
Luigi Sturzo por Pedro Mancilla. Esta ilustración apareció publicada en la tercera edición de Moldes para la Fragua (Editorial Dimensiones, 1980).
Luigi Sturzo: Lo político y lo religioso dentro de lo social
Luigi Sturzo nació y murió en Italia; en Caltagirone, Sicilia, el 26 de noviembre de 1871 y en Roma el 8 de agosto de 1959. Activo propagandista de las ideas sociales de la Iglesia Católica, fue ya en 1900 de los iniciadores de un partido con fines estrictamente democráticos y de gran contenido social. En 1906 se retiró a Caltagirone, donde desarrolló intensa actividad. En Roma, en 1915, fue Secretario de la Acción Católica Italiana y Vice-Presidente de la Asociación de las Comunas Italianas. En 1918 fundó, con otras notables personalidades, el Partido Popular Italiano —que dirigió durante seis años— el cual llenó un gran papel en la vida italiana, hasta que la consolidación del fascismo hizo imposible su continuidad. Exiliado durante veinte años en Europa y Estados Unidos, tuvo la satisfacción de volver a Italia después de la guerra y de ver renacer el antiguo Partido Popular con el nombre de Democracia Cristiana, bajo la experta dirección de Alcide De Gasperi, quien obtuvo la victoria y con ella la responsabilidad de dirigir la reconstrucción de su patria. Senador Vitalicio, Sturzo murió cubierto de honores en 1959. El presente ensayo forma parte de los Escritos de Sociología. y Política. publicados, en tres volúmenes, en ocasión de su octogésimo cumpleaños. Texto también publicado en Moldes para la Fragua (3a. edición, Editorial Dimensiones, 1980)
Quizá pocos temas hayan sido objeto de más especulaciones dentro del orden práctico, que la influencia de lo político y de lo religioso dentro de lo social. No se trata tan sólo del grado de amplitud atribuido desde los más diversos ángulos al hecho político o al hecho religioso, sino también, y más especialmente, al criterio sobre las relaciones y concatenaciones que deben existir entre uno y otro, y entre cada uno de ellos y el resto de vivencias y manifestaciones que integran la existencia colectiva de un pueblo.
El apoliticismo, por ejemplo, ha sido desde hace largos años y continúa siendo tema de disquisiciones; en el fondo, ellas reflejan particulares tendencias y preocupaciones políticas. Se confunde deliberadamente la política —como ejercicio de una actividad específica— con lo político —como manifestación de un hecho y de una necesidad social— para dentro de esta confusión afirmar que lo político —y no solamente «la política»— debe estar ausente de la vida económica, de la vida cultural, de las actividades religiosas. Con lo cual sucede que, generalmente, al pregonarse la indiferencia de lo político ante las demás actividades sociales, lo que en verdad se busca es someterlas a una determinada forma política, o mejor, a un interés político concreto.
Más viejo y más intenso todavía ha sido el clamor contra la presencia del hecho religioso. En nombre del «laicismo» se ha pretendido cerrar a las preocupaciones religiosas todas las puertas de la vida humana. «¡Fuera la religión de la economía!» ha sido el grito de quienes en la actividad económica no han querido ver sino ganancias y se descomponen ante el recuerdo de las leyes morales que las limitan. «¡Fuera la religión de la escuela!» ha sido la consigna de quienes aspiran a descristianizar la juventud. «¡Fuera la religión de la política!» ha sido el estribillo de quienes aspiran a manejar el Estado con prescindencia de las normas éticas, como un simple aparato de poder.
Ya se van a cumplir sesenta años del momento en que el Sumo Pontífice León XIII en su carta inmortal sobre la condición de los obreros afirmó que «si remedio ha de tener el mal que ahora padece la sociedad humana, este remedio no puede ser otro que la restauración de la vida e instituciones cristianas». Diez años más tarde, comentando sus propias enseñanzas ante la negación de algunos que rechazaban lo que llamaban intromisión religiosa en materia económica, afirmaba el mismo Santo Padre en su Encíclica acerca de la Democracia Cristiana que la cuestión social era, no solamente económica, sino «principalmente moral y religiosa y por esto ha de resolverse en conformidad con las leyes de la moral y de la religión». Cuando Su Santidad Pío XI hubo de comentar y ampliar el pensamiento de la Iglesia acerca de la restauración del orden social, estaba todavía viva la objeción, de la cual hubo de ocuparse con palabras de fuerza concluyente: «Es cierto que la economía y la moral, cada cual en su esfera peculiar, tienen principios propios, pero es un error afirmar que el orden económico y el orden moral están tan separados y son tan ajenos entre sí, que aquél no depende para nada de éste. Las leyes llamadas económicas, fundadas en la naturaleza misma de las cosas y en las aptitudes del cuerpo humano y del alma, pueden fijarnos los fines que en este orden económico quedan fuera de la actividad humana y cuáles, por el contrario, pueden conseguirse y con qué medios; y la misma razón natural deduce manifiestamente de la naturaleza individual y social del hombre y de las cosas, cuál es el fin impuesto por Dios al mundo económico»1.
