Rafael Caldera, hombre de América
Por Joaquín Ruiz-Giménez Cortés
*Pensado inicialmente como prólogo al libro de Rafael Caldera Justicia Social Internacional y nacionalismo latinoamericano.
Cuadernos para el Diálogo, diciembre 1973, número 123, pp. 27-28.
Cuando, a comienzos del cálido verano que ahora expira, los animosos editores de este pequeño pero atrayente libro de don Rafael Caldera, Justicia social internacional y nacionalismo latinoamericano, me hicieron el honor de pedirme unas cuartillas a modo de prólogo, acepté gustosamente su amable requerimiento.
Tenía entonces el obstáculo de no pocos compromisos semejantes, que por una serie de infelices circunstancias se me habían acumulado en los últimos tiempos; me trababa también la preocupación de mi notoria impericia para este tipo de presentaciones. Pero no podía negarme a la generosa invitación. Y ello no tanto por el deseo de ser fiel a la entrañable amistad que me ligaba al protagonista de estos discursos (ahora reajustados y pulidos con fina sensibilidad por su hijo), sino más bien por la exigencia íntima de saldar una deuda de justicia que con él tenemos las gentes de esta vieja y dura tierra nuestra.
Aquí —penoso es decirlo— se sabe poco, demasiado poco, de este hombre, Rafael Caldera, cuya estatura espiritual y política es, sin embargo, de primera magnitud. No se ignora (pues en la prensa aparece algunas veces) que Caldera ocupa desde hace años la presidencia de la República de Venezuela; ni que, durante un pacífico mandato (que ya se acerca constitucionalmente a su término), el prestigio de ese gran país sudamericano ha crecido de forma ejemplar en el Nuevo Continente y se ha proyectado hacia Europa como un símbolo de gallarda independencia y progreso en la libertad.
Menos conocido es en estas latitudes que Rafael Caldera, antes de ser elevado a ese supremo rango político por el amplio voto libremente expresado en unas elecciones sin tacha, sufrió persecución, cárcel y exilio en los períodos dictatoriales que oprimieron a su patria; y organizó muy pronto, después de la liberación, un inequívoco movimiento democrático de raíz cristiana, que a efectos electorales tomó el calificativo de COPEI. Este título, ciertamente un poco extraño y episódico, todavía sirve para designar al potente partido político fundado por el hoy presidente de Venezuela en sus años de oposición, tal vez porque quiso siempre descartar cualquier connotación «confesional» y abrir las filas de su corriente política a impulsos pluralistas y renovadores.
Aún se conoce menos por aquí que Rafael Caldera fue siempre —y sigue siendo— un jurista de cuerpo entero, no sólo como cultivador de la ciencia jurídica, con cátedra universitaria y escritos muy valiosos (en la especialidad del Derecho administrativo y, sobre todo, del Derecho laboral, que al nivel de nuestro tiempo es rasgo muy definitorio de su sensibilidad humana), sino también en su específica actividad política, ya que siempre sujetó el ejercicio del poder al imperio de la norma legal y a las exigencias de la justicia.
Añádase a todo ello su vinculación afectiva, casi física, a España. No como madre patria en un sentido romántico y maltrecho por el abuso histórico, sino como hermana mayor de una estupenda estirpe de pueblos políticamente soberanos, aunque, por desgracia, todavía no realmente libres en el plano socioeconómico.
Muy pocos son los españoles que saben cuántas veces vino Rafael Caldera a nuestra tierra y puso en ella sus ojos, sus oídos, su tacto, su delicadísima emotividad, su espíritu permeable a todo vestigio de verdad, de bondad y de belleza. En sus palabras, orales y escritas, hay profundos reflejos de España. Si alguna vez sufrió desconcierto o tristeza en nuestras latitudes a causa de una determinada incomprensión o arbitrariedad (pues le fue gubernativamente «suspendida» una conferencia, cuando era un sencillo profesor peregrinante, aunque ya clara esperanza para su país y toda América), no queda huella de amargura ni resentimiento en su alma nobilísima. De ello pueden dar testimonio quienes le han visto y oído durante el ejercicio en su patria de la suprema magistratura. Otra cosa es que, por limpia coherencia con su ideario político, haya preferido abstenerse de cualquier viaje hacia la Península en las presentes circunstancias. ¡Pero España, el entrañable pueblo de España, está siempre actuando en su pensamiento y en su corazón!
Una grave circunstancia de estas semanas da mayor importancia al libro: precisamente el drama de Chile y las discusiones abiertas sobre las responsabilidades de unos y otros. Rafael Caldera ha dado impulso y rigor en América a una de las más auténticas y vigorosas corrientes democráticas de signo cristiano. Ahí está el Instituto de Formación de Dirigentes por él puesto en marcha en Caracas; y, a mayor abundamiento, ha ocupado durante años la cúspide de la Unión Mundial de la Democracia Cristiana.
