Estatua de Andrés Bello en la isla de Tenerife, inaugurada por Rafael Caldera en diciembre de 1976.

La unidad del lenguaje es el primer factor de la unidad hispanoamericana

Palabras de Rafael Caldera en el acto de inauguración del Instituto Universitario de Lingüística «Andrés Bello» de la Universidad de La Laguna, Isla de Tenerife, Canarias, 17 de marzo de 1978.

La inauguración de este Instituto demuestra que el acercamiento cultural, a nivel universitario, entre el Archipiélago Canario y Venezuela, bajo la sombra tutelar de una figura símbolo de la unión de nuestros pueblos como lo es la de Don Andrés Bello, no se iba a quedar en las frases cordiales, en el intercambio de cumplidos, en la celebración de hermosos actos de confraternidad; ni siquiera en la colocación del hermoso monumento de Bello frente al edificio rectoral y a las elegantes construcciones de la Universidad donde se forma la juventud canaria. Este es un paso más no sólo significativo, sino promisor. Es un hecho concreto, producido por acuerdo del Consejo Universitario, de 11 de julio de 1975 y hecho posible por la decidida cooperación de las autoridades canarias y el Estado español y por la generosa donación de la Caja Provincial de Ahorros de Santa Cruz de Tenerife, que la ha dotado de esta acogedora residencia.

Está muy bien que el primer paso del programa sea un Instituto de Lingüística, porque la lengua es el primer instrumento de comunicación y solidaridad entre las comunidades de origen hispánico que existen a un lado y otro del océano. Y se encuentra plenamente dentro del concepto de su epónimo ya que Andrés Bello, a la vez de defender y fortalecer la preservación de una lengua común, sostuvo con poderosos argumentos y con la fuerza de su autoridad, el derecho de cada una de nuestras diversas naciones a las variedades del lenguaje, a través de las cuales cada una de ellas acentúa su fisonomía peculiar, sin desmedro de la rotunda afirmación de una nacionalidad común que se funda en el reconocimiento de la personería de cada una de las naciones integrantes de esa gran familia de pueblos hermanos.

La unidad del lenguaje puede considerarse como el gran milagro y el primer factor de la unidad hispanoamericana. Fue ella la principal herencia del gran esfuerzo colonizador, una vez desaparecida la organización imperial establecida por la fuerza. La comunidad de valores espirituales se expresa en la unidad de pensamiento y se vierte a su vez en la unidad de la lengua. Y esta razón empujó a Bello, en su más espléndida madurez, a dejarnos como fruto macizo de su inteligencia, de su ilustración y de su apasionado amor por la solidaridad hispanoamericana, la obra portentosa de su Gramática, que al decir autorizado de Amado Alonso sigue siendo después de cien años la mejor que existe en lengua castellana, y cuyo prólogo tiene la virtualidad de un testamento, de una admonición y de un mandato.

Se publicó por primera vez en abril de 1847, en Santiago de Chile, la «Gramática de la Lengua Castellana destinada al uso de los americanos» por Don Andrés Bello. Nacido en noviembre de 1781, su autor había cumplido 65 años. A lo largo de su vida había estudiado y meditado mucho. Su vasto talento lo había empleado en prepararse más, para servir, como Roscio le recomendara cuando salió de Caracas para Londres, a la educación de su patria; sólo que para él –y como un mandato inalterable de la Providencia- esa patria no sería solamente Venezuela, que lo vio nacer y formarse, sino el conjunto de naciones hermanas que recibieron con veneración el tesoro de su pensamiento y que gracias a él y a otros de su estirpe fortalecieron la integridad espiritual que hace pensar en una gran nación latinoamericana.

«Salvador de la integridad del castellano en América» lo llamó Menéndez y Pelayo, en frase que hicimos escribir en el pedestal de la estatua de Bello en el campus de la Universidad de La Laguna. Ello mismo nos autorizaría a llamarle prototipo de la unidad hispanoamericana. De una unidad sin asfixiantes y esclerosantes servilismos, sino con la rica variedad de quienes se saben ligados, a pesar de la diversidad. Objeto de un esfuerzo que al mismo tiempo estimule lo que es característico de cada uno y vivifique los elementos integradores que nos hacen constituir una verdadera esperanza y una sola fuerza; porque la suma de nuestras fuerzas no es una suma de términos discrepantes y porque la afinidad del espíritu vuelca sobre nosotros la posibilidad y el imperativo deber de contribuir a la búsqueda de un porvenir mejor para la humanidad entera.

