Rafael Caldera con sus nietos a los 90 años
Rafael Caldera con algunos de sus nietos al cumplir los 90 años. Caracas, 2006.

Quisiera ser recordado como un gobernante honesto

—«Me siento avergonzado por la forma en que estoy hablando», se excusa el ex presidente de la República. Sus respuestas no pueden alargarse como quisiera, pero la lucidez, que fue siempre su característica, no lo ha abandonado. Quizá por eso, al repasar su vida, su voz claudica y el llanto es un incordio que controla a duras penas.

Entrevista realizada por Milagros Socorro con motivo de cumplir Rafael Caldera 90 años y publicada en el diario El Nacional. La llamada en primera página fue titulada y subtitulada así: «VENDRÁN TIEMPOS MEJORES», el ex presidente se excusa por sus dificultades para hablar, aunque su lucidez no lo ha abandonado.«Se me acaba la existencia y quisiera hacer muchas cosas, pero no es legítimo que un hombre, a mi edad, se lance a una aventura que requeriría 20 años menos». «Si tuviera que gobernar con los precios que ahora tiene el crudo orientaría los petrodólares hacia el pueblo, y no al provecho de países extranjeros», dice.

Esta fue la última entrevista realizada en vida al presidente Caldera:

A pocos metros del sillón donde se encuentra el dos veces presidente de Venezuela, está un uniformado. Todo de blanco y en actitud vigilante. No es un edecán, desde luego. Es un enfermero. Su paciente, que no llega a necesitarlo en las dos horas que duró la entrevista, debe hacer grandes esfuerzos para hablar. Sus palabras salen entre jadeos, sincopadas, como el habla de un asmático. Su rostro carece casi por completo de expresividad, pero en sus ojos y la plena conciencia de lo que dice puede percibirse que en el pecho de este hombre arde un soplete.

—He vivido demasiado –dice Rafael Caldera, nacido el 24 de enero de 1916, en San Felipe, Yaracuy–. Se me está acabando la existencia. Quisiera hacer muchas cosas pero no es legítimo que un hombre de 90 años se lance a una aventura que requeriría 20 años menos.

¿De qué aventura está hablando?

—De la política. Los venezolanos son dignos de mejor causa que la actual. Vendrán tiempos mejores. Ese es un deseo, pero también una convicción que se basa en el hecho de que una situación como esta no puede sostenerse mucho tiempo.

—¿Qué haría si tuviera 20 años menos?

—Lo que hice cuando estaba a punto de cumplir 80 años, edad a la que llegué ejerciendo la Presidencia. Y cumplí con mi deber. Le serví al país correspondiendo a la impaciencia del «chiripero».

—¿Cómo vive usted el fin de la existencia?

—Esperando la voluntad de Dios. Encerrado en mi casa. Padezco un Parkinson que me limita en mis movimientos: tengo dificultad para hablar, para escribir y para moverme. Necesito ayuda para escribir mi articulito (en El Universal), pero lo hago porque es una fe de vida, la prueba de que todavía existo y de que mi principal preocupación es la vida de Venezuela. No la mía.

—¿Hay algo que no sepamos sobre usted?

—No creo. Mi vida ha estado demasiado a la vista. No he ocultado nada.

—¿Cuáles son las virtudes que usted se atribuye?

—A lo largo de mi vida he cometido muchos errores, pero la virtud que me atribuyo es la sinceridad. He sido sincero toda mi vida: lo bueno y lo malo ha estado a la vista.

—¿Qué se arrepiente de haber hecho?

—No he tenido tiempo de hacer un examen de conciencia.

—¿Y qué se arrepiente de no haber hecho?

—Yo he hecho lo que he podido y lo que me tocaba hacer. Lo que hice y lo que dejé de hacer respondió siempre a mi intento de corresponder, en la medida de lo posible, a las aspiraciones de mis conciudadanos.

Las dos pacificaciones

¿Podría hacer una comparación entre sus dos gobiernos?

—Mi primer gobierno fue el que hizo posible que la democracia se afianzara en Venezuela. Y el segundo gobierno mantuvo la democracia y dirigió sus ojos al «chiripero», esa parte de la población que estaba esperando el cambio de rumbo. De manera que ese segundo gobierno logró sostener el sistema democrático, que la democracia se asentara y que las directivas de los partidos se dieran cuenta de que no tenían el dominio absoluto del país.

—En cada uno de sus gobiernos se produjo una pacificación. En los años sesenta, de los grupos insurgentes; y en los años noventa, con el sobreseimiento de los oficiales golpistas de 1992. ¿Cómo juzga hoy esas acciones?

