Rafael Caldera durante su discurso ante el Congreso Católico Interamericano para el Desarrollo Integral del Hombre.

Los valores cristianos

Discurso de Rafael Caldera del 21 de agosto de 1971 ante el Primer Congreso Católico Interamericano para el desarrollo integral del hombre.

Difícil era para mí no aceptar la invitación que se me hizo para participar en este acto de instalación del Primer Congreso Católico Interamericano para el desarrollo integral del hombre, pero también lo es el carácter de esa participación. Si el resultado de las elecciones de 1968 hubiera sido otro, probablemente habría tomado alguna parte mayor y más libre en el seno de este interesante Congreso. Pero las cosas ocurrieron de otro modo. Vengo en condición de hombre de gobierno, afortunadamente de un país donde todas las religiones, cristianas y no cristianas, viven en forma armónica y contribuyen, en medio de un ambiente de respeto mutuo y de consideración cordial, a la elevación de nuestro pueblo. Algunas veces he pensado que el pueblo venezolano, donde no se conciben odios ni mucho menos guerras inspiradas por diferencias de signo religioso, tiene razones para sentirse muy bien interpretado por el Concilio Ecuménico Vaticano Segundo.

Puedo hablar pues – en medio de la limitación que me impone la responsabilidad que ejerzo – en nombre de un pueblo mayoritariamente cristiano, generalmente religioso, amplio, cordial, que mira en la religión no sólo una manifestación institucional digna de respeto, y una vivencia emocional que lo acompaña en los principales momentos de su vida, sino también una fuente de superación, de enrumbamiento hacia la conquista de un destino mejor.

Nuestra Constitución, en su preámbulo, está inspirada por principios que pueden considerarse plenamente cristianos. La afirmación de la libertad y de la dignidad esencial del ser humano, la proclamación del trabajo como fundamento de la vida social, la afirmación de que la economía ha de estar al servicio del hombre, la idea de que la justicia y especialmente la justicia social, debe normar las relaciones entre individuos y grupos, la aspiración a la paz entre todos los pueblos de la tierra y la afirmación de las nociones morales, sin duda representan aspiraciones básicas que el cristianismo ha ido realizando o señalando como objetivo y meta de su acción en el curso de sus veinte siglos de existencia.

Nosotros creemos en estos valores, y cuando oímos hablar del desarrollo integral del hombre, viene a nuestro pensamiento la expresión de la escuela lebretiana, que no dejamos de repetir, de que el desarrollo, para hacerlo en verdad, ha de ser de todo el hombre y de todos los hombres.

Vengo, además, como gobernante a manifestar que en medio de las imperfecciones de la vida, en medio de las dificultades que la realidad establece, nada sería más grato en mi espíritu que haber procedido como un cristiano en el ejercicio de la autoridad. Por eso me he empeñado en perdonar, en dialogar, en tolerar, en respetar, en anunciar propósitos sinceros de amistad con países frente a los cuales sería fácil una demagogia negativa e infecunda, y en abrir caminos hacia todos los pueblos del mundo. Pero sé, al mismo tiempo, el tremendo peligro que existe en que un gobierno pretenda asumir la representación de un pensamiento de tanta magnitud universal como lo es el pensamiento cristiano. Los gobiernos pasan, la Iglesia y el cristianismo permanecen. Los gobiernos representan esfuerzos concretos del ejercicio de la autoridad en la vida de las comunidades, pero el cristianismo representa mucho más. Por eso quiero declarar aquí de la manera más sincera, que nada está más íntimamente en mi deseo que el de no comprometer en modo alguno al cristianismo por la acción temporal de mi gobierno. ¡Dios me libre de caer en la posición de aquellos que pretenden monopolizar o ejercer o siquiera representar algo que constituirá siempre un modelo de perfección inalcanzable dentro de la existencia humana!

