Momento en el que Rafael Caldera recibe el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Católica de Lovaina.

Lovaina ha sido foco de luz y sigue siéndolo

Palabras de agradecimiento al habérsele otorgado el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica, el 2 de febrero de 1979. El discurso original fue pronunciado en francés.

Impactados por la impresionante ceremonia en que hemos participado hoy, venimos a expresar a esta Universidad nuestra imperecedera gratitud por el inmenso honor que se nos hace a quienes se nos confiere hoy grado honorario de Lovaina. Cumpliendo fielmente su ritual de siglos, en esta venerable institución universitaria cuya antigüedad se hermana con una ambiciosa proyección de avanzada, hemos sentido algo diferente de lo que a veces creemos que es la eternidad: esta eternidad no es descanso, sino movimiento constante; no es quietud, sino inquietud renovada y creadora.

Para dar testimonio ecuménico, la Universidad ha querido en esta fecha generosamente asociar a su fiesta, mediante el otorgamiento de un doctorado honorario, a un hombre que representa los más altos valores espirituales del Continente Africano, a otro que simboliza la unidad europea, a otro que nos trae la expresión artística de los pueblos de la Europa del Este y a otro de la América Latina. Considero muy enaltecedor para mí el compartir esta distinción con personalidades de la talla del Cardenal Malula, Arzobispo de Kinshasha, cuya presencia aquí es testimonio de la hermandad entre iguales que hoy se construye entre Europa y el África, esa África milenaria cuya participación contribuyó en forma trascendente a darle a América Latina el sello de universalidad de que se ufana; con el señor Roy Jenkins, portavoz de la decisión irreversible de los países de Europa de andar juntos y de conquistar juntos la posición que les corresponde en una nueva etapa de la humanidad; y con el señor Panderecki, cuyo arte exquisito es representativo de Polonia, cuna de libertadores y de mártires, de apóstoles y héroes, de grandes figuras de la ciencia, de la literatura y del arte, y de Pontífices que con gesto amable y voluntad de hierro luchan por realizar a plenitud el ideal cristiano.

Me corresponde, en este inolvidable momento, llevar la personería de América Latina y de mi país, Venezuela. No ha sido fácil la vida de los pueblos que al otro lado del Atlántico combatieron reciamente hace siglo y medio por obtener su independencia y aún tienen que luchar por alcanzar una robusta y sana institucionalidad. La América Latina está viviendo un momento de crisis que no ha sido definitivamente superado. Países de innegable cultura han interrumpido la marcha regular de su proceso jurídico-político y viven bajo gobiernos cuyo origen de fuerza y cuyo funcionamiento autocrático no corresponde al destino que soñaron los forjadores de nuestras nacionalidades.

Venezuela, el país de América Latina que conducido por Simón Bolívar luchó más por su independencia y la de otras naciones hermanas, y que bajo la inspiración de Andrés Bello participó en el desarrollo humanístico de nuestro Continente, fue al mismo tiempo la que después padeció una más larga noche de atropellos y de tiranías. La generación a que pertenezco se esforzó en demostrar y creo que lo ha logrado que la superación de los problemas del desarrollo y la conquista de un puesto decoroso en la comunidad de las naciones son inseparables de la libertad y del estado de derecho.

En medio de las circunstancias perturbadoras que ha vivido en los últimos años aquel Continente, Venezuela ha logrado el fortalecimiento de su constitucionalidad democrática, y todos los sectores sociales están conscientes de que sólo a través del ejercicio de los derechos humanos que la Constitución garantiza, puede avanzarse en la superación de las desigualdades sociales y en la construcción de una sociedad más justa y feliz.

Dentro de mi país, me ha correspondido el honor de participar en esa intensa lucha, en la que nunca nos ha abandonado la fe en la democracia como sistema de gobierno y de vida, en la afirmación de la voluntad del pueblo como soporte insustituible de la normatividad jurídica y en la igualdad social como aspiración irrenunciable. Por otra parte, en el medio académico me ha tocado la suerte de vincular mis preocupaciones al Derecho Social, en general, ese nuevo derecho que todos los días encuentra nuevos horizontes, que no puede cristalizar ni anclarse en el pasado y que al mismo tiempo abre horizontes nuevos a todos las otras ramas jurídicas; y a la Sociología del Derecho, inspirada por la idea de que el fenómeno jurídico es expresión cabal de la sociedad en que nace y actúa, como factor y producto social, y por el propósito de analizar la realidad social para asentar sobre ella una vida humana más justa en un mundo mejor.

Quiero decir aquí, con sincera humildad, que la distinción que hoy se me confiere, y que considero una de las más altas a que se puede aspirar en el orden académico,  la recibo como un hombre que es cien por ciento «made in Venezuela». Los mismos compromisos de la acción no me permitieron aprovechar oportunidades que me ofrecían algunas instituciones para hacer cursos de post-grado en universidades del exterior. Mi padre adoptivo sostuvo, por otra parte, el criterio que comparto y del que me siento más convencido a través del tiempo, de que los estudios de pre-grado se deben hacer en el país dentro del cual se va a desarrollar la vida y la propia actividad.

Tengo conciencia de las fallas y limitaciones que por el hecho aludido existen en mi formación; tengo, además, la visión exacta de que nuestra vida intelectual recibe fuerza nutricia de la cultura de otras tierras, especialmente de la vieja Europa y de que hemos sido afortunados de aprovechar la presencia de profesores educados en reputados institutos de Ultramar. Pero la circunstancia de haberme formado totalmente en mi país me hace sentir como más auténtica mi representación simbólica de América Latina en el concurso universal que en este momento tiene lugar aquí en Lovaina. Considero ésta como una distinción que se ha querido ofrecer a mi patria y me siento por ello doblemente orgulloso, por venir de quien viene y por otorgarse a Venezuela.

Expreso el más profundo agradecimiento en nombre de las personalidades que reciben en este momento el doctorado honorario, a esta secular Universidad, cuya ancianidad fecunda marcha pareja con su modernidad constantemente renovada. También lo hago en propio nombre y de manera especial a quienes propusieron mi modesta persona para esta distinción: al profesor Roger Blanpain, titular de la Cátedra del Derecho del Trabajo, que con tanto brillo sigue las líneas fijadas por sus antecesores y cuyas relaciones con el Derecho Laboral Iberoamericano son cada vez más cordiales y fecundas, así como al Rector Magnífico y a las demás autoridades universitarias y a todo su cuerpo académico.

Lovaina ha sido foco de luz y sigue siéndolo para nuevas promociones humanas en nuestra América Latina; sus orientaciones abrieron caminos en la búsqueda por la justicia social y hoy contribuyen a estimular voluntades jóvenes y a iluminar conciencias. Como latinoamericano, hago votos porque ella siga siendo lo que es: laboratorio de valores humanos; faro que guía y turbina que impulsa el movimiento. Y al consignar en ella la admiración que tenemos por el muy noble pueblo belga («fortíssimi sunt belgae»), formulo votos para que el viejo mundo no se olvide de su gran rol histórico; de modo que, mientras superpotencias de magnitud antes no imaginada dominan al Este y al Oeste, Europa siga siendo centro impulsor de los más nobles ideales del espíritu y de las más fecundas aspiraciones de la humanidad.

Estas palabras de agradecimiento fueron pronunciadas originalmente en francés.