Rafael Caldera en la Universidad del Zulia, 1958.
Rafael Caldera recibe el título de «Profesor Honorario» de manos del rector de la Universidad del Zulia, Antonio Borjas Romero.

El Zulia: Caso ejemplar de vida regional

Discurso al recibir el título de Profesor Honorario de la Universidad del Zulia, en el Paraninfo de esta casa de estudios, el 20 de octubre de 1958.

 

Honra insigne, ésta, de aquellas que no se pueden solicitar ni declinar; inapreciable galardón, que colma el pecho con ancha sensación de plenitud; noble distinción inmaterial, que me vincula para siempre con este hogar de extensa irradiación, símbolo de los mejores anhelos de una tierra fecunda, cuya aportación a la comunidad nacional, abundante en cifras de producción mineral y agropecuaria y en movimiento mercantil, mayor ha sido en calidad humana, en adhesión a los títulos excelsos de la patria, en culto a los supremos valores del espíritu.

Generosa iniciativa de su estudiantado de Derecho, voto enaltecedor y unánime de sus autoridades académicas han hecho de mí, para satisfacción entre las más altas que he tenido o podré tener en mi vida, Profesor Honorario de esta Ilustre Universidad. Adquiero así un derecho moral de participación en la vida de este Instituto que honró con su bondad y con su ciencia el sabio Ochoa; que animó con su verbo elocuente el Dr. Delgado; que adornó Chaves con su inspiración artística. Adquiero un título para recorrer como propios estos claustros que se enaltecieron bajo los rectorados de Bustamante, y Montero, y López Baralt, y Serrano, y Rincón; y que, cerrados bajo una dictadura que tuvo la triste función de clausurar centros de alta cultura, se reabrieron bajo la dirección entusiasta de Jesús Enrique Lossada y han continuado firme ascenso bajo el rectorado de los otros distinguidos universitarios que los han dirigido.

Sin méritos suficientes para ello, pero por obra de vuestra generosidad, puedo sentirme, de ahora en adelante, miembro, aunque humilde, de la vasta parentela vinculada a la gran familia de Baralt, de Semprún, de Yepes y Udón Pérez; y pensar que Sánchez Rubio, Ildefonso Vásquez, Octavio Hernández, Marcial Hernández, Ismael Urdaneta, y tantos otros valores representativos del pensamiento y de la pluma que enaltecieron con su obra el patrimonio moral de nuestra patria, reflejan su luz sobre una casa que por bondad de ustedes podré desde este momento y para siempre llamar mía.

Al recibirme en este hogar señero, creo propicio el momento para meditar sobre la importancia que tiene el Zulia dentro de Venezuela, y sobre la significación que el hecho regional tiene para el progreso nacional. Porque no se puede tener cabal  idea de lo que Venezuela constituye como estructura nacional y de sus posibilidades futuras, sin apreciar lo que es el Zulia y lo que el Zulia representa en la vida venezolana.

Ha habido generalmente entre nosotros una especie de falso pudor para estudiar la naturaleza e importancia del fenómeno que lleva el nombre de región dentro de la vida de un Estado nacional. No sé cuál sea la causa. Tal vez, la falsa idea de lo regional como negación de la unidad; cuando lo cierto y verdadero es que el sentimiento regional bien orientado, y el fortalecimiento y el progreso regional, constituyen factores de carácter fuertemente positivo para el adelantamiento nacional.

El fenómeno regional en Venezuela, tiene en esta región un desarrollo magnífico. No sólo por el hecho histórico de que aquí mismo, a la orilla de este maravilloso lago, nació en las pupilas de Ojeda la visión del país; no sólo por la circunstancia de que su procerato, encabezado por la acerada figura de Urdaneta, a ninguno cedió en el amor sin límites por la patria naciente; no sólo por la coincidencia feliz de que un zuliano de valor ecuménico, cada uno de cuyos escritos era pieza antológica, fuera el primero y más afortunado en escribir la historia de la patria, cerrado el ciclo de la gesta magna; sino porque el zuliano es un nacionalista a ultranza, que no entiende su patria chica sino en la patria grande, cumpliendo una función puntera en el campo social, cultural y económico.

La región no es invención diabólica. Es desarrollo natural del instinto social de los hombres, que se van integrando en comunidades orgánicas para satisfacer necesidades de su vida material y de su espíritu. Tan absurdo sería decir que la región es enemiga de la patria, como pudiera serlo afirmar que la familia es un obstáculo para el acercamiento vecinal, o que el municipio sano y fuerte es una traba para el desarrollo de las comunidades más vastas. Hablemos, pues, de ella como lo hacía en Italia tiempo atrás el gran Sturzo: «como una unidad convergente, no divergente, del Estado… no como una eventual o burocrática o sistemática división de territorio… sino… como una realidad existente y viva en la unidad nacional» (Luigi Sturzo, I Discorsi Politici, Roma, 1951, Instituto Luigi Sturzo, p. 155).