Recuerdo que una vez el gran intelectual peruano Víctor Andrés Belaúnde me decía que el hombre en el Paraíso Terrenal había sido objeto de una maldición implícita- Dios le impuso explícitamente castigos de los cuales le ofreció redención; «morirás», pero la muerte es el comienzo de una nueva vida; «comerás el pan con el sudor de tu rostro», pero el trabajo será fuente de dignificación; a la mujer le dijo «parirás tus hijos con dolor», pero al mismo tiempo señaló como la mayor fuente de bienes la maternidad divina de María. Pero, decía él, hubo una maldición que Dios no pronunció, frente a la cual no ofreció redención: implícitamente, y sin que lo pusiera en la Escritura, Dios le dijo al hombre: «Hombre: no has querido que yo te gobierne; de ahora en adelante te vas a gobernar tú mismo».

Por eso, gobernar es – puede ser, debe ser – esforzarse en servir, en corresponder; pero también, necesariamente, adentrarse en una realidad de imperfección. Sin embargo, cuando gente de vida consagrada al servicio de los demás se dedica a estudiar cuestiones que van inmersas en los aspectos fundamentales que un gobernante en nuestro tiempo debe enfrentar, se tiene que sentir una esperanza y, al mismo tiempo, ansiar que sus resultados sean concretos, constructivos, fecundos, inspirados profundamente en la realidad. Me ha impresionado mucho este párrafo de la carta del Cardenal Villot a su Eminencia el Cardenal Quintero: «Su Santidad confía en que una operante y cada vez más fructuosa presencia del laicado católico en medio de las realidades del mundo, contribuya a impregnar y perfeccionar el orden temporal con el espíritu evangélico». Yo debo confesar aquí, como alguien que ha luchado mucho en la vida política y en el seno de una comunidad partidaria, que una de las cosas que más se han dejado desear en el fondo de esa acción y de ese esfuerzo ha sido una cabal conciencia en el mundo cristiano de sus responsabilidades y de las exigencias de esta hora. Por ello creo que estas reuniones tienden a elevar necesariamente el universo de la vida cívica, por un fenómeno de concientización indispensable, por esa «presencia activa, fructuosa y operante», por ese compromiso que se adquiere cuando se celebran reuniones como ésta, cuando se enciende el entusiasmo y la curiosidad de grandes contingentes humanos. Ese compromiso se adquiere en nombre de quien dijo: «Cuando dos de ustedes se reúnan en mi nombre, allí estaré Yo en medio de ustedes».

En Venezuela hemos logrado muchas cosas; son infinitas las que tenemos por lograr. Entre las que hemos logrado está la libertad pluralista, en la que cada uno dice lo que quiere y como quiere decirlo, sin exponerse por ello a ser objeto de odios ni de persecuciones. El respeto a la dignidad de la persona humana, mucho más imbuido en la manera de ser de nuestro pueblo de lo que se pudiera pensar. Y haber logrado que los valores cristianos, que los valores religiosos en general se extraigan de la controversia política, dejen de ser motivo de especulación y de combate entre las parcialidades establecidas, y logren un margen de respeto y consideración por parte de todas las corrientes de todos los grupos.

Yo creo que estos hechos valdría la pena señalarlos y proyectarlos; porque la crítica de lo negativo no surte todos los efectos benéficos que de ella se debe esperar cuando no se afianza en el reconocimiento y aprovechamiento de lo positivo.

En Venezuela, el año pasado, se acaba de dar en el Congreso el paso trascendente de establecer en el presupuesto nacional un subsidio para la educación privada, sin que ello haya sido motivo de los traumas horrendos que a países muy civilizados han conmovido y que han convertido la cuestión en un motivo de caída de gobiernos parlamentarios y de establecimientos de hostilidades irreconciliables. No hubo ningún grupo político que se opusiera, sino que hubo un reconocimiento de que se trataba de un hecho de justicia.

En Venezuela logró superarse la cuestión secular y enojosa del Patronato Eclesiástico, a través de un modus vivendi que se celebró después de que los profetas del desastre habían señalado su imposibilidad; y en la Nunciatura Apostólica tuvimos la satisfacción de ver condecorados con los máximos galardones pontificios a los representantes de los más variados credos políticos, que quizás años atrás habrían considerado imposible aquel hecho, y que si no se hubiera adoptado una actitud prudente, firme y comprensiva, no habrían llegado nunca a dar aquel paso tan trascendental. Hay que reconocer que la Iglesia ha sido dirigida con prudencia, con patriotismo. El Estado la respeta, la considera y la atiende, pero no se inmiscuye en su manejo interno. La Iglesia considera y respeta al Estado, pero no pretende ejercer tutelas que no le corresponden sobre el orden político. Y el haber logrado esto en un país subdesarrollado, donde las querellas y las controversias muchas veces se han dirimido en los campos de batalla, es realmente un don que tenemos que reconocer y agradecer a la Divina Providencia.