Han afirmado, pues, los Papas la necesaria sujeción de la vida económica a las leyes morales, mas no les ha sido fácil vencer la resistencia de quienes preferirían abiertamente que en el homo oeconomicus no interfiriera ninguna consideración de orden espiritual. También han afirmado —y buena lucha ha costado el que ello se admita— que el hecho político no está tampoco libre de las normas éticas y religiosas; y a pesar de los alaridos que reclaman «¡teocracia!» cuando se exige el reconocimiento de determinados principios en la vida política, aún resuena la afirmación enérgica que da Su Santidad en carta de 25 de agosto de 1910: «no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó».
*
Las anteriores consideraciones son las primeras que asoman a la mente cuando ésta se apresta al estudio de una figura singular: la del hombre que hizo realidad práctica en Europa la siembra de la democracia cristiana; cuyos ochenta años han servido de ocasión para que el mundo entero, y en primer término su amada patria, se dispusiera a rendirle inolvidable homenaje.
Porque don Luigi Sturzo es sociólogo, y no sólo sociólogo, sino apóstol de una reforma social; pero al mismo tiempo, por disposición clara de la Providencia Divina, ha correspondido a don Sturzo ser sacerdote y político.
¿No hay incongruencia en ello? ¡Cuántos se habrán escandalizado y se escandalizarán todavía de que el humilde sacerdote de Caltagirone haya sido el paladín de la democracia cristiana en Europa! Pero es que la figura de Sturzo, excepcional como es, viene a constituir la afirmación vital de una verdad cuyo sentido emerge del campo de lo normativo y se robustece en el terreno de la ciencia objetiva.
Reconstruyamos idealmente el camino de su vocación y extraigamos de él una de las más provechosas lecciones en el ámbito de la sociología.
Es Luigi Sturzo un sacerdote. Su primer llamado es el apostolado religioso. Lo pide Dios y va a él con un celo ferviente. El testimonio abunda para destacar cómo ha sido intachable y ejemplarizadora su acción sacerdotal. Hoy mismo, inspirador del partido que gobierna su patria, vive en olor de humildad, entregado a la oración, al apostolado y al estudio. Nadie podría negar, al gozar del privilegio de visitarlo en su domicilio y de escucharlo, que se trata de un hombre de Dios.
Por lo mismo de ser sacerdote, fue, sin previamente proponérselo, hacia la acción social. El sacerdocio es caridad y la caridad es la acción social en su más alta forma. Como lo ha dicho monseñor Franceschi, el sacerdote Luigi Sturzo «nunca pensó sino en servir a Dios en sus hermanos los hombres»2. Lo social aparece en la vida del hombre religioso, no como una intromisión extraña; menos aún, como una desnaturalización del oficio para el cual ha dedicado su vida. Todo lo contrario: es su complemento necesario; más todavía, es su ámbito propio. El hecho religioso, aspiración del hombre hacia el Creador y Redentor del mundo, se manifiesta en sus mandatos; y la primera obligación que Dios impone es el servicio colectivo, pues no otra cosa significa el amor al prójimo confundido en el primero de los mandamientos.
No sé yo, ni me ha llegado a interesar descubrirlo, qué fue anterior en Don Sturzo, si el estudio o la acción en el campo social. Para fin de cuentas, lo mismo viene a ser, pues una cosa va en función de la otra. Si previamente nació en él su decidido amor por el estudio científico de la realidad social, ese estudio científico no tuvo nunca para su espíritu la virtualidad de objeto en sí, porque estaba formado en la concepción teleológica de que el hombre tiene un fin en el mundo y ese fin es servir a Dios y a los demás. Si, por lo contrario, fue la misma necesidad de acción la que lo estimuló al estudio de la Sociología, ello sólo vendría a corroborar su concepto de que la resolución de los problemas, en el mundo de hoy, no puede ser fruto de la improvisación sino que supone un análisis científico profundo, objetivo y sincero de esos mismos problemas y de la realidad que les da origen.
