Palabras en la presentación de Moldes para la Fragua (nueva serie)

Por Joaquín Rodríguez Alonso

Auditorio de la Universidad Monteávila de Caracas, 25 de mayo de 2016.

 

Preámbulo

Es bueno, justo y noble que la Universidad Monteávila se sume a las conmemoraciones en el centenario del nacimiento del Dr. Rafael Caldera, porque a él le debe su existencia: con su aprobación del decreto publicado en Gaceta 36.552 del 2 de Octubre de 1998 se dio inicio a la vida institucional de esta joven y pequeña universidad, cuyo rector fundador habría de ser su antiguo Ministro de Educación, y por tantos años compañero en las lides políticas, el Dr. Enrique Pérez Olivares.

En las postrimerías de aquél su segundo gobierno de la nación, y después de varios años de trabajo esforzado e ilusionado por parte del equipo promotor,  entre recaudos y programas, entre presentaciones y explicaciones, no exentos de correcciones, diferimientos y angustias, se cerraba con ese decreto la etapa preparatoria y se daba inicio a su vida académica (aunque su plenitud aún habría de esperar un año adicional para la incorporación de los estudiantes).

Sin embargo, el agradecimiento sincero por tan vital apoyo no encontró en los siguientes años, sumidos en esta absurda y falsa revolución que ahoga desde entonces los destinos de la Patria, la ocasión de contar con la presencia del ilustre benefactor en sus humildes espacios[1], para que le fuera expresado con la honra debida. Apenas alcanzamos, por virtud de la inmediata proximidad geográfica, a acompañar en silencio su discreto funeral durante el velatorio en las instalaciones del IFEDEC, en aquella Navidad de 2009; como luego haríamos, en análoga situación, catorce meses después, con las honras fúnebres de su esposa e inseparable compañera, Doña Alicia Pietri de Caldera, en la vecina Iglesia de Santa Eufrasia de las Hermanas del Buen Pastor.

Algunos débiles intentos de procurar algún reconocimiento póstumo se fueron quedando en las intenciones, por nuestra poca capacidad para superar las adversidades de estos momentos tan poco históricos.  Y así llegamos al acto de hoy con las manos vacías. A pesar de ello, nos cabe la satisfacción de haber ido incorporando progresivamente a nuestro Consejo Consultivo a sus hijos Mireya, Rafael Tomás, Juan José, Cecilia y Andrés; además de haber contado durante todos estos años con la generosa entrega como profesores, conferencistas y autores de libros, a Rafael Tomás y Juan José. A todos ellos, hoy, junto con Alicia Helena acompañando a sus padres en la casa del cielo, nuestro agradecimiento acumulado por su mucho apoyo, y nuestras sinceras disculpas, por tan pobre retribución, de lo que me hago principalmente responsable. Pienso que esta desproporción, entre lo mucho que dan y lo poco que reciben, lamentablemente, ha sido muy frecuente en la familia Caldera-Pietri.

Por otra parte, es propicio y muy acertado que el acto sirva de marco para presentar una nueva serie del libro Moldes para la fragua, pues ¿no es acaso la mejor aspiración de la universidad servir de fragua de juventudes según los moldes de la sabiduría y el ejemplo de los grandes maestros? Cierto, habría que darle plasticidad a la analogía, para no identificar esos moldes con estructuras rígidas para el vaciado en serie, por el contrario, como lo sugiere la sobrecubierta de la tercera edición[2], un buen símil son los moldes de las letras de imprenta, con cuyas combinaciones se pueden hacer infinitas escrituras originales, diversas, plenas de novedosos sentidos. Eso se propone el autor «imprimir fisonomía a nuevos caracteres», pero donde la novedad sea renovación de la «empresa común», afincada en la «realidad propia», para que tenga «vigor de trascendencia», y no desaforado afán de destrucción para la fantasiosa  y criminal construcción – sobre las cenizas de tierra arrasada – de un falso hombre nuevo, que ni es hombre, ni es nuevo, sino engendro esperpéntico de un fracasado sistema de opresión. Por ello es que son eficaces y necesarios los ejemplos positivos, nobles, superiores de la propia tradición, para encontrar en ellos «el estímulo que tanto requiere hoy la nueva generación». Y la universidad es el lugar por excelencia para compartirlos.