Estamos ahora metidos dentro de un mundo en el cual sentimos una tremenda angustia. La civilización está fundada sobre el trabajo, y el problema fundamental, desde el punto de vista de gobierno en materia social, es el problema del marginamiento. Cuántos no llegan todavía al trabajo, que es la fuente de la vida y del progreso. Porque quienes trabajan tienen garantías, asisten a sus sindicatos; se pueden formular juicios, tal vez en algún caso basados en hechos que no pueden negarse y que demuestran que los sindicatos no son perfectos, como se pueden hacer juicios para decir que no son perfectos los partidos, pero lo cierto es que el hombre nació para asociarse, para trabajar en conjunto, y que en el mundo del trabajo y de la sociedad los sindicatos luchan, progresan, y cada vez logran mayores beneficios y garantías para quienes en ellos participan y, sobre todo, cada vez se sienten más dueños de su propio destino; porque las conquistas que logran no aparecen como regalo paternalista de un Estado omnipotente, sino como el resultado de su lucha, de su tesón y de su solidaridad. Pero la existencia de quienes no tienen participación en el trabajo, plantea las cuestiones técnicas, económicas, de organización social, de mercado, de monedas, muy complicadas; y a los que, para recordarnos la obligación que tenemos de esforzarnos cada vez más, les está asignado principalmente el papel de la crítica profunda, dura y amarga, el más fuerte de los argumentos que se pueden oponer es preguntarles cómo están los que viven en países donde buscaron cambios violentos a un precio muy duro, que a lo mejor se orientan por los principios que tratan de presentarnos como señuelos de los cambios sociales.

Yo creo que el cristianismo nos ofrece la mejor posibilidad. Y en esta materia pienso que cuando buscamos la promoción del pueblo, queremos levantarlo; cuando queremos hacer de la educación el instrumento indispensable para incorporar las grandes masas al ejercicio de su responsabilidad, no tenemos que ir a a buscar a otras fuentes la inspiración de nuestras luchas, como no tenemos que ir a otras fuentes a buscar la justicia. Lo que ella es, sobre todo, la justicia social, nacional e internacional, que nos hace levantar nuestra voz con seguridad, y hasta cierto punto con arrogancia, frente a los países más fuertes del mundo, para reclamar lo que nos corresponde. La justicia social internacional que nos hace sentir cada vez más el derecho a manejar lo nuestro, dentro de una auténtica liberación nacionalista, y la justicia social interna, por la cual mucho se ha hecho desde Rerum Novarum hasta hoy, pero mucho tiene que hacerse todavía, para lo que hay que formar hombres, seres humanos, con preparación, con conciencia, con voluntad y con espíritu de sacrificio, capaces de encender una esperanza y de llevar a los hombres hacia el logro de la solidaridad.

Yo creo que debemos agradecer al Ser Supremo la oportunidad que nos ha dado de vivir en un momento en el cual la necesidad de cambio se siente hasta el sacudimiento mismo de las raíces de la vida humana. Que no nos haya tocado vivir en un siglo satisfecho. Que no nos haga contentarnos con lo que se ha logrado, sino buscar más bien aquello que es motivo para una más alta superación. Pero, indudablemente, dentro de ese cambio y de esa transformación, los valores espirituales seguirán siendo insustituibles. Sin ellos, el desarrollo se convierte en un conflicto de intereses. De allí el que debamos interpretar como representativo de gran amplitud el término Desarrollo Integral que ustedes han escogido para su Congreso.