Pero lo que sí es verdad indiscutible, es que Luigi Sturzo no llegó a la política por lo que muchos están y andan en ella: por sus aspectos «materiales y utilitarios» que condena y para preservación de cuyos perniciosos efectos ha defendido la necesidad de partidos católicos que no sean sólo «instrumentos políticos» sino que han de tener «un programa ideal y moral». Luigi Sturzo llegó a la política por una necesidad social y por una necesidad de su espíritu. No apareció como un fantasma en la vida política, caído en ella para especular sus dotes personales. Llegó a la política como una consecuencia de su vocación de apostolado; pues las exigencias de ese apostolado —oigamos otra vez a Monseñor Franceschi— «movieron a Don Sturzo a tender hacia la política, no por ella misma sino por lo que tenía de contacto con lo social»3.
*
Convengamos en que no es ni puede ser regla general el caso de un sacerdote que fue Alcalde, Consejero, Jefe y Secretario Político de un Partido. Hoy mismo, cuando el partido de la Democrazia Cristiana hace realidad en Italia el inicio de sus enseñanzas, separadas están las funciones de los dirigentes políticos y las de quienes en el campo sacerdotal o seglar luchan también por llevar a la vida social la verdad de una reforma cristiana. Pero reconozcamos que su caso, el caso excepcional de Don Sturzo, constituye manifestación providencial de una verdad cuyo reconocimiento ha de ser fundamental para la reorganización del mundo.
Esa verdad se afirma, precisamente, en el triple carácter de sociólogo, sacerdote y político que inseparablemente llena la vida de Don Sturzo: esa verdad consiste en la necesaria interrelación de estos fenómenos sociales, políticos y religiosos. Es la circunstancia objetiva, que muchos se empeñan en desconocer, de la unidad esencial de la persona humana; postulado del cual se deriva, con necesidad invencible, aquel otro de la unidad esencial de la vida social, que desarrolla dentro de las relaciones colectivas las características de los seres que la integran.
Tiene carácter pontificio la declaración de que la política y la economía, como las demás manifestaciones de la vida social, no pueden sustraerse al imperio de las leyes morales. A más de la autoridad que la respalda, esta tesis está ampliamente fundada en las enseñanzas de la Filosofía. Pero interesa señalar —y a ello tienden estas modestas líneas— que la misma verdad emerge de la Sociología entendiendo esta ciencia como la que estudia de manera objetiva la realidad social.
*
La realidad social es compleja. Cada una de sus manifestaciones se entrelaza con factores y procesos de variada índole. El estudio de cualquier fenómeno indica que una pequeña alteración que sufra, inevitablemente se traduce en perturbaciones y modificaciones que alcanzan hasta otras manifestaciones sociales que pudieran parecer muy lejanas.
Un descubrimiento científico, la propagación de una idea religiosa o de una convicción filosófica, no sólo repercuten en su campo específico, sino en la economía o en la vida política. La transformación del medio geográfico o de las formas demográficas puede provocar modificaciones importantes en la vida de los pueblos; la introducción de un nuevo factor económico puede traer consigo —como ha ocurrido en Venezuela con la producción petrolera— las más hondas transformaciones. Ese carácter de complejidad que tienen los fenómenos sociales suele ser olvidado por los especialistas. En ocasiones, se ha tratado de establecer vallas imaginarias e irreales entre los diversos órdenes de la actividad social; en otras, se ha acudido a interpretaciones monistas que prefieren referir a un solo fenómeno o a un orden de fenómenos, la explicación de todos los demás aspectos de la realidad colectiva.
Los monismos están de paso en la Sociología. No se debe negar que ellos han contribuido a hacer énfasis sobre la importancia de diversos factores y sobre la repercusión de esos factores en la complicada trama de las vivencias colectivas. El monismo económico, por ejemplo, el más sonado de los últimos tiempos, tuvo el efecto favorable de hacer abrir los ojos sobre la importancia de la economía en la vida social y sobre el influjo de los hechos económicos en campos que le parecían muy distantes, como la política o la vida espiritual. Así también, el monismo geográfico hizo pensar más detenidamente en la influencia que territorio y clima ejercen sobre la vida humana; y el monismo racial obligó a los hombres a estudiar mejor la significación de la sangre y de la raza en la existencia de los pueblos. Pero la exageración de convertir en razón única y exclusiva de los fenómenos sociales a uno solo de ellos ha sido rechazada más firmemente cada día, ya que el conjunto de las diversas investigaciones hechas por los propios monistas ha llevado más bien a aclarar la interdependencia recíproca de las diversas expresiones comunitarias.