I

Con ocasión de la presentación de su segunda edición, en 1973, Augusto Mijares, se refería a su autor, Rafael Caldera, – con admiración largamente deseada, en «emocionante suceso espiritual», diría – como la integración feliz «del intelectual y del hombre de acción, del pensador político y del político activo»[3], combinación extraña en los tiempos anteriores de la República, y que apenas comenzaba a aparecer después de 1936: pero en Caldera, comenzó siendo ya – en expresión de Mijares –  «una culminación», como esas obras señeras – La Ilíada, el Mío Cid, La Divina Comedia, El Quijote – que siendo primerizas en su género, fueron también su más perfecta y acabada expresión.

¿Acaso no había sido un testimonio premonitorio de esto que podríamos denominar culminación en el origen, aquella su primera obra, el Andrés Bello, excelencia biográfica que integraba la vasta obra del ilustre sabio de América, realizada por un joven de 19 años, y que no ha podido ser superada en toda la tradición bellista? Pero si tal fue el comienzo, el tiempo, largo y generoso de su vida, no hizo sino perfeccionar continuamente la personalidad más completa e integral de nuestra historia.

Como hombre político, no ha habido conjunción más admirable del doctrinario, que introduce y consolida la democracia cristiana en nuestro país y en la región, y el hombre de acción, que recorre el país para hablarle y escuchar a su gente, para hacerse cargo y responsable de sus necesidades – con frecuencia miserias – y de sus aspiraciones, y así, escribe textos fundamentales como La especificidad de la democracia cristiana y Los Causahabientes, funda dos partidos políticos y con cada uno de los cuales llega a la presidencia de la nación, para regir sus destinos durante dos quinquenios espaciados por veinte años; habiendo antes alcanzado en repetidas ocasiones la elección como diputado, desde la temprana edad de 25 años, y luego como senador vitalicio, presidiendo múltiples comisiones legislativas; y además se proyecta con un liderazgo internacional inmenso, como por ejemplo desde la Presidencia del Consejo de la Unión Interparlamentaria Mundial (1979-82). No hemos tenido entre nosotros una voz más largamente perseverante en la orientación del país ni más acreditada en nuestra representación internacional.

Como hombre de leyes, supo integrar como ninguno la doctrina y la experiencia, para que la ley fuera vida, ordenamiento del bien, nacido de las genuinas necesidades de las personas conviviendo en sociedad; y así, desde su graduación como Doctor en Ciencias Políticas y Jurídicas  en la Universidad Central de Venezuela, con los máximos honores de Summa Cum Laude, resultó un prodigio su tesis doctoral sobre el Derecho del Trabajo, referencia obligada por décadas en universidades nacionales y extranjeras, calificada por algunos expertos como el mejor texto de esta rama del Derecho, y cuya experticia resultaría determinante en la redacción de la Ley del Trabajo de 1936, que estará vigente hasta 1990, cuando el mismo dirigirá su reforma, como presidente de la comisión bicameral. Y la ejemplaridad de la Constitución de 1961, la que más tiempo ha sido respetada en nuestra historia republicana, por 39 años, y cuyo proyecto de reforma también dirigirá él mismo, hasta su presentación en 1992, aunque lamentablemente para el país, no alcanzó a aprobarse oportunamente. Solo por citar los ejemplos más eximios de las muchas iniciativas legislativas en las que participó o dirigió, desde la reforma del Código Civil a la nueva legislación sobre la nacionalización de los hidrocarburos.