Ese cambio nos estremece, nos angustia, nos inquieta. Sabemos que somos un accidente dentro de un movimiento en el cual la mayor ambición que podemos tener es la de influir en algo para que derive hacia soluciones realmente justas. Y sentimos como un factor de grandes posibilidades favorables la inconformidad, la rebeldía, el deseo de expresar y de escuchar fórmulas nuevas en los grupos de nuestras juventudes y en el seno de los dirigentes sociales. Nos inquieta, eso sí (hemos de decirlo con el más diáfano respeto a la sinceridad que debemos cuando nos reunimos en una comunidad como ésta) el que esa inquietud, esa rebeldía, ese afán indispensable de cosas nuevas («Rerum Novarum» de que nos habla León XIII), pueda derivar o derive hacia un complejo de inferioridad, hacia una subordinación de los grandes principios que alientan al mundo cristiano, ante fórmulas materialistas, negadoras de la divinidad y del destino superior del hombre; y, mucho más, el que puedan derivar hacia la violencia destructora y aniquilante, de que tan larga y triste memoria nos presenta la historia venezolana. Muchas veces fuimos a la violencia, encendidos por palabras que representaban ideales, y como lo dijera en un acto reciente un orador que no puede precisamente calificarse de conservador, «ganara quien ganara, era siempre el pueblo quien perdía». Hemos visto encenderse hogueras: hemos oído justificar la violencia y caer fatalmente en ella como desembocadura, en pueblos buenos, nobles y generosos, que al cabo del holocausto de incontables vidas humanas, no vieron triunfar a los más justos sino a los más fuertes, y observaron cómo los más fuertes se apoyaron, no en propósitos de ennoblecimiento general, sino en apetitos, intereses y connivencias que se van haciendo más irrenunciables a medida que se van encontrando que la situación reside sobre el hecho de fuerza.

En este momento viene a mi memoria el recuerdo de un hombre, de un sacerdote a quien tuve la oportunidad de tratar. Fuimos amigos; lo invité a Caracas cuando se celebró el VI Congreso Latinoamericano de Sociología. Se llamaba Camilo Torres Restrepo. Como Camilo Torres era descendiente de uno de los precursores del movimiento de la Independencia en la América Latina. La última vez que lo vi en Bogotá, y ante una audiencia de un grupo de muchachos inquietos, debatíamos cordial y privadamente los dos sobre el tema específico de la violencia. (He pensado que esta confidencia podría ser útil en una reunión en la cual necesariamente se van a expresar opiniones, inquietudes, vehemencias, muchas de ellas muy legítimas y muy respetables, dentro del ambiente de libre discusión que fue y será siempre y que felizmente ha vuelto a ser el ambiente natural del cristianismo). Yo le decía a Camilo, en aquella última vez que lo vi, que la justificación de la violencia que él hacía, para mí era una especie de una teología de la violencia, pero a pesar de la preeminencia de la teología en el orden de la ciencia, para gobernar y dirigir a los pueblos hay que pensar también en otras disciplinas que nos ofrezcan la imagen y el estudio de las realidades. No era, como él lo pretendía, la suya una sociología de la violencia. Yo entiendo perfectamente – le decía – a un sacerdote que absuelva y consuele a un marginado que robó o mató para comer él o para dar de comer a su familia: ello está dentro de una actitud rigurosamente teológica; pero no puedo entender a un sacerdote que le diga a ese hombre que mate o robe para poder comer, porque debe saber que con ello no le está abriendo un camino para la satisfacción de la justicia, sino que está empujándole hacia un concurso de males y de injusticias de proporciones inmensamente mayores.

Por eso pienso en aquel párrafo de la carta de Pablo VI sobre el Desarrollo de los pueblos: «la insurrección revolucionaria, salvo en el caso de tiranía evidente y prolongada que atentaría gravemente contra los derechos fundamentales de la persona y dañaría peligrosamente el bien común del país, engendra nuevas ruinas. No es lícito combatir el mal real al precio de una calamidad mayor».

¿Qué fue lo que le ocurrió a Camilo? Pienso que la Providencia fue generosa con él porque obtuvo lo que quizás en el fondo de su alma él deseaba, el de convertirse en víctima y ofrendarse por un deseo generoso, aunque quizás improgramado o desorientado, de cambio social. Pero no puedo imaginar lo que habría sido, si en vez de que su desenlace fuera el trágico y doloroso de su desaparición, se hubiera convertido en un guerrillero de montaña, y aquellas manos ungidas para bendecir y para perdonar, hubieran oprimido muchas veces el gatillo de un arma para quitar la vida a humildes hijos de su pueblo, que vestían el uniforme militar en cumplimiento de un deber y que estaban cumpliendo una función por exigencia quizás primaria del orden público y social.