Es característica en la Sociología más reciente, la convicción de la complejidad social. Así, un autor tan distinguido como el profesor Georges Gurvitch, cuyas concepciones pueden no compartirse pero cuya información y conocimientos son notorios, lo pone de relieve al comentar «la vocación actual de la Sociología»: «Esta realidad social compleja y extendida —expresa— es estudiada por la Sociología de una manera muy especial, bien distinta de las ciencias sociales particulares. El método sociológico se caracteriza por dos puntos fundamentales: a) él toma siempre en consideración todos los planos de la realidad social a la vez, aplicándoles una visión de conjunto; aun las ramas especializadas de la Sociología (por ejemplo, la Morfología social, la Sociología del Derecho o de la Religión, la Psicología colectiva, etc.) se distinguen a este respecto de las ciencias sociales particulares. Porque, si algunas ramas de la Sociología parten de uno de los planos en profundidad de la realidad social, sobre el cual ponen su énfasis, ellas conducen siempre a relacionarlo con otros planos y a integrarlo en «el fenómeno social total»»4.
Así mismo lo había dicho Gilberto Freyre en 1945: «Es que la sociología va desenvolviendo hoy su condición de ciencia social autónoma precisamente en sentido contrario a cualquier exclusividad de interpretación de los fenómenos interhumanos. La exclusividad económica, la política, la cultural, la geográfico-social, el propio exclusivismo sociológico de Comte y de Durkheim, van siendo todos —exclusivismos de teoría o de criterio— sustituidos por criterio más «católico» y, a lo que parece, más de acuerdo con la naturaleza compleja de los fenómenos sociales: el de la reciprocidad de influencias y complejidad de interrelaciones, presentes en las relaciones sociales aparentemente más simples»5.
Resulta, por lo tanto, anacrónico, contrario a la más concluyente experiencia sociológica y al conocimiento más objetivo y desinteresado en el campo de la Sociología, pretender que determinado fenómeno se aísle; cerrar los ojos a la influencia que por la misma complejidad social ese fenómeno tiene que recibir y ejercer sobre los otros órdenes de la vida colectiva.
El aislamiento a que de espalda a los principios quiere condenarse el hecho político viene a ser, pues, un desconocimiento anticientífico de la realidad. Pero semejante desconocimiento se hace más grave en la hora actual, cuando como reacción al laissez faire, el Estado se inmiscuye considerablemente en los demás órdenes y actividades.
La existencia de un orden político no es sólo una exigencia del orden social total. Ese orden político condiciona también y modifica la forma y desarrollo de cada uno de los otros fenómenos sociales. Arreglar la economía, orientar la educación, facilitar y amparar la familia, permitir y estimular el desarrollo de la cultura y la vida moral y religiosa, y hasta asegurar la vida y la salud física de los pueblos, viene a depender en gran parte del grado de normalidad y de eficacia que presente el hecho político. En este sentido adquiere tintes de verdad literal la frase hiperbólica de un gran escritor español de nuestro tiempo: «la política en la Historia, señores, es el macho»6.
Pero, al mismo tiempo, la política es el reflejo continuo del «devenir» social. «Ni las formas ni las funciones del gobierno —dice un sociólogo norteamericano— pueden ser entendidas sin continua referencia a los factores sociales básicos en su desarrollo. El comercio exterior y las inversiones han extendido nuestros intereses y actividades gubernamentales hasta partes opuestas y remotas del globo. El automóvil ha desbordado las antiguas demarcaciones y fronteras entre ciudades, condados y aun estados, acercando las capitales tanto casi como si fueran cabeceras de distrito. El progreso de la ciencia sanitaria ha producido una revolución en la salud pública. Las influencias industriales urbanas sobre la familia han presentado la cuestión de las medidas preventivas contra la delincuencia, la organización y actividades de las bandas de maleantes, la construcción de tribunales juveniles y un procedimiento nuevo. La inflación y deflación de los negocios y la agricultura han obligado al gobierno a emprender nuevas actividades en ambos campos. El acortamiento del día laboral ha precipitado un nuevo y amplio problema, el del uso del tiempo libre y la relación del gobierno con la recreación. La aparición de grupos sociales y económicos desafiantes ha trastornado las bases de la vida económica y de la vida pública, mientras los métodos modernos de publicidad y propaganda han afectado profundamente la conducta de las relaciones públicas»7.
