Nelson Villasmil, en su libro La opinión pública del venezolano actual 1989-1994, señala cómo en enero de 1990 Rafael Caldera fue escogido como «el líder más confiable» entre veintisiete representantes de los tres principales partidos.

Para septiembre de 1991, ante la pregunta «¿Por cuál candidato votaría usted o cuál preferiría que gane?, Caldera obtuvo entre la población general 39% frente a Eduardo Fernández con 38%. Comenta Fernando Egaña: «Caldera gana las elecciones presidenciales de 1993 con el 32% de la votación. Una cifra de apoyo más o menos correlativa a la que ya tenía antes del 4-F. Todo lo cual puede ser verificado en el compendio estadístico publicado por Mercanálisis y la Cátedra Fundacional Carlos Eduardo Frías de la UCAB» («¿Resucitó el 4-F?», El Globo, 3 de julio de 2002, p. 25).

Hay que tener en cuenta que el 1° de marzo de 1989, con ocasión de los disturbios públicos en el llamado Caracazo, Caldera pronunció un importante discurso en el Senado de la República, que fue retransmitido por los medios de comunicación social. En esa oportunidad, llamó a encender la luz de la razón y a emprender un diálogo constructivo. Su palabra fue clara al reclamar coherencia en la acción gubernamental y fe en el pueblo.

Dijo en esa ocasión: «No se le puede pedir sacrificio al pueblo si no se da ejemplo de austeridad. La austeridad en el Gobierno, la austeridad en los sectores bien dotados es indispensable, porque decirle al pueblo que se apriete el cinturón mientras está viendo espectáculos de derroche, es casi una bofetada; la reacción es sumamente dura». Y recordó un poco más adelante: «En el primer periodo de la democracia, el pueblo trabajador, el pueblo sano, estaba por defender el sistema; sufría, pero sentía que ese sistema era su garantía, que ese sistema era su apoyo fundamental.

No debemos dejar que esto se pierda. Estamos en peligro de perderlo y, ¡ay!, cuando se pierde esa relación entre el pueblo y sus dirigentes ¡qué difícil es restablecerlo! Se abre el campo para los demagogos, para los ambiciosos, para los especuladores, que no llevan en el fondo una sana intención de beneficio nacional».

El mensaje de Caldera en esa ocasión contribuyó a restablecer la confianza. Hizo luego una visita al Presidente Carlos Andrés Pérez en el Palacio de Miraflores, para ratificar el apoyo a la institucionalidad, sin dejar de insistir en su llamado a la reflexión y al diálogo (Ver El Nacional, 16.3.1989, D/1. Y El Universal, 16.3.1989, 1/12, así como el 19.3.1989 donde se reseña el viaje de CAP a la reunión del Centro Carter en Atlanta, con Rafael Caldera como su invitado especial).

Cuando toma la palabra el 4 de febrero de 1992, tras el intento de golpe de Estado por parte del grupo de comandantes que encabezaba Hugo Chávez, insiste en la defensa de la democracia y señala —con la crisis de la institucionalidad— la importancia de rectificar el rumbo de una dirección de la economía que conducía al país por el camino de la confrontación social y política.

El analista político Luis Enrique Alcalá (doctorpolitico.com), quien no deja de señalar sus diferencias con la posición de Caldera respecto al sobreseimiento de los golpistas, escribió: «En efecto, Rafael Caldera pronunció uno de los mejores discursos de su vida en horas de la tarde del 4 de febrero de 1992, premunido de su condición de Senador Vitalicio. De nuevo la simpleza atribuye a este discurso su triunfo electoral de 1993, que se debió mucho más a otros factores de muy diversa índole (como que venía —era prácticamente el único dirigente nacional de importancia que lo hiciera— de varios años de coherente oposición a la receta «ortodoxa» del Consenso de Washington, administrada sin miramientos por Carlos Andrés Pérez).