El concepto de región es fecundo. Su comprensión exacta puede ayudar poderosamente a armonizar intereses e impulsar soluciones de largo alcance para los problemas nacionales. En Venezuela se ha evitado hablar de la región, mientras se ha gastado caudales de tinta y hasta vertido torrentes de sangre discutiendo sobre federalismo, un federalismo esquemático, formalista y uniforme, cuyas hondas raíces en el sentimiento popular no ha bastado para comunicarle vida lozana y firme. Mientras las discusiones pro y anti-federalistas han conducido a sistemáticos ensayos de posiciones contrapuestas, no se ha abierto camino a una progresiva y diferenciada autonomía regional, cónsona con los medios que hagan posible en cada caso el desenvolvimiento genuino de la vida de cada región.

Ejemplo interesante del estudio de la integración regional en el Estado nacional es, entre los más recientes ensayos europeos, el de la Italia de Post-Guerra. No digo yo ni por un momento lo he pensado siquiera que el grado de intensidad entre nosotros del fenómeno admita comparación remota con el de las regiones italianas, entre las cuales hay hondas diferencias de historia, de vida y aún de lenguaje. Creo, por el contrario, con O’Leary, que por encima de las tendencias localistas ha habido siempre en Venezuela una bien cimentada aspiración a la unidad. Los matices diferenciales son, de hecho, más tenues cada día. Pero es conveniente observar cómo en la constitución italiana vigente, rechazado el sistema federal por estimarse demasiado radical y hasta tendiente «a una neta transformación o a una desintegración, al menos temporal, de la estructura del Estado», se adoptó un amplio sistema de autonomía regional, cuyo grado sería excesivo en Venezuela a pesar de nuestro teórico carácter federal.

Comentando el regionalismo constitucionalmente adoptado, en una obra sobre la Constitución de la República Italiana de 1947, un profesor formula comentarios dignos de meditarse: «Respecto –dice– a la objeción que ha sido opuesta a la idea regional por quienes la consideran anti-histórica por contrastar con la tendencia unificadora que se afirma generalmente en el campo político y en el campo económico, es de observar que la tendencia unificadora se manifiesta y es útil principalmente en relación con los objetivos y fines generales que deben obtenerse, pero no en relación a los medios de ejecución y de los organismos político–administrativos que ésta presupone. Ahora, cuando entre nosotros se habla del sistema regional, no se piensa ni aún remotamente en desconocer la necesidad de los fines generales, unitarios, que el Estado debe, conforme a su esencia, determinar y perseguir con firmeza y continuidad en el interés supremo de toda la Nación; pero se quiere hacer referencia a los medios, a los órganos más adecuados para alcanzarlos mejor y más expeditivamente, con menor desgaste de fuerzas y con su cooperación más eficaz y, por tanto, con mayor rendimiento. El sistema regional es medio para un fin; la región como ente intermedio entre el Estado y las comunas, debe cumplir esta tarea notable de valorización de las fuerzas locales, dentro del cuadro y de los intereses generales del Estado» (Prof. Vincenzo Carullo, La Costituzione della Repubblica Italiana, Bologna, 1950, p.373).

Rafael Caldera y Nectario Andrade Labarca.
Rafael Caldera durante su discurso en el paraninfo de la Universidad del Zulia. Al fondo aparece Nectario Andrade Labarca, decano de la Facultad de Derecho.

El Zulia constituye, en Venezuela, caso ejemplar de vida regional. Su estructura como región no depende solamente de una definida circunstancia geográfica, sino de una integración histórica, forma común de vida, matices temperamentales y comunes aspiraciones, sentimientos e ideas. Asegura su vida regional la existencia de una gran metrópoli, definida cada vez más como una impresionante urbe moderna, con vida propia, centro de convergencia de intensas actividades, fuerza motriz de impulsos sostenidos de progreso.

El crecimiento demográfico va parejo, más que en otras comarcas, con la diversificación económica y el adelanto técnico. El comercio no es actividad artificial, sino desarrollo natural de una economía en pleno ascenso. No hay, sin duda, en nuestra patria otro ejemplo de unidad regional más completa, con fisonomía más marcada, con estructura más orgánica. Y al mismo tiempo, para bien del futuro promisor de la nación, el zuliano no deja vencerse por ningún otro venezolano en el amor apasionado por la patria. Si Venezuela nació entre los palafitos que aún sobreviven en Santa Rosa de Agua, está presente como el primer amor en el corazón de todos los zulianos.

No ha sido el petróleo (sobre el que se hace recaer todo lo que ocurre en el país) el que le dio a Maracaibo y a la comunidad zuliana un puesto de avanzada dentro de la existencia nacional. Antes del petróleo fue el Zulia y el Zulia sigue siendo, con el petróleo o sin el petróleo, gracias al petróleo y a pesar del petróleo, fuerza dinámica de primer orden y gran reserva humana en el inventario común. Su cultura gozó de justa fama hasta el otro extremo de los confines patrios. Más bien señalan los observadores que el impacto de la revolución económica causó perturbaciones en el movimiento cultural, ahora superadas francamente.

