Rafael Caldera:

Repúblico socialcristiano

Por Juan Miguel Matheus[1]

Este ensayo fue publicado originalmente en el volumen dos del libro Pensadores del siglo XIX y XX para el humanismo del XXI (RVL / Cultura Democrática, 2026), compilado por María Laura Picón y Micaela Hierro Dori. 

Rafael Caldera (1916–2009) ocupa un sitial eminente en la historia de la República de Venezuela. Fue dos veces presidente, parlamentario, fundador de un partido que le dio entidad a una tradición política de inspiración cristiana, jurista y pensador. Pero si uno quisiera decirlo con la precisión más sencilla, convendría afirmarlo así: fue, antes que todo, un hombre creyente, de visión trascendente y de principios; un ciudadano que entendió la política como servicio al bien común y la Constitución como concordia. Su figura no se agota en los cargos ni en episodios anecdóticos de los años que le correspondió vivir. Se sostiene —y se explica— en una intuición ética: la convicción de que la república es una comunidad de hombres libres, sustentada por instituciones, por leyes y por virtudes cívicas; y que esa comunidad necesita una savia que la alimente y la oriente. Esa savia fue, en Caldera, el socialcristianismo.

La palabra «repúblico», hoy poco usada, le sienta atinadamente a Caldera. En su sentido clásico, repúblico es el ciudadano que se debe con honestidad a la res publica y no a sí mismo; el que cuida las instituciones como quien cuida una casa heredada para entregarla mejorada. Fue repúblico porque entendió la primacía de la verdad sobre el poder y, en este sentido, rechazó el caudillismo —esa pulsión personalista que confunde el poder con la persona en lo peor de la propensión autocrática de nuestro pueblo—.

Fue un socialcristiano porque en su vida la doctrina social de la Iglesia fue inspiración y práctica. Desde los años treinta, cuando el país daba sus primeros pasos urgentes hacia la modernidad del siglo XX, leyó, estudió, asimiló y tradujo —en el sentido más fuerte del verbo— los grandes documentos sociales del magisterio; y todo eso lo injertó en el árbol venezolano de la historia patria, con la convicción de quien sabe que la política es acción.

De ese injerto nace —insisto— la imagen que mejor lo representa: el socialcristianismo como elemento animador de la república. Si la república es el tronco —las instituciones, la ley, el acuerdo—, el socialcristianismo es la sustancia que la recorre y le da vida: una ética trascendente de la persona que defiende la libertad, promueve la justicia, reconoce la dignidad del trabajo, ordena la economía con sentido de humanidad, abriga a los más pobres y contiene los excesos del poder y del mercado.

Hay en él, además, una marcada venezolanidad. No se trata de un localismo frívolo, sino del sustrato vivo desde el que pensó y obró. Caldera se nutre de una tradición nacional de políticos, juristas y escritores —Bello, Roscio, Juan Vicente González, Cecilio Acosta— que entendieron la república como un régimen de libertad con orientación moral en lo concreto de la historia. Y, a la vez, proyecta esa tradición hacia el ancho mundo, como lo haría un discípulo de Bello: con disciplina intelectual, con respeto por la lengua, con una sobriedad que es —podría decirse— urbanidad republicana[2]. Por eso, su pensamiento no es copia de modelos externos; es adaptación creadora: toma el personalismo, la doctrina social de la Iglesia, la experiencia comparada de las democracias cristianas europeas, el derecho comparado, y todo lo vuelve venezolano, es decir, conversable con nuestras urgencias de pueblo.

En este ensayo quiero hacerlo visible así: como repúblico de obra y de escuela; como socialcristiano que alimentó a la república con una ética de la persona; como fundador de un partido que ordenó la vida pública, educó para la responsabilidad y ayudó a sostener la estabilidad democrática más duradera de nuestra historia. No habrá aquí recuento de polémicas ni balance de coyunturas: no hace falta. Basta con mostrar el hilo que cose su biografía casi centenaria en torno a una de las más profundas de sus convicciones: luchar, luchar y luchar.