De nuevo el simplismo político tiene por dogma que Caldera se colocó con sus palabras en connivencia con los conjurados. Esto es una tontería. La condena de Caldera al golpe no deja lugar a equívocos: «…la normalidad y el orden público están corriendo peligro después de haber terminado el deplorable y doloroso incidente de la sublevación militar (…) Yo pedí la palabra para hablar hoy aquí antes de que se conociera el Decreto de Suspensión de Garantías, cuando esta Sesión Extraordinaria se convocó para conocer los graves hechos ocurridos en el día de hoy en Venezuela, y realmente considero que esa gravedad nos obliga a todos, no sólo a una profunda reflexión sino a una inmediata y urgente rectificación (…) Debemos reconocerlo, nos duele profundamente pero es la verdad: no hemos sentido en la clase popular, en el conjunto de venezolanos no políticos y hasta en los militantes de partidos políticos ese fervor, esa reacción entusiasta, inmediata, decidida, abnegada, dispuesta a todo frente a la amenaza contra el orden constitucional».

No había comenzado el quinquenio de Rafael Caldera cuando fue intervenido por el gobierno de Ramón J. Velásquez el Banco Latino, lo que se convirtió en la punta del iceberg de un sistema financiero devastado por la irresponsable administración de no pocos banqueros, una inadecuada supervisión por parte del Estado y los impactos de la incertidumbre política.

El periodo 1994-1999 fue parecido a un chinchorro al revés. A diferencia de la mayoría de los gobiernos cuya época más difícil suele estar en el medio, este se inició y concluyó con sendas crisis de gravedad inédita. Tanto la crisis financiera del 94-95, como la petrolera mundial de 1998, tuvieron graves consecuencias. La crisis financiera venezolana fue, en términos relativos, 30 veces mayor que la crisis bancaria de Estados Unidos en 1989. Su manejo suscitó mucha polémica. Se señalaba que el Estado no debía responder por los desfalcos. Pero lo cierto es que tres millones y medio de ahorristas lograron salvar el producto de su trabajo.

¿Qué habría pasado si esto no hubiera ocurrido? A la vuelta de tres años se había logrado recuperar la confianza del público, se habían privatizado bancos como el Banco de Venezuela y el Banco Consolidado, se habían rescatado activos en manos de Fogade, y se había estabilizado el orden financiero. Lo ocurrido en los Estados Unidos a finales del 2008 y a lo largo del 2009, cuando estalló la burbuja inmobiliaria y se produjo una crisis financiera de magnitud mundial, obliga a reflexionar con serenidad sobre la cuestión de los auxilios financieros. Es sabido cómo el gobierno de Barack Obama se vio constreñido a un inmenso bailout de grandes instituciones bancarias para impedir una recesión de alcance incalculable en el mundo.

El 20 de abril de 2001, escribió Caldera al periodista Juan Carlos Zapata, por un artículo suyo en el diario TalCual. En esa carta, que reproducimos a continuación, se encuentra una respuesta completa, de su propia mano, a la pregunta. «Estimado Zapata: El periódico TalCual, del que soy asiduo lector, en su edición del martes 17 de los corrientes [2001], trae un artículo tuyo intitulado “Las memorias de los jarrones chinos”, en el cual se lee: “¿Se justifica que Caldera no revele como negoció el indulto a Chávez?”.

Debo decir que yo no “indulté” a Chávez. Ordené el sobreseimiento del proceso, que no es lo mismo y que no lleva consigo un juicio de valor, como lo dije en mi discurso de salutación a la Guarnición de Caracas, en la Plaza de las Escuelas Militares, en diciembre de 1998.

El sobreseimiento no envuelve perdón: es una medida extraordinaria, que el Código de Justicia Militar pone en manos del Presidente de la República por razones de interés nacional. La reunificación de las Fuerzas Armadas y la paz de la Nación me aconsejaron adoptarla. Era la opinión general. No hubo lo que habría podido interpretarse como un “voto salvado”. Por eso dije en mi discurso de la Guarnición: nemine discrepante, usando la clásica expresión académica. Las manifestaciones de disidencia vinieron después. Sobre todo, a partir de 1998.