Sería ignorar la más palpable evidencia, considerar lo político como un fenómeno aislado o aislable, que no tenga nada que ver con cada uno de los otros fenómenos que integran la realidad social. Y como la solución de muchos problemas que no son políticos la ofrece la política, es monstruoso que a ésta se le exima de responder a necesidades, intereses y principios que dimanan de los otros órdenes sociales.
El Estado, por ejemplo, se inmiscuye en la vida económica. ¿Cómo entonces, pretender que no se le pregunte cuáles han de ser las concepciones filosóficas y las normas éticas que van a presidir su acción de intervencionismo económico? El Estado intervencionista no es un Estado agnóstico, indiferente a los otros «planos» (como Gurvitch diría) de la realidad social. Es un Estado que piensa y que siente, como piensa y siente la colectividad que representa. Pensamiento y sensibilidad que traducen la influencia de otros hechos sociales en el hecho político.
El Estado se mezcla en la vida familiar. No ha querido renunciar a una función legislativa en materia de las relaciones más íntimas que supone la vida de familia. No ha podido cruzarse de brazos ante problemas que actualmente aquejan a la sociedad doméstica y asume una función tuitiva para defensa y protección de la que ha sido hasta en textos constitucionales proclamada como célula social. ¿Cómo podría, entonces, ignorar la realidad objetiva y normativa que a la familia informa y le atribuye su razón de ser?
El Estado, más aún, interviene también en los asuntos educacionales. Quiere suplir, quiere vigilar, y hasta ha pretendido desplazar otras fuerzas sociales en la educación. ¿Cómo pretendería dirigir esa acción, si le impidiera el acceso hacia sus bases a las realidades que el espíritu humano ha impuesto en la vida social y que tienen una respuesta a las cuestiones que en esta materia se plantean? En una palabra, si lo político pretende mezclarse y de hecho se mezcla en la pedagogía ¿cómo puede impedirse que vengan a traer a lo político sus convicciones e inquietudes los otros factores sociales, que no son políticos, pero que tienen una relación más íntima con el problema que se pretende resolver?
Sería, en resumen, absurdo y obstinado negar ante el hecho político la verdad práctica que corrobora la afirmación científica de la complejidad social. Lo político es parte de lo social. Ni lo social puede entenderse cabalmente si se prescinde del aspecto político, ni lo político puede comprenderse y encauzarse con acierto si se hace abstracción de las necesidades y motivos que a los hombres presionan dentro de lo social.
La cuestión social no es un problema fundamentalmente político; pero tiene una honda repercusión política. La vida sindical es un fenómeno social y económico que no cae totalmente dentro de la esfera de la organización y defensa del poder: pero sería ingenuo pretender que su desarrollo no tiene mucho de causa y efecto, en relación a la vida política. Las necesidades espirituales y materiales de un pueblo no son cuestión política: provocan fecundas consecuencias en el hecho político, del cual, a su vez, depende en gran parte su consideración y solución. Son tan de bulto estas observaciones que no podría negarlas nadie, pues para refutarlo sobrarían ejemplos concretos en las más inmediatas experiencias históricas.
¿Por qué alarmarnos, pues, de que un apóstol de reforma social como Don Luigi Sturzo, al penetrarse de las necesidades de su pueblo, derivara hacia la acción política? No será común el caso de un sacerdote erigido por obra de las circunstancias en jefe de partido; pero tampoco puede concebirse un sincero católico, sacerdote o seglar, para quien sea indiferente el desarrollo de la vida política. Puede que renuncie deliberadamente a actuar en «la política» como cuestión de lucha inmediata por la conquista del poder; pero que deje de tener interés en la forma política que rija o amenace regir, ello equivaldría a no importarle lo demás. A no preocuparle el rumbo que puedan seguir los derechos del pueblo y los atributos fundamentales de la persona humana.