Quizás ese recuerdo y ese análisis convenga en el seno de nuestra juventud, de los directores de conciencia, del clero que no se siente ya feliz encerrado entre los muros de la Iglesia y se proyecta a la comunidad, a la que quiere trasmitir ánimo, entusiasmo, energía, optimismo, fe para luchar por un mundo mejor.

Uno de los problemas más delicados que estamos afrontando todos en el momento actual es la propaganda sistemática que, desde ciertos reductos ideológicos que no son ni serán nunca compatibles con los elementos fundamentales de la vida cristiana o de la concepción religiosa del hombre, trata de provocar complejos en nuestros jóvenes y en nuestros dirigentes, haciéndoles creer que la única manera de servir al pueblo es la de incentivarlos por el camino desastroso de la violencia.

Que hay violencia en mantener lo que llamó Mounier el «desorden establecido», ello es cierto; que el camino para desalojarla sea encender hogueras, crear odios, destruir y disolver, no lo creo viable ni cristiano. Hasta donde mis ojos pueden ver, el resultado de la violencia en otras tierras por bien intencionada que fuera, no ha sido precisamente afianzar la libertad y la dignidad del hombre, la posibilidad de actuar y de sembrar ideales, sino establecer una peligrosa amargura, una tenebrosa era en la cual quizás el espíritu humano podrá purificarse como en las catacumbas, para quién sabe después de cuánto tiempo volver a salir como la levadura para la transformación de la tierra.

Todas estas cosas son importantes, son interesantes para cualquier gobernante, desde el punto de vista de su responsabilidad de servir a la Constitución, a las leyes y a los intereses de una nación. Tiene que ver con curiosidad, con simpatía el que se reúnan gentes responsables, formadas a través de los años en el espíritu de Dios, para buscar fórmulas capaces de robustecer en los demás la voluntad de cambios, hacia el mejoramiento, hacia la solidaridad y hacia la justicia; no para caer en aquello de «ut maior inducator calamitas» de la encíclica Populorum Progressio. Pienso que lo que la humanidad quiere no es que retrocedamos muchos siglos, sino que aprovechemos todo lo que se ha logrado hasta hoy y hagamos el avance necesario, y que insistamos y machaquemos y luchemos, y nos organicemos y penetremos. ¡Qué mejor destino para un cristiano que el de penetrar para dar ejemplo de generosidad, de abnegación y de servicio, en los partidos, en los sindicatos, en las asociaciones culturales, en los grupos artísticos y no encerrarse en ghettos desde los cuales emite ayes lastimeros o consignas de desesperación!

Creo que de conferencias como éstas debemos esperar muchos resultados positivos. Que los cristianos se vean encabezando los movimientos artísticos. Que los cristianos se vean dando ejemplo de buenas siembras en la literatura, en la mejor literatura. Que los cristianos se vean obligando a los partidos políticos a ser más y más, comunidades al servicio de los principios nobles porque con su conducta haga imposible el que caigan hacia el pragmatismo, hacia el empirismo, hacia el negociado rastrero dentro de la actividad más alta que según muchos existe dentro del orden natural. Que los cristianos vayan a los sindicatos, para que los obreros sientan que es el espíritu de Cristo el que los lleva a animarlos en su lucha, en su promoción y en su ascenso. Y que los cristianos trasmitan un mensaje para no dejar consumir a nuestra juventud. El problema de la juventud es sin duda preeminente dentro del mundo en que vivimos. Pero mientras más nos tratamos de acercar a los jóvenes, más encontramos en ellos el ansia de que se les dé una fe robusta que los impulse, que los oriente, que los anime, que los haga sentirse constructores de un mundo de verdad y de justicia.

Aun colocándonos en una actitud, pudiéramos decir, de neutralidad confesional, sentimos cómo las virtudes teologales vuelven a ser fundamentalmente lo que todos esperamos de los movimientos cristianos.

