Un estudio sobre la realidad venezolana 

Prólogo de Rafael Caldera al libro de Carlos Acedo Mendoza, Venezuela: ruta y destino (Ediciones Ariel, 1966), pp. XXIV a XXXVIII.

Venezuela constituye uno de los objetos más apasionantes que el investigador social puede estudiar, aun con una finalidad meramente científica. Al acercarse a la profundidad de sus vivencias, resulta atraído por la potencialidad de sus recursos naturales y humanos, por la complejidad de sus problemas, por lo inquietante de sus perspectivas, por lo trascendente de sus soluciones. Más atrayente aún que el estudio objetivo de su realidad desde el punto de vista de la ciencia pura es, sin embargo, el análisis movido por una preocupación activa, el deseo de emplear la Sociología Pura con un objetivo de Sociología Aplicada, la combinación de la ciencia y la técnica —aquélla para conocer, ésta para transformar— animadas hacia un fin superior de ordenación social: la construcción, sobre una realidad bien estudiada y con los recursos de una tecnología avanzada, de una sociedad nueva capaz de cumplir su destino, no solamente para servir a sus habitantes de hoy y del mañana, sino a los pueblos hermanos y, a través de una adecuada integración regional, a toda la humanidad.

Signo característico de la transformación que comienza a operarse en nuestro medio es la preocupación mostrada por las nuevas promociones hacia el estudio serio y científico, alentado por un optimismo creador. Las estadísticas, por ejemplo, son cosa nueva en el estudio de nuestra realidad social. Hasta hace algunos decenios, ellas fueron casi completamente ignoradas. La aparición de la ciencia estadística en Venezuela podría vincularse con las primeras actividades de un técnico muy preocupado, el doctor Vandellós, traído a nuestras playas por la guerra civil española. Antes, los diagnosticadores de nuestra realidad social se movían a fuerza de intuición o de experiencia. Era difícil encontrar en ellos el manejo de las cifras, entre otras cosas porque no habrían hallado fuentes abundantes y dignas de crédito.

De 1958 para acá, cuando se sintió la urgencia inaplazable de aportar soluciones a cuestiones fundamentales para el desarrollo del país (reforma agraria, industrialización, educación, vivienda, salud, seguridad social, acción comunitaria, reforma de estructuras políticas y económicas, búsqueda de la justicia social), se verificó que nada de esto podría realizarse sin una programación adecuada y sin los instrumentos necesarios para ejecutar los programas. Todo ello evidenciaba una necesidad de conocimiento científico, y se expresaba y se expresa, con mayor fuerza cada día, en un requerimiento unánime de eficacia.

Dentro del panorama nacional, las nuevas generaciones sienten por las generaciones precedentes un desdén que se explica, fundamentalmente, por la opinión de que no estuvieron capacitadas para cumplir la tarea que el país reclamaba. La generación de 1928, integrada por hombres distinguidos, que tuvieron el mérito de levantar la voz en medio del silencio y de proyectar rayos de su linterna en medio de la oscuridad, se mostró impreparada ante el complejo abrumador de los problemas nacionales, demostró que la improvisación no era capaz de dar fórmulas adecuadas y precisas para resolverlos. Se quedó en el terreno de las generalizaciones y apenas si pudo lograr —ésta es su mejor credencial— la siembra de inquietudes, el descubrimiento de horizontes, la iniciación de nuevos modos de vida que han provocado incontables contratiempos para ajustar los recursos existentes a las metas ambiciosas que la nación reclama conquistar.

Una de las más importantes manifestaciones de que hay una Venezuela nueva es la demostración, que hombres jóvenes están haciendo, de que se puede lograr en este país —abrumado durante más de un siglo por un terrible complejo de inferioridad— objetivos de gran magnitud, reservados antes en nuestra imaginación a otros pueblos, de otras razas y de otros continentes. Se ha demostrado, con hechos, que en Venezuela es posible emprender, organizar, construir. Y un gran afán ha venido creciendo por el estudio serio y profundo, que no estuvo al alcance de los venezolanos de anteayer y de ayer por lo limitado de los medios que tenían a su alcance. Hemos ido produciendo un cierto número, que ya empieza a tener significación, de hombres nuevos, con mentalidad nueva —aunque ya con cierto bagaje de experiencia— y con un equipo creciente de conocimientos; sobre todo, con un deseo persistente de utilizar los recursos científicos y técnicos y más habituados cada día en su manejo.