—Cuando llegué a la Presidencia ya estaba en camino la idea de la pacificación. El doctor Leoni no había podido lograrla por los compromisos que tenía con su partido y con Rómulo Betancourt. El presidente Leoni tenía una idea clara de que había que buscar la incorporación a la vida ciudadana de un grupo de jóvenes entre los que había jóvenes de grandes dotes personales y que se estaban perdiendo. Eso lo han demostrado ahora, cuando algunos de ellos son figuras intelectuales y políticas de la vida venezolana, y que están en una actitud crítica muy seria y responsable, como Américo Martín, que es una figura extraordinaria; y Pompeyo Márquez, que es algo excepcional.

—Con respecto a la segunda «pacificación», mucha gente le reprocha a usted que haya optado por el sobreseimiento de la causa a los golpistas de 1992.

Ninguna figura hubiera producido una inhabilitación política de esos oficiales. El sobreseimiento no fue una iniciativa mía en exclusividad: era un deseo nacional. Si usted revisa el cuaderno de vida de cualquiera de los que hoy tanto lo critican, encontrará que ya desde la campaña electoral me pedían: «Caldera, hay que sobreseer a los militares». Además, lo que Chávez es y pretende ser lo hubiera sido de todas maneras. Cuando él sale de la cárcel, se encuentra tan desprovisto de fuerzas que predica la abstención electoral y se disgusta con Arias Cárdenas porque éste se había lanzado a la candidatura por la Gobernación del Zulia. Para Chávez, eso era un delito: porque las elecciones para él eran un disparate. Ahora está en todo su vigor pero las condiciones del país no están dadas para discutir con toda amplitud lo que era Chávez, lo que es Chávez y lo que quiere ser Chávez.

—¿Qué es Chávez?

—Un fracaso tremendo para el país. Chávez es un accidente de poder, un megalómano.

—La segunda iniciativa más criticada de su segundo gobierno es la reforma de la Ley del Trabajo para modificar el Régimen de Prestaciones Sociales.

—La reforma de la Ley del Trabajo fue discutida a fondo por las tres partes: el Gobierno, los empresarios y los trabajadores. Y estos pusieron empeño en la fórmula que se logró. De manera que no fue capricho mío. Yo no goberné a lo Chávez: digo esto y dispongo de esto, sino que cada decisión era el producto de un proceso largo y responsable de negociación.

—¿Con qué precios del petróleo contó usted en sus dos gobiernos?

—Cuando empecé el primer gobierno el precio estaba a 2 dólares el barril. Procuré que amigos míos en Europa compraran el petróleo venezolano y no lo logré. Preferían comprar el petróleo del Medio Oriente. El mismo Brasil, por ejemplo, compraba petróleo del Medio Oriente, y no nos compraba el petróleo venezolano. En el segundo gobierno, los precios habían subido pero, hacia el final bajaron súbitamente hasta 7 y 8 dólares el barril.

—¿Considera que con los precios actuales del petróleo, usted hubiera hecho un gobierno diferente?

—Sin duda. Porque el flujo de petrodólares lo hubiera orientado hacia el bien del pueblo venezolano y no al provecho de países extranjeros. Aún con los precios que tenía el petróleo en mis dos gobiernos, me mantuve vigilante para controlar la corrupción y el crecimiento de la burocracia. Y siempre quise mantener la OPEP para lograr un equilibrio y una estabilidad para los precios del petróleo.

Caldera y los adecos

—Hablemos ahora de Rómulo Gallegos. ¿Fue un honor perder frente a Gallegos en 1947? ¿O nunca le ha visto algo bueno a perder unas elecciones?

—Sí, lo fue, aunque mi admiración y mi cariño por Gallegos (se emociona) no llegaron a un compromiso electoral. En 1941 (cuando las elecciones eran indirectas) no voté para presidente por él sino por Isaías Medina, porque venía luchando en las filas que él representaba. Pero eso no quita la admiración, el respeto y la simpatía que siempre tuve por Gallegos.

—¿Cuál fue el papel de Betancourt en su formación y en su carrera política?

—Rómulo Betancourt entendió que no podía lograr una democracia sin que en ella se representaran las principales corrientes del pensamiento. Y por eso tuvo un gran respeto por nosotros. Un gran respeto por mí, y me consideró una pieza indispensable en la democracia venezolana. Yo creo que quien investigue a fondo la vida de Betancourt, como ha hecho Manuel Caballero, debe reconocer que en la vida de Betancourt hay un factor fundamental que se llama Rafael Caldera. Sin Rafael Caldera, sin el papel que me tocó jugar, Betancourt no hubiera logrado el afianzamiento de la vida democrática en Venezuela. Así mismo, quien investigue mi vida topará con un factor fundamental, que fue Rómulo Betancourt.