También debo decir que el sobreseimiento a Chávez no fue “negociado”. Fue concedido por una decisión mía personal, largamente analizada y meditada, después de haber sobreseído el juicio —con general beneplácito— a los más calificados actores de la rebelión militar de febrero de 1992. Hecho en el cual, por cierto, la participación televisada de Chávez no fue precisamente para alentar la violencia, sino para pedirles a sus camaradas que depusieran las armas y se rindieran.

Si de “negociar” quiere hablarse, la única condición que se puso fue el paso a retiro por propia solicitud, previo al sobreseimiento, porque no consideré admisible que después de lo ocurrido volviera a las Fuerzas Armadas. Esto que aquí expreso, lo he dicho ya en más de una oportunidad. En cuanto al triunfo electoral de Chávez en 1998, es difícilmente atribuible al sobreseimiento de 1994.

Es cierto que el corte del proceso le dio sus derechos políticos. [Como se sabe, de haber sido condenado penalmente, podía haber recibido como pena accesoria la privación de los derechos políticos, durante el tiempo de su condena. Ver supra, El sobreseimiento de Chávez, n. 1] Pero fueron otros factores los que lo llevaron a una victoria que no se vislumbraba en lontananza cuando recobró la libertad. La mejor evidencia de ello es que al salir de la prisión predicó la abstención electoral.

Valdría la pena pensar cómo se habrían desarrollado los acontecimientos si se hubiera retardado el fin del proceso, con todos sus compañeros de aventura en libertad. Por lo demás, no veo qué podría haber obtenido yo, como beneficio, en ese supuesto “negocio”. Yo no voté por Chávez. No he apoyado ninguna de las maniobras de su asalto al poder. Cargo con mi cuota del pasivo que Chávez ha echado sobre las espaldas de los venezolanos. Estoy en mi país, de pie, como antes. Sigo creyendo en Dios y en mi pueblo. Atentamente».

Al responder (en abril de 2003) a unas preguntas del diario El Informador, de Barquisimeto, Caldera explicaba lo siguiente: «En el caso de los hechos ocurridos el 4 de febrero de 1992, ya habían transcurrido el final del gobierno de Pérez y el gobierno del Presidente Ramón Velásquez y se había hecho manifiesta la tendencia de la opinión pública a que se pusiera en libertad a los sublevados.

En el proceso electoral de 1993, yo fui el único de los candidatos presidenciales que no prometió en su programa de gobierno la libertad de los culpables. No quise comprometerme sino quedar en libertad de decidir lo que al análisis de los hechos demostrara ser más conveniente al interés nacional». Y añadió: «Cuando salió en libertad, Chávez tenía una modesta popularidad, apenas menos del 6 % de popularidad, y cuando se lanzó a hacer campaña por la abstención contra las elecciones regionales del 95, la opinión le dio un rotundo rechazo.

Francisco Arias Cárdenas desafió su ira lanzándose de candidato a la Gobernación del Estado Zulia y ganó la elección. Fue después, cuando avezados políticos convencieron a Chávez de la conveniencia de buscar la vía electoral, y fueron incontables los venezolanos, unos de buena fe por la ilusión de un cambio, otros por intereses personales y de grupo, que hicieron del Comandante Chávez el candidato triunfador.

Yo no voté por él. Al contrario, el rumor que hicieron circular los propios partidarios de Chávez fue el de que yo miraba con malos ojos su campaña y hasta han llegado a sugerir (el mismo Chávez lo ha hecho) que favorecía la idea de un golpe de estado para impedir que tomara el poder si llegaba a ganar las elecciones.

Lo increíble es que personas que le dieron caluroso apoyo, y medios de comunicación que lo ampararon y le hicieron la campaña, han llegado a sugerir que Caldera es el culpable por haberlo puesto en libertad. Lo cierto es que de no haberle dado la libertad no habría podido tampoco prohibirle su candidatura porque la Ley no concibe esa sanción para ese tipo de delito».