A esta mentalidad, a este estado de disposición corresponde el libro de Carlos Acedo Mendoza, que he recibido el honroso encargo de prologar. Venezuela: ruta y destino es un exponente de esa gran inquietud por conocer, analizar y coordinar los aspectos sobresalientes de la realidad del país, señalar las exigencias que se plantean frente a la técnica y amasar a impulsos del corazón el imperativo propósito de trazar caminos, de estructurar programas de ineludible realización.

Del sector privado a la acción social 

El autor pertenece a esas nuevas promociones humanas. No ha llegado todavía a los cuarenta años de edad, y cualquiera que ojee su curriculum vitae podrá medir la intensidad de la vida venezolana, al darse cuenta de que sus importantes actividades, en otra parte, tal vez serían demasiado para alguien que hubiera ya traspuesto los sesenta. De mentalidad clara y bien organizada, mantiene con mérito ejemplar esa mezcla tan difícil, pero tan exigida por la naturaleza proteiforme del país, del hombre de estudio con el hombre de acción, del profesor universitario con el organizador de empresas, del realizador de la iniciativa privada con el preocupado colaborador del sector público, del hombre que se mueve sobre la realidad de las actividades económicas y que al mismo tiempo se dedica con noble afán al apostolado de la acción social. Así, el iniciador de una de las más activas empresas de financiamiento de venta de viviendas en propiedad horizontal, miembro de la Bolsa de Comercio de Caracas, asistente al Congreso de la UNIAPAC o a la Asamblea del BID, es al mismo tiempo presidente del Instituto Venezolano de Acción Comunitaria (IVAC), participante de los Consejos Directivos de la Fundación para el Desarrollo de la Comunidad y Fomento Municipal, del Instituto de Promoción Popular (INPROP), del Instituto de Servicio Rural (ISER), del Instituto para el Desarrollo Económico y Social (IDES) o del Instituto Venezolano de la Vivienda, organismo de iniciativa privada y de interés público orientado hacia la prestación de la asistencia técnica para promover la vivienda de interés social en el país. Combina sus actividades al servicio de las preocupaciones sociales de la empresa privada (a través del Dividendo Voluntario para la Comunidad) con sus labores en el Consejo Nacional de Desarrollo de la Comunidad, destinado a programar, a nivel de CORDIPLAN (Ofcina de Coordinación y Planificación de la Presidencia de la República), la acción conjunta del sector privado y el sector oficial en los trabajos de promoción comunitaria. Escribe en la prensa diaria y en el libro y comparte su tiempo entre sus numerosos compromisos y otras actividades, de orden netamente espiritual, como los Cursillos de Cristiandad.

Es interesante su caso. Interesante no sólo por sus grandes méritos personales, sino por lo que revela en posibilidades de una nueva mentalidad en gente joven que tiene los pies sobre la tierra cuanto a la teoría como en el difícil terreno de las realizaciones prácticas; y que dentro de ellas no vacila en hablar, con resonante claridad, de cambio de estructuras, de propiedad comunitaria, de colocación del hombre como sujeto y objeto de todos los programas de desarrollo. Es no solamente impresionante, sino alentador, leer cómo condena al mismo tiempo el materialismo marxista y el materialismo inspirador del extremismo liberal, «que pretende envolverse en la llamada economía social de mercado, en la cual todo se decide a base de competencia, y el afán de desplazar a su competidor lleva al hombre a una lucha despiadada y cruel». Su palabra tiene un valor especial, ya que no se le puede echar encima el baldón con que algunos teóricos y prácticos de la economía pretenden inmovilizar la lucha por la justicia social, desacreditando como ignorantes de la realidad económica a quienes en nombre de la moral o en nombre de un alto interés político reclaman un cambio de estructuras para realizar la justicia social. Carlos Acedo Mendoza conoce directamente y por experiencia propia los vericuetos de la vida económica; se ha manejado entre ellos con notorio éxito; pero la posibilidad del lucro no le hizo perder la brújula del ideal y, dentro de ese campo que a algunos convierte en autómatas, ha recordado que los bienes son para servir a la persona y no la persona para servir a los bienes, y por eso ha afirmado y sustenta como tesis fundamental la de que «la Economía que no sirve al hombre pierde su razón de ser como ciencia».

