Robert Kennedy por Pedro Mancilla. Esta ilustración apareció publicada en la tercera edición de Moldes para la Fragua (Editorial Dimensiones, 1980).

Robert Kennedy, la escoria en el crisol

El drama que envuelve a la figura del Presidente Kennedy, de quien tanto esperaba el mundo entero, tronchado en flor por una oscura alevosía, y a la de su hermano, llamado después a tomar la conducción de la vida política de los Estados Unidos de Norte América, excede a cuanto haya ocurrido, de violencia criminal y mezquina, en la vida política de este hemisferio en los últimos tiempos. Con ocasión del asesinato de Bob Kennedy (6 de junio de 1968), cuando estaba a un paso de asumir la Presidencia de su gran nación, fueron escritas las reflexiones que se incluyen en la edición presente de Moldes para la Fragua.

Las campanas que doblan por la muerte de Robert F. Kennedy resuenan en el mundo entero. La bala disparada alevosamente a su cabeza ha golpeado la conciencia de todos los hombres libres. La mancha de un nuevo crimen, monstruoso y torpe, afecta en lo más hondo de sus instituciones a la democracia norteamericana. El Presidente Kennedy, tronchado como un árbol corpulento en plena florescencia; el Reverendo King, arrancado del escenario como si se pretendiera mutilar la voz de la justicia; el senador Bob Kennedy, liquidado en la plenitud de una impetuosa marcha, insospechadamente promisora después de su sorprendente victoria en California. Tres nombres que dan lustre al gentilicio norteamericano por la humana calidad de su mensaje; tres muertes que llenan de sombras la estructura político-social de un pueblo colocado en la cúspide de la presente civilización.

Todos los calificativos se agotaron en la protesta universal frente al nuevo atentado. Todas las esperanzas de la humanidad se volcaron como en una oración por la vida del joven gladiador. A veces, en medio de la seriedad del parte médico parecía traslucirse la posibilidad de una recuperación, que haría del brillante político una figura indiscutida y le daría, con el bautizo de su propia sangre, una autoridad moral capaz de proyectarse en su propio país y hasta dilatados confines, como impulsor de una sociedad nueva. De pronto, se anunciaba la trágica opinión de que, en el caso de sobrevivir, su vida sería mera apariencia vegetativa porque quedaría reducido a una total invalidez. Pero el crimen se cumplió en toda su integridad. Su cuerpo, cual nueva semilla generosa, queda sembrado precozmente, por obra del rencor y del egoísmo, en la ancha tierra de América.

Sabemos que Bob Kennedy fue una figura muy controvertida. Más aún que su hermano, el Presidente. Se le atribuyó un papel decisivo en la campaña de aquél y la responsabilidad directa de algunas de las acciones más enérgicas de su gobierno. Tenía adoradores y detractores. Recientemente, el ingreso a la campaña presidencial, después de haber observado fríamente el heroico lanzamiento del senador McCarthy, fue vivamente discutido. Lo fue también su actitud —muy difícil, sin duda— frente al Presidente Johnson, con quien nunca habían sido diáfanas las relaciones de la familia Kennedy. Sus adversarios le consideraban demagogo y ambicioso y propagaban dudas acerca de la sinceridad de su lucha. Le señalaban como inconsecuente, por ser parte integrante del establishment.

Lo cierto es que el ciclo de su existencia avala la sinceridad de su combate. Se entregó a él porque creyó en un mundo distinto, dentro del cual su país no fuera el legatario de viejas injusticias, el albacea de sistemas carcomidos, sino el puntero de un orden nuevo. Habló directamente al pueblo y ejerció una fascinación especial sobre vastos sectores juveniles. No tuvo vacilación en la lucha contra la discriminación racial.

El asesinato de su hermano el Presidente no constituyó para él un trauma inhibitorio, ni le dejó un sedimento de amargura como motivación de sus campañas. Más bien le sirvió de un acicate. Se sintió heredero de una gran responsabilidad. No puedo olvidar la impresión que me causó el volver a verlo después de aquel tremendo suceso. La primera vez que tuve contacto personal con él lo encontré en medio de sus graves funciones como Ministro de Justicia, con la apariencia de un muchacho —inteligente, eso sí, vivaz y certero en sus apreciaciones— pero como si jugara a un deporte al participar en línea de avanzada en el gobierno de un inmenso país. Después, aunque conservaba la misma vivacidad, le vi increíblemente madurado, grave, firme, comprome­tido a llevar adelante la tarea de su hermano, interrumpida por un fusil estúpido. Ya se notaba en él la meditación de una estrategia, que se cumpliría posteriormente: la renuncia al Gobierno, la senaduría por Nueva York, el progresivo anuncio de sus disidencias con la Administración actual; y cuando comunicó —tal vez contra el parecer de alguno de sus más calificados consejeros— haberse decidido a luchar por la nominación presidencial, el sacudimiento de la opinión pública reveló que su decisión abría inesperadas perspectivas en el proceso electoral.

Yo creo que esta muerte no va a quedarse sin producir grandes efectos. En la patria de Kennedy hay grandes valores, en las universidades, en las iglesias, en la política, que con caudaloso respaldo de los sectores populares más injustamente tratados y de la juventud más impaciente, lograrán un serio examen de conciencia que puede producir una revisión completa de sistemas. En su propio partido, Bob Kennedy tenía contrincantes de gran categoría humana, como sus rivales por la nominación, el senador McCarthy y el Vicepresidente Humphrey. Cualquiera de los dos es capaz de elevarse al gran papel que la historia asigna a un Presidente de los Estados Unidos que tenga visión para abrir nuevos horizontes y coraje para enfrentar el crimen. El más joven político de la familia Kennedy, brillante senador por Massachussets, hereda, por otra parte, el compromiso que contrajeron sus hermanos.

Al escribir sobre los Kennedy, parece imposible no recordar aquellos Gracos, hijos de Cornelia, en los días de esplendor y miseria de la República Romana. La escoria del crimen aparece de nuevo, como entonces, en el crisol de un gran país. Los Gracos fueron dos: Tiberio y Cayo. No puede uno dejar de pensar qué habría ocurrido en Roma si hubiera existido un tercer Graco.