Para la fecha, Caldera se hallaba retirado de la política. Apenas escribía una columna cada dos semanas, titulada «Reflexiones de Tinajero», en el diario El Universal. No tuvo participación alguna en los sucesos de abril, lo que su salud, por otra parte, ya no le hubiera permitido. Pertenece a esa mitología urbana, que tanto gusta a algunos inventores de conspiraciones, hablar de una visita de Pedro Carmona a Caldera en la tarde-noche del 11 de abril.

«La libertad de Chávez —respondió Caldera a una pregunta del periodista César Miguel Rondón (en el programa Treinta minutos por Televen, el 2 de junio de 2003)— fue una consecuencia de la decisión que se había tomado con todos los participantes de los alzamientos del 4 de febrero y del 27 de noviembre (…) esos sobreseimientos comenzaron a dictarse en tiempos del propio Presidente Pérez, que fue el Presidente que estaba en Miraflores cuando ocurrió la sublevación; continuaron durante el gobierno del Presidente Velásquez y cuando yo asumí habían puesto en libertad a casi todos, por no decir a todos, los participantes de la acción».

Un poco más adelante, en la misma entrevista, explicó: «el 4 de febrero, cuando Chávez se rindió, estaban todavía ocupando el poder de las fuerzas los otros jefes, como Arias Cárdenas y los otros en sus distintas jurisdicciones; Chávez les pidió a sus compañeros que se rindieran, entregándose primero él. Sería contrario a todas las normas jurídicas que se hubiera sobreseído el juicio que se les seguía a los demás oficiales y se hubiera mantenido a Chávez en la cárcel por el temor de que pudiera llegar a ser Presidente. Temor que nadie compartía en ese momento, porque la verdad es que cuando Chávez salió de la cárcel después de dos años de prisión, en los cuales estuvo conociendo a sus futuros colaboradores y moldeando su programa de gobierno, tenía muy poco respaldo popular».

En un discurso pronunciado en Higuerote, el 13 de enero de 1993, con ocasión del 47 aniversario de la fundación del Partido Social Cristiano COPEI, Rafael Caldera explicaba con claridad su posición: «No es un misterio que cada vez estoy más lejos de la Dirección Nacional de mi partido, así como cada vez estoy más cerca del corazón de la base copeyana, porque el pueblo copeyano me interpreta y siente lo que yo estoy sintiendo como venezolano en esta hora del país.

Y esa distancia que me aleja de la Dirección del partido, tiene claras y simples explicaciones: un hecho que marcó indudablemente diferentes actitudes y diferentes posiciones fue la lucha que libré a brazo partido para que los trabajadores venezolanos tuvieran una nueva Ley del Trabajo que fuera capaz de garantizarlos en sus derechos y en sus aspiraciones.

En esa lucha para que hubiera una Ley Orgánica del Trabajo, es cierto que la Fracción Parlamentaria de mi partido, como las de todos los partidos, en una forma a veces casi vergonzante, no se atrevieron a negarle el voto a un proyecto de ley que estaba en el corazón de los trabajadores venezolanos. Pero entonces, los voceros que se expresaron en nombre del Comité Nacional de mi partido, lejos de defender ese proyecto, lejos de expresar, como tenían que expresar, que era una manifestación del principio fundamental que se adoptó cuando COPEI nació a la vida, la justicia social en una Venezuela mejor, más bien tomaron actitudes comodonas, más bien tomaron posiciones de decir que era mejor no aprobar la Ley hasta que no se hiciera la reforma que los empresarios estaban deseando en materia de las prestaciones sociales.