Como hombre de universidad y academia, supo integrar admirablemente el estudio profundo, la investigación acabada, con la enseñanza generosa, expandida sobreabundantemente en alumnos, oyentes y lectores. Durante 25 años en la UCV y 15 en la UCAB, atendió con esmerada puntualidad, dedicación y entrega sus clases de Sociología y de Derecho del Trabajo, en las que no se consintió interrupción alguna, a pesar de sus muchas exigencias en la vida pública. Pero además, entre honores y compromisos, será reclamado para su aporte a las mas elevadas tareas académicas: Individuo de Número de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales, Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua, Miembro Correspondiente de la Academia Española de la Lengua, Académico Honorario de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de España, Presidente de la Comisión Especial de la ONU para la creación de la Universidad de la Paz, Miembro del Directorio de Georgetown University, profesor honorario de seis (6) universidades locales y trece (13) universidades extranjeras, Doctor Honoris Causa por cuatro (4) universidades locales y veintitrés (23) universidades extranjeras, de Alemania a China, de Bélgica a Estados Unidos, de París a Jerusalén, y de tantas universidades latinoamericanas. No ha habido entre nosotros sabio alguno con tantos merecidos reconocimientos y con tan responsable ejecución de sus compromisos académicos.

Como hombre de letras y palabras, su integración es fascinante y quizás cabe definirla con esa virtud que tanto apreció como distintiva suya: toda su obra, inmensa y variada, es sincera, dice lo que sabe, y sabe mucho y a profundidad, después de haber reflexionado con serenidad y largueza, pero escribe y habla para que le entiendan, de ser posible, a la primera. Decenas de libros (los dedicados a Bello, a Bolívar, a la democracia cristiana, a los temas legislativos, sociológicos), algunos con decenas de ediciones y de traducciones, cientos de artículos de prensa y folletos, cientos de programas de televisión, miles de entrevistas oficiales y encuentros personales, miles de discursos (muchos de ellos publicados), miles de mítines, miles de cartas aún por compilar. Santos, papas, reyes, presidentes, ministros, cancilleres, legisladores, políticos, también guerrilleros y dictadores, revolucionarios y ortodoxos, militares y caciques indígenas, misioneros, cantantes, pintores, músicos, comediantes, boxeadores, jinetes, toreros,  beisbolistas, atletas, – ¡qué esfuerzo para no caer en la tentación de incluir los nombres de todos ellos que pueblan el más vasto imaginario de la historia y vida del siglo XX! – gente de Iglesia, de finanzas, de cultura, de ciencia, del espectáculo, y gente de pueblo, gente nuestra, de alpargata y liquilique, en los miles de kilómetros recorridos, muchos de ellos repetidamente, por toda nuestra geografía humana, pero también gentes de mundo en sus mundos, en las Américas y Europa,  en China, en India, en el Tíbet, en Nigeria, en Egipto … y niños, muchos niños en compañía de doña Alicia.

Si no estuviera tan cercano, tan próximo, habiendo convivido nuestro tiempo y nuestro espacio, nos acercaríamos con incredulidad al portento de tan vasta producción y relaciones. El reconocimiento de mas de cincuenta (50) condecoraciones nacionales, incluyendo la Orden del Libertador, la Orden Francisco de Miranda, la Orden Andrés Bello, y otras tantas condecoraciones  internacionales, incluyendo las más distinguidas de casi todos los países latinoamericanos, y la Legión de Honor francesa, la Orden Isabel la Católica de España, el Gran Collar de la Orden Piana del Vaticano, el Gran Cordón del Mérito del Líbano, la Cruz del Árbol de Guernica del País Vasco, de Lituania, Rumania, Países Bajos, son testimonios elocuentes de admiración, pero apenas invitación a indagar con profundidad en su ejemplo y obra. Como los ojos deslumbrados de la lechuza aristotélica ante la claridad del sol, aun no somos capaces como individuos ni como sociedad, de acoger en todo su alcance tanta enseñanza y sabiduría, tanta palabra y tanta vida.

Quizás se echaría en falta, para el reconocimiento de tanto mérito público, algún palmarés deportivo, pero viene a llenarlo con abundancia su pasión y excelencia en el dominó.