Decía Bello en el prólogo de su Gramática:

«No tengo la pretensión de escribir para los castellanos. Mis lecciones se dirigen a mis hermanos, los habitantes de Hispano-América. Juzgo importante la conservación de la lengua de nuestros padres en su posible pureza, como un medio providencial de comunicación y un vínculo de fraternidad entre las varias naciones de origen español derramadas sobre los dos continentes. Pero no es un purismo supersticioso lo que me atrevo a recomendarles. El adelantamiento prodigioso de todas las ciencias y las artes, la difusión de la cultura intelectual y las revoluciones políticas, piden cada día nuevos signos para expresar ideas nuevas, y la introducción de vocablos flamantes, tomados de las lenguas antiguas y extranjeras, ha dejado ya de ofendernos, cuando no es manifiestamente innecesaria, o cuando no descubre la afectación y mal gusto de los que piensan engalanar así lo que escriben».

A Bello lo alarmaba la posibilidad de que nuestra lengua pudiera descomponerse en distintos idiomas, según las distintas regiones de América. «Chile, el Perú, Buenos Aires, México, hablarían cada uno su lengua, o mejor decir, varias lenguas, como sucede en España, Italia y Francia, donde dominan ciertos idiomas provinciales, pero viven a su lado otros varios, oponiendo estorbos a la difusión de las luces, a la ejecución de las leyes, a la administración del Estado, a la unidad nacional. Una lengua es como un cuerpo viviente: su vitalidad no consiste en la constante identidad de elementos, sino en la regular uniformidad de las funciones que éstos ejercen, y de que proceden en la forma y en la índole que distinguen el todo». «Sea que yo exagerare o no el peligro, él ha sido el principal motivo que me ha inducido a componer esta obra, bajo tantos respectos superiores a mis fuerzas».

Y advierte con plena lucidez:

«No se crea que recomendando la conservación del castellano sea mi ánimo tachar de vicioso y espurio todo lo que es peculiar de los americanos. Hay locuciones castizas que en la Península pasan hoy por anticuadas y que subsisten tradicionalmente en Hispano-América ¿por qué proscribirlas? Si según la práctica general de los americanos es más analógica la conjugación de algún verbo ¿por qué razón hemos de preferir la que caprichosamente haya prevalecido en Castilla? Si de raíces castellanas hemos formado vocablos nuevos, según los procederes ordinarios de derivación que el castellano reconoce, y de que se ha servido y se sirve últimamente para aumentar su caudal, ¿qué motivos hay para que nos avergoncemos para aumentar su caudal, ¿qué motivos hay para que nos avergoncemos de usarlos? Chile, y Venezuela tienen tanto derecho como Aragón y Andalucía para que se toleren sus accidentales divergencias, cuando las patrocina la costumbre uniforme y auténtica de la gente educada. En ellas se peca mucho menos contra la pureza y corrección del lenguaje, que en las locuciones afrancesadas, de que no dejan de estar salpicadas hoy día aun las obras más estimadas de los escritores peninsulares».

Enmarcados en aquellos parámetros, considero que las preocupaciones de Andrés Bello, a los 130 años de publicada su Gramática, deben continuar inspirándonos y orientándonos para preservar, fortalecer y enriquecer el idioma, ese formidable instrumento que la Providencia aseguró en nuestras manos. Estudiarlo en sus fundamentos, en su estructura, en su evolución, de acuerdo con los cambios continuos del habla popular (que según Bello debía constituir la regla fundamental del lenguaje) y analizar y estudiar, al mismo tiempo, las variedades lingüísticas del castellano hablado en nuestros diversos países o regiones, es prestar un servicio invalorable para los objetivos del destino común.