Al lector le propongo, entonces, comenzar por su raíz venezolana; veremos luego su vocación republicana; entraremos en el corazón de su socialcristianismo —la doctrina social transformada en política y acciones—; luego, comprenderemos la audacia de fundar un partido socialcristiano; y, finalmente, algunas consideraciones sobre su importancia para la vida republicana (universal) que debemos rescatar.

En estas dimensiones animadas por el amor de Dios se mueve gran parte de su legado. Y desde ellas, con palabras sobrias y con memoria agradecida, solo recurriendo a las citas que me resulten indispensables, es que deseo volver a él para aprender de nuevo lo esencial de su figura.

Repúblico enraizado en Venezuela

Rafael Caldera fue un hombre hondamente venezolano. Conoció y comprendió profundamente lo venezolano: el tipo humano, la cultura, la historia, la geografía, las letras, la gastronomía. Y a diferencia de muchos líderes latinoamericanos de su tiempo, que pasaron largas temporadas en Europa o en los Estados Unidos, quizás como buscando otras referencias y horizontes culturales, Caldera nunca vivió fuera de Venezuela, salvo durante el breve exilio forzado impuesto por la dictadura de Marcos Pérez Jiménez a finales de 1957. Esa permanencia en el país marcó su identidad política: pensó y actuó siempre desde el suelo venezolano, compartiendo las vicisitudes de su pueblo.

Caldera entendía la venezolanidad no como nacionalismo ensimismado, sino como conciencia histórica de una comunidad moral. Para él, ser venezolano significaba pertenecer a una república nacida de la fe en la ley y del sacrificio por la libertad. Por eso, asume, con sus luces y sombras, todo el pensamiento político venezolano nacido desde la independencia, con en el derecho natural como raíz, y  —acaso por su comprensión y admiración a Andrés Bello—  con la certeza de que la civilización comienza en el dominio del lenguaje para afirmar la verdad y la justicia, que sostienen la libertad[3].

Cuando otros pensaban el futuro desde el exterior, él prefirió arraigarse en la cotidianidad del país. Su biografía —docente, abogado, legislador, líder de partido, parlamentario, presidente— es la de un hombre que nunca se apartó del suelo que lo hizo. En cada etapa, la república fue su punto de partida y su horizonte moral de regreso.

Ese arraigo vital se refleja también en su estilo político. No concibió nunca el liderazgo desde la distancia ni desde la superioridad, sino desde la convivencia. Fue un político de proximidad con lo venezolano y los venezolanos, capaz de recorrer el país, de dialogar con obreros y campesinos, de escuchar a estudiantes y empresarios, de comprender a los militares. Su presencia constante en la vida pública era la expresión tangible de una convicción: la república debía vivirse desde adentro, no observársele ajenamente.

Su venezolanidad (casi) doctrinal se tradujo en una visión del Estado como mediador moral de la sociedad. En sus clases de derecho y en sus discursos de hombre de Estado, insistió en que la autoridad política debía tener rostro humano, es decir, debía ser reflejo de la justicia y no de la fuerza. Esa afirmación tiene resonancias en toda su obra: el poder legítimo se funda en el servicio, y la soberanía popular solo tiene sentido si se ejerce con responsabilidad moral.

De allí que su pensamiento integre la república venezolana en la tradición del humanismo cristiano universal. Caldera pensaba que la democracia solo se sostiene si reconoce la primacía de la persona sobre las estructuras; y que ninguna comunidad puede sobrevivir si pierde el sentido del deber de construcción de lo común. Desde esa matriz moral, reinterpretó la historia venezolana como esfuerzo inacabado por hacer coincidir libertad y justicia, fe y razón, patria y universalidad.