Además, conviene referir esa integración vital mas medular, mas neurálgica, más frágil y más definitiva: la del hombre público y la del hombre de familia. Al portento de su obra pública, apenas incoado anteriormente, y de exigencias tan extraordinarias, supo entrelazar con serenidad sus responsabilidades y alegrías familiares. Aunque velado por la discreción propia de este ámbito, es de admirar su ejemplaridad como hijo, con la extraordinaria circunstancia de haber tenido dos padres y dos madres, como esposo en ese emblemático matrimonio con su inseparable compañera Doña Alicia Pietri de Caldera, por más de 68 años, y su ejemplar paternidad con sus seis hijos, posteriormente extendida a los nietos que alcanzó a conocer, a los que dedicó momentos entrañables en sus residencias de Puntofijo y luego Tinajero, así como en los espacios de vacaciones en Corralito y luego en Kavanayén, con los intermedios de las estancias en La Casona – excepcional dignificación de la residencia presidencial, casi siempre mancillada – y los pocos viajes, selectos, con propósitos claros de orientación paternal. Pero son historias de intimidad, que el afecto filial, irá develando oportunamente, como ya ha comenzado a suceder[4].

Y, como clave de arco de todas estas integraciones, su vida de fe. Vida de sacramentos, desde su infancia hasta el postrer momento de su existencia. Fe sólida, no «beatucona y rezandera», sino aquilatada por la enseñanza ignaciana, ordenada al compromiso real de amar a Dios en el prójimo, de servir sacando el máximo partido de las competencias propias, jalonadas por ese mismo espíritu de entrega eficaz. Pero a la vez, fe confiada, providencialista – «Dios es mas grande que un chaguaramo», repetía[5] , fe sencilla y fuerte. Y fe que enraizó todo en su vida, junto con su amor por Venezuela. Su labor pública ha sido el ejercicio más coherente de una vocación política entendida según S.S. Pío XI como la «excelsa forma de la caridad». Y serían incontables los servicios a la Iglesia, desde la temprana secretaría de la Juventud Católica Venezolana, y la asistencia legal a instituciones religiosas, hasta el aporte definitivo a templos y a iniciativas apostólicas.  Pero por encima de todo ello, no ha habido en nuestra región, ni siquiera entre el clero,  quien mejor haya expuesto, difundido y hasta innovado la doctrina social de la Iglesia. Y, como reconocimiento temporal – no por ello exento de gracia sobrenatural – él, que tuvo trato tan abundante y dilecto con papas, cardenales, obispos, hombres y mujeres de Iglesia, que incluso presentó un discurso de orden ante el colegio cardenalicio en el Vaticano (el primer seglar con tal distinción), tuvo también, como amigo entrañable, a San Juan Pablo II.

II

Pero el maestro Mijares, en aquella ocasión referida al comienzo, exalta al entonces Presidente de la República, al presentarlo – con sus cincuenta y siete años – como «todavía joven […] incorporado a esa eternidad de pensadores venezolanos [en los que] perdurará la continuidad espiritual de la Patria; lo que será siempre, en Venezuela, indestructible», y cuya obra toda está hecha «para largas esperanzas»[6]. Juventud, Patria y Esperanza, he aquí, en uno de sus tantos anagramas antropológicos, una certera caracterización de Rafael Caldera, que nos conviene tener especialmente presente en esta hora amarga de nuestro país.

Ya en 1935, todavía bajo la dictadura gomecista, a sus 19 años, aquella primeriza obra galardonada, se cerraba con el siguiente párrafo

Andrés Bello, cerebro y corazón americanos, constituye con su vida y su obra un ejemplo magnífico, y con su pensamiento una admonición que resuena en nuestros oídos y en nuestra conciencia. Recogerlos, estudiarlos amorosamente, no es solamente honrarle: es honrarnos nosotros, hombres jóvenes de las nuevas promociones de América. Es recoger nuestro legado. Es asumir nuestra responsabilidad histórica para desempeñar la función que Dios y nuestras Patrias – una sola en su alma y en su cuerpo – han echado sobre nuestros hombros.[7]

Vemos aquí como aparece explícitamente referida esta tríada al identificarse entre los jóvenes de las nuevas promociones americanas que asumen la responsabilidad de la Patria en la confiada esperanza que unas líneas atrás había señalado como

nuestra América mestiza, busca hoy con redoblada fe su camino […] los americanos estamos tratando de descubrir lo propio para afianzar sobre cimientos sólidos el primado de nuestro destino.

