuera electo presidente de la República, me cuidaría de celebrar un concordato que diera ventajas indebidas a la Iglesia, en la seguridad de que, en primer lugar, el Congreso lo rechazaría y de que, en segundo lugar, si por alguna maniobra circunstancial lograra hacerlo triunfar, ese acuerdo se vendría al suelo en el momento en que yo mismo saliera del poder.

Yo quisiera un acuerdo entre la Iglesia y el Estado claro y limpio, de modo que cualquier político de cualquier denominación, si obra con buena fe y con lealtad, y en el sentido y en la convicción de servir a los intereses de Venezuela, pueda cumplirlo para mantener la paz entre los poderes que se comparten al hombre en sus aspectos material o temporal y espiritual, y que no tiene razón de reñir riñas que ya fueron superadas desde hace tiempo por la historia.

El comunismo

Y, para terminar, no puedo dejar de tocar un tema que no creo que ningún hombre público pueda ignorar en el mundo de hoy. Voy a referirme al comunismo, porque no creo en la frase de los que dicen que son indiferentes ante el comunismo. El comunismo es un hecho mundial de tanta importancia, de tanta actualidad, que el que diga que es indiferente ante él, o es un ignorante o un hipócrita. Ante el comunismo se tiene que tener posición, porque es una filosofía integral que define al hombre ante la vida; porque es una posición actual, total, combativa y polémica ante los principales aspectos de la vida humana.

Yo estoy claramente definido en el frente opuesto al comunismo. Tengo excelentes amigos dentro del Partido Comunista de Venezuela, muchos de ellos fueron mis discípulos en las aulas de la Universidad y allá hicimos una amistad a base de sinceridad y respeto recíproco; porque cuando les planteé una tesis doctrinaria y supieron desarrollármela brillantemente, aún cuando su criterio fuera el criterio dialéctico del marxismo y enteramente opuesto al mío, tuve la satisfacción en mi conciencia de darles sin reserva la máxima calificación.

Yo tengo una posición, una actitud decididamente anticomunista. Considero, sin embargo, que el interés actual de Venezuela aconseja dar al Partido Comunista, no de boca sino en la realidad efectiva, el ejercicio de las libertades democráticas y que como tales los ciudadanos venezolanos que profesan esa doctrina o actúen en ese partido tengan derecho al mismo respaldo, a la misma consideración y a la misma seguridad de su hogar, a que tienen derecho todos los demás venezolanos. No creo en el anticomunismo de los tiranos, porque creo que las ideas se combaten con ideas y yo no creo las mías inferiores a las suyas.

Cuando en la Universidad Central me ha tocado definir mi posición ante el materialismo dialéctico, he invitado sistemáticamente al más brillante de los estudiantes comunistas del curso para que, preparándose previamente y asesorándose con quien quisiera, expusiera también su doctrina ante sus compañeros de clase, para que no hubieran trucos ni arterías en la exposición que yo estaba haciendo de mis propios conceptos.

Creo que las ideas que estamos sustentando se pueden contrastar victoriosamente con las suyas, y creo que al comunismo, que es una idea, un fervor y un apostolado, los tiranos que pretenden levantar banderas anticomunistas y comercian con ellas le hacen el mayor de los servicios a la propaganda comunista, que en el fondo se nutre en este momento de dos hechos históricos: de las injusticias anteriores y recientes cometidas por los gobiernos de los Estados Unidos contra los países latinoamericanos y que le sirven de motivo a una propaganda sentimental, y de la injusticia social que todavía sepulta a millones de hombres en Latinoamérica en un nivel de vida infrahumano que tenemos la obligación de redimir.

No he tenido pues y lo puedo decir aquí con entera sinceridad –que creo debe ser la norma de los actos de quien aspira a que se le tenga confianza–, no he buscado coaliciones con el Partido Comunista, ni estoy dispuesto a comerciar con los votos de esos ciudadanos a los que respeto, pero de los que profundamente disiento. Llego a pensar que hay comunistas que quizás vean más garantizada la democracia, que es al fin y al cabo para todos, en el voto que pueda llevar al poder a un gobierno capaz de salvar establemente la vida de las instituciones venezolanas, que a un gobierno que les sea más simpático y que les dé mayores muestras de ternura, pero que lleve en sí, por ese mismo hecho, elementos que no lo fortalezcan para asegurar la libertad de todos los venezolanos.