Fe en sus propios valores, fe en el hombre, fe en la sociedad, fe en los principios, fe en las afirmaciones que se han ido elaborando y que tienen que reelaborarse, concretarse y perfeccionarse en nuestro tiempo. Esperanza viva, optimismo, confianza en Dios, esa esperanza que, según la carta del Octogésimo Aniversario, es «la sola esperanza que no decepciona jamás», la de la muerte y resurrección de Cristo. Caridad, el mandamiento del amor, que démosle a las cosas la vuelta que les demos, no nos deja olvidar lo que dijo el Libro Sagrado: «en esto conocerán que sois mis discípulos». Si no hay amor, y si el amor lo condicionamos a la actitud de otros; si al obrero cristiano le decimos que para amar tiene que esperar que el patrono lo ame; si al gobernado le decimos que tiene que esperar que lo ame el gobernante; y si al hijo le decimos que para amar tiene que esperar ver la manifestación tangible del amor de los padres, qué poco y qué mezquino amor, qué falta de autenticidad. Amar es, precisamente, servir a los que no nos comprenden, a los que no nos tratan con justicia, a los que no nos corresponden debidamente. Yo creo que esa fue la tremenda fuerza que la venida de Cristo trajo al mundo.

En esta época de transformación (perdonen ustedes que me haya extendido más de lo que habrán debido ser unas simples palabras formales), siento la necesidad de recomendar el tener bien clara la diferencia que hay entre las instituciones y las estructuras. La mejor aportación que ha tenido la filosofía jurídica de parte del mundo cristiano en el presente siglo ha sido la concepción institucional. El derecho engendrado por las instituciones que representan ideales, se encarnan dentro de la realidad social, Sentimos que las instituciones crujen, porque las estructuras que las encarnan no corresponden a la verdad y a la justicia ni a la necesidad y exigencias de nuestro tiempo. Cruje la familia, cruje el Estado, cruje la Iglesia, pero no porque como instituciones deban recibir nuestro embate  para buscar su desaparición, sino porque las estructuras que realizan en lo concreto su existencia, no corresponden plenamente a esos dos elementos: el elemento ideal y el material que deben impulsar la vida institucional. Que se transformen las estructuras. La Iglesia está dando el ejemplo, la más antigua, la más venerable, la más conservadora de las instituciones, ha expuesto sus cuadros, su liturgia, su autoridad, hasta su pensamiento, para que se discutan, para que se controvierta en su seno, pero para buscar la esencia misma de su institucionalidad.

El Estado democrático también imita esta actitud al permitir que se comience por cuestionar las razones de su propia existencia, que sus fundamentos se analicen para que la institución sea más fuerte. Y la familia nos está reclamando el encontrar estructuras modernas y adecuadas, para que de allí donde está la célula fundamental de la sociedad salga precisamente el fundamento del amor, de la solidaridad y de la transformación de la humanidad.

Yo confío en que de este movimiento del desarrollo integral vamos a obtener muchas conclusiones. Uno de los elementos más importantes del credo cristiano es la idea del Espíritu Santo. Y estamos en una época en que la teología no está reservada a los maestros, sino que todos, como en los primeros tiempos, podemos sin rubor acercarnos a ella. Para mí, el Espíritu Santo en su significación trascendente representa mucho: porque es luz en el pensamiento, porque es calor para la voluntad, y porque es acción y realidad. El Espíritu Santo ha sido invocado aquí no sólo para que ilumine, sino para que encienda las voluntades, los corazones, el optimismo. Y ojalá que la humanidad, como aquella muchacha sencilla de Nazaret, pueda decir también que «concibió por obra y gracia del Espíritu Santo». Que esto sea realidad hermosa, fruto de la idea, de la luz y del amor, del calor que fecunda a la humanidad, son los deseos más sinceros que formulo en esta reunión. Estamos atentos a su desarrollo para estudiar los puntos de vista, los pareceres, las conclusiones. Deseosos de aprovechar todo lo que pueda servir desde el punto de vista de un Estado que no tiene religión oficial, pero que respeta y reconoce a las religiones como un principio superior de vida, que el hombre pueda utilizar e incorporar para beneficio de su pueblo. Con ese deseo, y atendiendo a la invitación que se me formulara, declaro formalmente instalado el Primer Congreso Católico Interamericano para el Desarrollo Integral del Hombre.