Inauguración de la estatua de Andrés Bello en la isla de Tenerife, en diciembre de 1976.

Mayor importancia reviste este esfuerzo en el momento histórico que está viviendo España. La reconquista de las libertades y el establecimiento de las instituciones democráticas ha puesto de presente el contenido humano incomparablemente rico que existe dentro de la jurisdicción del Estado español. Pocos países en el mundo albergan tan prodigiosa variedad de modos de ser, de elementos de identidad nacional, de forma y contenido espiritual, como España. Cada una de las lenguas que se hablan en las distintas porciones de su territorio, al lado de la lengua castellana, han dado y continuarán ofreciendo a la literatura, a la filosofía y a las ciencias una caudalosa aportación que debe servirnos de orgullo a todos los que somos integrantes de una familia de pueblos hermanos que tuvo a España por núcleo originario, como lo observara el Rey Juan Carlos en su discurso de asunción.

Nos interesa, a todos que se estudie, profundice el conocimiento y se robustezca el lenguaje, en su unidad y en sus variedades nacionales; es de interés de los pueblos que viven agrupados constituyendo una unidad de importancia indiscutible en Europa y que integran el Estado español; pero permítaseme recordar, al mismo tiempo, que ese interés es sobresaliente para los pueblos hispanoamericanos, porque son ellos los que más aportan y para los que mayor importancia representa, -y no solamente desde el punto de vista numérico-, en la población hispano-hablante del mundo. No es que solamente podamos invocar que el castellano se habla por más de 200 millones de seres en aquel lado del Atlántico, y por 36 millones en la jurisdicción del Estado español; y que la proyección del penúltimo decenio de este siglo va más allá de 250 millones en Hispanoamérica, y sólo llega a 40 millones para España; sino que el desarrollo de las naciones hispanoamericanas, la necesidad de adelantar un proceso urgente de integración, la formación de sus grandes ciudades, la multiplicación de sus universidades e instituciones de investigación y de educación superior, el crecimiento de repúblicas que en muchos aspectos pretenden y pueden equipararse a la nación hermana que guarda el abolengo y la solera de la Madre Patria, la multiplicidad de Academias de la Lengua que periódicamente se reúnen en Congreso con la Real Academia, todo ello nos da un derecho cada vez mayor a hablar de la defensa del idioma como algo verdaderamente nuestro, no como una encomienda ajena que se nos entregara y que mantuviéramos en fideicomiso, sin identificarlo plenamente con nosotros.

Pero es que hay algo más. Se ha observado con toda razón que la verdadera unidad española se consumó en América. A sus playas llegaron españoles de todas las regiones, de todas las provincias; si se quiere, de todas las nacionalidades. Pero no llegaron tan sólo unificados por el poder político, sino hermanados en un propósito común e identificados por una sola lengua. Mis abuelos canarios se entendieron en la misma lengua de Cervantes con mis antepasados vascos o gallegos, como se entendieron andaluces, y catalanes, valencianos y extremeños, a lo largo de las jornadas de la Conquista y de las tareas de la Colonia. Se entendían en una misma lengua y la trasmitían a sus hijos, los cuales difícilmente pudieron conservar además a través de las generaciones las formaciones lingüísticas variadas que conviven aún en la Península, por hermosas y representativas que sean. En este sentido, me atrevería a afirmar que el castellano es más nuestro que vuestro; que nos pertenece más a los 200 millones de hispanos que a los 36 millones de españoles; que lo necesitamos más, porque es fundamental en nuestra vida, y que nos identifica y nos vincula, sin que por ello dejemos de rendir culto a los idiomas y dialectos aborígenes, cuya conservación también enriquece nuestra cultura y nuestra pluralidad humana. Permítaseme repetir aquí un párrafo de mi discurso de incorporación a la Academia Venezolana de la Lengua: «El lenguaje importado echó raíces en la realidad geográfica y espiritual de estas naciones. La extensión social del mestizaje contribuyó a darle, según lo anotaba don Lisandro Alvarado, el carácter de idioma mestizo. No ocurrió así en otras regiones del mundo. No hubo fusión de razas en la India para que la lengua inglesa se convirtiera en vehículo de unidad nacional; no la hubo en las áreas del África central y meridional en las cuales el inglés y el francés son todavía elemento de identificación de las comunidades políticas e instrumento de comunicación con el resto del mundo. En los países latinoamericanos, la vinculación idiomática fue expresión de un hecho más profundo, por cuanto la lengua aprendida no vino como a superponerse a la estructura anímica del hombre indoamericano, sino que se le dio en la sangre, se le vertió en las venas, se le entregó como modo de ser volcado en la intimidad de la existencia y abierto de par en par ante la vida».

