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50 años de Doña Bárbara (Prólogo)

 

Prólogo a los 50 años de Doña Bárbara.
Dr. Rafael Caldera.
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 Prólogo a los 50 años de Doña Bárbara

Mi primer recuerdo personal de Rómulo Gallegos se remonta a julio de 1929. Era yo entonces un muchacho de trece años y presentaba mis exámenes de segundo año de Bachillerato. Alumno de los jesuitas del Colegio de San Ignacio, nos llevaban a pasar el duro trago de las pruebas escrita, oral y práctica ante examinadores severos, afamados y que no nos conocían, conjuntamente con los estudiantes de los liceos y otros colegios, oficiales y privados. Recién llegado de la provincia, donde había vuelto —después de dos años y medio en Caracas— y donde había terminado la primaria; menor en edad que la mayoría de aquellos con quienes compartía el angustioso trance, y con la sensación de inferioridad que los alumnos de colegios religiosos teníamos frente a los jurados examinadores y a nuestros compañeros de los liceos oficiales (que habían tenido por profesores a los mismos que nos iban a examinar), mi actitud era, más que todo, de observación y de cautela.

Los exámenes de aquel año, en el viejo edificio de San Lázaro, se iniciaron con acontecimientos extraños. Seguramente, la influencia de lo que había pasado el año anterior, con la Semana del Estudiante y la aparición súbita de la llamada generación del 28, y los acontecimientos del mismo año 29 (abril, sublevación de la guarnición de Miraflores y asalto al Cuartel de San Carlos), habían conmovido los ánimos, pero la agitación existente no era precisamente política. Se trataba más bien de que los jurados se habían mostrado rigurosos y los alumnos habían exteriorizado sus protestas en diversas formas, una de ellas, que recuerdo en forma muy gráfica, el incendio de uno de los grandes árboles del patio del edificio, el cual, consumido por las llamas quedó medio sostenido por la platabanda del segundo piso, justo sobre la baranda que daba al jardín.

Las autoridades educacionales, buscando calmar los acontecimientos para que no derivaran en situaciones mayores, enviaron a un comisionado especial: un hombre alto, adusto, cuyo nombre venía aureolado de prestigio y por quien los alumnos más revoltosos, que provenían del antiguo Liceo Caracas o Liceo Andrés Bello, sentían, al mismo tiempo que afecto, admiración y respeto. Ese hombre era Rómulo Gallegos y su presencia logró los resultados que se deseaban. Con carbón proveniente del mismo árbol incendiado, alguno de los revoltosos, en forma anónima, puso un gran letrero en la pared: Viva Gallegos, el Pacificador.


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