Un fascinante panorama 

Este libro trata de describir el panorama de la Venezuela actual, apelando a la experiencia, al conocimiento científico y a las más fidedignas y recientes estadísticas. En su elaboración, según lo hace constar el autor, ha intervenido, además, un competente equipo de profesionales de diversos ramos, que le han acompañado en las tareas de investigación, acopio de datos, procesamiento de los mismos y discusión de soluciones. Con sincera modestia, Acedo Mendoza expresa que su finalidad es principalmente «divulgativa y no investigativa», y ello explica el hecho de anteceder el análisis de las principales cuestiones, relativas a nuestra actualidad nacional, por un marco teórico, dentro del cual, con intención pedagógica, se exponen las nociones elementales de las cuales se arranca para presentar las ideas del correspondiente capítulo.

Pero, en realidad, se ha hecho mucho más que una simple obra de divulgación. El autor no ha querido limitarla a la exposición de nuestra situación actual, sino que ha dejado desbordar con generosa sinceridad el tesoro de sus ideas, de sus esperanzas, de sus aspiraciones y del resultado de sus reflexiones acerca del rumbo que es necesario imprimir al país. Por esto concluye el libro con la siguiente frase: «Por el esfuerzo de sus hijos, Venezuela encontrará la ruta de su destino». Terminación afortunadamente optimista; optimismo que no nace de una ilusoria repetición de las posibilidades nacionales, sino del análisis, a veces descarnado, de la misma realidad. No es un soñador ni un poeta el que aspira a trazar en un libro de más de seiscientas páginas el destino de Venezuela. Y no lanza un simple desahogo del corazón, sino el resultado del análisis, con el afán más noble de objetividad y de imparcialidad. Porque es de señalar que el autor, a lo largo de estas páginas, no esconde sus ideas y preferencias; pero se esfuerza honestamente en reconocer, a veces quizá con abundante generosidad, todo lo que pueda representar el esfuerzo de quienes marchan en una dirección distinta a la que él prefiere.

En los doce capítulos del libro se presenta un empeño general de síntesis armónica —que a veces, tal vez, resulte algo perjudicado por la extensa descripción de algunas iniciativas o esfuerzos, en los cuales el autor ha participado y participa en forma directa—. Pero, de esos doce capítulos, los cuatro primeros tratan de construir una especie de pórtico central. El primero de ellos habla de la conciencia social; el segundo, de las estructuras políticas; el tercero se propone presentar un marco teórico sobre los temas del desarrollo y la planificación, y el cuarto señala un panorama general de los problemas del desarrollo en América Latina.

Quizá sean esos cuatro primeros capítulos (aparte del último, que esboza su propio concepto sobre el orden general de las soluciones) los que podrían prestarse más a diferencias de apreciación. Algunas definiciones, algunas posiciones, algunos puntos de vista podrían ser discutibles desde diversos ángulos; algunas veces se podría anotar una que otra frase que podría rozar nuestras perspectivas, las maneras de ver y de actuar que nos han correspondido en nuestra realidad social; sin embargo, con frecuencia nos asoma después una aclaración oportuna, una expresión global, una afirmación concreta que sitúa en posición diáfana los sentimientos y preocupaciones del autor.

Cuando nos habla, por ejemplo, en su primer capítulo, relativo a la conciencia social, de adoptar una posición que no refleje militancias políticas ni intereses creados de ningún tipo, podríamos sentirnos tentados a pensar que el autor sucumbe ante esos «apoliticismos», a través de los cuales con frecuencia se ampara el deseo de no opinar, de no comprometerse, de no exponerse, como si con ello se pudiera eludir la grave responsabilidad que a todos nos toca en el mundo. Mas, a renglón seguido, encontramos expresiones como ésta, de una gran honradez, de una gran valentía y de una claridad meridiana: «Pero tampoco eludimos una posición definida, porque, en una época de disyuntiva como la nuestra, un neutralismo infecundo no es más que una confesión de insinceridad o de incapacidad».