*
Diáfanas como son estas verdades, lo cierto es, sin embargo, que el cerco de tupidos intereses opone resistencia en aceptarlas. ¡Cuán mayor y más fuerte la ha habido para reconocer la proyección social del hecho religioso!
La lucha contra la religión es quizá tan vieja como el mundo. Desde que el mal surgió, surgió la lucha contra los principios que empujan a los hombres hacia el bien. Esa lucha ha tenido muchas formas; pero la más reciente, desesperada, de poder destruir un anhelo que nació con el hombre, ha seguido la inspiración de no rechazar abiertamente, sino de restringir el influjo de la vida religiosa en los pueblos.
Los dogmas de esta negación han recibido mucha propaganda. Que la religión «es negocio privado». Que la religión «es cuestión de conciencia». Que la religión «hace mal en salir de los templos». Que los ministros de la fe «deben limitarse a su altar y su púlpito». En resumidas cuentas, que el hecho religioso, reducido a cuestión ornamental, debe perder sus caracteres de fenómeno social. Y si esto no se logra, ¡que se desentienda al menos de los otros fenómenos sociales!
El argumento es viejo. Es el mismo grito de aquellos patronos egoístas que ante la palabra de León XIII se preguntaban indignados qué tenía que hacer el Papa con las fábricas.
La ciencia ha terminado por dar la razón a quien la tiene. Desde sectores muy opuestos al catolicismo hubo de venir el reconocimiento de que la religión no es negocio privado, sino fenómeno social de innegable importancia. La salida estuvo para los adversarios en buscarle a la religión una explicación irreligiosa; en darle ser al conjuro de instintos no explicados cuya desaparición sería una de las conquistas de la vida civilizada. Pero la vida civilizada ha continuado su proceso y la religión sigue viviendo y actuando, e influyendo en la conducta de las sociedades. Las explosiones más virulentas del materialismo ateo no han logrado extirpar el sentimiento religioso en el alma de las gentes. Sus corifeos han llegado a desconfiar de sus métodos de antirreligiosidad militante y han llegado a reconocer oficialmente la existencia de la religión, y han venido finalmente a caer en la misma tesis del liberalismo laicista, de arrinconar en los templos las manifestaciones de culto a que quieren reducir una religión «del Estado». Es inútil. Lo religioso vive dentro de lo social y no puede ignorar las grandes cuestiones que angustian a los pueblos, como tampoco puede conocer la realidad social quien ignore su aspecto religioso. Aquí otra vez viene a resultar ejemplo y símbolo el caso de Don Luigi Sturzo, empujado por la convicción y el celo religioso hacia la acción social, sin pensar, como en la cita de Monseñor Franceschi «sino en servir a Dios en sus hermanos los hombres». Porque ha tenido una fe robusta y un espíritu de inagotable apostolado, el hecho religioso empujó al sacerdote Sturzo hacia la dilatada proyección de lo social; y porque afrontó lo social con el deseo de llevar hasta los hombres justicia, bienestar y amor, el sociólogo teórico y práctico Sturzo insensiblemente derivó hacia el campo político.
*
Su caso es fecundo en reflexiones. El mismo tuvo tiempo de hacerlas durante su largo ostracismo. Para medir y aprovechar sus consecuencias, más interesantes me parecen estas reflexiones cuando adquieren la consistencia de exposición general de una concepción científica, todavía más que cuando traducen la íntima experiencia de un hombre que por su significación universal hubo de exponer ante el mundo la razón de sus actos. Las últimas tienen un sentido humano que conmueve; las primeras logran una claridad doctrinal que ilumina.