La suya fue una venezolanidad abierta, consciente de su tradición y, a la vez, dispuesta a dialogar con el mundo. En tiempos de ideologías cerradas, ofreció una idea de nación fundada en la caridad, en el trabajo y en la educación. Su vida entera puede leerse como un acto de fidelidad al suelo natal, pero también como una pedagogía de la ciudadanía de lo universal. La savia moral que Caldera aportó a la república se ancló en la venezolanidad, y con esa fisonomía la proyectó hacia el futuro.

La vocación republicana

En un país marcado por el personalismo militarista y la tentación de la fuerza, por el caballo y el machete, el empeño de Caldera fue rescatar la res publica como bien común, como tarea moral y como disciplina cívica. En su formación como abogado y su actuación como profesor de derecho, insistió en que el Estado debía ser garante de justicia y no aparato de arbitrariedad. Esa convicción lo acompañó toda la vida: el político debía ser, ante todo, un ciudadano consciente de su responsabilidad frente a la comunidad y, por esta, ante Dios.

Su pensamiento jurídico se nutrió de la convicción de que la ley es instrumento de justicia y no simple expresión del poder. En su tesis doctoral, Derecho del Trabajo (1939)[4], y luego en su intensa labor docente, defendió el principio de que el orden jurídico solo adquiere legitimidad cuando protege la dignidad humana. En eso veía el núcleo moral de la república: un Estado sometido al derecho y una ciudadanía formada en el respeto a la ley.

Esa vocación republicana se tradujo en acción. Caldera participó activamente en la redacción de las leyes laborales que abrieron el camino hacia un Estado social de derecho; una república social. Fue protagonista de la transición democrática de 1958 y uno de los arquitectos del Pacto de Puntofijo, que entendió como compromiso ético de convivencia. Para él, el consenso no era debilidad sino virtud republicana: el signo de una política que sabe anteponer la estabilidad de las instituciones a la pasión del momento.

De su vida de luchador —que incluyó ser líder de la oposición y también gobernante— se desprende que para él la república no podía fundarse en la imposición ni en la unanimidad forzada. Solo podía sostenerse en la libertad responsable y en la búsqueda del bien común. Por eso, se opuso tanto al autoritarismo como a la demagogia. Porque ambos destruyen la república: uno por exceso de poder, el otro por falta de verdad. Frente a ambos, Caldera testimonió la virtud del equilibrio, la templanza republicana que mantiene la unidad sin sofocar la diversidad.

En su discurso ante el Congreso en 1969, al asumir la Presidencia, dijo con sobriedad que su gobierno aspiraba a ser un ejercicio de autoridad republicana y no de poder personal, contando «con la fuerza incontrastable de la legitimidad constitucional y con el respaldo vigoroso del país nacional»[5]. Eso resume su idea de gobierno: autoridad fundada en la ley, legitimidad derivada del servicio, y fuerza moral enraizada en la justicia y en el consentimiento popular. Gobernar, para él, era enseñar con el ejemplo que la república es una escuela de responsabilidad.

Su republicanismo fue práctico y moral, nunca teórico. Y, sobre todo, orientado a la justicia social, defendiendo la posibilidad de una democracia inspirada en la idea de que el Estado debía intervenir para corregir los desequilibrios sociales, sin suplantar la libertad de las personas ni la iniciativa de las comunidades. Esa visión, de raigambre socialcristiana, trasladada al contexto venezolano, le permitió articular la libertad política con la solidaridad y con la responsabilidad individual.

Caldera fue, además, un maestro del diálogo institucional. Sabía que la república es un orden frágil, siempre amenazado por la desmesura. Por eso, cuando se le pedía la disolución del Congreso de la República de Venezuela y tenía apoyo popular para hacerlo sostuvo que había «preferido enfrentar el diálogo, el planteamiento de las situaciones, la necesidad de concertar acuerdos que son salvadores para el sistema democrático, antes que asumir la actitud de dar un manotazo, romper lo que hemos edificado con tanta laboriosidad, con tantos esfuerzos y con tantos sacrificios»[6]; por eso cultivó el lenguaje de la mesura: ni el grito del populismo ni el silencio del miedo, sino la palabra razonada que persuade y edifica. Su voz en el otrora Congreso de la República, en las cátedras y en los mítines, mantuvo siempre el mismo tono: firmeza sin violencia, claridad sin agresión. En un país acostumbrado a confundir la autoridad con la imposición, su ejemplo mostró que la autoridad puede ser serena. Y, siendo presidente, entendió que el poder sometido a la justicia es necesariamente limitado…

