Querido Rafael:

En este, que era tu día de Santo en el viejo calendario, te tengo más expresamente presente en mis oraciones; y estoy muy cerca de ti espiritualmente en estos días de tan amarga prueba, que comparto contigo con todo el afecto de nuestra vieja amistad. ¡Cuánto quisiera haber tenido la posibilidad de acercarme personalmente a estar algún momento contigo! Pero te confieso que mi pequeño valor se me habría quebrado al abrazarte y no poderte decir nada, por la emoción, pues no obstante que los días pasan, todo esto me ha pegado como si acabara de ocurrir.

Pero pienso…, delante de Papa-Dios, y me empeño en ver —si pudiera— su permisión divina. Este ha sido, Rafael, tu cáliz de amargura; difícil de pasar, pero que tú has recibido con fe cristiana ante el Señor que ve los corazones, las nobles intenciones y el generoso esfuerzo de quien por Él trabaja. Tal vez te hacía falta esta última prueba de tu fe, que el Señor ha permitido para templar más tu espíritu, y más ponerte en las manos de quien guía tus pasos. El Señor lo sabe todo, mejor que nosotros. ¿A dónde nos lleva? A su tiempo nos lo hará ver.

Todo esto lo sabes tú muy bien. Si lo recuerdo ahora es porque no sabría qué cosas decirte mejores para que me sientas muy a tu lado, con Alicia y toda la familia en un abrazo muy cariñoso y con una bien afectuosa bendición. ¡Sursum corda! Si Dios amanecerá, y veremos! Con toda la vieja y leal amistad Barnola, tuyo afectísimo,

(fmdo. Pedro Pablo Barnola) 

Por Dios; no se te ocurra ir a contestarme.