Sin duda, en ese momento el pueblo vio que una era mi posición y otra era la posición de esos voceros, que representaban más bien el sentir de Fedecámaras que el sentir de un partido socialcristiano que está comprometido fundamentalmente a la lucha por los trabajadores y por los desposeídos. Nos alejó la posición adoptada frente al paquete económico del presidente Carlos Andrés Pérez. Desde el primer momento señalé los horrores que habría de producir ese paquete.

En los propios días en que el pueblo de Caracas se había lanzado a las calles, en febrero de 1989, en el mismo momento en que dije que no se podía acorralar al gobierno, que era necesario salvar la democracia venezolana, le dije al Presidente: Presidente, a usted lo están llevando por un camino equivocado; esos teóricos que le están metiendo en la cabeza que lo que debe hacer es seguir las instrucciones del Fondo Monetario Internacional, cuando fracase su política económica, volverán a sus cátedras o se irán a posiciones cómodas en organismos internacionales, mientras que el pueblo sufrirá las consecuencias y usted y su partido serán responsables de los daños que hayan hecho en la vida venezolana.

Pues bien, compañeros, amigos, pueblo de Barlovento: lo cierto del caso fue que los voceros principales de la Dirección Nacional de mi partido en más de una ocasión se mostraron solidarios del paquete económico de Carlos Andrés Pérez.

Uno dijo que el paquete era bueno, pero que políticamente no se había instrumentado bien; otro dijo que le habían robado su programa; otros dicen que los culpables de lo que está sufriendo el pueblo, del hambre que están padeciendo los sectores sociales, de la situación tremenda que atraviesa la clase media venezolana no es culpa del paquete económico sino de los políticos que no le han dado suficiente apoyo para que vaya el paquete aún más allá de donde ha ido en estos dramáticos cuatro años de vida venezolana.

Otro motivo de distanciamiento con la Dirección Nacional de mi partido fue en el enfoque de los hechos dramáticos ocurridos en Venezuela el 4 de febrero de 1992. Esos hechos del 4 de febrero fueron enfocados de distinta manera por los voceros oficiales de mi partido y por este que aquí les habla. En mi condición de Senador Vitalicio en el Congreso de la República pronuncié un discurso que interpretó el sentir, la convicción profunda de los venezolanos, y que respondieron los voceros de la Dirección del partido.

Primero, por la boca de un diputado me quisieron desautorizar diciendo que esa no era la línea que el Comité Nacional había trazado. Y después, el equipo de voceros, el equipo de escribidores que está al servicio de esa Dirección Nacional me calificaron de demagogo, de oportunista, de condescendiente con las fuerzas marxistas, me llamaron abogado de los golpistas, simplemente porque dije que lo que había ocurrido el 4 de febrero había que enfocarlo con ojos de realidad, que no se le podía pedir al pueblo defender la democracia como la ha defendido siempre, si se le estaba dando hambre, si le estaba dando persecución, si se le estaba dando toda esa serie de males que la política actual del gobierno está presentando.

Nos dividimos en nuestro punto de vista, nos alejamos mucho a partir del 4 de febrero. Gracias a Dios, todos los sondeos de opinión han demostrado que una inmensa y aplastante mayoría del pueblo venezolano se sintió interpretada por mis palabras y consideró que lo que yo había expuesto en aquella memorable ocasión era lo necesario, lo indispensable para que se tuviera una visión exacta de un planteamiento justo de lo que estaba ocurriendo en Venezuela.

Estas cosas me han ido separando más y más de una dirección equivocada. Y hoy mismo ¿qué es lo que está ocurriendo? El pueblo venezolano está ansiando una concertación, una gran convergencia nacional, está buscando una fórmula que ofrezca un verdadero cambio y que no sea una receta partidista sino que congregue, que conjugue, que ponga en marcha todas las mejores voluntades que en Venezuela existen, y sume el mayor número de capacidades, sobre todo de la nueva generación, para enfrentar los terribles problemas que está viviendo Venezuela.

