Madrid, 11 de diciembre de 1997

Mi querido Presidente:

El próximo domingo catorce saldré definitivamente de Madrid y me será grato entregar la Misión a la Ministro Consejero, Antonieta Mosquera de Martínez. No me fue posible obtener citas para despedirme del Rey, del Primer Ministro o del Ministro de Relaciones Exteriores, pues todos la daban para fines de enero o comienzos de febrero. Hice, sí, otras visitas a altos funcionarios que fueron realmente cálidos en su amabilidad, particularmente Fernando Villalonga y Federico Trillo.

Cuando presenté credenciales al Rey me dijo, de entrada: «Entiendo que entre su país y el mío hay serios problemas». Pero cuando vino Miguel Ángel el pasado octubre, el Ministro Matutes nos dijo que era casi insólito reunirse con representantes de un país con el que España no tenía problema alguno.

Esto sólo, y al cabo de quince meses, parecería justificar una misión diplomática de no ser, como recordé al Canciller español, que el cambio se debió a la visita de Estado que hizo usted en septiembre de 1996. Las consecuencias de esta visita fueron muchas: En primer lugar el pago de las deudas pendientes, lo que liberó los seguros españoles a las exportaciones e inversiones y permitió realizar importantes inversiones, entre las cuales las bancarias y de seguros. En segundo lugar, la liquidación de Viasa; y, en tercero, pero no menos importante para mi gestión, la instantánea vinculación con personalidades españolas que también facilitó su visita.

Gracias a todo esto fue posible ir reduciendo lo que Villalonga había calificado como «atonía de las relaciones diplomáticas». Las caras duras encontraron su respuesta y se fueron suavizando. Las declaraciones sobre los etarras refugiados en Venezuela desaparecieron, con su incómoda destemplanza. Y los comentarios negativos de la prensa sobre Venezuela, prácticamente también han desaparecido, aunque El País sigue publicando casi todas las malas noticias que les envía su impecinadamente perjudicada corresponsal.

Durante este año, no sólo hubo importantes inversiones españolas en Venezuela, sino que nuestro balance de comercio, que venía siendo negativo, casi está equilibrado. Hemos trabajado sobre las ventas de Orimulsión y ya se hacen en España ensayos para utilizarla. Nuestro Agregado Comercial ha sido muy activo en el estímulo de las exportaciones venezolanas y es justo llamar la atención sobre el trabajo, muy efectivo, de este discretísimo funcionario.

En realidad todos los funcionarios y empleados de la Embajada merecen reconocimiento. No he tenido obstáculos, ni retardos, ni disgustos y sólo guardaré gratos recuerdos de mis colaboradores en Madrid.

Es satisfactorio dejar sentado que la Embajada queda en buenas condiciones administrativas, como la recibí. Se cumplió el Presupuesto, se rehizo el sistema de calefacción y aire acondicionado, no tiene deudas y, además, gracias a las diferencias cambiarias, quedaron remozadas sus oficinas, ampliado el vestíbulo, reorganizados y clasificados la biblioteca «Andrés Bello» y el archivo y establecido un sistema más avanzado de computación y otro de comunicaciones telefónicas. La Embajada está en buen estado de conservación pero hay que recordar que toca ahora renovar el sistema eléctrico.

Sobre las extradiciones de bancotraficantes, el gobierno español ha cumplido, aunque sin entusiasmo; algunas solicitudes fueron canceladas por nuestros jueces; otras corresponden a personas que ya no residen en España. No ha habido movimientos significativos hasta ahora.

Desde que llegué he insistido en establecer o mantener relación con los venezolanos residentes en España. Publicamos y les distribuimos por correo varios números de «Venezuela al Día» con poco éxito de respuesta. Tuvimos reuniones con las asociaciones o clubes existentes en Canarias (muy bien dotado el Centro) Galicia y Madrid. De esto y de las investigaciones hechas por los Cónsules ha salido un dato inesperado, sobre todo frente a la alharaca del supuesto éxodo masivo de venezolanos. Venezolanos de verdad, por llamar así a los que no tienen —ni creen tener— doble nacionalidad, al parecer no llegan a mil en toda España. Y estos son, en gran parte, estudiantes, empleados de transnacionales, etc., etc., etc., que regresarán a su país.

Entre las etcéteras con pasaporte venezolano, un buen número (16%?) son dominicanas dedicadas a oficios diversos, unos muy antiguos y otros más modernos. He insistido en que nuestro Gobierno debe reiterar instrucciones a los Cónsules para que no renueven pasaportes que constitucionalmente no corresponden a sus portadores de ocasión. También figuran en la estadística penal española como «venezolanos», personas que simplemente lo declaran así pero que «han perdido» sus papeles. En total dicen las autoridades que están en las cárceles unos 60 en Madrid, pero sólo a 17 se les ha comprobado nuestra ciudadanía.

Un agradable y nuevo fenómeno bien auspiciado por España es el de la diplomacia parlamentaria y judicial. Ha sido útil y hemos quedado muy bien con las visitas de magistrados de la Corte Suprema, de parlamentarios, del Fiscal General (y del ombudsman de Mérida) etc. Visitantes venezolanos hemos tenido un buen número y todos han dejado la mejor impresión en sus contrapartes y en nuestra Embajada. Me atrevo a decir que todos han complementado y apoyado las actividades de la Embajada y que los resultados de las visitas de nuestros Ministros de la Economía, en especial, fueron bien positivos. Debo decir también que los visitantes de nuestra oposición política fueron discretos y de comportamiento patriótico en sus intervenciones.

En otra carta me refiero a su proyecto de creación y financiamiento de Cátedras Andrés Bello en Salamanca, en la Fundación Ortega y Gasset en Madrid, y en el Centro Juan Carlos I de la Universidad de Nueva York (la más grande universidad privada de Estados Unidos).

Tengo bastante adelantado un ensayo o conferencia: «Pero, ¿son necesarias las embajadas?» Mis conclusiones no las he hecho públicas, aunque debo decirle, Señor Presidente, que todavía encuentro un balance ligeramente favorable a la continuidad de las embajadas, al menos de algunas. Sin embargo, en lo que tocó a la mía, lo que considero de mayor utilidad fueron —y siguen siendo— las investigaciones que está haciendo Palacios en los extraordinarios archivos españoles. Estoy persuadido de que van bien encaminadas y de que ya se han encontrado datos muy útiles para que puedan utilizarlos los consultores en materia de límites que usted hizo contratar. Soy muy optimista en cuanto al nuevo rumbo que usted ha impreso a esta materia, tan delicada como fascinante.

Quedo preocupado por no haberse logrado la modificación a favor nuestro del llamado Acuerdo de Aviación. Los españoles no han respondido a mi nota para reanudar conversaciones, espero que no debido al retraso del que a su vez nos acusan. También quedan por instalarse la Comisión de Asuntos Financieros prevista en el Tratado General de Cooperación y Amistad, y la Comisión de Asuntos Culturales.

Le estaré siempre profundamente agradecido por esta oportunidad que me ha dado al hacerme su Embajador y que se interrumpe, como me permití explicarle, por razones puramente circunstanciales (o coyunturales, como decimos los economistas). En Caracas estaré como siempre a sus órdenes.

Saldré de Madrid con la satisfacción de haber representado a un Gobierno honesto, serio y justo.

Lo saluda respetuosamente su invariable amigo,

(fmdo. Enrique Tejera París)