El socialcristianismo y la doctrina social de la Iglesia

Para Rafael Caldera el socialcristianismo apuntaba a que pensamiento y acción se confundieran en una misma vocación: hacer de la política una forma de servicio a Dios y a la persona humana. En el centro de su obra late una convicción esencial: la política, sin fundamento en una visión del hombre, degenera en técnica o en mero poder; sin Dios en inmoralidad.

Como ya se ha dicho, desde su juventud leyó con atención el corpus de encíclicas sociales de la Iglesia católica. Ese conjunto de textos formó en Caldera una comprensión moral del Estado y de lo cívico. Entendía que el poder no debía limitarse a administrar recursos o leyes: debía promover el florecimiento espiritual del pueblo. De ahí su insistencia en que la democracia debía ser social, esto es, capaz de garantizar justicia a los más vulnerables sin negar la libertad de la persona, todo en aras de la paz verdadera.

En 1987, el entonces senador vitalicio Rafael Caldera fue designado por Juan Pablo segundo como encargado de pronunciar el discurso en el acto inaugural del coloquio conmemorativo de los veinte años de la encíclica Populorum Progressio, en el Aula del Sínodo de Obispos, acto que luego inspiraría la redacción de la encíclica Sollicitudo Rei Socialis. Su discurso fue un acto de filiación doctrinal: sostuvo que la preocupación por el desarrollo humano integral expresaba «la continuidad viva de la Iglesia con la causa de los pobres y la dignidad del trabajo»[7]. Allí afirmó que la justicia social debía traducirse en políticas concretas y que el diálogo entre fe y cultura era indispensable para que el mundo encontrara su destino moral.

Años después, durante su segunda presidencia, recibió a Juan Pablo II en Venezuela (1996). El Papa lo saludó como «amigo en la fe y servidor del bien común»[8], y ambos se unieron en un mensaje de esperanza al pueblo venezolano. Aquella visita fue símbolo de una comunión espiritual: la doctrina social convertida en praxis de Estado, la fe traducida en responsabilidad pública. Caldera veía en Juan Pablo II la confirmación de su propia intuición: que la libertad solo es plena cuando se orienta, por amor, al servicio del otro.

El socialcristianismo, tal como lo asumió Caldera, no era una evasión espiritualista, sino una respuesta ética a la modernidad. En los años en que el marxismo pretendía monopolizar la idea de justicia y el liberalismo económico absolutizaba el mercado, Caldera propuso una tercera vía: una democracia cristiana, enraizada en la centralidad de la persona y orientada al bien común. En sus discursos y ensayos desarrolló esta idea con lucidez: el Estado y la economía debía, estar al servicio del hombre y no lo contrario. Por eso, pudo escribir que «la democracia cristiana no es ni un marxismo bautizado ni un liberalismo bautizado. Es un pensamiento propio y distinto»[9].

En este sentido, comprendió que la persona humana no se realiza aislándose, sino comprometiéndose en comunidad y que la libertad solo cobra sentido cuando se ejerce con solidaridad. Esta visión personalista lo llevó a criticar tanto la idolatría del Estado como el egoísmo individualista.

En La hora de Emaús (1956)[10], Caldera refirió la política como lugar de encuentro entre la fe y la historia. Ese texto temprano prefigura toda su obra posterior: el andar del cristiano no se da fuera del mundo, sino en medio de él, en el camino con los otros. La hora de Emaús, pensaba, es la hora de reconocer a Cristo en los que caminan con nosotros, en el obrero, en el campesino, en el estudiante, en el que sufre. Esa convicción le dio a su vida pública una dimensión espiritual que pocos estadistas alcanzan.