La significación de este Instituto reviste, también, característica especial por el hecho de hallarse en las Islas Canarias. Este Archipiélago volcánico, en su atalaya oceánica, equidistante de Europa y del África, virtualmente está muy cerca de América Latina. A los venezolanos se nos pregunta con frecuencia en la Península si somos canarios, por el modo de hablar. Y estamos convencidos, tanto aquí, en las Islas afortunadas, como en nuestros pueblos trasatlánticos –especialmente en aquellos que como Venezuela, desde las orillas del Caribe han intercambiado toda clase de experiencias humanas con el pueblo isleño- de que esta ubicación es ideal para el estudio del idioma que unitariamente nos identifica y al mismo tiempo afianza nuestra indiscutible pluralidad; porque, como lo dijo Dámaso Alonso, el Presidente de la Real Academia, en frase que igualmente deseo volver a citar: «toda acción rectora del futuro de nuestra lengua tiene que hacerse con un absoluto respeto a las variedades nacionales tal como la usan los hablantes cultos».

Yo no creo fortuito el hecho, definitivamente precisado, de que los ocho bisabuelos de Andrés Bello fueran canarios. ¿De dónde mejor que de las Islas afortunadas podría provenir el ancestro de quien fuera adalid de la unidad continental de la América Hispana y de la unidad trasatlántica con los pueblos hispánicos? Sin duda no lo fue. Ni pudo ser fortuito que Galdós, el canario egregio, fuera uno de los más grandes escritores de la lengua común, como lo fuera don Miguel de Unamuno, el vasco insigne, o aquellos ilustres catalanes que dieran lustre al idioma castellano, de la estirpe de Balnes o Milá y Fontanals, o como la gran poetisa gallega Rosalía de Castro, a quien el crítico Zorrilla de San Martín calificó de «gloria, no sólo de Galicia sino de toda nuestra raza».

Esperamos que la sombra de Bello, cuyo nombre inspirador nos congrega, aliente el destino futuro de este Instituto. Ya se han iniciado por la Dirección contactos de gran importancia, no sólo con Venezuela, sino con otros países latinoamericanos, y concretamente con los que, unidos por el Pacto Andino, son signatarios del Convenio Andrés Bello para la educación, la ciencia y la cultura. Por otra parte, el contacto entre las universidades a ambos lados del mar se abre camino. Así lo han querido los impulsores de la creación del Instituto de Lingüística Andrés Bello, entre quienes es ineludible recordar al ex Rector de la Universidad de La Laguna, Dr. Enrique Fernández Caldas, al actual Rector, Dr. Antonio Bethancourt y Massien y al Dr. Ramón Trujillo Carreño, como Decano de la Facultad de Humanidades y ahora como Director del Instituto. Ellos y otros insignes colaboradores de la idea la han movido hasta el punto en que la vemos, hermosamente establecida. Se ha iniciado el intercambio de becarios y estoy seguro de que ese intercambio continuará, no sólo con éste sino con todos los principales institutos de la Universidad de La Laguna, con Venezuela y los otros países de América, abriendo sus puertas para conjugar nuestras capacidades en ambiciosos programas de investigación.

La emoción de contribuir a abrir nuevos caminos sobre ese mar estimulante y sedativo, que tantas veces atravesaron los que nos precedieron en las pasadas generaciones, nos identifica más en este instante. Estos son signos auspiciosos de un nuevo amanecer.

Muchas gracias.

Rafael Caldera al recibir el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de La Laguna, Tenerife, el 11 de diciembre de 1976.