Pues bien, todos estamos en estas horas bajo el durísimo choque espiritual de aquella tragedia humana. Nos sentimos moralmente obligados a condenar cualquier actitud que haya promovido o simplemente facilitado o admitido post-factum la subversión reaccionaria y cruenta, entre militar y civil, contra el gobierno legalmente constituido en aquella nación y, de un modo especial, contra su egregio presidente Salvador Allende, héroe ya de su pueblo y del mundo. Nos duelen hasta lo más hondo las noticias —parciales y ambiguas a veces, pero, en todo caso, no suficientemente contradichas ni con las palabras ni con los hechos— sobre reprobables actitudes, antes y después del «golpe de Estado», de algunos dirigentes y militares de la democracia cristiana chilena (con las espléndidas excepciones del grupo de Radomiro Tomic). Todo eso nos hiere y nos impulsa a luchar cada vez más decididamente por una transformación radical —una revolución sin sangre de las estructuras socioeconómicas, culturales y políticas en nuestras respectivas naciones por vía democrática, con ritmo humano, pero sin parsimonia de etapas geológicas (porque el hambre, la opresión, la injusticia en todas sus formas aprietan a los hombres con dramática velocidad de segundos).
En ese panorama, ¿cómo hay que valorar la figura de Rafael Caldera, que nunca ha disfrazado su perfil ni ha mistificado su aliento democrático y cristiano? Tengo la certeza moral de que Rafael Caldera, jurista y hombre, repele firmemente cuanto ha sucedido en Chile y le duele hasta las entrañas que se haya roto, de manera brutal, una experiencia de evolución democrática hacia un socialismo humano, un intento auténtico de «revolución en la libertad». Indicio de que esa es en estos instantes su postura está en la categórica condenación del «golpe militar», difundida por toda la prensa de Occidente, como emitida por la Unión Mundial de la Democracia Cristiana, de la que Caldera fue siempre inspirador y guía.
Ignoro en estos momentos si Rafael Caldera, como jefe de Estado, podrá o no romper relaciones con los poderes de facto que ahora ocupan el territorio de Chile. Es dolorosamente probable que pueda prevalecer en este caso, como ya ha ocurrido desde diversas capitales de países democráticos o no, la discutible «doctrina Estrada», en cuyo nombre —aunque sea abusivamente— han quedado impunes tremendos crímenes políticos en la historia contemporánea.
En todo caso, seríamos injustos si silenciáramos en este instante lo que Rafael Caldera ha sido y es en su vida: una vida privada ejemplar, una vida profesional de jurista y universitario auténtico, una vida política de sufrimiento y de pugna constante, como víctima de presiones dictatoriales y como forjador, inmediatamente después, de una popular corriente política de signo inequívocamente democrático. Y ello tanto en la oposición cuanto en el poder, que no son, por desgracia, «situaciones idénticas» y en las que no permanece sin desfallecimiento el espíritu democrático de muchos políticos de diverso trasfondo ideológico.
Lo que Rafael Caldera pensaba desde la oposición o como jefe de un partido late en sus obras anteriores, escasamente conocidas en España, salvo El perfil de la democracia cristiana (recientemente lanzada en Barcelona y digna de ser leída con atención y meditada lealmente, pues él no busca ni quiere la adhesión incondicional o conformista, sino la apertura de un diálogo crítico y cordial hacia nuevos horizontes). Y de lo que proclama y propugna ahora, desde el poder, queda significativa constancia en las páginas de este libro. Dos ideas cardinales lo atraviesan de la cruz a la fecha; dos ideas que no son de un hombre de partido, sino de Estado; más aún, de comunidad de Estados. Porque Rafael Caldera se muestra aquí como hombre de América, y América es —según vaticinó Vasconcelos— la tierra del hombre.
Queda patente, en primer término, que para Rafael Caldera la democracia es una forma esencial de vida pública y una estructura política insustituible; pero queda igualmente claro que para él la democracia ha de ser personalista y comunitaria al mismo tiempo, esto es, integral. Y, a su juicio, eso sólo se logra a fuerza de justicia, sin atenuaciones ni remilgos: «La libertad puede sufrir su crisis más dura —anunciaba Caldera hace pocos años y aquí se repite— si no se alimenta con las realizaciones de la justicia social.» Y para él la justicia social no consiste en parches o remiendos «paternalistas» o meramente «reformistas» de un inicuo entramado de relaciones socioeconómicas, sino en un cambio de decisiva hondura.
Consecuentemente —y esta es su segunda idea—, la democracia ha de ser universal. Ello exige que la justicia, con sus valores de libertad, igualdad y solidaridad, sea supranacional, impere en las relaciones económicas, culturales y políticas de Estado a Estado y de continente a continente. De ahí que Caldera predique por doquier el deber inesquivable y fundamental que tienen los «pueblos ricos» de compartir sus patrimonios y sus posibilidades de toda índole con los «pueblos pobres», sin imperialismo ni prepotencia alguna.
Para que esto sea posible —y aunque a primera vista resulte paradójico—, Caldera propugna un inmenso nacionalismo latino-americano. La expresión podrá o no gustarnos (cabría encontrar otra con menos resonancias de un mal momento de la historia moderna), pero si Caldera la utiliza es porque sabe que tiene virtualidad para movilizar las energías de veinte pueblos y para llevarles a una convergencia de empeños sin la cual sería imposible, de un lado, vencer a los «nacionalismos egoístas» de cada país singular y, de otro, adquirir fortaleza para el diálogo y la necesaria negociación con Norteamérica y con los demás Estados capitalistas o colectivistas del hemisferio septentrional, el mundo de la tecnología y del desarrollo.
¡Bienvenido este pequeño libro si sirve para empujarnos a todos en esa lucha por la justicia y por la paz sin falsificaciones! ¡Bienvenido más aún si nos ayuda —como quería nuestro Machado— a distinguir los ecos de las voces, las fuertes voces que claman por la libertad y la igualdad verdaderas!