De allí su constante apelación a la caridad en política. La caridad entendida como virtud sobrenatural con eco en lo público, en el respeto y amor incluso por los adversarios, era para él parte del alma de la república. Porque sin caridad la justicia se vuelve cálculo; la justicia organiza lo social, pero la caridad lo vivifica.

El mérito de fundar un partido socialcristiano

Fundar un partido político es siempre una empresa titánica; fundar un partido socialcristiano, en el tiempo de los dogmas absolutos y de las ideologías de masas, fue una auténtica proeza moral. Cuando Rafael Caldera dio ese paso en 1946, Venezuela salía de la larga noche del militarismo y apenas ensayaba la vida democrática. En aquel escenario convulso, la creación de un movimiento inspirado en la doctrina social cristiana requería tanto coraje intelectual como fe cívica.

El país conocía dos inercias dominantes: el populismo y sectarismo emergentes de Acción Democrática, y el conservadurismo que se resistía a morir. Caldera no se identificó con ninguno. Entendió que la república necesitaba una tercera fuerza moral, capaz de superar la dicotomía entre el progresismo y la reacción. Su propósito no era restaurar el pasado, sino regenerar la política desde sus fundamentos éticos. Por eso rehusó la tentación del conservadurismo estéril. Sabía que la justicia social, y no la defensa de los privilegios, era la piedra angular de la vivificación cristiana de lo político.

Los primeros años fueron difíciles. La Venezuela rural que despertaba a la modernidad veía en el socialcristianismo una rareza doctrinal. Mientras unos lo acusaban de clerical, otros lo señalaban de ingenuo. Sin embargo, Caldera perseveró y COPEI ha sido uno de los partidos políticos más importantes de nuestra historia.

El contexto internacional le daba razón. En esos mismos años, Adenauer, De Gasperi y Robert Schuman reconstruían Europa sobre idénticos principios: dignidad humana, Estado de derecho, economía social de mercado. Caldera se sabía parte de esa corriente: no copiaba modelos, pero compartía el espíritu. Como ellos, buscaba fundar una democracia con alma.

Pero cuando la democracia cristiana europea alcanzaba su momento estelar, Rafael Caldera ya estaba avanzado en el camino hacia un partido socialcristiano propio. Mientras Adenauer reconstruía Alemania y De Gasperi y Schuman tendían los puentes de la nueva Europa, en Venezuela Caldera llevaba más de una década elaborando una doctrina que vinculaba la fe con la justicia social y el derecho con la fraternidad política.

Su empeño no fue tardío ni imitativo. Al contrario, anticipó en América Latina lo que en Europa se formularía tras la guerra: la convicción de que la democracia solo sobrevive si se funda en valores morales. Como Adenauer, creía que la libertad debía estar anclada en la verdad; como De Gasperi, que el Estado debía servir al hombre; como Schuman, que la política debía humanizar el poder. Pero en todos ellos veía espejos parciales de una idea que él mismo había concebido desde el suelo venezolano: la república como caridad política.

También cabe destacar que COPEI no nació como un partido confesional. Su inspiración cristiana no pretendía imponer dogmas, sino humanizar la vida pública. Su relación con el clero fue sana. Nunca permitió que el partido se confundiera con la jerarquía eclesiástica. De allí su nombre: Comité de Organización Política Electoral Independiente. Pienso que «independiente» significaba, aunque nadie lo diga, libre de tutela eclesiástica y de subordinación de grupos o clases. Era un modo de afirmar que el cristiano en política debía obrar con libertad de conciencia y responsabilidad civil.