Lo cierto es que, a través de las páginas del libro, que constituirán para muchos un verdadero descubrimiento, aparecen las características más importantes del cambio social que está experimentando Venezuela: ese cambio que determina nuestra índole de sociedad en transición, nuestro papel, a que algunas veces hemos aludido —como también lo han expresado otros y, por cierto, notables pensadores—, de «nación en crisis de crecimiento». Crecimiento que se observa en el proceso demográfico, en los aspectos interesantísimos pero inquietantes de la urbanización, en el proceso de industrialización y de reforma agraria, en lo relativo al desarrollo de la comunidad y a la educación, así como a los problemas de la familia y la vivienda. Tales características de sociedad en transición nos obligan no sólo a aceptar el cambio, sino a acelerar y dirigir ese cambio; y si —como lo dijo el actual vicepresidente de los Estados Unidos, Hubert H. Humphrey, en frase de un artículo para «Foreign Affairs», que se reproduce en el libro es necesario usar el término «revolución», Acedo Mendoza está entre quienes lo admiten si se sujeta su significación «a la de un cambio consciente y rápido de la estructura socioeconómica, lo que representa un proceso no sólo aceptable y recomendable, sino necesario». Se puede diferir de algunas definiciones y explicaciones que el autor ofrece para el término «revolución» desde el punto de vista político; pero nos interesa y nos atrae su concepto, tanto más valioso por la persona que lo emite y el sector social donde se mueve, de que «la promoción de las masas a pueblo, clave de la solución social no puede hacerse, a nuestro juicio, sin un cambio consciente y rápido de la estructura económica. Si esto constituye o no una revolución social es secundario. Lo importante es que este cambio se realice».

Y de que esto no lo dice nada más por decirlo, sino que profundamente lo siente, se encuentran a todo lo largo del libro infinidad de manifestaciones. Así, por ejemplo, cuando se señalan, junto a los hechos negativos, los que considera con razón aspectos positivos de nuestro proceso religioso, dice con profunda emoción que nuestro pueblo, y con él la institución religiosa que lo guía, «prefiere el aliento emprendedor del misionero, la aventura viril del apóstol y la hazaña ejemplar del cruzado en la lucha por un mundo mejor».

El tema de las estructuras

Analizar todo el contenido del libro sería apasionante, pero tal vez no encaje dentro de los límites razonables del prólogo. Puedo asegurar que su lectura me ha interesado y atraído hasta el punto de ir demorando la entrega de estas cuartillas por el deseo de sopesar el texto punto por punto. Cabe suponer que podrían discutirse algunos conceptos: acerca de las estructuras políticas, acerca de lo que es o puede ser la democracia, acerca de la misma acción partidista, de la que podría decirse que «es mucho más que eso» (o, por lo menos, debería serlo) —como se dice de la Política en el texto del libro; pero ello, lejos de amenguar, aumenta el valor y la importancia de la obra.

El tema de las estructuras aporta definiciones, orientaciones y puntos de vista de un innegable valor. Precisamente, hace algún tiempo vengo insistiendo en la necesidad de precisar este concepto, frente a otro que también se maneja con frecuencia en el libro: el concepto de instituciones. Creo que sería muy provechoso establecer una diferenciación clara entre estructuras e instituciones. No sé si el autor lo logró cabalmente, pero a lo menos aportó elementos para lograrlo. Estructura, en sí misma, de acuerdo con el léxico, equivale a tanto como disposición de partes de un conjunto: institución, en el sentido más amplio y trascendente que le atribuyeron Hauriou y Renard, es un fenómeno social que corresponde a una idea de orden superior y que se realiza en forma permanente, organizada según el ordenamiento jurídico, para alimentar y hasta crear el propio orden jurídico y para prestar al desarrollo de la persona humana el ambiente adecuado de las distintas manifestaciones sociales.

Yo pienso que el cambio de estructuras es necesario para la defensa de las instituciones. Y que con decir esto se está identificando una posición, diferenciándola de la de aquellos que desean derrumbar las instituciones, a la vez que de la de aquellos que se aferran al mantenimiento de las actuales estructuras, lo que en definitiva no conduciría sino a la ruina de las mismas instituciones. El tema es, en verdad, de los que invitan a la meditación, al estudio, a la precisión conceptual. Y es muy interesante ver cómo un hombre de las vinculaciones con el mundo actual como Carlos Acedo Mendoza asume, valerosa e inequívocamente, la posición de los que creemos indispensable el cambio de las estructuras. Si me obligaran a escoger un solo rasgo para caracterizar la obra que me cabe aquí la honra de prologar, tal vez me inclinaría por la valentía con que el autor expone sus ideas. Ideas que cubren, en un plan armónico, problemas nacionales y continentales, proyectados hasta el mismísimo orden internacional, donde se invoca el llamamiento de Juan XXIII en la Encíclica Pacem in Terris, donde se denuncian categóricamente las injusticias y se señala la existencia de «una enorme pirámide, dentro de la cual se libra la batalla por el bien común y la justicia social»; donde se recoge, por tanto, una idea que es para mí muy cara y en cuyo favor vengo escribiendo con convicción cada vez más firme: la idea de la justicia social internacional.