Y ese joven, inflamada la esperanza por la Patria, a los pocos meses, una vez fallecido el dictador, estará activo en la Federación de Estudiantes Venezolanos, desde la UCV, pero pronto descubrirá una singular intuición para su vida: la misión de introducir y fundamentar la democracia cristiana en la política del país, y para ello entiende que no la puede dejar ahogar en el radicalismo marxista que domina aquel grupo juvenil, y a las pocas semanas estará fundando la Unión Nacional Estudiantil que dirigirá con acierto, habilidad y una precoz madurez política, para convertirla progresivamente, en el corto espacio de diez años, en el principal partido de oposición, COPEI, frente al encumbramiento de Acción Democrática, con la revolución de 1945, hasta el punto de presentar su candidatura frente al insigne maestro Rómulo Gallegos, en las elecciones de 1947, habiendo sido elegido antes, con apenas 25 años, Diputado por Yaracuy, y habiendo sido corredactor de la Ley de Trabajo, sobre la base de su tesis doctoral, y habiendo participado intensamente en la redacción de la Constitución del 47. El sabe que está construyendo la patria nueva.

El vil golpe de Estado y la nueva dictadura fuerzan la pausa de la prometedora gesta política. El decide luchar, y la resistencia no es excusa sino motivo para aquilatar la formación. Espiado, amenazado, encarcelado, exiliado, no se doblega su ánimo. Es además el tiempo del matrimonio y del nacimiento de sus seis hijos, del ejercicio profesional y de la cátedra universitaria.

El mismo día de su regreso del exilio, 1 de febrero de 1958, recibido entusiastamente por una concentración popular en la Plaza Diego Ibarra de Caracas, en medio de exaltado discurso por la libertad recientemente recuperada, testimonia:

Los estudiantes de todas las universidades, oficiales y privadas, hermanados en un solo abrazo, salieron a dar el toque de clarín, salieron a avisarle a Venezuela que ya el momento había llegado. Ellos fueron el canto del gallo en la madrugada de la libertad […] Hemos ganado la batalla de la libertad. Tenemos que ganar ahora la batalla de la paz. Tenemos que ganar la batalla del trabajo. Tenemos que ganar la batalla de la grandeza de la Patria.

Aquí le vemos, veinticinco años después de aquella precoz referencia, enunciando la misma tríada: los jóvenes, representados en los universitarios del 21 de noviembre de 1957, la Patria y la esperanza en la conquista de la libertad, la paz, el trabajo y la grandeza. Dará continuidad entonces a lo que ya ha consolidado como su proyecto de vida, será candidato presidencial en el 1958, diputado nuevamente desde el 59 dirigirá la redacción de la Constitución del 61, volverá a ser candidato en el 63 y en el 68 será elegido presidente para el período 69-74, en el que a pesar de las limitaciones de un parlamento adverso y de restringidas condiciones económicas, logra hacer una ingente labor de gobierno, incluyendo la política de pacificación que dio nueva fisonomía a nuestra convivencia cívica, un nacionalismo que ordenadamente fue sentando las bases de nuestro ejercicio soberano de la administración sobre los recursos naturales y conformando con propiedad un bloque regional, un saneamiento de nuestras finanzas, un desarrollo de la educación, el empleo, la infraestructura y la vialidad que fueron perfilando un país moderno, y una política internacional basada en la Justicia Social Internacional y en la Solidaridad Pluralista. Es también la etapa de la internacionalización de su proyección, con la Presidencia de la Organización Demócrata Cristiana de América Latina y la de la Unión Mundial Demócrata Cristiana. Es la etapa también de las publicaciones doctrinarias.