«En la realidad histórica experimental —nos dice el sociólogo Sturzo— hallamos tres formas fundamentales para la vida social, que responden a las exigencias de la naturaleza humana en sus tres aspectos permanentes: su afectividad y continuidad (la familia), la garantía de orden y defensa (sociedad política), sus principios éticos y finalistas (la religión). Estas tres formas fundamentales son, en sus cosas esenciales, constantes a todas las civilizaciones y en todas las edades»… «Lo que puede deducirse de toda la experiencia histórica conocida por nosotros, es que nunca una forma de sociabilidad alcanza una autonomía absoluta separada de las otras»… «Pasando del individuo al complejo social —donde se sienten los efectos de la actitud de las diversas conciencias— hallamos que los entrelazamientos, las interferencias, las pugnas y prevalencias son manifestaciones constantes y normales de la vida social, a medida que es formada y deformada en las diversas formas principales y secundarias»… «La sociedad es en sí una, como un hecho de conciencia. Las relaciones entre individuos son múltiples y asumen históricamente varias formas. Estas son integradas y desintegradas en contenido, según que una gran parte de los hombres actúe en ellas y por medio de ellas, ya como participando de los fines o como ajenos y adversos a tales fines. Así sucede que ciertas formas sociales pierden su contenido plenamente o en parte, mientras que otras al mismo tiempo son llenadas con un contenido que es espiritualmente más activo y más comprensivo. Puede verse fácilmente en la historia, que los hombres, bajo ciertas circunstancias actúan políticamente en forma religiosa, o en nombre de la religión, mientras que bajo otras actúan religiosamente bajo un aspecto político o en nombre de la política»…«Aparte del hecho de que la verdadera historia no coincide con [una] síntesis superficial, podemos garantizar que mediante la interferencia de las formas sociales y de los hechos históricos acondicionadores, ha habido y habrá un flujo y reflujo de influencia recíproca y de parecido de procesos en la forma religiosa cristiana y la forma política»… «No debe olvidarse que los que actúan son hombres, con su actividad individual, en el campo complejo de la vida social»8.
La doctrina está clara. Confusión, no. Flujo y reflujo de influencia recíproca. Para dar al Cielo lo que al Cielo toca, hay que hacer justicia en la Tierra. Para hacer justicia en la Tierra hay que extender los ojos hacia el Cielo. Lo político y lo religioso son materias distintas: pero como ambas miran dentro de lo social a fines que no pueden oponerse, es imposible la ignorancia recíproca, inaceptable la dicotomía.
Normalmente, diversos son los individuos que se dedican al servicio de una u otra actividad. Excepcionalmente, un hombre como don Luigi Sturzo sale por fuerza de su personalidad de uno de esos campos a actuar y reformar en otro. Su ejemplo tiene la virtualidad de borrar fronteras ilusorias y recordar lo que es común en el deber social.
Don Sturzo ha tenido entre los grandes aciertos de su vida el haber buscado los cimientos de los partidos que en Europa luchan por una democracia cristiana. Hoy, tras de la crisis provocada por la guerra mundial, los pueblos del viejo Continente encuentran en la democracia cristiana la fórmula providencial para salvar el equilibrio social, el camino para ganar la reforma social sin hundir la civilización. Iberoamérica y el mundo entero comienzan a ver la fórmula democristiana, que hasta hace algunos años parecía privilegio de minorías selectas, como la fórmula mayoritaria que puede asegurar su porvenir. La concepción de Sturzo, en su triple condición de sociólogo, hombre de religión y político viene a significar no sólo una solución práctica, sino el desarrollo armonioso de una noción científica.
El partido de contenido cristiano democrático no puede ser, por ello, en el pensamiento de Sturzo, un simple instrumento político. Es un órgano de acción social, consciente del deber político, pero impregnado de una idealidad superior. «Mi experiencia —así escribe— me conduce siempre a verificar una circunstancia: los católicos que entran en los partidos esencialmente políticos, no sólo pierden el sentido del apostolado social y moral que se encuentra en los partidos de inspiración cristiana, sino, más todavía, se entregan demasiado a los aspectos materiales y utilitarios de la política; no llegan a distinguir entre los medios honestos y aquellos que yo llamaría «discutibles»; estos católicos vienen a ser a menudo una minoría aislada y sin influencia en medio de una mayoría demasiado materialista y… realista. Un partido, para los católicos, debe ser no sólo un instrumento político, debe ser también un programa ideal y moral»9.
Es precisa la idea. Es cuestión de mera consecuencia. El «amaos los unos a los otros» no se circunscribe a los muros del templo; el deber de hacer bien, de servir a la verdad y a la justicia, no se limita a la vida privada. La idea de Sturzo es la vida pública en plan de acción, de lucha, de servicio; no para obligar a los demás a creer, pero sí para evitar que no crean los que no aceptan las contradicciones entre la religiosidad privada de muchos y su falta de generosidad y sacrificio en su relación con los demás.