Ese es el anhelo de los venezolanos, y la Dirección del partido se encapricha en unas fórmulas cerradas, y está tratando de reducir a una especie de controversia entre cúpulas de partidos el destino de Venezuela, que está enfrentando ahora precisamente un terrible y definitivo momento para la historia de las instituciones democráticas. (…) Pueblo de Barlovento: en esta gloriosa mañana, en este 13 de enero de 1993, en este momento en que estamos conmemorando cuarenta y siete años de una lucha que no ha terminado ni puede terminar, tenemos que reiterar nuestros principios, tenemos que ratificar nuestras convicciones.

El Partido Social Cristiano COPEI celebró un congreso ideológico al que le dio el nombre de Arístides Calvani: que se lean las conclusiones de ese congreso ideológico para que se vea cómo la Dirección está fuera de esos principios proclamados, y que quien los está proclamando es quien está defendiendo la esencia y raíz de la democracia cristiana».

Salvador Allende fue designado por el Congreso (por 135 votos contra 35) Presidente de Chile en 1970, porque ninguno de los candidatos había alcanzado en la votación popular la mayoría exigida. Antes había sido candidato presidencial en 1952, 1958 y 1964. Fue, pues, elegido a la cuarta vez de aspirar a la Presidencia.

Luis Inácio Lula da Silva fue candidato presidencial en 1989, 1994, 1998 y 2003, cuando resultó vencedor. Al igual que Allende, fue electo presidente a la cuarta vez de aspirar al cargo. Rafael Caldera fue candidato presidencial en 1947, a los 31 años de edad, cuando compitió con don Rómulo Gallegos. De nuevo, fue candidato en 1958, en la primera elección tras la caída de Pérez Jiménez, y en 1963. En 1968, a la cuarta vez, fue electo Presidente.

En un pleno de dirigentes regionales del Estado Falcón, Caldera narraba en 1986: «Fui candidato de treinta años frente a Rómulo Gallegos, a sabiendas todo el mundo de que no podía ganar. Esa campaña sirvió para estructurar los cuadros del partido en toda Venezuela. Quizás de otra manera no hubiéramos podido aguantar los nueve años largos de dictadura militar y habríamos tenido que llegar al 23 de enero de 1958 a fundar nuevamente el partido.

El partido estaba intacto, sus cuadros estaban estructurados en toda Venezuela, la gente estaba en vinculación conmigo y por eso pudimos tener una participación entre los que protagonizaron la conquista definitiva de la democracia en Venezuela.

En el año de 1958 fui candidato cuando el país estaba polarizado entre Rómulo Betancourt y Wolfgang Larrazábal. No podíamos apoyar a Betancourt; habría sido un contrasentido: era nuestro adversario desde la fundación de COPEI. Tampoco podíamos apoyar a Larrazábal; estábamos convencidos de que sean cuales fueren sus condiciones personales, su bondad, su sentido de amor por Venezuela que muchos reconocemos y apreciamos, Larrazábal no tenía las condiciones necesarias para enfrentar la situación que íbamos a vivir en Venezuela en el primer período de la constitucionalidad.

De allí mi candidatura, que sirvió para fortalecer la identidad de COPEI y para llegar, a través del Pacto de Puntofijo, a tener una participación de primer orden en la vida del país. Quizás en 1963 pudo haber la contingencia de que yo ganara las elecciones, pero la oposición dividió sus votos. Arturo Uslar Pietri, un eminente venezolano, sacó casi medio millón de votos y habrían faltado un poco más de trescientos mil para ganarle al doctor Leoni.

Pero en aquella jornada el partido quedó en segundo lugar, reconquistó el puesto que había perdido en las elecciones del 58, en que quedamos de terceros, y quedamos, como dicen los cronistas deportivos, ranqueados: de primeros en el ranking para disputarle al candidato de Acción Democrática la Presidencia de la República. Esa es la historia de mi candidatura. Quizás estuvimos muy cerca de que en 1963, sin las candidaturas del doctor Uslar o la de Jóvito Villalba, que sacó más votos que el propio Uslar Pietri, no se hubiera desplazado ni se hubieran relegado, quién sabe hasta cuándo, nuestras aspiraciones de llegar al gobierno.