Dentro de sus conceptos, quizás uno de los puntos más interesantes, que refleja mejor una honda preocupación y que puede producir un mayor efecto social, es el relativo a la responsabilidad de las clases dirigentes. Alguna vez, al leer el esquema de las clases sociales en el libro, me pareció propenso a incurrir en los errores del paternalismo social. Pero, en el fondo, es todo lo contrario. Su idea de que la clase alta «deberá tomar conciencia de su función», su afirmación: «la élite tiene la palabra», ampliada en esta otra: «el pueblo seguirá a la élite si su ejemplo alcanza a motivarlo», no le impiden pronunciarse una y otra vez contra el paternalismo, «tanto privado como oficial», al que considera definitivamente funesto. Trata, pues, de estimular la responsabilidad de las élites (política, cultural y económica); pero rechaza enfáticamente toda posición paternalista.

Algunos párrafos del libro pudieran parecer duros. Cuando habla de la participación del ciudadano en los asuntos públicos dice, por ejemplo: «existe un tipo de opinión pública subdesarrollada en la que el pueblo se limita a informarse de las cosas». Y en relación al mismo tema esboza una clasificación que pudiera resultar demasiado esquemática: «a) una porción del territorio nacional, aislada y poco productiva, tiene una población rural escasa, ignorante, primitiva, que apenas recibe alguna información de interés nacional, pero prácticamente no participa en las reacciones de opinión; b) una masa numerosa de habitantes de la ciudad y del campo se encuentra en la etapa de las reacciones emotivas; c) y un tercer grupo, compuesto de clase alta y clase media superior, integra el sector de pueblo con una más clara conciencia social y política.» Más duro aún resulta cuando expresa: «No es sólo el déficit general de la vida, sino la decadencia moral, la falta de salud, el bajo rendimiento en el trabajo, la disolución de la familia, el bienestar social, la inestabilidad política, el analfabetismo, la ignorancia, el ausentismo y la deserción escolares, etc., son males que encuentran causa principal en este grave problema de la injusta distribución del ingreso nacional». Pero, frente a todos estos problemas, la tesis del libro es decididamente optimista. «Frente a estos tristes augurios tenemos un canto firme de esperanza, que está apoyado sobre bases ciertas Y no en vanas fantasías.» Es un optimismo realista, que constituye una de las características resaltantes y más positivas del libro, no un optimismo carente de base real, ni tampoco un conformismo panglossiano, inclinado a pensar que todo va a venir por el simple juego de las fuerzas naturales. Hay un problema fundamental de justicia, que los estadistas deberán afrontar: estimular la creación, pero corregir la distribución. «Cómo lograr la mejor distribución del ingreso nacional —dice constituye, a nuestro juicio, el punto central del problema socioeconómico de Venezuela.» Es ingenuo pensar que los intereses desatados podrán coronar esa empresa. La concepción liberal clásica y aun neoliberal «provocan desajustes profundos»: «la agricultura en manos de la industria, el trabajo en manos del capital, el Estado ausente de toda iniciativa para que mejor controlen unos pocos la producción de riqueza, y los productores de todo tipo devorándose como fieras en una competencia sin control».

La «dualidad ideal»

Como síntesis de su estudio propone el autor lo que denomina «dualidad ideal para Venezuela», y que considera la fórmula adecuada para nuestro país y para los otros países de América Latina:

  1. Dualidad del esfuerzo productivo: industria y agricultura.
  2. Dualidad de distribución de beneficios: capital y trabajo como copartícipes de la empresa.
  3. Dualidad de tendencias: propiedad individual y propiedad comunitaria igualmente libres e igualmente protegidas.
  4. Dualidad de iniciativa: el Estado y la actividad privada «compartiendo proporcionalmente, y según convenga al bien común, la iniciativa en las empresas de producción y distribución y en los servicios».
  5. Dualidad de sistemas de mercado: «la libre competencia y el control oficial, alternando a conveniencia del bien común».