Para 1980, veintidós años después de la anterior referencia, en aquella presentación de la tercera edición de Moldes para la Fragua, el tema es recurrente:

La fragua está encendida. Hay fuego de entusiasmo y calor de pasión en una Venezuela que renace. Fluida, para recibir forma, espera la aleación hirviente: una juventud en que se mezclan las experiencias y las ilusiones, las impaciencias y las desesperanzas. No hay lugar ni momento de reposo. Febril agitación nos urge, y un deber histórico nos exige el decidido empeño de forjar la nueva vida nacional.[8]

Nuevamente invoca la juventud en la esperanza para forjar la Patria nueva. Como senador vitalicio sigue entonces atento los desarrollos del país para ofrecer su voz orientadora, simultáneamente con múltiples reconocimientos y compromisos internacionales como la Presidencia de la Unión Parlamentaria Mundial. Asumirá la responsabilidad de dar nueva forma a la legislación laboral y constitucional que décadas atrás el mismo había forjado en participación destacada. Pero la preocupación por los destinos de la Patria se agudiza, y tanto en 1989 como en 1992, ante la gravedad de los acontecimientos, su voz se alzó única en singular acierto, «para decir lo necesario y decir lo suficiente», en expresión de Castro Leiva. Y retomará el compromiso de «forjar la nueva vida nacional» en esta renovada juventud.

Volverá a ser elegido presidente en 1994, y asumirá un gobierno en medio de la más profunda crisis financiera, política, social y moral que había vivido la República, y que se irá agravando con las incidencias de factores externos, el desnaturalizado liderazgo de unos partidos que había vuelto la espalda a las circunstancias del país, mas empeñado en conservar prebendas del poder que en ejercitar la conducción de la Patria, unos sectores profesionales que querían mantener su pretendida integridad al margen de la política, unos medios de comunicación afanados en la crítica destructiva cuando no el vilipendio del espectáculo bochornoso, y una turbulencia de fondo alimentada por el odio político y la traición patria del enemigo interno de siempre.

Mucho hizo, haciéndose acompañar de la más amplia y diversa participación que haya tenido gobierno alguno en el país,  para que «en sus manos no se perdiera la República». Y luego de entregar el gobierno, en circunstancias tan complejas, aquejado ya por la enfermedad que habría de llevarle a la tumba, pero en la que conservó la lucidez de su mente y de su espíritu, lo cual agudizaría el dolor de compartir la otra enfermedad de su compañera inseparable, nos dejará en Los Causahabientes la renovada motivación de su vida, con la pasión de siempre:

Mientras mas conozcamos a Venezuela, mas la amaremos; mas nos enorgulleceremos de sus éxitos y realizaciones, mas nos doleremos de sus penalidades y fracasos. Mas nos comprometeremos a trabajar para que viva como su pueblo anhela[9].

Cerramos estas atrevidas parábolas vitales para dar razón de coherencia temporal en aquella caracterización de Mijares, y así, otros veintinueve años después de la referencia anterior, en 2009, 74 años después de aquel pensamiento germinal en el Andrés Bello, Caldera consigna en su último mensaje[10], casi al inicio

Encuentro, además, ahora una ocasión de esperanza. Esperanza apoyada en los ideales que nos alimentan y que toma cuerpo en la nueva juventud de la patria.

y casi al final del mismo breve texto, reitera

Me llena de esperanza para el porvenir de nuestra nación la conciencia clara de que hay una nueva juventud que lucha por la libertad y quiere cambiar los actuales rumbos negativos.

Quizás habían llegado a su lecho de convaleciente, en Tinajero, los ecos tenues de un griterío con el que los estudiantes de la cercana Universidad Monteávila, en aquellos días de finales de mayo del 2007, hace por estos mismos días nueve años, tomaban ocasión del cierre de RCTV, para manifestarse contra un gobierno despótico, ya consolidado en su plan de la destrucción institucional del país, de la vil sedición de la convivencia social, y de la entrega traidora de la patria en manos de tiranías locales y extranjeras, de la más brutal y feroz delincuencia y de la más ignominiosa corrupción que nuestra breve historia haya conocido y sufrido. Comenzaba entonces una represión criminal contra el naciente Movimiento Estudiantil, en un crescendo brutal hasta los primeros meses de 2012, en rabioso ensañamiento que no olvidaba la derrota que los estudiantes le habían propinado en el referendo constitucional del 2007.