Lo religioso y lo político se encuentran dentro de lo social. Convencido de ello, don Sturzo dice en nombre de quienes siguen su enseñanza: «nosotros seremos siempre necesariamente demócratas y católicos». Y para adelantar la conclusión, él mismo nos agrega: «Es lógico, por tanto, afirmar que el neopartido católico deberá tener un contenido necesariamente democrático y social inspirado en los principios cristianos; fuera de estos términos, jamás tendrá derecho a vida propia». ¿Es necesario añadir más? Paréceme que no. Cuando las ideas básicas son firmes, sus consecuencias fluyen con incomparable soltura. Esto sucede con las concepciones sociológicas que sirven de base al mensaje político-social de Luigi Sturzo. Pero quizá convenga —ya que el Partido, su construcción suprema, es como el capitel de su doctrina— recoger para finalizar estas páginas, pergeñadas sin mérito pero con devoción y afecto, estas sus elocuentes palabras: «En los regímenes de libertad el católico no puede permanecer aislado y extraño a la vida del Estado moderno. Este se ha atribuido funciones culturales que antes no tenía, reunido en sí las fuerzas sociales y sometido todo a su dominio. Al desinteresarse de él, el católico asumiría graves responsabilidades ante Dios y su prójimo, y abandonaría la cosa pública en las manos de aquellos que, o no son católicos, o no aprueban de hecho el imperio de la moral cristiana. Uniéndose a los otros, el católico no puede, sin colaborar con el mal, aceptar programas antirreligiosos, métodos inmorales, fines exclusivamente materiales. Así también, el católico no puede, en mi parecer, asociarse a partidos que quieren instaurar formas de gobierno dictatoriales y suprimir la libertad cívica y política; que si esto sucediera, concurriría a hacer del Estado el amo de los cuerpos y las almas, de las personas y las cosas, de la vida pública como de la privada; coadyuvaría a establecer una discriminación continua entre vencedores y vencidos. Es necesario en fin, que el católico conserve siempre la propia personalidad moral y su carácter religioso, para que pueda resistir a los egoísmos de nación, de clase, de categoría, de profesión, no sólo en nombre de la religión, sino aun en nombre de sus convicciones sociales y políticas. Los católicos deben demostrar que hacen algo muy distinto que defender sus pequeños intereses materiales y los de sus pequeñas iglesias, y que están, al contrario, al servicio de los principios morales de la comunidad cristiana. Si adoptaran una actitud diversa, los católicos continuarían siendo confundidos con los partidos reaccionarios o considerados como palafreneros de todos los gobiernos».
Las palabras son viejas, pero las ideas están vigentes. Parece que hoy, al fin, dirigentes y pueblos se aprestan a darles cumplimiento.
Notas
- Los textos pontificios citados han sido tomados de la traducción acogida por el padre Joaquín Azpiazu, en el volumen titulado Direcciones Pontificias, 3ra. ed., Madrid, 1933.
- Monseñor Gustavo J. Franceschi, presentación de la edición castellana de la obra de don Luigi Sturzo, Leyes internas de la Sociedad, Buenos Aires, Difusión, 1946, p. 13.
- Ibíd., pp. 7-8.
- La vocation actuelle de la Sociologie, par Georges Gurvitch, professeur à la Sorbonne, Directeur d’Études à l’École Pratique des Hautes Études, Paris, Presses Universitaires de France, 1950, p. 7. El punto b) del párrafo citado se refiere al método tipológico, que el profesor Gurvitch contrapone: al método «mas o menos generalizante de las ciencias naturales», al método «individualizante (propio de la historia, de la geografía y de la etnografía)», y al método «sistematizante (propio de ciertas ciencias sociales particulares, que elaboran sistemas coherentes de modelos, signos y símbolos, variables en un cuadro social completo, por ejemplo, economía, política, derecho en el sentido técnico, gramática, etc.)».
- Gilberto Freyre, Sociología, Río de Janeiro, 1950, pp. 758-759.
- José Ortega y Gasset, Rectificación de la República. Artículos y discursos. Proyecto de Constitución (discurso pronunciado en las Cortes Constituyentes el 4 de setiembre de 1931). Obras de José Ortega y Gasset, 1932, p. 1370.
- C. E. Merriam, «Government and Society», en Recent Social Trends, McGrawHill Book Co., p. 1.489. Citado por Ernest R. Groves y Harry Estill Moore, An Introduction to Sociology, Longmans, pp. 579-580.
- Leyes internas de la sociedad, cit., pp. 61, 62, 63, 85 y 115.
- Esta cita y la próxima han sido tomadas de la obra de Alberto Canaletti Gaudenti, Sturzo. Il pensiero e le opere, publicada por S.E.L.I. en 1945.