No sé si esa denominación sea la más conveniente, pero el planteamiento es sumamente sugestivo. El autor se pasea por el inconveniente que puede tener sugerir en el ánimo de los lectores la impresión de una especie de combinación, compromiso o arreglo entre tesis opuestas. Por ello mismo agrega esta necesaria e importante aclaración: «no es una simple transacción, sino la consecuencia de una posición filosófica definida».

Es indudable que la formulación de esta tesis encaja dentro de las posiciones tradicionales de la doctrina social expuesta en las encíclicas papales. Lo que me parece más interesante es que aquella doctrina la trata de exponer en un sistema de afirmaciones, cuando lo habitual es hacerlo en un sistema de negaciones.

Generalmente, quienes en una forma u otra, ya sea en el campo jurídico, ya en el político, económico o específicamente social, solemos exponerla, acudimos a un conjunto de negaciones que rechazan por igual extremos que consideramos nocivos para la vida de la sociedad. Así, decimos: ni individualismo ni colectivismo; ni liberalismo anarquizante ni totalitarismo absorbente; ni dominio autoritario ni omniposesión del Estado; ni libertad desenfrenada del individuo ni presión sofocante de la sociedad. Carlos Acedo, en la conclusión de su libro, trata de convertir estas negaciones en afirmaciones, aprovechando los aspectos que pueden rendir un beneficio social mayor; así, dice: industrialización, pero con desarrollo de la agricultura; capitalización, pero con la participación del trabajo en la empresa; respeto de la propiedad privada, pero con el fomento de la propiedad comunitaria; iniciativa creadora de los particulares, pero con intervención del Estado en la medida reclamada por el bien común; estímulo a la libre competencia, pero con la presencia activa de la sociedad en el control que el bien común reclama.

No sé si el dualismo de que nos habla pudiera ofrecer la impresión de que, ante cada problema, hay un principio dual que lo inspira. Por esto tiene valor esa afirmación, que él mismo hace, de que no se trata de lograr acomodos entre principios distintos, sino más bien de desarrollar «una posición filosófica definida». A este respecto me suscita el recuerdo de lo que, movido por una preocupación igual, dije en la introducción de mi Derecho del Trabajo cuando exponía la doctrina social cristiana: a saber, que esa doctrina no es «ni liberal, ni socialista, ni mixta», «ni admite, dentro de un criterio científico, una híbrida conjunción de dos sistemas disímiles e irreconciliables». Coincidiendo fundamentalmente con esta preocupación, dije entonces: «La construcción social católica posee una sólida armazón doctrinal. No es un retazo de conclusiones. Ni mucho menos una tesis que se haya asustado de las consecuencias. La doctrina social de la iglesia es, sencillamente, la aplicación de las normas de la moral cristiana al problema de nuestra época. Viejos principios que dieron calor a una civilización. Nuevas deducciones, como las reclaman nuevas necesidades humanas.» Por esto mismo surge lo que, usando la terminología social de Fermín Toro, se llamaría con justo derecho la «armonía», cuando las fórmulas diversas se encuentran, como diría aquel clásico venezolano, «no en oposición que excluye, sino en oposición que limita». Asimismo lo señala Acedo Mendoza, y concretamente cuando se refiere a «dualidad en la iniciativa y en el mercado», repite la importantísima doble negación: ni economía dirigida ni economía liberal: «es falso que exista una obligada disyuntiva entre estos dos caminos».

Acerca de la propiedad comunitaria

Quisiera disponer del tiempo y espacio necesarios para referirme con cierta amplitud a cada uno de los capítulos del libro Venezuela: ruta y destino, puesto que cada uno suscita, en la presentación del marco doctrinario, en la información sobre el problema, tanto en América Latina como en Venezuela, y en la proposición de soluciones, innumerables reflexiones; pero su exposición podría resultar interminable. El tema, por ejemplo, de la reforma agraria le permite extenderse acerca del concepto de propiedad comunitaria. Nunca podríamos agradecerle bastante la aportación que da para la discusión de este tema que, por lo mismo que tiene un poder vigoroso de atracción para las mentes jóvenes que aspiran a la creación de un mundo mejor, reclama un mayor y más detenido estudio, que permita proponer soluciones concretas después de irlas ensayando, en forma tal que el éxito de los ensayos autorice a impulsar un proceso serio de transformación profunda de la actual estructura de la propiedad. Los principios, en Acedo Mendoza, están bien claros y son afirmados con innegable coraje: «Según la doctrina cristiana —expresa—, es derecho natural primario el derecho a poseer los bienes de la tierra, pero ese derecho corresponde a todos los hombres…

Esto no es comunismo; ni supone que todos los hombres ejerzan en común su derecho a todos los bienes… La propiedad privada individual puede ser un buen sistema para distribuir la tierra entre los hombres, pero no entre unos pocos… Una institución —la propiedad privada individual— está cumpliendo torcidamente su fin social de distribuir los bienes de la tierras entre todos los hombres.»