En 1898, la Redacción del «Boletín de La Universidad del Zulia» estaba en calificar aquella época como «de florescencia intelectual y que promete al Zulia triunfos y laureles gloriosos en los florecidos campos del saber».  Hoy, a los sesenta años, con lenguaje menos labrado, más a tono con el vocabulario de este tiempo, podría expresarse igual concepto afirmando que la vida universitaria y científica se encuentra a la altura del desarrollo cultural y técnico.

Más de ochocientos mil venezolanos y numerosos extranjeros viven hoy en el Zulia en una afanosa actividad, que no se contenta con los resultados obtenidos por cuantiosos que sean, sino que marca a cada paso nuevos hitos de superación. Nativos de otros Estados de la República acuden cada día a engrosar el número de sus habitantes, mientras el Zulia presenta el índice de emigración interna más bajo en toda la República.

Los zulianos han demostrado que la economía petrolera puede armonizarse con el desarrollo de una economía agropecuaria, logrando renglones que cuentan entre los más altos en las estadísticas nacionales. Sus hombres de empresa hacen empeño en modernizar y racionalizar sus actividades, tanto las que dependen de la tierra, como las relativas a ramos industriales, que aumentan continuamente como feliz prenuncio de una Venezuela moderna. Sus trabajadores adquieren cada vez mayor conciencia de sus derechos y de sus funciones, se organizan mejor en poderosos sindicatos, orientan la vida de éstos hacia senderos francamente constructivos y tienen a orgullo el que su esfuerzo sea elemento de primera línea en la conquista de un más alto nivel de producción.

No hay quien se acerque a esta región con ánimo desprevenido y escape de admirar su pujante vigor. Si sus ciudades han crecido, hasta por la fuerza de los hechos, y presentan los aspectos brillantes y oscuros inherentes al fenómeno urbano en el mundo moderno, sus campos se abren a la esperanza de una vida nueva, con base bien fundada en su potencialidad económica. El humo de las chimeneas, el girar incesante de las cabrias, el afluir de sus productos a los mercados, el movimiento de barcos y vehículos, no serán un obstáculo sino incentivo para fortalecer su aportación intelectual y moral. Todo el país debe mirar al Zulia como un ejemplo interno, como un estímulo propicio para que cada uno haga dentro de su propio terruño cuanto esté en su mano para cumplir en la porción de patria colocada a su alcance la obra reclamada por la historia, por el destino y por la hora decisiva que vivimos.

Si es deber que no admite excepciones para todos los compatriotas nacidos en otras regiones, cultivar una intensa simpatía por el Zulia, prohijar su justa aspiración por recibir mayor atención de parte del Estado venezolano y abrir cauce al reconocimiento de una más amplia autonomía, en la medida compatible con el interés nacional, ese deber es imperioso para quienes, además de los motivos generales, tenemos empeñada nuestra gratitud por la generosidad especial con que esta tierra pródiga ha tenido la benevolencia de distinguirnos.

Al recibir, señor Rector y autoridades universitarias, el honroso título de Profesor Honorario de este Ilustre Instituto, no encuentro palabras para expresar mi gratitud, agolpada en torrentes que desbordan mi corazón reconocido.

A más de mi hondo afecto por el Zulia, forjado en largos años, acendrado por amistad fraterna con hombres representativos de las virtudes de su pueblo, y acrisolado en momentos de intensa emoción colectiva, tendré de hoy y para siempre un nuevo deber con esta tierra, cuya Alma Mater, foco ardiente y brillante de su pensamiento, me recibe como miembro honorario de su cuerpo docente.

En su carta poética a Udón Pérez, Andrés Eloy Blanco consignaba en dos líneas lo que es el Zulia cuando abre sus brazos a quien gana su aprecio:

 

y Maracaibo, noble, como una buena mano

que sabe abrir la Barra si el que viene es hermano.

 

Aquí estoy, pues, con la pretensión de que para llegar hasta este Paraninfo, Maracaibo me ha abierto su Barra, porque me sabe hermano. Hermano, compañero, seré un zuliano más, no el de más mérito pero tampoco el menos fervoroso.

Mi corazón agradecido no puede sino pensar con alegría en la posibilidad de servir a quienes de modo tan gallardo han dispuesto exaltarme con esta honrosa distinción.

En sus autoridades universitarias, en sus profesores y en sus estudiantes, coloco, con mi profunda gratitud, el compromiso indestructible de mi devoción y de mi afecto.

Muchas gracias.

Rafael Caldera profesor honorario de la Universidad del Zulia
Rafael Caldera recibió el título de «Profesor Honorario» de la Universidad del Zulia el 20 de octubre de 1958.