—Esa dupla Betancourt-Caldera, ¿qué signo tuvo?

—El signo de la complementación. Betancourt y yo nos conocimos en los días de la Federación de Estudiantes. Y cuando él llegó a la Junta Revolucionaria de Gobierno (1945) se empeñó en darme participación. Me ofrecieron la consultoría jurídica de la Junta y el vice ministerio de Fomento, con Juan Pablo Pérez Alfonso; y, por fin, me nombraron procurador general de la República. Era necesaria una pieza de las características de Caldera para afianzar el sistema democrático.

—Y usted, ¿por qué aceptó el cargo?

—Tenía que aceptarlo. Era el reconocimiento de que yo no tenía ninguna complicidad con el pasado del país. Para ser procurador tenía que llegar limpio de compromisos con el pasado.

—¿Qué piensa de Carlos Andrés Pérez?

—Personalmente lo aprecio, pero al mismo tiempo me duele que haya descompuesto la vida del país. Carlos Andrés Pérez hizo mucho daño. Y la huella de ese daño todavía es visible.

Una bella aventura

—¿Cree usted que su personalidad fue objeto de una especie de endiosamiento por parte de sus compañeros de COPEI, que terminaría por desdibujar su figura?

—No lo creo. Lo que hubo fue adhesión muy fuerte por parte de mis compañeros. Me tocaba la tarea de llevar adelante el grupo y fundar el partido. Mis compañeros comprendieron que debíamos evitar las desavenencias. Por ejemplo, el compañero Luis Herrera Campíns, que es un excelente luchador y un hombre muy inteligente, era el más destacado, tuvo sus diferencias conmigo, pero siempre en un terreno de mucho respeto.

—¿Qué piensa hoy de COPEI?

—COPEI fue una bella aventura. Ojalá pudiera reconstruirse la base, porque lo merece.

¿Eso es un deseo o algo que cree que puede ocurrir?

—Un deseo.

—¿Cuál fue el mayor aporte de COPEI al país?

—La democracia, a la que contribuyó de manera fundamental.

—¿Cómo quisiera ser recordado?

—Quisiera ser recordado como un venezolano, amante (se le quiebra la voz) de Venezuela.

—¿Y como gobernante?

—Quisiera ser recordado como un gobernante honesto, que hizo todo lo que estuvo a su alcance por el bien de Venezuela.

—Usted fue el primer candidato de oposición en ganar unas elecciones en Venezuela. ¿Cree usted que esa hazaña podrá repetirse en diciembre de este año?

—Ojalá. Es difícil, porque no hay libertad. La vida del país está en el puño de un jefe que no es un hombre probo.

—¿Cuál es su testamento para Venezuela?

—Unión y paz. Paz, aunque sea la de Pozo Salado. Paz era una mujer fea y tuerta, tenía todos los defectos, que vivía en Pozo Salado. En alusión a ella, el profesor Egidio Montesinos decía: «Miren, muchachos, para Venezuela (el llanto le corta la voz) paz, aunque sea la de Pozo Salado».

—¿Usted se refiere a una paz, aunque sea imperfecta?

—Exacto (en un hilo de voz).

Los amores de Alicia

En varios de sus discursos oficiales, el presidente Caldera, en un gesto excepcional en el contexto de los mandatarios venezolanos, aludió a la primera dama, doña Alicia Pietri, para reconocer sus méritos no sólo como compañera del jefe del Estado sino también por su labor al frente de iniciativas públicas.

—Alicia lo merecía –dice Caldera, sumamente conmovido– porque mantuvo una conducta ejemplar como primera dama, haciendo gala de su sobriedad, entrega y solidaridad. Llevó a cabo grandes proyectos, como el Museo de los Niños, una obra trascendental; la remodelación de La Casona, que hizo de forma ejemplar y prácticamente sin presupuesto oficial; y el programa Un cariño para mi ciudad, que dio importantes obras a Caracas. La primera dama no tiene sino deberes y ningún privilegio. Era lo correcto reconocer la excelente labor de Alicia, que estuvo permanentemente ocupada al servicio del país.

—Al preguntarle si cree que lo hizo por amor a él o al país, dice, con palabras entrecortadas por la emoción:

—Alicia actuó siempre por amor a Venezuela y también por amor a mí. Ella compartía, profundamente, esos dos amores.