Después de comenzar a escribir no quisiera pararme; pero ya va siendo demasiada extensión para un prólogo. ¡Cómo quisiera alargarme en el análisis del capítulo sobre la vivienda, donde aparece tan a lo vivo, expuesta con tanta honradez y con tanta sencillez al mismo tiempo, la magnitud del problema y la insuficiencia de los esfuerzos hechos hasta ahora para solucionarlo! ¡Cómo quisiera extenderme en el capítulo sobre la educación, en la cual se pone, con sobrado motivo, la clave fundamental de la reclamada transformación de las estructuras, puesto que exige al mismo tiempo un cambio en la aptitud y un cambio en la actitud: una capacitación suficiente, a fin de que podamos contar con elementos técnicos para afrontar los requerimientos del desarrollo, y un cambio de conciencia, de visión de la vida, que nos empuje valerosamente a afrontar los problemas que necesitamos resolver.

Yo estoy convencido de que la circulación de este libro va a despertar en Venezuela muchos y muy favorables movimientos de ánimo, va a provocar abundantes iniciativas de estudio y de divulgación. Así como el libro contiene, al alcance de quienes se preocupen por conocer mejor la realidad venezolana, un riquísimo venero informativo, asimismo habrá de provocar la exposición de criterios, algunos disímiles, otros complementarios, otros, ojalá, originales, para el análisis de los problemas y de las soluciones.

Quienes vemos, por ejemplo, el problema de la vivienda como un problema central de nuestra organización como país —puesto que de él depende en gran parte la posibilidad de fortalecer la institución de la familia y cambiar sus viciadas estructuras actuales, propiciar la elevación de un nivel general de educación en los hábitos de la vida diaria, lograr el acceso de la civilización hasta los núcleos marginados, dar estímulo al hombre para encontrar trabajo más remunerador y hasta producir un efecto multiplicador de nuestra actividad económica y facilitar la absorción de gente sin trabajo a la que los programas de industrialización y de reforma agraria no podrían beneficiar sino al cabo de un número relativamente largo de años— tenemos el deber de analizar a fondo las soluciones que, desde el punto de vista de los capitales necesarios para la inversión en vivienda y la generalización y accesibilidad del crédito, propone, abonado por la autoridad de su vasta experiencia, Carlos Acedo Mendoza.

Por un verdadero Programa Nacional

Todo esto será parte de los inmensos beneficios que este libro va a producir. El constituye, por otra parte, un gran ejemplo. El ejemplo de alguien que pudiera satisfacerse con una cómoda concepción burguesa de la vida, disfrutar de las facilidades que su inteligencia, su actividad y sus relaciones le han proporcionado y podrían proporcionarle en escala mucho más amplia, y, en vez. de eso, baja al terreno donde penetran las raíces del fenómeno venezolano y no rehúye los peligros de la incomprensión y los riesgos de la polémica, para decir su verdad; su verdad, que es la de que tenemos entre las manos un país al que no se le está prestando la atención debida, cuyas necesidades no vamos a satisfacer ni con la menguada e ineficiente actividad oficial, cuya limitación se refleja en numerosas cifras, ni con «una llamada economía de mercado, en la cual todo se decide a base de competencia y el afán de desplazar a su competidor lleva al hombre a una lucha despiadada y cruel».