Esa lucha fue hermosa y dio resultados positivos. En 1968 ganamos las elecciones, y estoy seguro de que no fueron treinta mil votos sino que tengo muchas razones sólidas para pensar que, sin una votación ficticia a favor del candidato de AD, que les hacía poder decir con mucha confianza que me entregarían el mando así ganara yo por un solo voto —quienes lo decían tal vez sabían, y si no ellos, otros muy cerca de ellos, que para sacarle un voto en las elecciones al doctor Barrios tenía que descontar muchos millares de votos.

Por eso comenzamos a abrir una averiguación muy seria cuando asumí el Gobierno, averiguación que tuvo que abandonarse porque los partidos AD y MEP hicieron un intento en el Congreso para quitarnos las atribuciones de identificación y tuvimos que llegar forzosamente a un acuerdo para que el funcionamiento del Estado de derecho no se interrumpiera».

Entre 1989 y 1992, el senador vitalicio Rafael Caldera presidió la Comisión Bicameral de Reforma Constitucional que presentó una propuesta general de modernización de la Constitución de 1961. Esa propuesta no logró superar el laberinto parlamentario, y el rechazo de algunos factores del poder mediático a la inclusión del derecho de réplica y rectificación fue la estocada a esta iniciativa de transformación que hubiera ahorrado al país la demagogia de la Constituyente. Los esfuerzos del gobierno en impulsar la reactivación de la reforma en el período 1994-1998 tampoco tuvieron un eco favorable. La propuesta concreta de una Alta Comisión de Justicia para sanear el poder judicial encontró una férrea resistencia en la Corte Suprema.

Como un hombre sincero, honesto, que trabajó para cumplir su deber de acuerdo con las normas establecidas, en un Estado de Derecho que fue el resultado de muchas etapas de sacrificio y de lucha en Venezuela. (Entrevista televisiva que le hiciera César Miguel Rondón a Rafael Caldera en Televen).

No era posible que un autócrata como Hugo Chávez rindiera honores fúnebres a Rafael Caldera, que luchó toda su vida por la democracia y la república civil en Venezuela.

Porque Chávez no juró —como correspondía hacerlo, de acuerdo con la ley y la costumbre inveterada— «cumplir y hacer cumplir la Constitución y las Leyes de la República».

No. Antes de los acontecimientos del 4 de febrero de 1992, Caldera —como tantos venezolanos— no conocía a Chávez. Lo encontró en persona, por primera vez, el 9 de diciembre de 1998, cuando fue a Miraflores como Presidente electo. «Fue la primera vez que hablamos —dijo Caldera a César Miguel Rondón— y me pidió excusas, me pidió perdón por todos los ataques injustos que había tenido para conmigo en la campaña electoral».

En una alocución el 8 de noviembre de 2009, al conmemorar los ochenta y cinco años del fallecimiento de Pedro Pérez Delgado, Maisanta, de quien descendía por línea materna, Hugo Chávez pudo decir: «Me aliviaba mucho oírle a mi padrino Eligio Piña sus cuentos de cosas viejas…».

Pocos días antes, Rafael Caldera había cumplido 78 años cuando recibió la banda presidencial de manos de Ramón J. Velásquez. Dejó el mando luego de cumplir los 83. Konrad Adenauer fue designado Canciller de la República Federal Alemana el año de 1949 a los 73 años de edad. Se retiró a los 87 años en 1963 tras haber logrado la reconstrucción de Alemania.

Disciplinado y austero, Caldera llegaba a Miraflores a la nueve de la mañana y a las nueve de la noche partía para La Casona. A los ministros y principales colaboradores seguía con un régimen ordenado de cuentas semanales. El Gabinete se reunía puntualmente cada miércoles. El día sábado viajaba al interior para inaugurar obras y contactar a las comunidades.