La Venezuela de 1946 era todavía una nación sin clases medias consolidadas ni instituciones firmes. En ese contexto, hablar de justicia social y de democracia plural era casi un acto de fe. Caldera comprendió que la doctrina social de la Iglesia, aplicada con prudencia y creatividad, podía convertirse en una gramática política de aspiración de poder. Esa propuesta, que en principio parecía minoritaria, pronto se transformó en una corriente cívica que penetró universidades, sindicatos, parroquias, sociedad civil e instituciones del Estado. No fue casual que muchos de los mejores cuadros del país se formaran en COPEI.

El partido socialcristiano venezolano fue, además, una escuela de moderación. En los años de confrontación con Acción Democrática, Caldera evitó que el antagonismo degenerara en odio. Supo ver en los adversarios a compañeros de destino. Esa disposición al entendimiento fue la que permitió, tras la caída de Pérez Jiménez, la firma del Pacto de Puntofijo en 1958. Allí, Caldera fue el arquitecto invisible del acuerdo que garantizaría la estabilidad democrática más larga de la historia venezolana.

Con todas estas convicciones, Caldera logró que COPEI no fuera simple maquinaria electoral, sino un movimiento de formación republicana. A lo largo de medio siglo, COPEI fue el cauce institucional de esa vocación republicana y socialcristiana a la vez. Bajo su impulso, surgió una generación de dirigentes que hicieron de la política una forma de decencia y del Estado un espacio de servicio. Asumía que el partido no nació para gobernar, que también, sino para moralizar lo público. Y esa misión fue su grandeza y también su carga, porque en un país habituado al mesianismo, la pedagogía cívica resulta siempre más ardua que la demagogia, el fariseísmo y el sofisma.

Cuando en 1968 Caldera ganó las elecciones presidenciales, no lo hizo como caudillo por la gracia de Dios, sino como depositario de la voluntad popular y de madurez democrática venezolana. Fue la primera transición pacífica del poder en la historia republicana, y su triunfo hizo evidente que el socialcristianismo había echado raíces en la conciencia nacional.

El mérito de fundar un partido socialcristiano se mide, pues, por su capacidad de crear una cultura política con alma cristiana. COPEI fue durante décadas cuna de ciudadanía, un ámbito donde miles de venezolanos aprendieron que la política puede ser servicio y no negocio, vocación y no oficio. Aun cuando las crisis posteriores erosionaron su estructura, su legado doctrinal sigue vivo en la conciencia de muchos que vieron en Caldera a un repúblico íntegro y que inspire en todos los tiempos.

Consideraciones finales: el legado de Rafael Caldera y el vaciamiento espiritual de la república

Rafael Caldera es una referencia moral en un tiempo de vaciamiento espiritual de la república. Vivimos una época marcada por lo que Benedicto XVI llamó la dictadura del relativismo: la sospecha permanente frente a toda verdad moral. Cuando todo parece negociable, cuando la dignidad humana se vuelve mero discurso y no fundamento verdadero, la república pierde su alma incluso antes de perder sus instituciones.

Caldera entendió que la crisis de la república es siempre, en el fondo, una crisis antropológica. Su socialcristianismo fue, ante todo, una defensa de la persona como centro y medida de la vida pública. Hoy, en medio de la fragmentación moral, seguir su legado significa recuperar una convicción profunda: que la política es una dimensión permanente de la persona y que el orden temporal no está condenado a ser un valle de lágrimas, sino que puede —mediante esfuerzos y sacrificios— orientarse a la justicia.

Supo, también, que la república necesita sentido trascedente. Por eso, su legado no pertenece únicamente a la historia venezolana. Es patrimonio de los venezolanos para la humanidad. Muestra que es posible unir política y moral sin caer en fanatismos ni renunciar a la conciencia. Nos recuerda que la república se sostiene cuando hay hombres y mujeres que creen en ella más allá de la coyuntura, con los ojos en la eternidad.

Llamarlo repúblico socialcristiano es un deber de piedad patriótica. Es aceptar que la reconstrucción democrática comienza por una renovación del espíritu público cuyo campo de batalla es el alma de los ciudadanos. Si la república ha de sobrevivir al relativismo de los tiempos que corren, necesitará, nuevamente, de hombres con el temple de Rafael Caldera.