Yo no creo, y lo he dicho claramente, que en una coalición de gobierno en Venezuela, en este momento histórico, debe participar el Partido Comunista. Creo que ello, lejos de fortalecer, debilitaría la estructura misma del gobierno democrático. Lo he conversado con los más altos dirigentes de ese movimiento y lo he expresado en las columnas de la prensa y creo que en este plano hay un consenso general en los otros grupos políticos.

Creo que el Partido Comunista debe, porque el interés nacional así lo exige, tener su representación parlamentaria de acuerdo con los votos populares que arrastre, pero creo que su pertenencia a un gobierno democrático de coalición debilitaría a la fortaleza de ese gobierno, con peligro para todos y con peligro necesariamente también para los propios comunistas. Y en esto, que se los he dicho con franqueza, no me ha traído de parte de ellos actitudes airadas: al fin y al cabo los comunistas, como hombres experimentados, saben que es preferible un adversario leal que un falso amigo.

La batalla de la confianza

Y termino con un llamado a todos los venezolanos para conquistar la confianza, sin la cual no podremos ganar esta batalla. Si sembramos desconfianza, detrás de la puerta nos encontraremos quizás en quien menos podemos pensar. Una reconstrucción histórica de aquél, que al regresar a Venezuela del exilio dije que debemos dejar marcado en la historia como el último tirano.

Tenemos que asentar la confianza y para eso tenemos que mantener la sinceridad y lealtad en nuestra actitud, y por eso creo que en medio de las dificultades y de las circunstancias que antecedieron a la postulación de esta candidatura presidencial, este hecho de que un partido asuma valientemente, categóricamente, la responsabilidad de lanzar el nombre de su candidato, contribuye a que el pueblo de Venezuela no pierda la fe en los hombres y mantenga el culto a la sinceridad, que es la base de la patria nueva que estamos tratando de fortalecer.

Al lanzarnos al debate electoral con esta fórmula, debemos ratificar nuestra decisión y nuestro propósito de que cualquier ciudadano a quien el pueblo de Venezuela escoja para regir sus destinos, cualquier persona que resulte por el sufragio popular investida con la condición de presidente de la República, tendrá de nuestra parte el respaldo y la colaboración necesaria para asentar el sistema democrático. No tenemos ansias de llegar, lo que tenemos es ansias de servir, y servir se puede lo mismo desde la altura conquistada limpiamente, que desde el terreno en el cual se ha mantenido una actitud firme y sincera.

Rafael Caldera, discurso, 1958.
Rafael Caldera durante un discurso en la campaña presidencial de 1958.

Compañeros y amigos:

Estamos cerca ya de la culminación de esta jornada electoral, que tiene proyección histórica, y de la cual puede salir decidida la suerte de una generación. Yo les digo a ustedes, y por conducto de ustedes a todos los venezolanos, que un posible triunfo de mi candidatura presidencial no sería una amenaza para el hogar de ningún venezolano, ni significaría establecer métodos de oprobio, borrados ya por el esfuerzo del pueblo y como resultado de la unidad de todos los venezolanos.

Ese triunfo sería para gobernar en bien de todos, para tratar de luchar por todos y para solicitar la ayuda de todos en el afán de resolver los terribles problemas que Venezuela tiene como herencia de la dictadura.

Ese triunfo presidencial no es una amenaza para nadie que sinceramente quiera ver en Venezuela estabilizado un régimen democrático, un régimen de libertad y de respeto.

Ese triunfo electoral sería la reafirmación del clima de unidad y de armonía que hemos construido todos con nuestro esfuerzo y con nuestra voluntad mancomunada, en este momento de la vida nacional.

Vamos alegres, pues, a luchar con sinceridad, con lealtad y con nobleza. Vamos a luchar en un clima de altura. Vamos a empujar votos hacia las urnas electorales. Y les puedo decir a ustedes que los votos que el pueblo me dé, con la ayuda de Dios, no se perderán en mis manos.

Muchas gracias.