El estudio del libro nos lleva a la conclusión de que en Venezuela se están haciendo esfuerzos, pero esos esfuerzos no son suficientes ni armónicos. Se hace mucho en educación, pero el impulso no está armónicamente repartido, ni cualitativamente orientado hacia la satisfacción de las necesidades que el desarrollo del país exige. Se ha hecho mucho en industrialización, pero en el momento actual parece que el proceso estuviera desorientado en medio del camino y por esto asomara la peligrosa contingencia de que se detuviera o se extraviara en el momento de mayor exigencia. No tenemos una política de visión clara frente al problema de la relación equilibrada y armónica entre la población urbana, que crece desaforadamente, y la población rural, a la cual no se atiende en la medida indispensable para hacerle en la tierra grata la vida y rendidor el esfuerzo. Poco, muy poco se hace ante el drama desolador de la familia, a la que se proclama célula fundamental de la sociedad, pero a la que no se considera en los hechos como la clave de una sociedad más sana, más feliz y más próspera. Se realizan, sin duda, y aparecen en el libro descritos en forma prolija (reveladora de la deferente inclinación del autor no ya por el tema en el aspecto teórico, sino también y sobre todo por su actividad práctica) programas de acción comunitaria; pero esa misma descripción nos deja una sensación de vacío: la carencia de una política nacional orientadora y estimulante, inspirada en la conquista de amplios horizontes y sostenida por la conjugación de las iniciativas que concurren a la finalidad común de la promoción popular.

Se trazó un hermoso programa de reforma agraria, se inició con innegable ímpetu el proceso de ejecución de esa reforma, se invirtieron sumas cuantiosas, cifras astronómicas, el resultado de cuya inversión quizá no corresponde a la magnitud del costo que soportó el país…, pero se llega a la conclusión de que los resultados obtenidos, correspondientes a las cifras, «no son demasiado generosos». Y en materia de vivienda popular, la realidad indiscutible es la de que el problema crece todos los días vertiginosamente, con la misma velocidad con que crece nuestro potencial demográfico, y las realizaciones ni siquiera tienen la virtualidad de contener el avance espantoso del déficit.

Pero todo esto, en parte, o mejor dicho en todo el libro, va expuesto con objetividad, sin acrimonia, sin ninguna frase tendenciosa, sino, a cada paso, con el deseo noblemente transmitido de que los problemas se vean a fondo y se resuelvan en la forma más justa y conveniente posible. Como la consecuencia más importante del libro, pudiera tal vez destacarse la necesidad de elaborar con suma urgencia un verdadero programa nacional, acometerlo desde los mandos del Estado e inflamar a los distintos grupos del sector privado para colaborar en su ejecución y aceptar la responsabilidad y sacrificios que entraña. «Sin una programación eficaz —nos dice con convicción profunda Carlos Acedo—, sin una política de orientación, estímulo y promoción, ninguno de nuestros países podrá lograr una aceleración verdadera de su proceso de desarrollo.»

Ese programa exige una visión nueva, desprendida de ciertos prejuicios, a los cuales se aferran los que más pudieran contribuir a crear una sociedad en la que nuestros hijos puedan vivir felices.

«No es sólo el déficit general de la vida, de la vivienda, sino la decadencia moral, la falta de salud, el bajo rendimiento en el trabajo, la disolución de la familia, el malestar social y la inestabilidad política, el analfabetismo, la ignorancia, el ausentismo y la deserción escolares, etc., los males que encuentran causa principal en este grave problema de la injusta distribución del ingreso nacional.» «Cómo lograr la mejor distribución del ingreso nacional constituye, a nuestro juicio, el punto central del problema socioeconómico de Venezuela, como lo es en general el problema latinoamericano y de todo el mundo.»

Al pan, pan, y al vino, vino. Pan y vino que están a nuestro alcance. «Incorporar a los marginados al proceso de desarrollo integral, convertir en pueblo a las masas urbanas y campesinas; infundir una conciencia social a las élites económicas, políticas y socioculturales del país; integrar socialmente a élite y pueblo, desarrollar industrias urbanas y tecnificar la producción agrícola; capacitar a toda la población adulta en los niveles universitarios, profesional medio o trabajador calificado y superar las situaciones de conflicto entre grupos políticos, económicos, culturales, etc., constituyen los hitos que marcan la ruta de nuestro destino.» Como un venezolano cualquiera, que ama a su pueblo y sufre con él; como un ser humano que cree en la necesidad de una nueva visión y ha sentido la incomprensión de los que se aferran a privilegios actuales; como un luchador por la justicia social en una Venezuela mejor, agradezco de todo corazón a Carlos Acedo Mendoza y al equipo polivalente que con él colabora la extraordinaria aportación que a todos nos ofrecen con la publicación de este magnífico libro.

 

Caracas, julio de 1966.

Rafael Caldera