Concluyo, pues, este ensayo con las palabras finales de su último mensaje al pueblo de Venezuela, dadas a conocer después de su marcha a la casa del Padre. En ellas se retratan prístinamente el alma de un repúblico socialcristiano:

«Hemos de abrir caminos a la esperanza.

Tenemos una larga lucha por delante. La lucha es hermosa cuando la guía un ideal. Por eso la nuestra -que creemos en la persona humana, su libertad, la solidaridad y la justicia social- no aminora sino más bien alimenta la alegría, esa alegría interior que constituye la mayor fuerza para la constancia y predispone al éxito.

En mi larga vida de luchador, he tenido la oportunidad de ver altos y bajos en el camino de los pueblos de América Latina. Me llena de esperanza para el porvenir de nuestra nación la conciencia clara de que hay una nueva juventud que lucha por la libertad y quiere cambiar los actuales rumbos negativos.

Contamos con la ayuda divina, el don de la gracia, que viene de Dios, como recordaba el venerado Papa Juan Pablo II. Por medio de ella -nos dijo-, en colaboración con la libertad de los hombres, se alcanza la misteriosa presencia de Dios en la historia que es la Providencia (Centesimus annus, n. 59).

Al final, el tiempo de nuestra vida, intensamente vivido, también con el sufrimiento que marca el destino de todo hombre en esta tierra, está en manos de Dios. A su infinito amor y misericordia me confío»[11].

[1] Exiliado político venezolano, profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Monteávila (Caracas), actualmente Senior Research Fellow de la Escuela de Derecho de la Universidad de Texas (Austin) y afiliado al Centro de Derecho Constitucional de Stanford University.

[2] Rafael Tomás Caldera, La lección perenne de Rafael Caldera, «El orador en la república», (Caracas, 2022), 81-129.

[3] Rafael Caldera, Moldes para la fragua, «Andrés Bello» (Edición ampliada y en gran formato, 1980), 27-40. Disponible en: https://rafaelcaldera.com/moldes-para-la-fragua/

[4] Rafael Caldera, Derecho del Trabajo (Caracas: Editorial Cultura Venezolana, 1939).

[5] Rafael Caldera, Discurso de toma de posesión ante el Congreso Nacional, 11 de marzo de 1969, disponible en: https://rafaelcaldera.com/discurso-toma-posesion-del-presidente-rafael-caldera-1969-primer-gobierno/

[6] Rafael Caldera, Discurso en las Cortes españolas, Madrid, 25 de marzo de 1996, disponible en: https://rafaelcaldera.com/rafael-caldera-ante-el-pleno-de-las-cortes-generales-de-espana/

[7] Rafael Caldera, Discurso en el acto inaugural del coloquio conmemorativo de los veinte años de la encíclica Populorum Progressio, en el Aula del Sínodo de Obispos, Ciudad del Vaticano, 24 de marzo de 1987, disponible en: https://rafaelcaldera.com/a-veinte-anos-de-la-populorum-progressio/

[8] Juan Pablo II, Discurso en la llegada al aeropuerto de Maiquetía, L’Osservatore Romano, 9 de febrero de 1996.

[9] Rafael Caldera, Especificidad de la democracia cristiana (Caracas, 2002). Disponible en: https://rafaelcaldera.com/wp-content/uploads/2017/06/Especificidad-de-la-Democracia-Cristiana-Rafael-Caldera.pdf

[10] Rafael Caldera, La hora de Emaús (Caracas, 1956). Disponible en: https://rafaelcaldera.com/la-hora-de-emaus/

[11] Mensaje al pueblo de Venezuela Divulgado con ocasión del fallecimiento de Rafael Caldera el 24 de diciembre de 2009. https://rafaelcaldera.com/mensaje-al-pueblo-venezuela/#:~:text=8,amor%20y%20misericordia%20me%20conf%C3%ADo.