Y si tras cada una de las citas mencionadas anteriormente hemos visto a un Rafael Caldera emprender animoso la lucha por la Patria, tras esta última cita lo hemos visto partir a la Casa del Padre, acompañado prontamente por su esposa Alicia. ¿No será su intercesión ante el Señor, su renovada manera de construir la Patria buena, la Venezuela «del desarrollo en libertad, justicia y paz», como lo intentó siempre, una y otra vez, aquí en la tierra? ¿Será que además del ejemplo de su vida, la sabiduría de su obra y el estímulo de su pensamiento, los venezolanos podemos contar con su eficaz mediación espiritual para sostener y triunfar en la lucha por esa Venezuela, noble y buena? Si así fuera, ¿qué nos puede detener en la gesta de sacudirnos el yugo de este terrible despotismo que hoy nos agobia, y volver a construir con entusiasmo renovado la república civil con mujeres y hombres virtuosos? ¡Juventud, Patria y Esperanza!

Tiene razón Rafael Tomás Caldera[11] – siempre la tiene en lo esencial, porque sabe ver con el corazón – al afirmar con abundantes argumentaciones, que no podremos construir el futuro de Venezuela en democracia, libertad y justicia, sin recoger el legado de Rafael Caldera, y es que él, definitivamente, es el mejor molde para nuestra fragua.

Epílogo, muy personal

Cuando hace dos semanas me encomendaron la tarea de preparar esta intervención, me encontraba angustiado por graves problemas personales y por la trágica realidad que nos agobia y las aún mas graves amenazas que se ciernen sobre el país. Me sentía desolado e incapaz de asumir el compromiso. A la vez, entendía que no podía rechazarlo, porque aquí en la universidad, nadie hay quien admire tanto a Rafael Caldera y quiera tanto a la familia Caldera-Pietri. Pero, mi esposa y yo, también tenemos un hijo que se llama Rafael Tomás, y me dijo «Papá, es la ocasión para orientar y recordarle a la gente como era la Venezuela buena, una oportunidad para dar optimismo, y para honrar al papá de un gran amigo, de unos grandes amigos». Eso he intentado hacer.

Muchas gracias.

Notas y referencias

[1] Estuvo presente en Agosto 2001 para atender una breve reunión personal con el Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, con ocasión de su visita a la universidad.

[2] Caldera, R. Moldes para la Fragua. Editorial Dimensiones, Caracas, 1980. 3a edición

[3] Mijares, A. «A manera de prólogo». En R. Caldera Moldes para la Fragua. Editorial Dimensiones, Caracas, 1980. 3a edición, p. 8.

[4] Caldera, Juan José. Mi Testimonio. Editorial Libros marcados. Caracas. 2014. 221 pp.

Caldera, Andrés. http://www.abcdelasemana.com/2012/06/29/el-abc-de-andres-caldera-pietri-hijo-del-ex-presidente-caldera/

[5] Caldera, Andrés. Ante la tumba de mi padre. Folleto. Caracas. 2010.

[6] Mijares, A., op. cit., p. 8

[7] Caldera, R. Andrés Bello. Editorial Dimensiones, C.A. Caracas. 7a edición. s/f

[8] Caldera, R. «Dintel». En R. Caldera. Moldes para la Fragua. Editorial Dimensiones, Caracas, 1980. 3a edición, pp. 9.

[9] Caldera, Rafael. Los Causahabientes. Editorial Libros marcados. Caracas. 4a edición. 2008. 174 pp.

[10] Caldera, Rafael. «Último mensaje». Difundido con ocasión de su fallecimiento el 24 de diciembre de 2009

[11] Caldera, Rafael Tomás. «La lección perenne de Rafael Caldera». El Universal, Papel literario. Caracas. 21 de Febrero de 2016.